Poco saludable. Los límites de la atención sanitaria durante el kirchnerismo – Pablo Estere

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Los límites de la atención sanitaria durante el kirchnerismo

Pablo Estere
OME-CEICS

Según los intelectuales del régimen, los últimos diez años también fueron “ganados” en materia de salud. Desde 2006, el gasto se incrementó en forma constante. No obstante, no se alteraron las características de un sistema que condena a más de un tercio de la población a una atención precaria.

Pablo Estere
OME-CEICS

El gobierno no desperdicia oportunidad de remarcar sus logros en materia de inversión sanitaria, vacunación, esperanza de vida, mortalidad y control de enfermedades, entre otros ítems [1]. Tal es así que el Ministerio de Salud afirma:

“Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández se dio vuelta una página en la historia sanitaria argentina. Con políticas puestas al servicio de todos los habitantes, en especial de los más humildes, el país retomó la senda que había trazado medio siglo atrás Ramón Carrillo, el primer ministro de Salud que tuvo el país. En materia sanitaria, muchos de los logros del ciclo de transformaciones que se puso en marcha en 2003 y continúa en la actualidad ya son claramente visibles, mientras que otros recién podrán apreciarse en los próximos años” [2].

No obstante, hay que mencionar que los avances que el gobierno se adjudica son parte de una tendencia previa y, además, no son exclusivos de la Argentina. Por otro lado, el aumento del gasto estatal en salud pública se vio acompañado por un aumento de la masa de las consultas (se incrementaron en un 150% entre 1984 y 2006). Es decir, la masa de recursos incrementados fue destinada a la misma estructura, que está colapsada. En este sentido, no hay cambios sustanciales en relación a las décadas previas “neoliberales”. Lo que se presenta como un avance en realidad es el mantenimiento de la misma estructura, que reproduce las (malas) condiciones de vida y de salud de una población crecientemente sobrante para las necesidades del capital.

A cada quien según su capacidad (de pago)

El sistema de salud argentino está fragmentado en tres subsistemas: el subsistema de obras sociales (OO.SS.), el privado y el de atención pública de la salud. El primero abarca a la población que cuenta con empleo registrado o con alguna jubilación o pensión. Para 2010, cubría al 46% de la población. El subsistema de medicina privada, por su parte, abarca al 16%. El 38% restante depende de la atención pública. Se trata de trabajadores desocupados o con empleo precario, es decir, parte de la población que se constituye como sobrante para el capital en nuestro país.
A esta fragmentación, se le suma otra al interior de cada subsistema. En el caso de las OO.SS., está dada por sus calidades diferenciadas según sus trayectorias y cantidad de afiliados. Este proceso se vio reforzado con la desregulación de las OO.SS. que permitió una migración de afiliados hacia las de mejor calidad. Lo mismo sucede en el caso de la medicina privada: las que concentran la mayor parte del mercado ofrecen una salud de mejor calidad, atrayendo a sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía y a sectores de la clase obrera con mejores salarios que pueden traspasar sus aportes sindicales cubriendo en parte o en su totalidad la cuota de las prepagas. En el subsistema de salud pública la fragmentación queda expresada en los niveles de descentralización del gasto, que implica desigualdades geográficas por la diversidad de capacidad financiera de las provincias y de los municipios.

Una década descentralizada y precarizada

En los años kirchneristas la participación promedio del Gobierno Nacional en salud pública fue del 15,5%, levemente mayor que el promedio de los ‘90 (13,3%), pero menor que el promedio de los ‘80, donde se ubicó en torno al 17,6%. Si tenemos en cuenta la totalidad del gasto público en salud, incluyendo OO.SS. y PAMI, la participación nacional es más importante, pero el proceso de descentralización es aún mayor. Mientras en la década del ‘80, la participación promedio del Gobierno Nacional en el gasto de salud fue del 60,2%, en los ‘90 cayó al 52,8% y en la “década ganada” al 48,5%. Este descenso de la participación nacional tiene como correlato el aumento tanto de las instancias provinciales como municipales, pero sobre todo de estas últimas, que aumentaron su participación promedio en un 39,8% (gráfico n° 1). Observamos entonces un proceso descentralizador de larga data, donde una vez más el “nacionalismo popular” está en sintonía con los lineamientos del Banco Mundial, que en su informe Invertir en Salud de 1993 recomendaba descentralizar los servicios con el argumento de aumentar su eficiencia.
Por otro lado, es cierto que el gasto se incrementó. Pero esta no es una tendencia propia del período, sino que se verifica por lo menos desde inicios de los ‘80. Además, dada la situación del mercado de trabajo, caracterizada por la disminución del desempleo en relación al momento de la crisis, pero con el aumento de formas precarias de contratación (trabajo no registrado), la población que debe atenderse en el sistema público es 20% más alta que a comienzos de la década del ‘90 [3]. Esto se evidencia en el aumento de las consultas médicas que reciben los establecimientos públicos de salud de manera continuada desde mediados de los ‘80 (gráfico n° 2).
En este punto, el problema es que la atención del hospital público se degrada continuamente. Son conocidas los reclamos de los trabajadores de la salud por las condiciones de trabajo y de los usuarios por la falta continua de insumos [4]. Otro de estos indicadores es la disminución de las camas por habitante. Mientras la población argentina, desde 1960 a 2010 ha aumentado casi en un 100%, el número de camas por habitante ha descendido un 60%. En 1960 había 6,4 camas de hospital cada mil habitantes y para 2010 se cuenta con solo 2,1 camas [5]. El promedio de 2 camas cada mil habitantes se mantiene desde 1980, incluida la “década ganada”, evidenciando un deterioro consolidado en la atención pública.

Un diagnóstico preocupante

El “diagnóstico” optimista del Ministerio de Salud enumera entre los logros de la actual gestión la disminución de la mortalidad infantil y el aumento de la esperanza de vida al nacer. No obstante, lo que no se dice es que la primera registra un descenso, por lo menos, desde 1960, con un estancamiento entre 1964 y 1974. A partir de ese momento, se observa una brusca caída que continúa hasta nuestros días. De manera que la baja de la tasa de mortalidad infantil no es un logro de este gobierno, sino una tendencia que se observa, por lo menos desde inicios de los ‘60. Tampoco es exclusivo de nuestro país. Para 2011, la Argentina contaba con un índice de 14,1 por mil en tasas de mortalidad, similares a las de Brasil y China y por encima de Uruguay, Chile, Estados Unidos y toda la Zona Euro.
En cuanto a la esperanza de vida, desde 1960 a 2011 Argentina presenta un crecimiento ininterrumpido. Ésta es una tendencia que se registra en la mayoría de los países, y que para 2011 ubica a nuestro país en valores similares a los de Brasil, China y Uruguay y por debajo de Estados Unidos y Chile, entre otros [6]. Una visión de largo plazo y no centrada en Argentina permite ver que, como en otras áreas, el gobierno se atribuye como logros tendencias históricas que lo preceden y que no son exclusivas de nuestro país.
No es la salud, es el capital

Cuando comparamos los datos de salud que ofrece el kirchnerismo con los que se registraron inmediatamente después del peor momento de la última crisis económica, el balance es necesariamente positivo. Sin embargo, si se extiende la comparación a décadas anteriores se dimensiona apenas una recomposición del piso de 2002-2003, sin superar la situación de los períodos previos. Por otro lado, se evidencia que durante los años K se consolida un sistema segmentado según capacidad de pago, relegando a la población sobrante para el capital a un subsistema de atención pública de salud que, aún con aumentos del gasto, ofrece un servicio precario. No podría ser de otra forma en el marco de un “modelo” cuya supervivencia depende del aumento de la tasa de explotación. Aumento que toma forma, precisamente, bajo formas de empleo que tienen por condición no cubrir las necesidades de salud de los trabajadores.

Notas
1Ver discurso de Cristina Fernández de Kirchner en el portal del Ministerio de Salud, 5/5/2013.
2http://goo.gl/qLpjl.
3Según censos de 1991, 2001 y 2010.
4Véase La Voz, 17/3/2013, http://goo.gl/JHeIz; Clarín, 13/5/2013, http://goo.gl/5Gf7j.
5http://goo.gl/V3BaB.
6Elaboración propia en base a datos del Banco Mundial.

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