Miseria de la sociología. La sociología laboral, la derrota de la revolución en los ´70 y la crisis actual – Marina Kabat

Lewis_Hine_Power_house_mechanic_working_on_steam_pumpGrupo de Investigación de los Procesos de Trabajo – CEICS

La derrota del proceso revolucionario en los setenta prohijó un tendal de revisionistas del marxismo. Todos ellos creyeron necesario “completar” la teoría original para entender por qué el capitalismo seguía vivo. Ninguno dio explicaciones históricas. Olvidaron los triunfos del socialismo y actuaron como si la victoria capitalista hubiera sido completa y estuviera destinada a durar. Contribuyeron, de esta forma, a reforzar la idea de que el capitalismo sería capaz de perpetuarse casi eternamente. La historia parecía haberse detenido. La sociología laboral aportó su granito de arena. Toda una corriente se dedicó a divulgar la imagen de un capitalismo a prueba de toda crisis que lograba autoregularse modificando la organización del trabajo y las instituciones políticas asociadas a ella. Un segundo grupo, a partir de una interpretación particular de Gramsci, se consagró a la tarea de describir el consenso pleno que el capital habría logrado entre los obreros. Aquí criticamos la obra de Burawoy el principal representante de esta corriente.

Las premisas

Como todo revisionista, Burawoy cree que la subsistencia del capitalismo demuestra que el marxismo contenía errores y se dispone, entonces, a enmendarlos. Para Burawoy, Marx se habría equivocado al pronosticar el desarrollo de una conciencia de clase obrera.[i] El capital habría obstruido esta posibilidad por el desarrollo de dispositivos consensuales en la fábrica. Estos mecanismos explicarían por qué los obreros se prestan a trabajar tan duramente, ya que para Burawoy los elementos de coacción económica (temor al despido, necesidad de un salario más alto) no jugarían prácticamente ningún papel.Para Burawoy, con el advenimiento del “Estado de Bienestar” y el capital monopolista se habría acabado –si es que alguna vez existió- el despotismo del capital en la fábrica. Lo mismo dirá del pago a destajo. Según él éste ya no serviría –otra vez, si alguna vez lo hizo- para explicar el esfuerzo que los obreros ponen en su trabajo. De esta manera, el empeño de los obreros en sus tareas no se debería a la necesidad de obtener un mayor salario, ni al temor a perder su puesto, sino a motivos de índole cultural. Toda su obra se dedica a indagar estos aspectos culturales. En cambio, el supuesto de que los incentivos económicos carecen de importancia no es testeado en ningún momento. Es evidente que Burawoy no pensó demasiado el asunto, pues él mismo señala que la bonificación por superar las tasas de producción representaba en la fábrica que él estudia un plus de un 25 a un 40% más añadido al sueldo fijo. Quizás para Burawoy, que trabajó un año en la fábrica sólo para hacer su doctorado, esto no representa un estímulo significativo, sino “sólo unos peniques”. Evidentemente su “observación participante” no incluyó la experiencia de llegar a fin de mes con el sueldo de un obrero.

Jugar por jugar

Arbitrariamente descartados el temor al despido y la búsqueda de un mayor ingreso como los móviles del esfuerzo productivo en el trabajo, Burawoy se dedica a explicar las supuestas causas culturales del mismo. A su modo de ver, un gran juego daría sentido a toda la actividad del taller: el juego de arreglárselas. El mismo no constituiría una actividad autónoma de los obreros, sino que los capataces y la dirección en general lo incentivarían, pues sería la base de la creación de consenso en la producción. Arreglárselas equivale a manejarse para poder alcanzar una prima. La incertidumbre del juego (no saber si va a ser posible arreglárselas) actúa como un incentivo, pues alivia tensiones y permite sobrellevar mejor un trabajo rutinario, haciendo que las horas pasen más rápido. Además, el prestigio dentro del taller depende de tener un buen desempeño en este juego. Por ello, la presión social empujaría a todos a participar del mismo. Esta cultura fabril tendría una autonomía relativa del mundo exterior. Así su lógica se impondría a pesar de las ideologías que las personas tuvieran previamente, las “ideologías importadas” del mundo exterior. El autor cita como ejemplo sus propias vivencias, ya que él en sus primeros días en las fábrica desdeñaba el juego por creerlo funcional a la patronal, para luego sucumbir a sus encantos, transformándose en un competidor más. Con esto Burawoy quiere probar que ningún grado de conciencia es capaz de modificar la experiencia vivida. Según él, no importa qué grado de conocimiento astronómico uno tenga, éste no modificará un ápice la experiencia de ver al sol moverse. Lo mismo ocurriría con la experiencia en el taller. Para Burawoy, Karl Marx podría ir a una fábrica y caería en el mismo fetichismo porque éste va asociado a una experiencia que se deriva automáticamente del lugar ocupado en el proceso productivo. De esta forma, completamente determinista, Burawoy ve la experiencia como un suceso pasivo e impersonal, puesto que la conciencia individual no parece incidir en ella. Otras ideologías también serían subordinadas a la cultura lúdica del taller. Así, hasta el racismo o el machismo perderían en la fábrica su potencia habitual. Participar del juego implicaría aceptar sus reglas; de ahí su utilidad para generar consenso. A su vez, en el desarrollo de este juego aparecen distintas opciones y estrategias (conseguir información anticipada sobre qué tareas se realizarán, asegurarse por diversos mecanismos una rápida provisión de herramientas y un buen ajuste de la máquina, falsear datos de la producción, etc.). En la medida que el obrero escoge entre estas distintas opciones, al tener una elección, por mínima que fuera, esto generaría consenso. Finalmente, Burawoy plantea que todos los obreros explican sus esfuerzos en términos económicos: dicen que se apuran para ganar más, pero esto sería falso. Ellos expresarían en un lenguaje económico un objetivo lúdico. Así, el juego sería un objetivo en sí mismo. Nuevamente Burawoy no demuestra lo que dice: no prueba que cada vez que los obreros sostienen que se esfuerzan por ganar más dinero, en realidad lo hagan por amor al juego.

El capital monopolista

El desarrollo simultaneo del “Estado de Bienestar” y del “capital monopolista” habría evitado el conflicto favoreciendo la creación de consenso. Un recurso es el desarrollo de un “mercado interno de trabajo”. El mismo aumentaría los estímulos por antigüedad, incrementando la movilidad dentro de las empresas y disminuyéndola entre las distintas firmas. Esto reduciría al mismo tiempo los conflictos con la patronal y la cooperación entre los obreros. La otra vía de eliminar el conflicto sería la conformación de una “organización política interna”, asociada a la negociación de condiciones laborales en convenios colectivos de trabajo. Esto transformaría al obrero en un “ciudadano industrial”, un sujeto de derecho. Los convenios, a su vez, llevan el conflicto a la mesa de negociación, sacándolos del taller. La lucha económica bajo el capitalismo monopólico no conduciría entonces al desarrollo de una lucha política, sino que reforzaría adhesión al sistema. Otro elemento que fortalecería el consenso sería el carácter monopolista de las empresas. Como dominan el mercado, estableciendo precios de monopolio, la competencia no las compele a intensificar su uso de la fuerza de trabajo. Los cupos de producción y las primas serían más fáciles de alcanzar que antes. La empresa no reduciría las primas con la frecuencia que lo hacía antes, pues ya no lo necesitaría. Incluso en medio de la crisis la empresa podría absorber pérdidas porque siempre podría trasladar los mayores costos a los precios, en vez de reducir salarios y generar conflictos. Aun si en medio de la crisis tuviera que despedir personal esto no sería problemático, porque por el seguro de desempleo muchos desean ser despedidos. En síntesis, para Burawoy el capitalismo competitivo fue substituido por el monopólico. Al subordinar al mercado la empresa hace un “uso débil de la fuerza de trabajo” lo que disminuye el conflicto y permite construir hegemonía. Todo confluye para asegurar un consenso que parece pleno, pues aun las instancias conflictivas terminan por reforzarlo.Es natural que en un mundo donde los obreros son “ciudadanos industriales”, no temen por el despido ni se ven compelidos por necesidades económicas a aumentar su productividad para cobrar primas, la crisis sólo podría ser causada por una elevación excesiva de los salarios que comprimiese los beneficios. De este modo, para Burowoy el obrero no teme por su subsistencia, pero el empresario sí por su ganancia. Otra posible crisis se produciría si los obreros no quisieran “jugar”. Aunque, en función de la concepción estática que Burawoy tiene de la experiencia y a la incapacidad que según él tiene la conciencia para trasponer los muros de la fábrica, no se entiende cómo tal cosa podría suceder. No se vislumbra cómo alguna vez los obreros podrían substraerse al gran juego capitalista. Por ello, para Burawoy el triunfo del capitalismo “monopolista” era pleno y el socialismo sólo tenía chances en algunos países subdesarrollados. Sólo la derrota de la fuerza social revolucionaria en los setenta puede explicar que este autor haya sido considerado –por ciertos sectores- un referente del marxismo. Su interpretación de la relación entre experiencia y conciencia es estática y absolutamente contraria a la visión gramsciana que pretende continuar. Burawoy observa el triunfo del capital y su hegemonía, olvidando los procesos revolucionarios previos y negando la posibilidad de los que vendrían en el futuro. Con la crisis, todas sus hipótesis (y la de los defensores de la tesis del capitalismo monopolista) se pondrán a prueba. Veremos ahora si las empresas han subordinado al mercado y escapado de los avatares de la competencia, si no necesitan transferir los costos a sus obreros y, sobre todo, si es posible o no la emergencia de la conciencia de clase. Es hora de que los hijos de la derrota callen, pues los padres de la victoria se disponen a hablar.

[i]De este modo, Burawoy desconoce el desarrollo de la conciencia obrera en los distintos procesos revolucionarios. Como tantos otros anula la historia y la reduce al momento de victoria del capital que por medio de esta omisión se extiende hacia el pasado y futuro.

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