El rojo sueño del porvenir La huelga general de 1909 y la historiografía académica argentina

en El Aromo nº 66
a66semanarojaEduardo Sartelli
Director de Razón y Revolución
La llamada Semana trágica ocupa todas las miradas de la lucha obrera de principios de siglo XX, en Argentina. Sin embargo, hubo otra “semana” que, acaso tan importante como esa, no tuvo tanta repercusión: hablamos de la “semana roja”. Para dar a conocer este verdadero hito de la lucha de clases, Ediciones ryr ha publicado La semana roja de 1909, de Julio Frydenberg y Miguel Ruffo. Aquí, un adelanto del prólogo.

La “semana roja” de 1909 es un episodio de orden mayor en la historia de la clase obrera argentina, lamentablemente poco conocido. Muy pocas páginas se han escrito sobre este evento que, en su momento, conmocionó a la capital del país y marcó rumbos definitivos en la política argentina. Fuera de las evaluaciones de las historias clásicas del movimiento obrero (Abad de Santillán, Oddone, Íscaro, Marotta) y de la historiografía posterior (Bilsky, Godio, etc.), la huelga no ha merecido ningún estudio específico ni mucho menos un libro, como no sea el que el lector tiene entre manos. Publicado originalmente por el ya mítico Centro Editor de América Latina (CEAL), este trabajo fue el producto de, por entonces, dos jóvenes investigadores que rechazaban, como otros hicimos, las mieles de la historia “alfonsinista” y su negación de la lucha de clases, y reivindicaban la importancia de restituir al proletariado a nuestra experiencia nacional.
En esa época, mitad de los ’80, estaba de moda, era en realidad el caballito de batalla de las “ciencias sociales” burguesas, negar la existencia de la clase obrera. Ahora se trataba de “sectores populares” o de “inmigrantes”. Por esa vía se intentaba reconstruir la hegemonía de la burguesía argentina, llevando la victoria en el plano militar (el Proceso) y político (la democracia) a la conciencia misma, tratando de borrar de allí al sujeto llamado a destruir la sociedad que estos intelectuales defendían. Ex militantes de izquierda en los ’70, ahora militaban en el campo burgués, luego de un exilio dorado en Europa, y querían asegurarse que nunca volviera a ponerse en cuestión el orden burgués. Hilda Sabato, Juan Carlos Portantiero, Pancho Aricó, Beatriz Sarlo, Guillermo O’Donnell, entre tantos otros, reordenaron la universidad argentina con ese objetivo.
Durante los ’90, con algún toque de posmodernismo, en particular en el mundo de la crítica literaria, estas corrientes dominaron el mundo académico, contribuyeron a construir el poder burgués y construyeron el suyo propio, no sólo en la universidad sino también en otros organismos como CONICET. El 2001 vino a ponerlos en cuestión y, en el primero de esos ámbitos, su poder fue cuestionado severamente. En otros, no. De todos modos, sus herederos kirchneristas no han cambiado sustancialmente nada, construyéndose una nueva camarilla intelectual, ahora más a tono con los tiempos que corren. Como sea, este último proceso no es el que desarrollaremos aquí. Veamos un poco ese episodio temprano de nuestra historia intelectual del que hablamos más arriba.

La historiografía socialdemócrata y el fin de la clase obrera

¿Quiénes son los historiadores socialdemócratas y por qué los denomino así y no, simplemente, liberales? Primero, los socialdemócratas son aquellos que se nuclearon detrás del alfonsinismo en los ’80, luego de una experiencia en la izquierda trotskista o montonera en la década anterior. En general, todos provenían de algún grado de desarrollo teórico marxista y arrastraron esa pretensión hasta bien entrados los ’90. La mayoría se exilió en Europa y se relacionó con las instituciones propias de la socialdemocracia y sus partidos, CLACSO, FLACSO, etc. Todos ellos retornaron como buenos demócratas, defensores de las “instituciones” y con una concepción relativista de la verdad.
En el campo de la historia de la clase obrera, la tradición socialdemócrata parte de rechazar la existencia de la clase obrera. Como algún tipo de agrupamiento de la población resulta necesario, además de obvio, Luis Alberto Romero pergeñó el concepto de “sectores populares”, cuya existencia el autor extiende por lo menos hasta la llegada de los años ’30.
¿Qué son los “sectores populares”? La expresión “sectores populares” ha sido utilizada coloquialmente muchas veces como sinónimo de “pueblo” e, incluso, de “trabajadores”. La novedad de Romero consiste en elevarla a la categoría de concepto que, además, tendría la virtud de retratar la realidad mejor que el que vendría a desplazar, el de clase social1. Lo más sorprendente del análisis romeriano es que no existe ninguna razón por la cual el concepto de “clase obrera”, como el de “burguesía”, es decir, de “clase”, sean más o menos “estáticos”, principal defecto que advierte Luis Alberto, que el de “sectores populares”. Romero nunca examina el concepto tal cual aparece en los textos que denomina “clásicos”, se limita a exponer su prejuicio. De hecho, podemos deducir del texto romeriano que lo que concibe como “clase obrera” se limita al “obrero industrial”. Sin embargo, ¿en dónde Marx, Engels, Gramsci, Luxemburgo, Trotsky, Kautsky, Plejanov, Mao, etc., etc., definen a la clase obrera como “persona que trabaja en la industria” o “asalariado industrial”? Cualquier hijo de vecino puede tomar El Capital, buscar el capítulo XXIII y encontrar allí todas las fracciones y capas que corresponden a la clase obrera. Puede tomar los capítulos XI y  XII y encontrar allí todas las modificaciones que sufre la clase en su desarrollo histórico. El que no lo hace es por simple pereza mental o por prejuicio ideológico. Efectivamente, el concepto de clase obrera que establece Romero como propio del marxismo “clásico” o de la “ortodoxia” es notablemente restrictivo y, por lo tanto, inadecuado, además de falso. Para la “tradición marxista”, obrero es todo aquél carente de medios de producción y de vida. Una enorme variedad de situaciones unidas todas por el hecho de la explotación. Dada esa unidad, sorprenderá siempre la similitud de respuestas tanto como, dada la variedad, la diferencia de acciones, sentimientos y “cultura”. ¿De dónde saca Romero, entonces, la definición de “clase social” que pretende demoler? No se sabe, porque no lo dice en ningún lado, siguiendo la costumbre de toda la “nueva historia social”: inventar un enemigo a medida para luego “destruirlo” con comodidad.
Aceptaremos por buenas las conclusiones del propio Romero, a saber, que el concepto de “sectores populares” es inútil. Aunque el balance sobre la historiografía de los “sectores populares” está por hacerse, podemos afirmar que ha terminado recayendo en aquello que el propio Hobsbawn cuestionaba, el folclorismo: “Si no formulamos primero preguntas y luego buscamos material a la luz de las mismas, corremos el riesgo de producir algo que será meramente una versión izquierdista de la afición a estudiar lo antiguo, labor que equivaldrá a la que llevan a cabo los folcloristas amateurs.”2 Un simple repaso de buena parte de esa producción mostraría un amontonamiento de datos en general insulsos, que no se remite a ningún cuerpo de conocimientos que permita resolver problema alguno3.

La importancia de este libro

El lector encontrará aquí material suficiente para comprender por qué este libro constituyó una reacción temprana contra esta tendencia a la negación de la clase obrera. El hecho elegido para discutir la ideología dominante en la academia burguesa no podría haber sido mejor: no sólo se trata de un objeto poco estudiado, como decíamos más arriba, sino de uno de una calidad particular. En efecto, se trata de una huelga general política. Por su magnitud, ya desmiente la idea de la ausencia de la clase obrera y de su conciencia de clase. Pero lo más importante es su despliegue cualitativo: se trata del nivel más elevado de la lucha obrera. Una huelga general económica es un enfrentamiento al conjunto de los patrones; una huelga general política es un enfrentamiento con el representante general de los patrones, es decir, el Estado, cuestionado en tanto que representante político general.
Es cierto que no se trata de una insurrección socialista, el punto más elevado dentro de la huelga general. Estamos en presencia de una lucha política democrática, pero de una lucha política al fin. La clase obrera no sólo existe, no sólo se reivindica en tanto poseedora de una mercancía particular, sino como parte de la sociedad política y, por lo tanto, poseedora de los derechos propios de esa sociedad: la expresión de ideas, la manifestación pública, el derecho de reunión, etc., etc. Constituye también un mentís a la presunta fragmentación “étnica” de la clase obrera, siendo abolición de la Ley de Residencia, es decir, la penalización estatal de la “etnicidad”, objeto central de las demandas obreras.
A contrapelo de aquella tendencia historiográfica que examinamos, este libro no sólo restituye la huelga de 1909 a la historia de la clase obrera, no sólo muestra su presencia y su conciencia combativa, sino que examina sus alternativas políticas, sus aciertos y contradicciones, constituyendo un balance necesario de las tendencias político-sindicales que se disputaban la dirección del proletariado. Anarquismo, sindicalismo y socialismo son interpelados, entonces, a la luz de sus estrategias y de la coyuntura en la que actúan. Hoy, que un nuevo renacer político de la clase obrera argentina se asoma y que nuevas tendencias entran en disputa, este texto se revela de una utilidad obvia. Ayuda a comprender que el pasado encierra, también, nuestros sueños del porvenir.

Notas:

1 Romero, Luis Alberto y Leandro Gutiérrez: Sectores populares, cultura y política, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1995.
2 Hobsbawn, El mundo del trabajo, Crítica, Barcelona, 1987, p. 18.
3 El mejor ejemplo es, tal vez, la compilación de Diego Armus: Mundo urbano y cultura popular, Sudamericana, Bs. As., 1990.

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