Relativismo, picaresca y verdad en la escuela secundaria: un ejercicio político

 

 

Rosana López Rodriguez

 

“¿Para qué sirve estudiar literatura?” “¿Para qué leemos estos libros viejos?” Después de años de escuchar estas preguntas (y atormentarme con ellas), he descubierto que la respuesta es bastante sencilla, a poco deja una de intentar argumentos rebuscados, romanticones o metafísicos: leemos los textos clásicos, los que siempre han transitado las aulas para suerte o desgracia de los alumnos de varias generaciones, para entender el mundo que los produjo y, con ello, comprender el nuestro. Así, cuando vemos Vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, observamos el agotamiento del orden feudal en España y las formas en las que la gente intenta lidiar con un nuevo orden que no alcanza a nacer todavía. En ese caos, la novela, como toda la picaresca, reivindica el sálvese quien pueda, el individualismo. Allí lo importante no es “ser sino parecer”, un mundo que ha separado lo público de lo privado (y este último espacio compete solamente al individuo). El texto desemboca naturalmente en el relativismo moral y, desde allí, en el relativismo a secas. Es función de todo docente consciente poner en cuestión estas premisas del relativismo, que hoy asume la forma de ideología dominante y cuyas contradicciones, éticas y políticas son fácilmente percibidas por los alumnos. A poco de discutir el tema, los chicos encuentran que de ese modo es imposible tener un parámetro cierto de conocimiento, análisis y modificación de la realidad y captan el sentido conservador del relativismo. Para aceitar la discusión, les pido siempre que escriban un texto satírico, obviamente utilizando los métodos del pícaro, con una consigna muy sencilla: “Cómo zafar de una prueba”. El texto que sigue es uno de los resultados de este último año, donde la alumna supo conjugar todas las discusiones en clase en un texto políticamente crítico y con la dosis de humor que requiere el discurso satírico.

 

 

A veces miento cuando digo la verdad

María Jimena González

 

Aquella mañana me sentí un poco desorientada cuando Agustina, antes de salir al recreo, me preguntó: “¿Estudiaste para la prueba de Filosofía?”. “¿Qué prueba de filosofía? ¡No sé nada!”, pregunté a la vez, dado que en ningún momento había escuchado al profesor anticipar aquel examen. “¿Habrá sido cuando fui al baño? ¿Cómo era que nadie me había avisado de eso?”

Confundida, sin tiempo para preparar nada en esos pocos minutos que me quedaban, atiné una última pregunta: “¿Qué va a tomar?” “Relativismo”, respondió Agustina, antes de ir hacia los sanitarios.

Aislada en un rincón del patio, me puse a repasar mentalmente lo que recordaba del tema. Una frase de Protágoras, el primer relativista de la historia, vino en mi auxilio: “El hombre es la medida de todas las cosas.” Por asociación de ideas a partir de ella, pensé: “¿Qué es lo que se pretende saber cuando se toma un examen? ¿Lo que sé de o lo que no sé?” Y llegué a la conclusión de que la situación en la que estaba era un claro ejemplo de relativismo, tanto ético, debido a que tenía que tomar inmediatamente una decisión, como gnoseológico (epistemológico), porque lo que sabía o no debía formar parte de alguna teoría del conocimiento. “Bien”, dije para mis adentros, “algo sé del tema, y tratándose de relativismo, nadie puede objetarme que no sepa todo, ya que todo no existe como absoluto, amén de que estaría faltando a la verdad y no precisamente para mi beneficio. Después de todo, la verdad también es un concepto relativo”. Quedé satisfecha con mi decisión, éticamente correcta desde el punto de vista del relativismo. Y como “la Verdad” no existe, una verdad a medias es como una verdad completa. Siguiendo con la asociación de ideas, recordé que el profesor había explicado un argumento al que denominó “la parábola del mentiroso”. Alguien que dice “Siempre miento”, destruye su propio argumento, porque al hacer una afirmación absoluta, está afirmando una verdad, por lo que la frase debería ser: “Siempre miento, menos ahora”. En eso estaba, cuando sonó el timbre que puso fin al recreo. Convencida de que sabía más del tema de lo que pensaba, me senté y me dispuse a hacer la prueba. Después de todo, ¿quién está en posesión de los contenidos de toda la biblioteca? “Nadie”. “¡Qué capo, Protágoras! En verdad el hombre es la medida de todas las cosas”.

El profesor llegó puntualmente y dictó las preguntas del examen: 1) Orígenes del relativismo, 2) Tipos de relativismo, 3) Dé ejemplos en los que se haga evidente el pensamiento relativista.

“Joya”, pensé. “Puedo responder todos los puntos”. Y escribí en aquella prueba lo que se me había ocurrido en el recreo. Cuando a la semana siguiente el profesor trajo las notas y me había aprobado con un nueve, Agustina me preguntó, más que asombrada: “¿No era que no sabías nada del tema?” A lo que respondí, aún imbuida del espíritu de Protágoras: “Todo es relativo, amiga mía. ¡Todo!”

 

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