Pigna quiere ser Bush.

 

Mariano Schlez

 

¡Gloria y loor a la patria y a sus héroes!. Durante años nos han ocultado nuestra verdadera historia y ha llegado la hora de poner la verdad sobre la mesa: la Revolución de Mayo ha sido derrotada y ha degenerado en el gobierno de la corrupción y el negociado. La facción republicana morenista ha caído frente al saavedrismo absolutista y esto ha determinado la dirección fallida de los destinos de nuestro país, continuando este proceso en la decadencia actual de nuestros gobernantes. La gran culpable de todo es la burguesía terrateniente porteña. Ella debió actuar como una verdadera burguesía, pero no lo hizo. Debió invertir e industrializar, pero especuló y vivió de rentas y materias primas. He aquí el origen de todas nuestras penas. Y gracias a Felipe Pigna hoy podemos conocer esta realidad. Esta ajustada síntesis podemos encontrarla más desarrollada en su último libro Los mitos de la historia argentina. La construcción de un pasado como justificación del presente. Allí el autor explica la evolución de la sociedad argentina desde el “descubrimiento” hasta la “independencia”. Ambas palabras las encontramos entre comillas porque él viene a explicarnos los engaños de que fuimos objeto durante cientos de años: América no fue descubierta por los españoles, sino que ya había sido descubierta por sus habitantes mucho tiempo antes. Por otro lado es bueno saber que hoy no somos independientes, es decir, lo somos políticamente, pero no económicamente ya que aún dependemos de las potencias de turno. Pigna también nos enseña que hay dos madres patrias, la que invadió a los pueblos indígenas y la que fue derrotada en la guerra civil, que el día de la industria argentina conmemora un hecho delictivo, es decir, la primer exportación argentina fue en realidad, un acto de contrabando ilegal. Es que “nosotros” (los argentinos) estamos mal paridos. Por suerte está Felipe que, con el lenguaje de un Galeano devaluado, nos relata los orígenes de nuestras penurias actuales: la falta de justicia, la mala distribución del ingreso, la falta de trabajo, la miseria, las crisis, las muertes de nuestros hijos. Todo tiene una explicación muy sencilla: no tuvimos buenos burgueses. A los mejorcitos, como Moreno, Castelli, Monteagudo y Belgrano, los derrotó una facción perniciosa y maligna que no buscó representar los intereses del conjunto del país, sino los propios y, encima, con el menor esfuerzo. De no haber mediado esa gran culpable, hoy la Argentina podría ser “una potencia”. Según las propias palabras de Pigna: “(…) los únicos que hubieran estado en condiciones de hacer estas inversiones eran los terratenientes porteños y su embrionario Estado Nacional. Y ninguno se mostraba interesado en dar ese paso, que podría haber transformado a nuestro país en una potencia.” ¿Qué querrá decir con esto?. Que podríamos haber sido EE.UU., (o Canadá o Australia), es decir, una verdadera potencia capitalista. Pero tenemos una mala noticia para el “compañero” Pigna.

La carencia de una burguesía industrial, que lleve adelante los intereses últimos de la Nación, que origine puestos de trabajo, que redistribuya las ganancias en forma equitativa, etc., etc., no es una idea que podamos calificar de muy original. La idea que se deduce de allí, a saber, que el problema de la Argentina no es el capitalismo sino el no-capitalismo, que todo se resuelve con más capitalismo o con un “verdadero” capitalismo, tampoco. Antes que él es larga la legión de quienes sostienen esta misma idea, desde Aldo Ferrer a Jorge Schvarzer, pasando por Jorge Sabato y buena parte de la historiografía del Partido Comunista, de los socialistas estilo Juan B. Justo y de casi toda la centroizquierda nacional. Peor aún, la CTA ha realizado una caracterización similar de las necesidades del pueblo argentino y, en busca de la solución, formó no hace mucho un frente contra la “pobreza”. Frente que no llamaba a eliminar la fuente de los males (el capital mismo) sino redistribuir (un poquito) a favor de los obreros: un subsidio al desocupado de 380$. Es decir, intentaron (e intentan) solucionar, como Pigna, los problemas dentro de este sistema de organización social. Por esas cosas de la historia, mientras la CTA llamaba a votar por un subsidio al desocupado en septiembre, el pueblo en diciembre echaba de la Casa Rosada a un presidente electo “democráticamente”, exigiendo “que se vayan todos” y dando inicio a un proceso incipientemente revolucionario cuyo fin aún no se ha visto.

Pero también otros sectores encuentran esta explicación de la falta de una burguesía “verdadera” como muy interesante y funcional a sus intereses. Estamos hablando de los Pagani, dueños de Arcor y sus representantes, técnicos y propagandistas, es decir, la burguesía argentina en persona (ver El Aromo 2, 06/2003). Su expresión política es nada menos que Domingo Cavallo, formado por Arcor e impulsado desde la Fundación Mediterránea directo y sin escalas hacia los gobiernos dictatoriales de Videla y a los “democráticos” de Menem y De la Rúa. Pigna se emparenta en su análisis y en sus objetivos con los intelectuales más “progresistas” de la argentina y con el centro mismo del poder oficialista: Néstor Kirchner y su intento de reconstrucción de la “industria nacional”. Los une un análisis y la caracterización de un problema: la Argentina no ha tenido una burguesía verdadera. Y concluyen en una necesidad: buenos burgueses que inviertan, desarrollen la industria y den más puestos de trabajo. Con esto alcanza para que los chicos no se mueran de hambre, para que todos tengamos trabajo y para que la riqueza se reparta equitativamente. Podríamos agregarle un tinte intervencionista de un Estado “con conciencia social”, que regule la situación económica y actúe “defendiendo los intereses de la mayoría” cuando sea necesario.

Lamentamos informarle al señor Pigna que su libro continúa construyendo un pasado para justificar un presente, es decir, su trabajo no es más que una justificación del orden y la ideología burguesa, que, por la situación generada por el Argentinazo, debe camuflarse de progresismo para hacernos tragar la píldora nuevamente. No es extraño que su libro se haya transformado en un best-seller y sea recomendado hasta por los periodistas de la derechista radio América. Ellos también quisieran ser “potencia”, como Bush.

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