Los fantasmas de Malvinas – Entrevista a Fabián Díaz

Entrevista a Fabián Díaz, autor de Los hombres vuelven al monte

El Aromo: El asunto Malvinas no estaba instalado en los ’90, sino que es un discurso que reconstruye el kirchnerismo, ¿cómo se posiciona Los hombres vuelven al monte en el marco de esa recomposición nacionalista?

Fabián Díaz: El texto es un discurso autónomo, un trabajo con el lenguaje, en este periodo histórico post 2001, los últimos años de la década pasada o los primeros años de esta década, en que el discurso sobre Malvinas como estrategia política empieza a funcionar mucho más claramente. La puesta discute un lugar más actual sobre la problemática instalada en torno a Malvinas que el texto. No se ha escrito tanto, dramáticamente hablando, sobre Malvinas y no es sencillo escribir sobre la temática sin caer en una serie de lugares comunes o inmediatos; sin hacer de los soldados que fueron a Malvinas un lugar común de héroes nacionales. Sí son héroes nacionales pero están atravesados por una cantidad de circunstancias muy complejas. Mi intención era generar un relato dramático a partir de un vínculo entre un padre y un hijo y, a partir de ahí, abordar algo de la problemática de Malvinas.

EA: ¿Cómo es tu historia personal? ¿Tiene vinculación con Malvinas?

FD: Vine del Chaco en el 2002 a estudiar actuación en el IUNA y dirijo desde hace seis o siete años. Soy hijo de un ex combatiente de Malvinas, de un soldado, y creo que todo arranca ahí, en relación a esta obra, para mí, en términos muy personales. La obra no es biográfica pero está íntimamente atravesada mi subjetividad con relación al tema. Siempre tuve la sospecha de que algo de mi papá quedó allá. Esa idea de fantasma que ronda la obra tiene que ver con esa sensación de que había algo ausente en él a partir de la experiencia de la guerra. En el Ulises de Joyce un personaje le pregunta a otro qué es un fantasma. Y el otro le responde: “Un fantasma es un hombre que se ha vuelto completamente imperceptible por muerte, por ausencia o por cambio de costumbre”. Cuando leí esa cita se me juntaron dos cosas: esa sospecha que tenía de ese lugar de ausencia de mi padre a partir de Malvinas y la posibilidad de articular eso dramáticamente, es decir, un personaje en la búsqueda de esa ausencia.

EA: El texto no es inocente políticamente. Es profundamente simbólico.

FD: Es cierto, no es para nada inocente. Me ubico en un lugar de cuestionamiento. En los últimos años, se ha puesto en tensión el discurso sobre Malvinas; por un lado es esa perla austral, la que hemos perdido y algún día iremos a buscar, lo cual tiene que ver con un nivel de ignorancia y de subestimación, en tanto se subestima la capacidad de pensar ese lugar histórico. Y a la vez apareció el discurso del oficialismo que las quita de ese lugar mítico y las devuelve a un lugar completamente político.

EA: La obra está cuestionando el nacionalismo anterior y éste también.

Del discurso actual sobre Malvinas entiendo que hay algo interesante para pensar y es que se están revisando los crímenes de guerra; ese es un lugar muy difícil de abordar. En los últimos años por lo menos hay un pensamiento sobre los crímenes de guerra que recién empiezan a ser discutidos y salen de ese campo fantasmagórico en que han estado sumergidos; donde no se podían juzgar las atrocidades que habían sido cometidas ahí, de la misma manera que se habían cometido en los centros clandestinos de detención. Mi padre fue torturado en Malvinas, de la misma manera que un preso de cualquier índole. Para mí Malvinas es el último reducto como territorio de la locura y del espanto que fue todo nuestro país en ese momento. Si hay una posición política, tiene que ver con esa, la de hacer visible y poder empezar a discutir cómo se nombran y se dicen algunas cosas. Pero no está siendo, en mi caso, la escritura de la obra ni partidista, ni oficialista, porque no tengo esa posición como creador.

EA: Pero en la obra el sur es el lugar de la negación y en el relato kirchnerista el sur es la construcción de la patria. De modo tal que la obra tiende a decir “los hombres se van al norte, se van al monte, el monte es la rebeldía y la rebeldía es contra la patria”. Es una lectura de oposiciones, de pares opuestos.

FD: Más que esa oposición, la obra se obra se pregunta qué es Malvinas, qué es ese territorio, qué estamos simbolizando ahí, qué le estamos cargando a Malvinas. No podría hacer una interpretación única porque negaría cualquier otra. Y, en realidad, la obra está abriendo preguntas. Para mí es un sistema de preguntas. La obra pone en tensión la configuración del territorio de Malvinas, del territorio del monte, lo que sea que significa el monte acá en capital… Para mí la obra es estos últimos treinta años. Pero la cantidad de movimientos sociales y políticos a los cuales nos enfrentamos en estos últimos treinta años son los que permiten esta obra, no los últimos diez años de discurso político.

EA: Vos decís que los ex combatientes son héroes, o sea, ¿hay una reivindicación de la gesta de Malvinas? Porque la obra parece mostrar lo contrario…

FD: La obra no reivindica Malvinas; creo que es una guerra completamente desgraciada para nosotros donde la configuración de esos hombres como héroes es completamente política y nefasta. Me propongo desarticular la idea de “héroe” impuesta sobre esos hombres para devolverles el estatuto de personas que se han ido, porque es como si se los hubiese tirado en Malvinas y se los hubiese devuelto convertidos en héroes y borrado la posibilidad de personas, de hombres. El ex combatiente de Malvinas, en los últimos quince años tiene algún tipo de visibilidad en tanto personas; antes eran, apenas, unos tipos complejos que habían sido atravesados por una guerra que era mejor mantenerla lo más alejada posible.

Esa idea de “héroe de Malvinas” es terrible, la idea de fantasma plantea eso: sos ex combatiente, o sea, no sos nada. Independientemente de la figura del padre, ¿qué es un ex combatiente de Malvinas? ¿Es el lugar poético que yo vi en algunas películas u obras donde se conserva la idea casi mágica de esos pibes combatiendo? No, ésa es una posición muy política.

EA: Hay una vuelta de tuerca muy interesante en este punto. Vos rechazás la idea de héroe contra cierto discurso de Malvinas, pero la obra los coloca como héroes de otra situación. Se van al monte a luchar, son tipos que se reinventan; ahí hay una batalla y es contra la patria.

FD: Contra una idea de patria, por lo menos. Contra una manera de nombrar lo patriótico.

EA: El hombre que se va al monte, le crecen las ramas y después esas ramas arden. Es un símbolo difícil.

FD: No es religioso ese símbolo. Es una zona de pura mitología. Creo que ahí está atravesado lo fantástico; para mí es una zona completamente metafórica, porque junta dos planos muy literales; la posibilidad de que una rama se encienda es algo muy posible en lo seco del monte, del calor, es un hecho físico y real. Pero, parece algo fantástico en tanto y en cuanto las ramas crecen del cuerpo. Yo siempre le pedí a Iván que no piense eso como una metáfora de nada sino como la posibilidad de que algo lo corte de adentro. Más parecido a una fractura expuesta.

EA: En la obra las mujeres no tienen que mandarle cartas al combatiente…

FD: Porque está haciendo algo muy importante allá en el sur y no tiene tiempo para distraerse.

EA: Para que no lo amariconen…

FD: También debe ser para eso. Seguramente. Estoy convencido de que es eso, de que los hombres no deben ser contagiados de sentimientos femeninos para que puedan estar en la guerra y hacer lo que deben hacer. A mí me encanta hacer en las obras cosas que no pienso.

EA: ¿Porque aludís a la deformación de las generaciones jóvenes? De las hijas de las hermanas, de las sobrinas del protagonista…

FD: Ahí hay una discusión cruzada que queda un poco invisible a veces en el texto y en la puesta también que tiene que ver con que Chaco es una de las provincias atravesadas por deformación por agrotóxicos en este momento, junto con los químicos.

EA: Pero el hombre que se va al monte nace sano y entonces no tiene que ver con los agrotóxicos…

FD: No tiene que ver con los agrotóxicos, por eso digo que queda cruzada y queda eclipsada una lectura con la otra. La obra está diciendo un montón de cosas y estoy defendiendo la complejidad de esos discursos cruzados. De todos modos, creo que la obra está dando una batalla. Y mi trabajo como creador es ese. Articular discursos poéticos que den batalla. Yo no puedo y no me interesa como agente individual dar esa batalla, la batalla como cuestionamiento de la pregunta y la afirmación y la complejidad; que el mismo discurso ponga en tensión una serie de discursos.

Ojalá la obra esté dando alguna batalla y eso significa que tiene posición política. La posición de las creaciones artísticas en términos políticos no es la misma que la de la política respecto a la política o la de la economía respecto a la política. Cada discurso tiene su escritura.

EA: Como decís, puede haber muchas lecturas, pero la posición de la obra, que se distancia de los discursos nacionalistas, debiera ser bastante revulsiva para la izquierda argentina que, en el fondo, es profundamente nacionalista.

FD: Es muy interesante el lugar al que me están llevando ustedes para pensar la obra (aunque estoy oponiendo toda la resistencia posible). No tengo una escritura inocente; incluso la obra se escribe contradictoriamente. Tengo una posición; hago teatro hace casi veinte años en escuelas rurales, en el campo, en el monte, sin luz, sin plata, viajando en el baúl de una camioneta, sin un mango siempre, trabajando hora tras hora, acumulando vínculos con un universo de gente, tanto en espacios oficiales como en los más empobrecidos. Todo eso me lleva a tener una posición de producción, antes que nada. Así, me encargo de que mis discursos sean ambiguos porque son los que les generan problemas al espectador. Mi discurso, la escritura, es ambigua; está generando un territorio de absoluta duda y sospecha. Y con esas herramientas, hacer teatro es un hecho político.

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