La izquierda perdió a su prócer. Artigas y las negociaciones con Portugal y España (1814-1815) – Juan Flores

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El artiguismo carecía de una construcción estatal real. En dicha situación, su juego diplomático aspiró a combatir principalmente a Buenos Aires, apoyándose en gobiernos extranjeros. En cambio, Buenos Aires enviaba comitivas a Europa para neutralizar cualquier expedición de reconquista.

Juan Flores
Grupo de Investigación de la Revolución Burguesa-CEICS


El héroe indiscutido. El único revolucionario consecuente. El prócer silenciado por los Mitre. Así se refieren a la figura de Artigas casi todos los partidos de la izquierda argentina. Mientras la “oligarquía” de Buenos Aires negociaba “la entrega” del territorio a España y/o Portugal (lo que nunca probaron y lo que ya demostramos que no sucedió), el caudillo oriental se mantuvo firme en la búsqueda de la independencia y nunca aceptó ayuda de ninguna potencia extranjera contra sus paisanos. ¿Fue realmente así? Parece que no…

Una de las máximas de los historiadores nacionalistas de la izquierda (PC, PCR, PO) es que al momento del regreso de Fernando VII a su trono (1814), la burguesía porteña no estuvo dispuesta a luchar: se declaró leal a la Corona y envió una comitiva compuesta por Belgrano y Rivadavia para pedir clemencia o negociar con príncipes europeos.[1] A eso se le agregaría las gestiones con Portugal para “entregar” la Banda Oriental y derrotar a Artigas. Así, en el argumento nacionalista, una Buenos Aires “conservadora y oligárquica” operaba contra un artiguismo radical e independentista. Pero veamos los hechos de cerca.

 

El protectorado portugués

 

En junio de 1814, luego de la recuperación de Montevideo de manos realistas, Buenos Aires y Artigas batallaban por el control de la Banda Oriental. La cuestión nacional constituía entonces un problema abierto: más de una dirección revolucionaria podía competían por liderar el proceso. Por eso, Artigas –dirección de la burguesía oriental- pretendía controlar el territorio oriental, tejer relaciones con otras provincias y pelear con Buenos Aires por el peso del puerto, fuente de riqueza indispensable para cualquier experiencia estatal.

Sin embargo, ¿qué grado de fuerzas había acumulado Artigas para junio de 1814? En términos concretos, poco y nada. Los informes portugueses apuntaban certeramente que Artigas andaba “vagando por la campaña, destituido de todo cuanto le es necesario, tiene a su mando una banda de hombres mal armados, sin subordinación, y sin medios de subsistencia más que el ganado”.[2] Artigas y Otorgués eran conscientes del asunto, por lo que contactaron a las autoridades de Río Grande. El objetivo: buscar aliados para combatir a Buenos Aires.

Para ello, primero se insinuó la oferta de un protectorado. Artigas envió a Antonio Soares a la Guardia del Cuareim, en septiembre de 1814. Como el contacto era informal, las autoridades de frontera le hicieron firmar una nota explicitando sus ofertas. Así, Soares señalaba que: “viendo que sus fuerzas son limitadas [las de Artigas], en comparación del otro partido [Buenos Aires], pide auxilio al Exmo Gobierno Portugués al que ofrece la campaña de Montevideo”. Las gestiones continuaron por esta vía. Así, el 25 de septiembre, Francisco de Borja Corte Real, autoridad de la frontera debió informar sobre las mismas al capitán de San Pedro de Río Grande del Sur, Diego de Souza:

 

“[Artigas] desea la protección de Portugal para operar bajo sus órdenes, sin exigir auxilio alguno más que municiones de guerra. Desde el propio Río de la Plata hasta nuestra Frontera, quiere hacer entrega de estos terrenos a Portugal, sin procurar premio de estos servicios. En caso de ser atacado por fuerzas muy superiores de que no podía tomar ventaja, puede retirarse a Portugal con todas sus fuerzas armadas, deponiendo las armas en el lugar que determinemos”.

 

¿Qué tan veraz era la oferta? En primer lugar, nada indica que la oferta no haya existido, aunque haya sido informal. Evidentemente Artigas “tanteó” primero la recepción en las autoridades de frontera. Al ver que la misma no tuvo mucho lugar (hubiera implicado romper relaciones con Buenos Aires), los oficiales artiguistas se limitaron a pedir auxilio y asilo en nombre de Fernando VII. En efecto, Otorgués pretendía llegar a Santa Teresa tras una serie de derrotas ante las tropas porteñas. Para el 10 de octubre de 1814, ingresó en suelo portugués, en camino hacia la Isla de Paraguay, con autorización de Diego de Souza. Para ello, en correspondencia Otogués se declaraba partidario de querer “restituir el territorio” a la Corona, para lo que solicitaba “todos los auxilios posibles como Vasallos del Señor Fernando VII” (p.104). Se trata de un subterfugio diplomático, el mismo al que apelaba Buenos Aires y tanto critican hoy los nacionalistas. Hay informes que así lo prueban: Constantino da Silveira Vargas se acercó como espía al campamento de Artigas y llevó un informe al Campamento de San Diego: Artigas en todas sus conversaciones sustenta la libertad y la independencia, y aquellas fanfarronadas propias de aquella Nación; y no concuerda con el pensamiento que finge haber tomado”.

Para profundizar estos contactos, Artigas y Fernando Otorgués enviaron dos comitivas. Artigas envió a Manuel Barreiro a Porto Alegre, a tratar con Souza. Otorgués, a José Bonifacio Redruello y José María Caravaca a Río de Janeiro. ¿Cuáles serían las instrucciones? Básicamente solicitar “tropas portuguesas, armas y municiones para las suyas, cuyos importes o costos, previa la debida cuenta deberán naturalmente ser satisfechos por la Corona [Fernando]”. Y si fuera necesario, se solicitaría el asilo “hasta la Resolución del Señor don Fernando VII, o bien hasta el arribo de alguno de sus Generales a estas Costas”.

¿Tuvieron éxito estas gestiones? El 6 de diciembre en oficio al Ministro de Guerra y Relaciones Exteriores de Portugal, los diputados afirmaban: “Hemos recibido súper abundantemente auxilios del Comandante General de las Fronteras don Manuel Marques de Souza y Diego de Souza”  Como observamos, Artigas y Otorgués recibieron auxilios militares por parte de las autoridades portuguesas, que estaban violando el tratado Rademaker-Herrera de 1812, que estipulaba la paz con Buenos Aires.

 

Las negociaciones con la Corona

 

La misión Redruello-Caravaca no se limitó a tratar con Portugal. También lo hizo con España. En principio, con el Encargado de Negocios, Andrés Villalba, con quienes comenzó a entablar gestiones informales. Así, en correspondencia con Pedro Cevallos –ministro del Rey-, Villalba consideraba necesario cooptar a Artigas para neutralizar una posible alianza con Portugal. Al día siguiente, el 28 de noviembre, Redruello y Caravaca hicieron su solicitud formal a Villalba. La voluntad de Villalba, sin embargo, duró poco, escogiendo un armisticio como salida al problema.

La comitiva acudió entonces a Carlota Joaquina de Borbón, quien mantenía correspondencia directa con su hermano, Fernando VII y tenía en mente preparar el terreno para la llegada de una expedición de reconquista. El plan de Carlota implicaba debilitar a Buenos Aires, atrayendo a Artigas y Otorgués con “moderados auxilios”. Así, gestionaba con comerciantes las municiones necesarias para el artiguismo. De hecho, manifestaba pleno desacuerdo con el armisticio propuesto por Villalba.

Sin embargo, Artigas comenzó a cosechar victorias en el campo militar. Dichos resultados lo alejaron de los planes de la Regente. Ya en Montevideo, Otorgués rehusó proclamar fidelidad a Fernando VII y emitió un bando que recomendaba la unión, la paz y moderación como base “de la absoluta Independencia”. El resultado final tuvo a los diputados rogando a Otorgués el cumplimiento de los acuerdos, evidenciando que confiaban ingenuamente en las declaraciones de fidelidad a Fernando VII. El 25 de abril, Carlota escribía a Fernando VII, informando de la traición y “el estado deplorable de los asuntos del Río de la Plata”.

 

El peso de la realidad

 

Los nacionalistas no suelen hablar de estas negociaciones. No es casual: allí podrían ver que Artigas hacía lo que cualquier dirección débil hubiera hecho: apelar a estados externos y someterse a sus augurios, en caso de ser necesario. El artiguismo carecía de una construcción estatal real. En dicha situación, su juego diplomático aspiró a combatir principalmente a Buenos Aires, apoyándose en gobiernos extranjeros. En cambio, Buenos Aires enviaba comitivas a Europa para neutralizar cualquier expedición de reconquista. Y mientras tanto, combatía a la contrarrevolución en todos los frentes, lo que suponía monstruosas erogaciones que el artiguismo apenas podía aspirar a manejar. Así, Artigas sólo podía seducir a Portugal con la promesa de un protectorado. Los efectos de una alianza semejante hubieran tenido, sin embargo, graves consecuencias para la Revolución: estamos hablando del debilitamiento de la única construcción estatal revolucionaria vigente. Paradójicamente, ello mismo explica el rechazo a las ofertas por parte del Príncipe. Como señalaba el propio Villalba en su correspondencia, “mucho pudiera hacerse aún antes, desde aquí, si este Gobierno [Portugal] no tuviese tanto miedo a los de Buenos Aires”. Es decir, quien impidió el protectorado no fue Artigas, sino la amenaza de Buenos Aires. Después de todo, el tratado de 1812 parece haber sido mucho más efectivo para conservar los territorios que lo que suelen argumentar los artiguistas.

Artigas y Otorgués también solicitaron municiones y asilo. Para eso, juraron lealtad a Fernando VII. Ahora bien, ¿por qué Carlota y Villalba estaban dispuestos a colaborar? ¿Por qué veían en Artigas a un hombre cooptable? Precisamente, porque la situación de Artigas era apremiante. Muy por el contrario, la diplomacia española actuaba diferente con los enviados porteños. Cuando en 1815, Belgrano y Rivadavia visitaron Río de Janeiro, Villalba escribía al duque de San Carlos: “Cada vez hay más motivos para dudar de la buena fe de estas gentes”. Ni que hablar de los agentes de la capital: el propio Rivadavia sería expulsado de Madrid.

Finalmente, por más que la negociación expuso al ridículo a Carlota, es evidente que Artigas no tuvo empacho en apelar a poderes extranjeros para combatir a Buenos Aires. De este modo, cuando en 1816, el Jefe de los Orientales sucumbió ante la invasión portuguesa con supuesta complicidad del Directorio, no podría haber negado que probó un poco de su propia medicina.

Si los partidos de izquierda se hubieran tomado el recaudo de revisar lo que escriben, se habrían ahorrado de proclamar errores a los cuatro vientos y, de paso, de confluir con el revisionismo peronista. Muchas veces, ciertos dirigentes de izquierda nos han preguntado, sarcásticamente, para qué sirve el trabajo intelectual. Para esto…

Notas

[1]Azcuy Ameghino, Eduardo: Historia de Artigas y la Independencia argentina, Imago Mundi, Buenos Aires, 2016. Rath, Christian y Roldán, Andrés: La revolución clausurada, Mayo de 1810-julio de 1816, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2013. Puiggrós, Rodolfo: Los caudillos de la Revolución de Mayo, Editorial Contrapunto, Buenos Aires, 1972 [1942]. Ya lo hemos criticado en Flores, Juan, “Una política consecuente. La diplomacia revolucionaria entre 1810 y 1820”, en El Aromo nº95, Marzo-Abril, 2017.

[2]Comisión Nacional Archivo Artigas, Archivo Artigas, Tomo XVIII, 1981, p. Todas las citas entre paréntesis provienen de este tomo.

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