¿Qué pasó en los ’70? Biblioteca de la UNI

en El Aromo n° 109/Novedades

La Universidad Obrera es una iniciativa de Razón y Revolución cuyo objetivo es acercar el conocimiento científico al conjunto de los trabajadores. Para lograrlo la Biblioteca de la Uni acercará mes a mes un libro que abordará temas de la historia argentina y mundial, problemas económicos, sociales y políticos contemporáneos, pinceladas del mundo en que vivimos y queremos transformar. En un formato accesible para todo aquel que quiera nutrirse de una mirada crítica de la sociedad actual. Intentamos con esto hacer una pequeña contribución para revertir la degradación educativa a la que nos somete el capitalismo, porque necesitamos conocer el mundo para poder transformarlo.

Para contribuir a esta tarea El Aromo publica la introducción de uno de los libros publicados por Ediciones RyR. Se trata de “¿Qué pasó en los 70?” escrito por el compañero Guido Lissandrello. Proponemos así conocer y debatir sobre uno de los períodos decisivos de nuestra historia y cuyas enseñanzas podrán ser decisivas en el futuro próximo. Fundamentalmente porque algunos elementos vueleven a estar presentes, la burguesía en medio de una profunda crisis, y su partido mas preparado para preparar el cierre de las crisis, el peronismo.


Guido Lissandrello


Introducción

Cuando pensamos en “Los ‘70” siempre se nos vienen a la cabeza imágenes propias de películas de acción de Hollywood. Escenas de grandes despliegues, que van desde el asalto a un cuartel o cualquier repartición de las Fuerzas Armadas, al “secuestro extorsivo” (por usar el lenguaje burgués de los diarios de la época) de algún empresario multimillonario que se niega a pagar los sueldos a los trabajadores de su propia empresa, pasando por el ajusticiamiento de algún burócrata sindical, con un largo currículum de servicios a las patronales de su gremio. En ocasiones, las imágenes remiten también al cine, pero de otro género: el de gánsters y mafias. Activistas sindicales de base que aparecen acribillados en un zanjón; artistas, intelectuales y dirigentes políticos condenados de muerte; o grupos parapoliciales que asumen la tarea de limpiar la “subversión” de las calles.

En definitiva, los ‘70 nos remiten siempre a hechos armados y de violencia. No es casual que los libros que intentan explicar que pasó en aquellos años opten generalmente por títulos y subtítulos que refieren a la década para destacar su carácter violento. Así, por ejemplo, el Círculo Militar editó su libro “Los ’70. Violencia en la Argentina” y el historiador Marcelo Larraquy escribió “Los ’70. Una historia violenta”. Podríamos seguir repasando títulos para encontrarnos siempre con el mismo escenario: parece que existe algo llamado “Los ‘70” y que fue una etapa caracterizada fundamentalmente por el derramamiento de sangre.

Los protagonistas de estas lecturas suelen ser dos. A un lado, la guerrilla, un grupo más o menos pequeño de jóvenes insatisfechos que por rebeldía innata o frente a la pérdida de la democracia, decidieron empuñar un fusil y marchar al monte. Del otro, las Fuerzas Armadas, como institución del Estado, que, a pesar de sus “errores y excesos”, combatieron en defensa de eso llamado Argentina.

Con ciertos matices, estos son los elementos más comunes para explicar esta etapa. Así sucede con la Teoría de los Dos Demonios, la versión de los militares de una Guerra contra la Subversión o la variante que se pretende más progre pero no escapa demasiado de este escenario, la idea del Terrorismo de Estado. En este número de la Biblioteca de la UNI vamos a discutir estos planteos. No es que el período que va del Cordobazo a la última dictadura militar estuviera exento de violencia ni que no existieran partidos u organizaciones que apostaron a la construcción de grandes aparatos armados. Eso existió, pero no fue ni lo verdaderamente novedoso de los ’70, ni lo que le dio el tono general a la época.

En este libro vamos a defender, con argumentos y datos en la mano, que a partir de 1969 en la Argentina se abrió un proceso de características revolucionarias. Una etapa donde la clase obrera argentina mostró, una vez más, una práctica recurrente en su historia: la de resolver sus problemas en la calle, enfrentando al Estado y ubicando la raíz de sus problemas en el poder político. Como es natural, son estos los momentos en los que nacen, florecen y se consolidan las organizaciones políticas que apuestan a una transformación social profunda, de raíz. Los diferentes partidos que, más allá de sus siglas, sus propuestas y estrategias, dieron la pelea por la Revolución y el Socialismo. Nos referimos, ya lo sospechará el lector, a la izquierda, que tuvo sus variantes reformistas y revolucionarias. Y al clasismo, que no fue otra cosa que el resultado del enraizamiento de esa izquierda en los sectores más combativos del movimiento obrero. Es aquí donde comienza la punta del ovillo que nos va a permitir responder esa pregunta que da título a este libro: ¿qué pasó en los ’70?

¿Qué no pasó en los ’70?

Para entender un problema siempre conviene partir de lo que ya se dijo, evaluar si los diagnósticos realizados son correctos y, si no lo son, señalar por qué y apuntar en una nueva dirección. Vamos a comenzar esta tarea aquí.

Como señalábamos al inicio, hay tres grandes explicaciones sobre lo ocurrido en los años ’70: la Teoría de los Dos Demonios, la Guerra contra la Subversión y el Terrorismo de Estado. No son todas necesariamente contrapuestas, e incluso todas tienen un núcleo explicativo común, el problema de la violencia. Fueron confeccionadas en diferentes momentos históricos, desde distintos sectores sociales y destacaron algún aspecto particular de la década. Todas, sí, comparten el déficit de no echar luz sobre el aspecto central de la etapa.

Empecemos por la Teoría de los Dos Demonios. Esta explicación tiene una fecha de nacimiento bien clara: 1983. El contexto es más o menos conocido. Derrumbe de la dictadura militar tras la derrota de Malvinas, inicio de la transición hacia la democracia y triunfo electoral de Raúl Alfonsín. Para saldar cuentas con el pasado reciente y sentar bases más o menos sólidas para su gobierno, Alfonsín ordenó por decreto enjuiciar al personal de las tres juntas militares que se alternaron entre 1976 y 1983, y a la dirección de Montoneros y el PRT-ERP, las dos organizaciones político-militares más importantes. Con estas acciones se empezaba a reconocer dos culpables: militares y guerrilleros. Así se lavaba la cara del conjunto de la burguesía, que había utilizado a los militares para liquidar la amenaza revolucionaria. Pero no nos adelantemos.

La Teoría, así con mayúsculas, sin embargo, terminó de esbozarse una vez que se fundó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) y que esta produjo su célebre informe (el Nunca Más), que desnudaba parte del aparato estatal de represión y desaparición de personas. El prólogo de ese informe, escrito por Ernesto Sábato, es el que terminó de darle forma a esta explicación. Es una teoría bastante sencilla. Los años ’70 se caracterizarían por el enfrentamiento violento entre dos extremos, la ultraizquierda y la ultraderecha. Guerrilleros y militares libraron una guerra entre ambos. ¿Y el resto de la sociedad? Bien, gracias. Para los defensores de esta teoría la sociedad fue simplemente una espectadora pasiva de una pelea que libraban otros. De ella surgirían los desaparecidos, que son, en esta imagen, víctimas inocentes de los excesos de los dos demonios.

Esta teoría presenta varios problemas. En primer lugar, es una explicación antisocial, individual. Se reconoce la existencia de un enfrentamiento, pero no se comprende por qué existe. Félix Luna, que defendía esta lectura, decía, en el prólogo a un libro sobre Montoneros, que estos años fueron la “historia de una locura”. Es decir, no parece haber motivos para el conflicto. No al menos para personas razonables. El resultado es que el proceso se despolitiza por completo. Quienes se enfrentan son solo dos bandos de locos aislados de la sociedad.

En segundo lugar, y muy vinculado a esto, todo aparece como un enfrentamiento armado. No podía ser de otra manera. Tomando como punto de partida que la sociedad es pasiva, tanto la guerrilla como los militares aparecen sin ninguna relación social. Ni la guerrilla está vinculada a los trabajadores ni los militares tienen relación con la burguesía. No hay un combate social, simplemente se agarran a los tiros.

En tercer lugar, es muy interesante ver cómo aparece aquí la figura del desaparecido. No es ya un militante político, sino una víctima. Por eso, si usted toma el Nunca Más, va a encontrar datos generales sobre los desaparecidos (edad, lugar de nacimiento, profesión, etc.), pero nunca su identificación política. Esto viene a reforzar la mirada antisocial y apolítica del proceso.

Pasemos a la segunda, la teoría de la Guerra contra la Subversión. Esta fue la explicación que desarrollaron las cúpulas militares de las Fuerzas Armadas. Puede leerse en casi cualquier libro que haya editado sobre estos años el Círculo Militar. El elemento central no es muy diferente al de la primera de las teorías: el enfrentamiento armado. En este caso, abiertamente reconocido como una guerra. Sin embargo, la característica que la distingue del resto es que repolitiza el proceso. Los militares, dicen ellos mismos, intervinieron en la política para salvar a la Argentina. ¿De qué? De la “amenaza comunista”, del intento de instauración de un “régimen marxista-leninista”. Incluso, se trataría de fuerzas al servicio de una conspiración mundial cuyo núcleo sería, dependiendo de la explicación, la Unión Soviética o la Cuba castrista.

Es evidente que se trata a todas luces de una exageración, en la medida en que si bien algunos partidos tenían vínculos con la Rusia comunista (el Partido Comunista de la Argentina) o incluso muchas organizaciones enviaron militantes a recibir adiestramiento militar en la isla de Fidel, lo cierto es que no existía una coordinación internacional. Pero lo que hay que reconocerle a esta interpretación es que efectivamente le devuelve la dimensión política al enfrentamiento. Ya no son locos que combaten sin motivo. Lo que se enfrentan son dos fuerzas que buscan objetivos opuestos: unos, conquistar el poder para construir el Socialismo; los otros, defender la sociedad vigente, es decir, capitalista. Con todo, no logra escapar al mismo problema que la Teoría de los Dos Demonios, dado que sigue defendiendo el carácter antisocial del proceso. Los desaparecidos serían todos “guerrilleros” confabulados internacionalmente, omitiendo que la gran mayoría de ellos (delegados sindicales, militantes estudiantiles o territoriales), nunca habían tocado un fusil. Simplemente se atrevieron a luchar por un mundo mejor.

Veamos, para concluir, la última explicación, aquella que hace foco en el terrorismo de Estado. Se trata de una lectura muy ligada a buena parte de los organismos de Derechos Humanos. Pone la mirada en la acción represiva del Estado con un recorte que no le hace real justicia al fenómeno represivo. Por lo general, estas lecturas se concentran en las formas en que el Estado persiguió, capturó, torturó y desapareció a personas bajo un régimen dictatorial. El problema sería que ese Estado, que “somos todos”, fue capturado por los militares para hacer sus fechorías. La represión en democracia no aparece, aunque existió y muy intensa. Se rompe el lazo de continuidad entre democracia y dictadura, continuidad que está garantizada por la dominación de una clase social, la burguesía, y una sociedad a su imagen y semejanza, el capitalismo. No es casual que el kirchnerismo haya hecho uso y abuso de esta interpretación, cuando pretendió hacer creer que había llegado el tiempo de la justicia contra los represores de los ’70 (digamos, al pasar, que con los “juicios de la verdad” al 2015, solo el 7% de los represores tenía sentencia firme). Contra la represión de ayer en favor de los “grupos concentrados”, ahora vendría el tiempo de la democracia en favor de un modelo “nacional y popular”. El elemento político del enfrentamiento aparece, o bien negado (eran “jóvenes idealistas”), o bien degradado y pervertido (luchaban por una “sociedad más igualitaria”). Así se construye la idea de que nuestros compañeros en los ’70 lucharon por un “capitalismo de rostro humano”. En definitiva, todas estas teorías y explicaciones resultan parciales e incorrectas. Parciales porque reducen todo a la cuestión de la lucha armada (ya sea de los dos “bandos” o de uno de ellos), como si no hubiera habido otras formas de lucha en la etapa. Incorrectas porque no van al núcleo del asunto y eliminan el aspecto verdaderamente nuevo de los ’70: los grandes combates sociales que encontraron a buena parte de la clase obrera resolviendo sus problemas en la calle, y a una fracción de ella girando hacia posiciones revolucionarias.

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