The Crown

La flor más bella – Dolores Martínez González

en El Aromo nº 94

La flor más bella. Polémicas en torno al proyecto de ley para eliminar la elección de Reinas en los concursos de belleza

 Desde el año pasado diferentes sectores del Estado tomaron una demanda de las organizaciones de mujeres y presentaron proyectos para regularizar los concursos de belleza en la Argentina, para colaborar con la lucha contra la violencia de género. En esta nota nos preguntamos si estas medidas realmente ayudan a disminuir la violencia y analizamos qué incidencia tienen en la reproducción del patriarcado.

Dolores Martínez González

Grupo de Estudios sobre Género-CEICS

 


En los primeros diez días de noviembre la provincia de Entre Ríos se vio sacudida por las muertes de ocho mujeres, ocho femicidios en diez días. La Municipalidad de Gualeguaychú, considerando que se estaba atravesando una situación de emergencia, decidió presentar un proyecto en el cual se propone la eliminación del título de Reina del Carnaval para nombrarlas, a partir de este verano, como “representantes culturales”. Dicha medida reflotó el debate en torno a los concursos de belleza: ¿se trata de una práctica que expone a la mujer como objeto sexualizado y que además, divide al colectivos de mujeres en su lucha contra el patriarcado, o simplemente es una tradición inocente políticamente?

¿Sin reina no hay fiesta?

Durante todo el año se realizan en el país 206 fiestas nacionales y 300 regionales. Van desde carnavales hasta el festejo de la actividad económica o turística que se realice en la región. Originalmente eran festividades itinerantes que favorecían el intercambio fluido entre distintas comunidades, pero poco a poco, fueron desdibujándose las particularidades de muchas de ellas y comenzaron a establecerse en una sede permanente durante los años 901. En la actualidad se realizan 300 de este tipo de celebraciones. Uno de los factores comunes en estos eventos es la elección de la reina que representa a la fiesta. A pesar de todas las explicaciones que pretenden aggiornar los criterios por los cuales se elige una reina, lo cierto es que los requisitos que se sumen a los dos que nunca se modifican, la juventud y la belleza, no son sino concesiones formales ad hoc a los tiempos que corren.

Muchas organizaciones de mujeres han denunciado este tipo de concursos, ya que no se encuentran regulados por ningún tipo de normativa, son sexistas y fomentan la sexualización de las mujeres. En esta línea es que el año pasado la diputada nacional por el FPV, Gloria Bidegain, presentó un proyecto de ley llamado “Bellezas sin violencia” con el objetivo de regular los concursos de belleza en las fiestas nacionales. El proyecto proponía, entre otros puntos, que las ganadoras de los certámenes no se llamaran más “reinas”, sino “representantes”, que las aspirantes tuvieran más de 18 años (o una expresa autorización de los padres), así como también que no se establecieran parámetros referidos a color de cabello, piel o medidas, y que pudieran participar personas discapacitadas.

En cuanto se dio a conocer, La Nación sacó un artículo titulado “Las Reinas argentinas, en pie de guerra”2, en el cual, tanto las reinas como los organizadores de diferentes fiestas nacionales del país explicaban que el proyecto atentaba contra las economías regionales: “Los títulos de las señoritas electas que representan a sus lugares de origen y a sus fiestas son mucho más que una banda, un cetro y una corona. Es todo un pueblo, una ciudad que muestra su historia y su atractivo al mundo.”, sostenía Daniel Paladini, uno de los organizadores de la Fiesta Nacional del Oro Dulce, de Santa Fe.

También salió en defensa de los concursos la secretaria de Modernización y Desarrollo de la Municipalidad de La Plata, Alejandra Sturzenegger3, que sostiene que cambiar el nombre no va a modificar la situación, ya que los concursos de belleza son una tradición y un rasgo cultural que se debe respetar. Además, sostiene que de todas las actividades que se realizan en las fiestas, es el evento más convocante.

Hasta el momento, el argumento a favor de los concursos que todos utilizan es que se trata de una tradición cultural que se va a perder y pone en peligro la realización de la fiesta y la promoción turística de la zona. Este argumento no tiene mucho sustento cuando vemos los números: hay 506 fiestas regionales (turísticas), de las cuales solamente 300 realizan concursos de belleza. ¿Cómo es entonces que sobrevive casi la mitad de los otros eventos que no realizan este tipo de certámenes?

Espejito espejito: ¿quién es la más bonita? 

Como es sabido, un concurso de belleza es una competencia basada, fundamentalmente, en la belleza física y edad de sus participantes. Esto significa que los cuerpos (y las edades) de las mujeres que participan responden a un criterio de belleza establecido. Va de suyo que esto implica otra polémica: ¿es la portación de belleza un elemento diferencial que merece ser premiado socialmente? Dejaremos esta problemática, para más adelante.

Con relación a la propuesta pensada para Entre Ríos, que implicaría la eliminación o modificación de estos concursos, se suscitaron dos tipos de reacciones entre las reinas en ejercicio de su mandato. Por un lado, aquellas que estaban en contra, como la Reina de reinas, Melina Albrecht, quien manifestó que la gente “no tiene idea de todo el trabajo y preparación que se necesita para ser reina. No es sólo el sueño de ser elegida la más linda. Hay que estudiar, comprometerse con la historia de una región, aprender sus valores y ser una representante que lleve un poquito de todo eso al resto del país”.

Mientras que Agustina Díaz, en una entrevista radial4, apoya las modificaciones y plantea que para ser representante de su comunidad no es necesario desfilar en bikini y cree que es importante que se evalúe a las participantes en el marco de la comparsa en la que participan y no de manera individual. A su vez, sostiene que la hora de analizar dichas modificaciones no se debe caer en el prejuicio de criticar a las mujeres que optaron por participar de dichos eventos, porque esto sería seguir construyendo estereotipos de mujer. Aclara que ella es una mujer trabajadora, profesional y militante, que optó por participar y se siente orgullosa de representar a su comunidad. También cree que el Carnaval es algo muy necesario e importante para su provincia, ya que se invierte muchísimo dinero y trabajo en dicho evento. Lo define como un fenómeno cultural muy completo que no se trata solo de mostrar cuerpos desnudos.

Díaz, como buena liberal, defiende la necesidad de que el Carnaval no debe ser sexista, aunque no ve problema alguno en el requisito de exhibición obligatoria de sensualidad para las mujeres que participan. Sostiene que es necesario hablar de “feminidades” y “masculinidades”; exigiendo respeto por todos los tipos de mujeres, ya que todas son válidas. Contradictoriamente, reivindica la lógica de los concursos de belleza puesto que no cuestiona sus criterios: ella acepta participar en ellos y manifiesta (dentro de esa misma lógica que no solo la acepta como concursante, sino que la premia) que le gusta usar minifalda y tacos y pintarse la boca de rojo. Y obviamente, que es una gran aspiración cumplida la de ser Reina del Carnaval de Gualeguaychú.

Tanto en las que no quieren cambiar nada, como en el caso de que citamos recién, que a priori parece crítico, se acepta la ideología patriarcal. Las primeras la refuerzan por la vía de valorizar el esfuerzo que se necesita para llegar a ser Reina. En el caso de Agustina Díaz, el patriarcado aparece como un problema, aunque todo se dirime en el campo de la elección individual: no se experimenta como imposición lo que bien podría ser falsa conciencia, en la medida en que su “elección” se resuelve en el marco de las exigencias del sistema ideológico que la oprime. El problema no es ser femenina y usar minifalda, el problema es no darse cuenta de que no se trata de una elección individual.

¿Cambia algo?

Entonces, parece que cualquier excusa es buena para presentar el cuerpo de la mujer como principal atracción, mujeres que encajan en un molde preciso, cada vez más jóvenes. Los concursos de belleza en sus múltiples formas, son una práctica extendida y naturalizada. Creer que la eliminación o reglamentación de los mismos es una solución para combatir la violencia contra las mujeres, en una sociedad donde tiene que aparecer muerta una mujer todos los días para replantearse distintas prácticas cotidianas, es ser iluso. Sin embargo, no deja de ser un avance que el Estado reglamente aquellos espacios que sexualizan y fomentan la subordinación de las mujeres.

Para lograr un avance real contra de la violencia es necesario desarrollar un programa particular que problematice todos los espacios y relaciones en las que opera el patriarcado5 y que tenga por objetivo generar y crear relaciones e instituciones nuevas que tiendan a su destrucción.

NOTAS

1Véase goo.gl/e0Dnm4

2La Nación, 4/9/15 en goo.gl/lCqDCy

3El Día 9/9/15 en goo.gl/lDFS7O

4Véase goo.gl/Q6PG5j

5Ver López Rodríguez y Sartelli: “La paja en el ojo ajeno”, en El Aromo, n° 91.

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