Editorial: Un experimento explosivo – Fabián Harari

en El Aromo nº 95/Novedades

experimento explosivoFabián Harari

Editor responsable


Mauricio Macri no tuvo, pasado su primer año, su acto por la democracia (como Alfonsín), ni su Plaza del Sí (como Menem), ni ninguna de las movilizaciones de Néstor. Sin demostraciones de masas, sin organizaciones sociales de peso, sin una corriente sindical propia, sin una juventud que empuje, sin una vida partidaria activa y sin una historia a la cual recurrir, no faltará quien vea en el macrismo un armado vacío y efímero. Sin embargo, detrás de esta aparente debilidad, puede esconderse una voluntad de cambio radical de las coordenadas del capitalismo argentino y del funcionamiento del sistema político. Que no le dé el cuero para semejante objetivo, es otro problema.

De bombero a mecánico

El mayor error que se comete al hablar de este gobierno es llamarlo “neoliberal”. En realidad, Macri no es un “liberal”. Su propia historia es la de un empresario chico (en términos mundiales) que vivió toda la vida gracias al Estado. Y, si bien es cierto que amenaza romper con su historia familiar, lo hace en un sentido muy distinto del que se sospecha.

Durante la “década ganada” se utilizó esa enorme masa de renta para sostener empresas ineficientes, con la capacidad instalada de los ’90, y al Estado para contener la población sobrante. La relación con el mercado mundial era similar a la de 1880: exportación de materias primas (a China) e importación de la producción que no se puede fabricar acá.

Como ya explicamos, Macri hereda una crisis económica y una crisis política, que se expresa en la continuidad del bonapartismo. La primera se relaciona con el agotamiento de la renta agraria para sostener, no ya el desarrollo, sino la supervivencia de una estructura industrial cuya productividad está cada vez más retrasada con respecto a la media mundial. La salida requiere dos movimientos inmediatos. Por un lado, un ajuste (que ya venía practicando Cristina). Por el otro, el reemplazo de la renta por deuda externa, como elemento compensador (que también intentó Cristina). Este último elemento, las compensaciones, muestran que Macri no tiene en carpeta un proyecto puramente agroexportador, sino que está dispuesto a proteger y subvencionar a ciertas industrias grandes para la escala local, pero chicas en el concierto mundial. O sea, menos masa de subvención. Por lo tanto, muchas empresas tendrán que quebrar para alimentar la concentración y centralización del capital. Ese es el proyecto desarrollista (véase nota de Sanz Cerbino). Eso implica que, en algún momento, el Estado debe dejar de ser un depósito de sobrepoblación relativa. De allí, los ajustes en Ciencia y Técnica y en Educación, entre otros.

Pero el proyecto M apunta más allá de salir de la crisis. Tiene el ambicioso objetivo de sacar al capitalismo argentino de su dependencia del agro y colocarlo como un exportador industrial. Es el “modelo asiático” y supone un aumento exponencial de la tasa de explotación (véase artículos de Damián Bil y de Ianina Harari) que permita al capital local competir en el escenario mundial. Menos industrias, más concentradas, con mano de obra taiwanesa. Por eso, resulta algo ridículo escuchar, ya no a kirchneristas, sino a dirigentes de izquierda hablar de “desindustrialización”, cuando, en realidad, estamos ante el proceso inverso: el capital se desarrolla concentrando y aumentando la tasa de explotación y el desempleo. O no entienden cómo funciona el sistema o están tomados por el reformismo.

Todo este programa no puede realizarse ni sustentarse sin un cambio político profundo. En primer lugar, la salida del bonapartismo, para dar lugar a una plena hegemonía. Es terminar con la política en la calle, con las organizaciones paraestatales de asistencia social y con la excesiva concentración personal del poder.

Macri piensa establecer también una nueva dinámica política. Básicamente, un sistema que carezca de presiones corporativas (obreras, claro): partidos separados de los sindicatos y una estatización del sistema de asistencia. Es decir, cuadros administrativos sin organizaciones de masas detrás. El vínculo con estas solo se desarrollaría a través del voto y de las “redes sociales”. Claro que para esto se precisa una verdadera anomia de la vida sindical y política de la clase obrera. En este campo sí podríamos decir que Macri es un “liberal”. El liberalismo político como complemento necesario a una estrategia desarrollista.

La dura realidad

Proyectos económicos y políticos muy similares se intentaron en el pasado: Frondizi, Onganía, Martínez de Hoz y Menem. En general, se encontraron con similares obstáculos: un problema (histórico) de infraestructura difícil de sortear, la propia incapacidad de la burguesía argentina para competir y la dificultad política de someter a la clase obrera. De todas estas, la tercera es la más importante.

Todos los ensayos de este tipo terminaron en fracasos históricos. Pero hay un elemento que hace del Proyecto M un programa más difícil aun de implementar. Sus antecesores se movían en medio de un reflujo más o menos profundo de la clase obrera. En cambio, Macri enfrenta una clase obrera que está saliendo (aunque lentamente) de un reflujo que no fue sino relativo. Pero lo más importante, en este caso, es la vida de las organizaciones revolucionarias, que mantiene abierta la crisis.

Ese elemento también impide la realización del programa liberal. Tal como están las cosas, hoy en día mantener un vínculo puramente administrativo con la clase obrera (en términos de asistencia social) o puramente electoral (en términos políticos), deja a esas masas a disposición de direcciones revolucionarias. Por lo tanto, esa utopía política, como la económica, también supone una masacre histórica de proporciones gigantescas. Mal país eligió Mauricio para su experimento.

En este contexto, el Gobierno tiene que pagar por todo lo que no tiene, desbaratando todos los armados políticos. El resultado es eso que vimos en el acto del 7 de marzo de la CGT: una crisis general de la dirigencia, que el gobierno azuza tanto como teme.

Tres días y un balance

Lo que sucedió aquel 7 de marzo es una ausencia total de organización de un acto, producto de la crisis de la burocracia sindical; a su vez, expresión de la profundidad de la disgregación del peronismo y la debilidad de la Alianza F (por Fransico).

Dentro del círculo chico de la cúpula cegetista (los dos triunviros massistas) existe una rivalidad: Moyano está haciendo negocios con Angelici y Pablo amenaza con dejar la conducción. Barrionuevo, en cambio, mantiene su alianza con Massa. Saliendo del massismo y mirando el triunvirato, Schmid intenta hacer equilibrio entre el kirchnerismo de la UOM (Gutiérrez) y otros sindicatos chicos (remiseros) y el PJ tradicional, que quiere una nueva conducción. Fuera de la conducción, siempre en la CGT, están quienes buscan la unificación del PJ en torno al kirchnerismo crítico (Grupo Fénix) y los más “independientes” (Esmeralda).

Ahora bien, el año pasado, la CGT armó un frente con organizaciones de asistencia social como la CTEP, el Movimiento Evita, Barrios de Pie y la CCC, a pedido de Francisco. Sus dirigentes estuvieron en el palco del acto y llevaron el grueso de las columnas. A ellos se sumaron las agrupaciones de la pequeña y mediana industria. Es decir, a estas internas en la CGT hay que sumar las que derivan del frente armado por el Papa. Y, a esto, la asistencia de la CTA K y no K. Es decir, los choques y las disputas funcionan como un sistema de muñecas rusas, entrelazadas en sus distintos niveles a tal punto que no puede dirimirse en qué medida son “internas”.

La carencia de la CGT no solo tiene que ver con su imposibilidad de construir una dirección, sino también con su capacidad de movilización. El grueso de la gente, en una marcha masiva, fue puesto por las organizaciones barriales y por la docencia.

Entonces, la primera conclusión es que el Gobierno hoy no tiene una burocracia sindical. No hay un dirigente ni que pueda ejercer un control sobre el grueso del movimiento obrero, lo que no quiere decir que la burguesía no ejerza el liderazgo por otros canales (como el ideológico o político más general). Mientras tanto, la dirección de la sobrepoblación, que se va aglutinando en torno a Francisco, todavía tampoco ha logrado dar a luz a una dirección concreta. La crisis es mucho más amplia: a pocos meses de las internas, los partidos no saben quiénes van a ser sus candidatos.

“Poné la fecha…”

Lo que podría ser una gran oportunidad para la izquierda, se convierte en un peso. La columna clasista fue ciertamente muy reducida (no más de 6.000 personas, sobre un total de más de 100.000 movilizados). Parece curioso, dada la inserción que ha tenido en los últimos conflictos. Pero se explica por tres motivos. El primero es que aún no se ha constituido en alternativa a la crisis de la dirección sindical. El segundo, porque no ha retomado su trabajo sobre la sobrepoblación relativa. El tercero es el que explica los otros dos: la incapacidad de proyectarse en el plano político.

El FIT no ha hecho nada antes de Atlanta ni después de Atlanta. No ha intervenido en ninguno de los grandes problemas. Es evidente que están esperando la proximidad de las PASO para empezar el debate.

El PO ha hecho un llamamiento propio de la burocracia cegetista: llamó a los partidos que apoyan al FIT, llamó a un congreso en dos comunicados, pero no puso fecha, ni realizó convocatoria concreta alguna. A ellos también les cabe el cántico que entonaban esos trabajadores cerca del palco: pongan una fecha.

De la misma manera que la clase obrera debe organizarse, sin esperar el llamado cegetista, los partidos que apoyamos al FIT, pero no tenemos ni voz ni voto, debemos organizarnos para realizar un llamado a un congreso de militantes y definir una campaña de intervención. Si las direcciones no responden, demos un paso al frente.

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