El trotskismo a debate (Primera parte)

en El Aromo n° 109/Novedades

Aunque el peronismo denomine “trosco” a todo lo que lo interpele, el trotskismo es una corriente política que arrastra tras de sí más de 80 años de existencia y que propone una estrategia y un programa particular que conviene conocer y con el que nos proponemos debatir con estos artículos.


Guido Lissandrello

Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina


El trotskismo argentino brinda día a día nuevas pruebas de su agotamiento histórico. La deriva electoralista, el cretinismo parlamentario, la conciliación con el peronismo aun cuando esta fuerza detenta el gobierno y la ausencia de vocación de poder, entre otras falencias, no son simples “desvíos” de un “trotskismo original” que se ha perdido y al cual hay que volver, sino las consecuencias irremediables de un programa completamente inútil para las coordenadas económico-sociales de la Argentina: la Revolución Permanente.

A los efectos de examinar en profundidad el corazón programático de la corriente hoy dominante en la izquierda argentina, presentamos una serie de notas, de la cual esta es la primera, destinada a estudiar en detalle el programa del propio Trotsky. En esta entrega, reconstruimos el debate que atravesó a la vanguardia rusa a comienzos de siglo XX acerca del carácter de la transformación que requería Rusia, debate en el cual Trotsky forjó los cimientos de la Revolución Permanente, y abordamos la metodología de trabajo con la cual construyó su teoría el futuro jefe del Ejército Rojo. En la siguiente entrega mostraremos como aquella fue la respuesta a los problemas particularísimos de la estructura social rusa. En futuras notas, reconstruiremos los elementos fundantes de su teoría y la dimensión internacionalista de su propuesta. Seguimos luego estudiando las transformaciones que se operaron en dicha teoría cuando pretendió extenderla a China, primero, y a todo América Latina, después, para finalmente erigir la la Revolución Permanente en una teoría válida para los países atrasados, coloniales y semicoloniales. Dedicamos, además, una nota a examinar cómo se formó la primera generación de trotskistas mexicanos bajo la influencia directa del Jefe del Ejército Rojo, y las consecuencias que ello trajo en su programa y su acción. Seguimos luego con el análisis del Programa de Transición, atendiendo particularmente a un problema central: el del desarrollo de la conciencia. Finalmente, concluimos con un balance general y planteamos las perspectivas del programa trotskista hoy. Empecemos.

El gran debate

En los albores de la revolución de 1905, la socialdemocracia rusa se encontraba en un estado de ardua deliberación política. La surcaba un profundo debate, cuyo eje no era otro que el del carácter que iba a adquirir el proceso revolucionario. De allí que Trotsky se refiriera a esa primera gesta como “el laboratorio del pensamiento político ruso”. Desde 1904 habían coagulado dos grandes corrientes: el menchevismo y el bolchevismo.

Los primeros contaban entre sus filas a Gueorgui Valentínovich Plejánov, fundador del marxismo ruso y teórico de gran estima en todo el espectro revolucionario. Eso le confería cierta autoridad intelectual a los mencheviques, entre los que se ubican Pável Borísovich Axelrod, Vera Ivánovna Zasúlich y Yuli Martov. Plejánov ya había sugerido a comienzos de la década de 1880, que el proceso de transformación del país no seguiría un camino privilegiado. Dominaba en el ambiente la idea según la cual los únicos países aptos para el advenimiento del socialismo eran aquellos que habían alcanzado un pleno desarrollo capitalista puertas adentro y, por tanto, cumplido todas sus tareas burguesas. De ese modo, el eje revolucionario se ubicaba en Europa occidental, mientras que el Este debía seguir un camino “tradicional”. Concretamente, esto significaba que el sujeto revolucionario no era otro que la burguesía liberal y al proletariado no le quedaba más papel que jugar que el de ser su “ala izquierda”, “colaborando inevitablemente” con ella, en palabras de Axelrod. Su protagonismo debía aguardar a que la sociedad burguesa alcanzara su cenit y brindara condiciones favorables para la lucha del proletariado. En el fondo, para los mencheviques toda la transformación se reducía a una reforma de tipo liberal-constitucional, que llevara a la burguesía al poder y pusiera en pie un gobierno parlamentario. Finalmente, la experiencia rusa podía pensarse, desde esta óptica, como una imitación de la Gran Revolución, como se conocía por aquellos años a la Revolución Francesa. No había así espacio para ninguna “originalidad”.

Los bolcheviques, encabezados por Lenin, se negaban a reconocerle a la burguesía rusa un potencial revolucionario capaz de cumplir con las tareas propias de su clase. En este punto, defendían la centralidad de la clase obrera como vector de la transformación que Rusia demandaba. El problema central que debía resolverse no era aquí de tipo republicano o liberal. El eje no pasaba por las reformas constitucionales, sino por la cuestión agraria, forma en la cual aparecía el problema campesino y del acceso a la tierra. Era el reparto radicalizado el que sentaba las bases para una república. Como la burguesía era hostil a la expropiación, y justamente por ello no encarnaba ninguna potencia, el aliado seguro de la clase obrera era el campesinado. Justamente allí se encontraba uno de los nudos más problemáticos de revolución rusa.

Lenin era cuidadoso en su caracterización de este sujeto agrario. Lo leía como un sector pequeñoburgués, en cuyo interior se debatían diferentes intereses expresados en diferentes capas, algunas más cerca de la burguesía y otros más ligados al proletariado o semiproletariado. Con todo, la tarea inmediata los tenía como protagonistas, pues eran parte de un “movimiento democrático” que aspiraba a liquidar los restos del feudalismo ruso, pero no a subvertir los fundamentos del capitalismo. En este punto, el campesinado era un aliado solo transitorio y no podía ser equiparado al proletariado en tanto portador de una potencia revolucionaria. Ténganse en cuenta que por aquellos años lograba bastante eco el narodnikismo, variante política que consideraba que tanto el campesinado como el proletariado eran una misma clase explotada. De allí que la posición leninista apuntara a una “dictadura democrática de obreros y campesinos”, en la que se exaltaban los intereses de las masas campesinas.

Una posición a contracorriente

Trotsky fue el elemento que terció en este debate. Proveniente de las filas del menchevismo, del cual ya comenzaba a apartarse, miraba con mejores ojos al bolchevismo. No obstante lo cual, en este momento se mantuvo distante de ambos, repartió críticas para los dos lados y apostó, hasta que Lenin acabó por persuadirlo, a la reunificación de las dos fracciones.[1]

Del menchevismo, lo alejaba tanto la cuestión metodológica como política. En efecto, Trotsky entendía que la forma de proceder de esta fracción era una “parodia escolástica del marxismo”, en tanto y en cuanto tomaba la afirmación circunstancial de Marx acerca de que los países adelantados le muestran su imagen futura a los atrasados, y la convertía en una ley “absoluta, suprahistórica” que condicionaba la estrategia del partido. En lugar de pensar con su propia cabeza, los mencheviques examinaban la realidad que los rodeaba por analogía -la experiencia de la Revolución Francesa- y repetían, sin ubicar en su propio tiempo y espacio, formulas elaboradas genéricamente por el padre del marxismo. No debe tomarse a la ligera la magnitud de este debate, ni la importancia del personaje al cual Trotsky apunta sus cañones: Plejánov. Como dijimos, estamos ante la principal figura del materialismo histórico, al que el propio Trotsky definía, incluso en medio de la polémica, como “el brillante fundador del marxismo ruso”. Nuestro protagonista no sucumbe ante la autoridad de sus rivales y acusa lúcidamente al menchevismo de ignorar “el conjunto de las peculiaridades de la estructura social y el desarrollo histórico de Rusia, reales y para nada míticas.”[2]

Con relación al bolchevismo, el acuerdo era mayor, bien que la crítica no dejaba de estar presente. Trotsky acordaba en lo sustancial, en cuanto a las tareas inmediatas y el sujeto motor de ellas. Sin embargo, guardaba reparos en la fórmula leninista de “dictadura democrática del proletariado y de los campesinos”. No difería con Lenin respecto de la caracterización del campesinado, sin embargo era notablemente más enfático en la naturaleza de la alianza de clases. El campesinado, por su inmenso peso social tenía una potencia, pero por sí mismo no era capaz de concentrar ese poder y dotarse de una estructura partidaria. Lenin durante un largo tiempo dudó acerca de ello. Trotsky, por el contrario, defendió desde la hora cero la hegemonía proletaria, introduciendo una diferencia en cuanto a la correlación de fuerzas en la alianza revolucionaria. Desde su óptica, se trataba de una dictadura del proletariado “apoyada” o “respaldada” en millones de campesinos. El combate posterior contra el estalinismo llevó a nuestro protagonista a minimizar las diferencias con Lenin, pero lo cierto es que ellas existieron. Mientras Vladimir llegó a considerar temporalmente la posibilidad de un papel independiente del campesinado, que le daba otro status en la alianza, Trotsky lo rechazó de plano.

Concretamente, ¿cómo evaluaba Trotsky el carácter de la revolución rusa? En primer lugar, distinguía dos vías posibles para que la sociedad burguesa “saldara cuentas” con el feudalismo. Por un lado, aquella en la que la burguesía se erige en conductora de la nación, compromete a las masas en su lucha -fundamentalmente el artesanado urbano y el campesinado, y en menor medida, el proletariado- y le imprime una orientación al combate (tanto política -en consignas-, como en la táctica de lucha). El resultado que arroja es el de una sociedad “escrita en el lenguaje de una burguesía que era consciente de su papel mesiánico”. Concretamente, la democracia unifica la nación bajo la ideología burguesa. La segunda vía aún no tenía lugar y era la que Trotsky intuía podía ser la rusa. En esta, la lucha de clases adquiere un ritmo convulsionado que impide a la burguesía desplegar toda su energía y empuja hacia adelante al proletariado.

En ese segundo escenario, la revolución se inicia con un carácter burgués, pero desata fuerzas mayores que entran en antagonismo entre sí y solo puede coronarse con éxito si el proletariado se erige en conducción de las masas oprimidas. Alcanzando el poder, la propia dinámica lo empuja a superar el marco del programa burgués y a avanzar hacia el cumplimiento de tareas socialistas. Asimismo, debe superarse también el marco nacional y derramarse hacia los países avanzados. De este modo:

“El proletariado, pues, llegado al poder, no debe limitarse al marco de la democracia burguesa sino que tiene que desplegar la táctica de la Revolución Permanente, es decir, anular los límites entre el programa mínimo y el máximo de la socialdemocracia, pasar a reformas sociales cada vez más profundas y buscar un apoyo directo e inmediato en la revolución del oeste europeo.”[3]

Así, se percibe el carácter permanentista de este tipo de revolución, que rebalsa el contenido (burgués) y la forma (nacional). En esta misma lógica se comprende el papel de las consignas de transición, que ofician como herramientas de reaseguro de la permanencia. Volveremos sobre ello en otra nota.

Un método

Habiendo calibrado la magnitud del debate y la estatura de los contrincantes, conviene detenerse, antes de pasar a examinar en detalle la teoría de la Revolución Permanente, en el método de trabajo de Trotsky. Esto nos permitirá comprender de qué manera forjó su teoría.

El primer elemento que hay que destacar, se desprende del apartado anterior en relación al combate que nuestro protagonista entabla contra los mencheviques. Como explicamos, Plejánov y compañía entendían que Rusia debía seguir el mismo camino que habían recorrido los países capitalistas desarrollados. De allí la analogía constante con la Revolución Francesa. Frente a ellos, Trotsky decía: “La historia no se repite. Por mucho que se quiera comparar la Revolución Rusa con la Gran Revolución francesa, no por eso se convierte la primera en una simple repetición de la segunda. El siglo XIX no ha transcurrido en vano”.[4]

Volveremos sobre esta idea luego, cuando pensemos la Revolución Permanente hoy, basta aquí con apuntar la última oración de la cita: el tiempo no pasa en vano y no puede pensarse la historia como una repetición de experiencias en abstracción del tiempo y el espacio. En efecto, Trotsky indicaba que no podía esperarse de la burguesía de comienzos del siglo XX un comportamiento similar al de los jacobinos. Estudiando la historia pasada, señalaba que ya en 1848 la burguesía alemana y vienesa había mostrado que esa clase no era el vector de la transformación revolucionaria ni portaba la audacia necesaria para transformar el orden social, por el contrario, buscaba garantías suficientes para compartir el poder con las fuerzas feudales. De allí que la iniciativa quedara en manos de la clase obrera. En suma, nuestro protagonista estaba atento a las transformaciones recientes que impedían la repetición de la Revolución Francesa, a la que aspiraban los mencheviques. En función de ello, llamaba a comprender la situación presente para adecuar a ella la intervención del partido, y citaba un agudo pasaje de Lenin:

“Sucede harto a menudo –escribía Lenin en julio de 1917– que, a un viraje brusco de la historia, los mismos partidos avanzados no puedan, por un tiempo más o menos largo, adaptarse a la nueva situación, y repitan consignas eficaces ayer que carecen hoy de sentido, tanto más ‘súbitamente’ cuanto más súbito haya sido el viraje histórico”[5]

Debemos apuntar que este rechazo a la analogía como forma de reducir la realidad a una simple iteración de un mismo camino y un mismo resultado no llevaba, de todos modos, al revolucionario ruso a negar el papel del estudio de las revoluciones pasadas:

“Sabemos con certeza que cualquier pueblo, cualquier clase y hasta cualquier partido se instruyen principalmente por experiencia propia; pero ello no significa en modo alguno que la experiencia de los demás países, clases y partidos tenga poca importancia. Sin el estudio de la gran Revolución Francesa, de la Revolución de 1848 y de la Comuna de París, jamás hubiéramos llevado a cabo la Revolución de Octubre, aun mediando la experiencia de 1905. En efecto, hicimos esta experiencia apoyándonos en las enseñanzas de las revoluciones anteriores y continuando su línea histórica.”[6]

Así como impugnaba el razonamiento reducido a la analogía, Trotsky era igual de enfático en el rechazo a la búsqueda de citas de autoridad en las que pudiera encontrarse la receta o la guía de acción para el presente. Frente a tales operaciones, recordaba que “el marxismo es sobre todo un método de análisis, no del análisis de textos sino del de las relaciones sociales”.[7]  Cuestionaba así a los que llamaba “profesores rojos” que, tras la muerte de Lenin, pretendían estudiar su pensamiento no de forma histórica sino dogmática, como si el líder del partido bolchevique trajera las “tablas de la ley de lo alto del Sinaí”. Naturalmente, no renegaba del conocimiento previo, pero llamaba a entender la “dinámica del pensamiento vivo”, ajustado a la realidad en la que fue elabora. Con relación a ello, recordaba que Lenin “forjaba las ideas y las consignas en la forja de la lucha de clases. Estas consignas las ajustaba a la realidad, las concretaba, las precisaba, y según los períodos, les infundía uno y otro contenido.”[8]

Que el rechazo a la cita de autoridad no se convertía en pedantería por parte del propio Trotsky, lo muestra el hecho de que el revolucionario ruso no desarrolló la teoría de la Revolución Permanente como una teoría ex novo, sino que en buena medida retomó ideas previas y las insertó en un nuevo esquema. Basta con señalar que retomaba de Lasalle la idea que esbozamos previamente, según la cual las transformaciones que se hicieron visibles en la burguesía a partir de 1848, llevaban al proletariado a ponerse a la cabeza de la lucha. No coincidía, sin embargo, con el planteo de que esa lucha fuera directamente socialista, sino que debía comenzar la resolución de las tareas burguesas. Lo mismo puede decirse con relación a Aleksandr Lvóvich Parvus, de quien tomaba idéntica consideración acerca de la responsabilidad de la clase obrera rusa como vector de la transformación revolucionaria, sin coincidir con sus ideas más cercanas al establecimiento de un régimen de democracia obrera de tipo australiano.

Así las cosas, Trotsky combatió al pensamiento por analogía, a la cita de autoridad y, finalmente, al esquematismo economicista. En este punto, el rival directo fue Rozkov. El pensamiento de este profesor de historia en la Universidad de Moscú puede sintetizarse del siguiente modo: la condición indispensable para que la lucha socialista sea coronada con éxito es el predominio ilimitado de la gran industria, que llevará a la completa proletarización de todos los pequeños y medianos productores en la agricultura y la industria. No es difícil ver que en una Rusia predominantemente rural, con una aplastante masa campesina, el correlato práctico de esta máxima era la postergación de toda iniciativa revolucionaria por décadas. Nuestro protagonista rechazó esta interpretación por ser propia de un economicismo esquemático, según el cual la acción de la clase obrera está completamente atada al desarrollo de las fuerzas productivas. De allí se desprendían dos conclusiones que rechazaban la relativa autonomía de la esfera política. Por un lado, la revolución aparecía como un resultado natural del movimiento de la economía. El socialismo llegaría como resultado de la culminación del proceso de concentración y centralización de los medios de producción, gracias al avance de la técnica. Por el otro lado, la clase obrera sería impotente para cualquier tipo de transformación, hasta que no fuera la masa cuantitativamente aplastante de la población. Como veremos en breve, Trotsky no se abstraía de las condiciones reales de desarrollo de las fuerzas productivas en Rusia, al contrario, por haberlas estudiado consideraba que la clase obrera estaba preparada para convertirse en el caudillo de la revolución, a pesar de ser una nación atrasada.

Llegado este punto, ¿cuál fue el método con el que Trotsky elaboró la teoría de la Revolución Permanente? Sencillo, la máxima leninista que sintetiza al marxismo como ciencia: el estudio concreto de la situación concreta, para atender a las particularidades de la realidad que se pretende revolucionar.

Trotsky científico

Lo que nos interesa destacar aquí, antes de adentrarnos en el contenido específico de la Revolución Permanente, es la forma en la que Trotsky procede. Como hemos visto, en el medio de un profundo debate que involucra al conjunto de la vanguardia rusa, nuestro protagonista se enfrenta a las vacas sagradas de la socialdemocracia y no se amilana. Combate en soledad. No pretende buscar respuestas en analogías de experiencias pasadas, ni se subordina a ninguna autoridad intelectual. No lo satisfacen las citas de autoridad tampoco. Insistimos: piensa con su propia cabeza y atiende a la realidad que lo rodea. Trotsky, lejos de interpretar el presente como repetición mecánica del pasado, se quitó el lastre del “modelo francés” y advirtió proféticamente el camino que recorrería la revolución rusa a partir de un método eminentemente claro: el estudio concreto de la situación concreta. En la próxima nota recompondremos ese estudio.


[1]“No intenté jamás fundar un grupo sobre la base de la idea de la Revolución Permanente. Mi posición en el interior del Partido era conciliadora […] consideraba que la lógica de la lucha de clases obligaría a ambas fracciones a actuar de acuerdo y con el mismo rumbo ante la revolución […] yo no veía claro todavía el gran sentido histórico de la política, sostenida por Lenin, de delimitación ideológica y de escisión, allí donde fuera necesaria, a fin de forjar y templar un verdadero partido revolucionario.” (Trotsky, León: “La Revolución Permanente”, 1929, en: León, Trotsky: La teoría de la Revolución Permanente, Ediciones IPS, Buenos Aires, 2011, pp. 275-276.)

[2]Trotsky, León: “Tres concepciones de la Revolución Rusa”, en: Trotsky, La teoría…, op. cit., p. 113.

[3]Trotsky, León: “Resultados y perspectivas”, 1906, en: Trotsky, La teoría…, op. cit., pp. 36-37.

[4]Ídem, p. 52.

[5]Trotsky, León: “Lecciones de Octubre”, en: Trotsky, La teoría…, op. cit., p. 120.

[6]Ídem, p. 119.

[7]Trotsky, “Resultados…”, op. cit., p. 61.

[8]Trotsky, “La revolución…”, op. cit., p. 289.

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