La verdadera diferencia

a68editorialFabián Harari
LAP-CEICS

La diferencia es, en realidad, el título del último documento de Carta Abierta. Precisamente, el número 12. Allí, el agrupamiento se encarga de realizar un lamentable panegírico de la actual administración, advirtiendo –cuándo no- sobre el contraste con la situación de ajuste en Europa y sobre los peligros que acechan tras la alianza opositora. Hasta aquí, nada nuevo, nada que no esperemos de semejante rejunte intelectual. No obstante, la carta contiene un elemento particular: el pedido de reforma constitucional. Parece que luego de nueve años se acordaron de la “urgencia” de elevar ciertos “derechos sociales” al rango constitucional. Resulta francamente llamativo que, siendo parte del gobierno, no hayan volcado sus ideas cuando se elaboró el proyecto del nuevo Código Civil y Comercial. Para el caso, todavía se está tratando. Pero no, ellos quieren una modificación en la mismísima Constitución. Realmente curioso. Cuando intentamos averiguar qué cambios concretos proponen, se alude a abstracciones del tipo “barrera antiliberal” o “reconocimiento de la multiculturalidad”. Vaguedades que ni siquiera aluden a las necesidades de los millones de trabajadores que habitan este país. La clave de todo este enigma está en la frase que alude a la necesidad de “la eventual continuidad democrática de liderazgos, cuando estos aparecen como condición de esta inédita etapa regional”. En concreto, quieren la re reelección. Todo lo demás importa muy poco.

No obstante, el documento no deja de dar cuenta de ciertos problemas reales que hacen a la particularidad del proceso argentino: la acechanza del drástico ajuste y la continuidad del régimen. Para ponerlo en forma de pregunta, ¿por qué en países del Primer Mundo, e incluso del tercero, se descarga una andanada de ajustes mientras aquí sólo se lo hace tímidamente y en cuentagotas? Es evidente que el proceso económico es diferente, que aquí el agro parece compensar –bien que momentánea y decrecientemente- ciertas deficiencias. También parece poco discutible que las burguesías europeas tienen una serie de compromisos (el Euro) que obligan a políticas comunes, donde la influencia del Estado alemán parece determinante. La Argentina, en ese sentido, tendría un mayor margen de maniobra (habría que ver, dicho sea de paso, cómo justifican, los defensores de la dependencia, la injerencia alemana en el “imperialismo” español e italiano, frente al mayor poder de decisión de la “semicolonia” Argentina). Aunque ambas variables permiten quitar urgencia a la ofensiva más abierta, no explican por qué esta fue sistemáticamente anunciada y, sistemáticamente también, postergada. La respuesta está en la diferencia entre el proceso político europeo y el argentino. Justamente, los conflictos de los estatales en Córdoba, en la Provincia de Buenos Aires y en el Subte expresan ese problema: nadie quiere hacerse cargo del ajuste. Resultado: este no se produce o no se descarga con el peso previsto. Eso no quiere decir que no se haya avanzado en ese sentido. El aumento del subte, de los servicios en los barrios del norte de la Capital, la suba del colectivo para los que no tienen la tarjeta SUBE (que anticipa un alza general), el impuesto a las ganancias y el tope a las asignaciones familiares, sumados a una inflación que corre más rápido que los salarios son, indiscutiblemente, formas en las que se manifiesta. Pero todavía subsiste toda la estructura de subsidios y de planes sociales. El presupuesto fiscal debe achicarse más todavía.

El motivo más importante es que, en Argentina, una ofensiva “a la Europea” puede hacer caer a este gobierno en menos de un año. Y eso no es nada: puede volver a poner en marcha el proceso interrumpido en 2003. Por ahora, todo el espectro político se dedica a discutir sobre la primera de estas dos cuestiones: la solidez del armado kirchnerista. No parece, con todo, una discusión de poca importancia. Vale hacerse la siguiente pregunta: ¿por qué Scioli, que se prestó a cuanta farsa y manoseo se le presentó (recordemos la “candidatura testimonial”), se le anima a Cristina, se reúne con cuanto opositor aparece y amenaza con prender fuego la provincia? Muy sencillo: percibe que hay una base importante para una alianza opositora y no quiere quedarse afuera.
Luego de reunir al conjunto de la burguesía en una especie de gobierno de Unidad Nacional, el kirchnerismo va perdiendo progresivamente base social. Al alejamiento de las organizaciones de la burguesía agraria, se suma ahora gran parte de la CGT. En el Día de la Industria, Cristina entregó la doble vía de indemnización de los accidentes de trabajo (lo que le valió un caluroso aplauso de los industriales). No obstante, la presencia de De Mendiguren, CAME y las centrales adictas (CGE y CGera) disimularon mal el faltazo de Techint y Adefa (la cámara de las automotrices). La cena estuvo a punto de naufragar, con la excusa de que Moreno pretendía llevar a los puesteros de La Salada (cosa que finalmente hizo). En ese sentido, aquellos que, tal como anticipamos, quedaron ilesos en la elección del año pasado, conforman un personal político que puede acaudillar ese descontento.
Esta administración fue reemplazando figuras salidas del riñón de la burguesía argentina (Lavagna, Alberto Fernández, Redrado) por arribistas que conforman una especie de proto-burguesía mafiosa (Boudou, Moreno, Etchegaray, Kicilloff). En la medida que no puede normalizar el régimen, el kirchnerismo va perdiendo base social en su propia clase y se nutre de elementos desclasados. Mientras no vuelva al redil, deberá seguir ese escarpado camino. En la medida que deba preservar la caja fiscal, crecerá el descontento. De allí, la necesidad de contar con una estructura particular que sostenga al régimen. El avasallamiento de La Cámpora, el rejunte de delincuentes en Vatayón Militante o las patotas de Milagros Sala se perfilan como elementos que pueden desembocar en una construcción mayor. El régimen comienza a armarse y esto debería ser un llamado de atención para la izquierda.
La re reelección es la confesión de que así están las cosas. El kirchnerismo no ha podido construir ningún otro candidato. Cualquier otro que suba no garantiza ni siquiera que Cristina y sus más allegados no vayan presos. A diferencia de México, aquí no hay ningún PRI. El PJ es una confederación de gobernadores e intendentes sin ninguna conducción nacional. Que todo esto dependa de la continuidad y la salud de una sola persona muestra la escasa solidez que ha logrado el bonapartismo luego de nueve años, lo que nos devuelve al segundo problema: la profundidad de la crisis del 2001.
El gobierno nacional y los gobiernos provinciales tienen la mira puesta en las elecciones del 2013. Especulan con ajustar ahora para no perder una caja que el año que viene será indispensable. Con algunas medidas, dos o tres meses antes de las elecciones –suponen- podrán invertir el humor popular. Para retomar la iniciativa antes, el gobierno anunció el voto optativo a los menores de 16 años.
Tal vez una batería de medidas pueda revertir una elección el año que viene. Es difícil de anticipar. Pero lo cierto es que la izquierda debería tener otro horizonte. Mientras la burguesía piensa en acumular dinero, los revolucionarios deberíamos acumular adhesiones. Las ofensivas gubernamentales son la ocasión de intervenir en la conciencia política de los compañeros. El momento de avanzar es justamente ahora, no en la campaña electoral. Probablemente, cuando baje la marea, muchos se volcaran al voto oficialista. Seguramente, los menos convencidos. Lo que se necesita, ahora, es ganar militantes, no simpatizantes. Esos que quedan a pesar de las concesiones. La discusión central debe ser política, no corporativa. En definitiva, hace falta un Partido, no una estructura laxa que no se concreta ni siquiera como frente sindical. La propuesta ya la hemos hecho, hace tiempo. Esperemos que el 2013 no nos encuentre, otra vez, camuflando una derrota. El FIT tiene la oportunidad de hacer la diferencia.

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