Un viaje a la revolución verde. Los cambios en los procesos de trabajo de cereales y oleaginosas, 1970-2007

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Un viaje a la revolución verde
Los cambios en los procesos de trabajo de cereales y oleaginosas, 1970-2007
 
Mucho se dice sobre la agriculturización. Mucho más se habla sobre la sojización. Pero ¿qué significa este proceso en términos laborales? ¿Cuánto trabajo se precisaba antes y ahora? Le proponemos al lector una travesía para conocer los cambios en una de las tareas más agotadoras que conocemos: las del trabajo agrícola.
 
Sebastián Cominiello
TES
 
En general tenemos una idea, aunque sea superflua, sobre los cambios que se produjeron en el sector rural durante las últimas décadas. Agriculturización, sojización son palabras que, hoy en día, todos conocemos. Pero poco se sabe sobre lo que implican en términos laborales. En este artículo proponemos hacer un recorrido para observar qué cambios se operaron en los procesos de trabajo de cereales y oleaginosas en el agro argentino. En particular, nos centraremos en los principales cultivos que protagonizaron la expansión agrícola de las últimas décadas en Argentina: el trigo, la soja y el maíz.
En la década de 1970, la superficie destinada a los cereales y oleaginosas era de 18.970.852 hectáreas. De esta superficie, los tres cultivos que analizamos ocupaban el 43,5% (8.267.360 ha). En la última década, los cereales y oleaginosas se extendieron a 29.861673 hectáreas de las cuales los tres cultivos representaron el 77,1% (23.029.958 ha). El rendimiento por hectárea de soja, trigo maíz y girasol no dejó de aumentar en los últimos 50 años, con particularidades. El maíz fue el cultivo que más aumentó su rinde por hectárea en este período. Este cultivo paso de 1.940 kg. por hectárea promedio, durante la década de 1960, a 6.395 kg. como promedio en los últimos diez años. Parte de este crecimiento, lo explica la difusión, en la década de 1960, de los primeros híbridos de maíz  con los que se obtiene un mayor rinde. Mientras que la soja creció de 1088 kg. promedio en la década 1960 a 2618 kg. en la década de 2000, el trigo pasó de 1350 a 2456 kg. por hectárea, respectivamente. Dos fenómenos explican este aumento de la producción. Por un lado, la ampliación de superficie destinada a dichos cultivos. Por otro, los avances técnicos: la siembra directa, la mejora en la aplicación de fertilizantes y herbicidas y los avances genéticos en la producción de semillas. Estas innovaciones productivas permitieron, ya hacia fines de 1970, aplicar la rotación trigo-soja-maíz que implicó poder efectuar 3 cosechas en 2 años, aumentando en un tercio la superficie aprovechada por el cultivo. Este proceso culmina con la doble cosecha en la década de 1990. Esto, en principio, nos indica que existe una mayor superficie para trabajar. No obstante, los avances en la mecanización de los procesos de trabajos disminuyeron los tiempos necesarios para estos cultivos.
 
Menos trabajo y menos calificación
 
Si bien cada cultivo requería, y requiere, de tareas similares, los procesos de trabajo no son idénticos. Como observamos en la tabla comparativa, en el caso del trigo, el tiempo demandado para la producción de una hectárea hoy es la cuarta parte que en la década de 1970. Para la soja, el tiempo que implica en la actualidad una hectárea es el 22% que hace 3 décadas y en el caso del maíz, un 15% respectivamente. Si efectuamos una aproximación, ya que los tiempos pueden variar relativamente, según la maquinaria que se posea y las características del suelo, podemos dimensionar los cambios en el tiempo de trabajo durante estas décadas. Si en 1970 los tres cultivos demandaban 7.243.191 de jornales de 10 horas, en la década de 2000, éstas equivalen a sólo 4.605.991 de jornales de 10 horas. En síntesis, el tiempo de trabajo para producir estos cultivos disminuyó un 37% y la producción se multiplicó 5,8 veces. 
Como mencionamos en artículos anteriores, forma parte del sentido común, incluso dentro del sector agropecuario, la idea de que hoy se precisa más conocimiento para poder manejar la maquinaria de última generación que las máquinas de antes que eran más simples. A principios de la década del ‘80, la secuencia arado de rejas, discos dobles y rastra de dientes se aplicaba en gran parte del suelo argentino.  Con la utilización de la rastra para los laboreos, por ejemplo, se tenía que tener en cuenta qué tipo de tareas se efectuaban para saber qué rastra elegir (livianas o pesadas) y el espacio entre las mismas. En el caso del arado, existían problemas sobre cómo realizar un correcto enganche con el tractor y la forma de regularlo horizontal y verticalmente.  Con la eliminación de estas labores, este tipo de conocimientos hoy es innecesario. Por otra parte, la preocupación por simplificar las tareas siempre estuvo presente en el agro, no es una característica de la actualidad. En 1980, empezaban a generalizarse los controles electrónicos en los pulverizadores convencionales. Uno de ellos, conocido como Dickey John que, con su radar, medía la velocidad de avance e informaba al microprocesador que abriera y cerrara parcialmente un dispositivo para permitir mayor o menor paso del producto de acuerdo con el dato que se cargaba en la máquina. ¿Cuál era la ventaja? “El maquinista se olvida de todo: se pone en la máquina tal dosis y ésta se ocupa de que se cumpla la indicación”. 
Esteban Veccarezza, contratista rural de 9 de julio, comenta de qué manera la máquina simplifica el trabajo hoy en día: 
 
“En la cosecha, una vez que está trabajando la máquina, es una máquina que está con piloto automático. Una vez que entraste a la melga [surco], la máquina se maneja sola por satélite y te da todo tipo de información: cada 3 metros lo que va rindiendo, también por hectárea, los kilos secos, la humedad, los kilos que cosechaste en lote, las hectáreas que vas haciendo por hora y las hectáreas que hiciste todo el día”.  
 
De este modo, vemos que la tendencia es a que la maquinaria realice las tareas complejas simplificando el proceso laboral, ya que el trabajador ni siquiera conduce la máquina, que es guiada por satélite.
 
Siguen siendo los mismos
 
Estos cambios productivos son los que permitieron a los contratistas de maquinaria hacerse cargo de casi de la totalidad de la superficie destinada a la producción agraria de cereales y oleaginosas. No obstante, tanto ayer como hoy, el que produce es el mismo sujeto: el obrero rural. Son menos que antes, más descalificados y, sin embargo, son más relevantes económica y políticamente.
  soja

NOTAS:
[1]  Las variedades cruzadas, o “híbridas” se comportan mejor debido a que ocurre algo que se conoce como “vigor híbrido”. Sucede que los pares de genes son lo más distinto posible, y la variedad híbrida resultante es más resistente y productiva. 
[2]  Multiplicamos el tiempo de trabajo que requería una hectárea de cada uno de estos cultivos por la superficie total cultivada con cada uno de ellos; el resultado es: 645.690 de jornales para la soja, 3.078.845 para el trigo y 3.518.656 para el maíz. 
[3]  Si tenemos en cuenta que los demás cultivos (lino, sorgo, etc.) ocupaban mayor superficie antes que ahora, que pasan a ser casi marginales, ello implica que el total de la producción de cereales disminuyó todavía más el tiempo de trabajo requerido.
[4]  Dinámica Rural, nº 137, Año XII, noviembre 1980
[5]  Dinámica Rural, año VIII, nº 95, julio 1976.
[6]  Dinámica Rural, nº 162, año 1982
[7]  Ver www.youtube.com/watch?v=hZvWORicL9o&feature=g-like.

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