La insoportable ignorancia de la pequeña burguesía pacifista – Por Eduardo Sartelli

lazy-personCierto sector de la izquierda argentina comienza a reaccionar a las conclusiones políticas que se derivan de nuestra edición de Literatura y Revolución, de León Trotski. Evidentemente, quedaron paralizados por la magnitud de la prueba y la seriedad de los planteos e intentan sacárselos de encima con el simple expediente de la pereza mental.

Eduardo Sartelli (Director del CEICS-Razón y Revolución)

“Si son vencidos, la culpa será, exclusivamente, de su ‘buen corazón’. Se debía haber emprendido sin demora la ofensiva contra Versalles, en cuanto Vinoy, y tras él la parte reaccionaria de la Guardia Nacional, huyeron de París. Por escrúpulos de conciencia se dejó escapar la ocasión. No querían iniciar la guerra civil, ¡como si el mischievous avorton de Thiers no la hubiese comenzado ya cuando intentó desarmar a París! El segundo error consiste en que el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes, para ceder su puesto a la Comuna. De nuevo ese escrupuloso ‘pundonor’ llevado al colmo.”

Carta de Marx a Kugelman, 1871

“La libertad de prensa en la URSS, rodeada por un mundo entero de enemigos burgueses, es la libertad de organización política para la burguesía.”

Lenin, 1921

“La moderación fuera de tiempo no es cordura, ni es una verdad; al contrario, es una debilidad cuando se adopta un sistema que sus circunstancias no lo requieren. Jamás, en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada por los gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pensamiento de un hombre que sea contrario a un nuevo sistema, es un delito por la influencia y por el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable. Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentado sino con el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos…”

Mariano Moreno, Plan revolucionario de operaciones, 1810

Cierto sector de la izquierda argentina comienza a reaccionar a las conclusiones políticas que se derivan de nuestra edición de Literatura y Revolución, de León Trotski. Evidentemente, quedaron paralizados por la magnitud de la prueba y la seriedad de los planteos e intentan sacárselos de encima con el simple expediente de la pereza mental. En general, los intelectuales marxistas serios dieron cuenta rápida del evento y se pronunciaron claramente en forma positiva, meritando esto o aquello, señalando esta o aquella crítica, pero valorando la edición como lo que es, un verdadero acontecimiento cultural y político. Los “referentes” intelectuales del PO y el PTS, por el contrario, hacen gala de su ignorancia supina en temas de los cuales se supone son especialistas. Un caso aparte es el de Rolando Astarita, cuyo nerviosismo repentino merece un análisis detenido al cual dedicaremos el grueso de esta nota. Haremos antes una advertencia al lector: todos estos personajes han utilizado para con nosotros apelativos de grueso calibre. Se han ganado, entonces, el derecho a una respuesta equivalente. Que no vengan a decir, después, que somos gente bárbara con la que no se puede discutir, con el fin de escaparse por la tangente cuando se quedan sin argumentos.

Oportunismo y religión

En una intervención por tweeter, porque no le da la cabeza para más, el pequeño borrico oportunista de Diego Rojas me caracteriza de “payaso” y alude a Razón y Revolución como una “banda”. Por supuesto, todo su argumento consiste en calificarnos de “stalinistas”, entre otras cosas porque hemos sido críticos de la trayectoria “intelectual” de alguien que fue parte del armado del relato kirchnerista, tanto desde su posición de editor jefe en Contraeditorial, como desde las páginas del libro en el que defendía la versión kirchnerista del martirio de Néstor a raíz de la muerte de Mariano Ferreyra, de su defensa de un escritor fascista como Juan Terranova, su chupaculismo insoportable de la dirección del PO, su reivindicación de Leonardo Favio como artista revolucionario o su recurrente plagio de posiciones nuestras, sin citarnos, por supuesto, en Infobae. El problema de discutir con Diego Rojas es el mismo que intentar lavarle la cabeza a un burro: es perder el tiempo y el jabón. Rojas es un ignorante que no tiene argumento alguno salvo para repetir “stalinista”, rápido y fuerte, para que el otro no pueda hablar, como cuando éramos chicos y hacíamos lo mismo gritando “calenchu, calenchu”. Esto es todo lo que se puede decir de Rojas y lamento que el PO le dé espacio a esta gente, teniendo intelectuales de real valía entre sus filas.

Dentro de este campo, aunque a años luz de la ignorancia, el oportunismo y la mala fe de Rojas, se encuentra Arianne Díaz, recurrente comentarista de temas culturales del PTS. A diferencia del anterior, Arianne es una honesta y valiosa militante revolucionaria, cuyos problemas se resumen en dos palabras: mezquindad y religión. Mezquindad: Arianne escribe una reseña de la edición de Literatura y Revolución en la que virtualmente omite al editor, como si le molestara que RyR le dispute al PTS su “monopolio” de la palabra autorizada trotskista. Disputa que estamos lejos haber planteado jamás, porque tal actitud corresponde a un campo de intervención cultural que no nos interesa y que la amplitud de nuestra política editorial demuestra. Obviamente, Arianne prefiere escapar al conjunto de debates que se plantean en nuestro prólogo de 200 páginas con una cita marginal donde, esta vez sí, igual que Rojas, nos apostrofa de… adivinó: “stalinistas”. Religión: Arianne escribió hace un tiempo un breve texto reivindicando la explosión vanguardista producida durante los primeros años de la Revolución Rusa, una expresión, a su leal saber y entender, de su vitalidad cultural. Se olvidó de aclarar que Trotski detestaba a esa vanguardia artística, reivindicaba más bien gustos muy tradicionales y reprimió políticamente a buena parte de sus miembros que, incluso, siguieron siendo grandes artistas aún luego de haber adherido al stalinismo. Dejemos de lado que, de todos modos, esa explosión es anterior a la revolución, que en realidad actuó como parte aguas de posiciones políticas más que como su partera. Arianne intenta proyectar la supuesta política intelectual de Trotski veinte años después, para ligarlo a un proceso que lo tuvo más bien del otro lado de la lucha. Política intelectual que, como señalamos en el prólogo, está lejos de haber sido siempre la misma. Dicho de otra manera, Arianne no se anima siquiera a pensar que su Dios dijera una cosa e hiciera otra, que reivindicara “toda la libertad” para el arte, pero ejerciera la censura abiertamente y, también abiertamente la defendiera. Que luego de leer un prólogo de 200 páginas, si es que lo leyó, donde estos errores y otros (como la tergiversación de la historia del Proletkult) se ponen sobre la mesa, no tenga ningún argumento nuevo, ni nueva evidencia, y siga sosteniendo lo mismo, es un síntoma. ¿De qué? De lo que ese prólogo busca combatir: la lectura religiosa. A Arianne no le interesa la verdad histórica ni el debate franco: su interés es defender la liturgia que considera la única adecuada a la estampita que venera. Si pudiera pensar más allá de la sotana, podría preguntarse si esa consigna era válida en aquél momento, o si sigue siendo válida hoy, sobre la base de un análisis concreto de la realidad actual y no en relación a fantasmas inexistentes (¡stalinismo!). En el mejor de los casos, Arianne muestra una simplificación extrema del análisis de graves y profundos problemas históricos cuya resolución no se somete, fácilmente, a una propedéutica moralizante atribuida a un profeta de dudosa trayectoria en aquello mismo que se supone defiende. Como veremos, esa consigna no solo es absurda, no solo no es lo que hizo Trotski, sino que constituye un pacifismo liberal pequeñoburgués.

De te fabula narratur…

No es la primera vez que Rolando Astarita arremete contra RyR. Ya tuvimos varios intercambios acerca de la naturaleza de la crisis mundial, del peso de la renta en la economía argentina y de la necesidad de la sindicalización de la policía. En todos los casos hace lo mismo: tira la piedra y esconde la mano. Insulta y oculta sus insultos poniéndose en posición de víctima. Hace unos cuantos años ya, se había ofendido porque Luis Oviedo lo había apostrofado como “cruzado contra el socialismo”. Ahora nos acusa de… sí, adivinó, porque esta gente tiene poca imaginación: “stalinistas”. Que, si se quiere, bien podría ser considerado un adjetivo cuyo contenido cae perfectamente en la expresión anterior…

Ya que Rolo es afecto a las cuestiones de método, examinemos primero cuál es su “método”. Contémosle antes al lector que su intervención se resume en tres textos expuestos en su blog, el primero dando cuenta del “descubrimiento” de nuestra edición de Literatura y Revolución; el segundo, ampliando lo anterior con una cita de Marx; el tercero, una reacción paranoica ante la crítica de un supuesto simpatizante de RyR que no tengo el gusto de conocer. Veamos ahora el “método”.

Un primero elemento del “método” astaritiano es no leer a quien critica. En un prólogo de 200 páginas en las que se muestra el gigantesco proceso de lucha política que está en curso, Astarita recorta un par de frases y con eso arma una crítica insulsa que no tiene nada que ver con lo que nosotros sostenemos. Allí se muestra cuál podría haber sido, a nuestro juicio, la mejor línea de desarrollo para la Revolución Rusa y se señala claramente que ella corría más cerca de los críticos por izquierda del Partido Bolchevique que de Lenin, Trotski o Stalin. De allí nuestra reivindicación de Bogdanov, de la Oposición Obrera, de Maiakovski, etc. De allí la necesidad de sacar de debajo de la lápida trotskista la historia del Proletkult, de exponer cómo encarnaba, junto con los sindicatos, un contrapeso necesario al partido, de su voluntad de trabajo con la conciencia obrera, etc., etc. De allí también nuestro rechazo a la prohibición de las fracciones internas en el partido. Astarita no recuerda ninguna de estas cosas, que no encajan con una “lectura” que no es más que la expresión de un prejuicio. O tal vez no se trata de un “olvido”: simplemente no leyó el prólogo.

El segundo paso del “método” es la construcción del “hombre de paja”. Se inventa una posición con la que se puede discutir fácilmente, reduciendo al adversario a una caricatura. Es un procedimiento muy común, por el cual, cuando no se conoce la respuesta, se procede a confundir la pregunta. ¿Nosotros defendemos el stalinismo como la vía revolucionaria por excelencia? ¿En dónde está dicho semejante cosa? En realidad, hubiéramos entendido que se nos acusara de lo contrario, es decir, de que extendamos hacia atrás el stalinismo, haciéndolo coincidir con la propia revolución, al estilo de la crítica anti-revolucionaria. Porque si algo nos preocupamos por remarcar es la continuidad de los métodos “stalinistas”, que nacen en el mismo momento en el que el Partido Bolchevique asume el poder. Nos detenemos en señalar que la censura no es exclusiva de Stalin. Que Lenin la impone, Trotski la defiende y todos los miembros del partido la aceptan. Lo mismo con la represión a los intelectuales, primero los reaccionarios, luego los vacilantes y por último los partidarios. La policía política secreta, los fusilamientos, la censura de la prensa, etc., etc., ya están desde el inicio. Solo alguien que no ha leído el prólogo o que teme enfrentarse al enemigo real puede ignorar esto.

El tercer paso es apelar al sentido común vulgar del pequebú fundido. En efecto, Rolo se para en la posición del fundido que justifica su inactividad pretendiendo ser “crítico” y rechazar la “barbarie”. Para ese tipo de personajes, “barbarie” es todo lo que no encaja en el liberalismo burgués: la censura está mal porque ahoga la “creatividad”, porque es “inútil”, porque expresa “ignorancia”. Por empezar, la censura ya existe. Solo un tontolín liberal puede creer que en la sociedad en la que vivimos Mozart no está prohibido por lo menos para ocho décimas partes de la población. Está prohibido y censurado por las condiciones miserables de vida, que ordenan una educación basura que incapacita a la masa de la población para poder disfrutar productos culturales de cierta complejidad. El mundo capitalista es una dictadura de clase y esa dictadura tiene consecuencias terribles sobre el desarrollo intelectual del proletariado. Hasta los kirchneristas entendían mejor el problema cuando hablaban del poder de los medios. Por otra parte, en toda sociedad existe la censura, incluso en las más revolucionarias, porque toda sociedad proscribe conductas simplemente por el acto de habilitar otras. ¿Astarita daría libertad de expresión a los artistas pederastas? ¿A los asesinos? Toda sociedad reprime conductas, ¿hay que citar a Freud? Se trata de una idea ingenua de la naturaleza humana, que no supera las candideces rousseaunianas de los anarquistas más ingenuos.

El cuarto, la apelación a las autoridades. Ya en su momento, a santo de la discusión sobre la sindicalización de la policía, Astarita recurría a Marx para darle sustento a una posición absurda según la cual el cana de la esquina es un buen señor burgués. En este caso, la cita es muy ilustrativa de esta necesidad de apoyarse en el santoral para defender tonterías: un ejemplo de 1842, que pertenece al período en el cual el propio Marx es todavía un liberal. Por otra parte, el futuro “marxista” está hablando de la censura de un Estado casi feudal en tránsito al capitalismo, donde él está en posición de perseguido. Trasladar semejante situación a la Rusia de 1920, donde la que censura es la clase dominada en su lucha contra la dominación, es un ejemplo claro del carácter religioso de la cita y de la poca inteligencia de quien la trae a cuento. Por el contrario, el Marx de la crítica a la Comuna de París se expresa en términos bien distintos.

Por último, si todo fallara, siempre queda el recurso al delirio persecutorio. En efecto, en su tercera intervención, motivada por la crítica de un “simpatizante” de RyR, Rolo se descarga con una retahíla de insultos contra alguien que osó defendernos y contra nosotros mismos. Realmente, hay que estar loco. Si esa paranoia lo domina ahora, no quiero pensar en qué estado mental podría encontrarse en medio de un proceso revolucionario. ¡Y después nos llama stalinistas a nosotros! Además de agrandarse inútilmente, la maniobra sirve para hacerle creer al lector que nosotros hacemos esas cosas, es decir, que somos stalinistas al punto de aplicar sus métodos con el pobre Astarita. En realidad, el solo hecho de enunciar esa posibilidad es “bajo y miserable”. No es la primera vez que Rolo hace este tipo de cosas y aun peores. Aprovecho esta ocasión para pedirte públicamente que la próxima vez te abstengas de ser parte del jurado de un concurso académico en el que yo participe. Porque es una maniobra sucia llevar debates externos a un ámbito en lo que se juega es mi trabajo, frente a representantes del poder académico que están esperando que alguien les dé letra para perjudicarme. En esos momentos, ya van dos, suelo callarme la boca y darte la razón, no porque la tengas, sino porque no tenés la honestidad para ubicarte en tiempo y espacio. Atacar al contrincante en inferioridad de condiciones, ese es tu “método”, un método bien stalinista.

¡Calenchu, calenchu, calenchu!

Buena parte del problema es que estos ignorantes no saben de qué hablan cuando dicen “stalinismo”. Para ellos se trata de una “conducta”, un “comportamiento” y un “método”. El buen idealista cree que si cambiamos nuestras “conductas”, “comportamientos” y “métodos”, podremos evitar ese fenómeno histórico, de la misma manera que el liberal ingenuo cree que “si cada uno cambia, el mundo cambia”. El stalinismo es un proceso histórico complejo, ligado a una determinada constelación de fuerzas sociales, en medio de una dinámica política específica, producto de una etapa concreta de la lucha de clases. Pretender que puede reproducirse a voluntad es una estupidez, tan grande como creer que salió de la “conducta”, el “comportamiento” o los “métodos” de un solo individuo, incluso de un conjunto de individuos. Ni Trotski creía semejante cosa. De esta manera, se ha transformado la expresión “stalinismo” en un insulto y en un instrumento de censura. No se puede pensar la historia, ni la política, ni la cultura, ni la revolución, sin hacer pleitesía a la vulgata liberal por la cual cualquier alusión a la violencia lleva necesariamente a la dictadura. Se trata de un verdadero obstáculo epistemológico que impide pensar con libertad. Dicho de otra manera, Astarita es el verdadero censor en todo este asunto, no solo porque erige su ignorancia en regla, sino porque pretende que cualquier análisis que escape al pacifismo burgués debe ser reprimido pronunciando la palabra mágica: ¡“Stalinismo”!

¿Qué hemos dicho del stalinismo? Algo no muy distinto que el mismo Trotski. Simplemente intentamos pararnos en el punto ciego de la crítica trotskista, intentando colocar al propio jefe del Ejército Rojo en ese marco. Cuando se hace tal cosa, se obtiene un resultado distinto al esperado: Trotski cometió errores políticos serios; utilizó métodos (o los convalidó) no demasiado distintos y no estaba en desacuerdo profundo con Stalin sobre el curso de la revolución. Lo mismo sucede cuando se coloca a Lenin en ese esquema. Y no puede ser de otra manera porque los tres estaban de acuerdo en cuestiones fundamentales, en primer lugar, llevar la revolución adelante a como sea. En el contexto en el que actuaron, ese “como sea” exigía métodos muy alejados de la “convivencia” liberal. Y les planteaba a todos, incluyendo a Bujarin y la plana mayor bolchevique, problemas muy complejos en los que resultaba muy difícil tomar decisiones simples. Y cada una de esas decisiones portaba consecuencias que entrañaban graves peligros. Nadie era ignorante de esas cosas. Pero la realidad se encapricha en no ceder a la voluntad de los individuos fácilmente. Por eso, nuestra posición se acerca mucho a la de Víctor Serge, que simpatizaba con la crítica al bolchevismo de la Oposición obrera, pero reconocía la necesidad de ciertas medidas. Dicho de otra manera, es discutible que hubiera muchas posibilidades “libertarias” en ese contexto.

De tal manera, es una tontería creer que el stalinismo es un proceso ajeno a la Revolución de Octubre. Forma parte de ese proceso, eso es obvio, y no precisamente por ser Stalin un contrarrevolucionario. Stalin encarna el impulso transformador de Octubre: ¿qué otra cosa es, si no, la eliminación de los kulaks, es decir, de la burguesía agraria emergente? ¡Pero condenó a seis millones de seres humanos! ¿Cómo cree Astarita que se hace una revolución? Solo un tonto pacifista pone este argumento sobre la mesa. Pensemos un momento: ¿qué hubieran hecho las decenas de millones de campesinos, es decir, de burgueses de todo tipo, contra el proletariado, si ellos hubieran ganado? ¿Cómo cree Astarita que hubieran resuelto el problema los kulaks? ¿Restaurando la “democracia”? ¿Oponiendo a la movilización obrera contra la miseria resultante el poder de las palabras? La sociedad humana está atravesada, lamentablemente, por la violencia, y el cambio social, hasta ahora, no ha resultado la excepción. Quien sostiene lo contrario es un criminal: prepara a la vanguardia para el suicidio cuando se desencadene la venganza de clase.

Como Astarita usa bonete, no se da cuenta de otra cuestión metodológica elemental: ¿explicar un proceso histórico equivale a defenderlo? ¿Decir que hay razones que permiten comprender el ascenso de Stalin, de Hitler o Videla equivale a ser stalinista, nazi o procesista? Por otra parte, entender por qué la Revolución Rusa terminó como terminó, tiene cierto valor para evitar cometer los mismos errores. Pero un valor limitado. Porque vamos a estar expuestos a otra situación, con otros problemas y, evidentemente, vamos a cometer otros errores. La historia no se repite. Hay que pensar la situación actual y razonar sin prejuicios sobre los problemas que nos plantea. Está claro que eso no es fácil para un religioso cuya única función es cuidar el dogma. En este caso, un dogma liberal.

Censura, no, ¿fusilamiento, sí?

Hay mucho de lo que seguir hablando, pero volvamos una vez más al problema de la censura. En el prólogo, nosotros demostramos (sin hacer demasiado esfuerzo, convengamos) que Trotski defendió y aplicó la censura y la represión a los artistas casi hasta último momento, si se lee bien el célebre Manifiesto. Pero, más allá de lo que Trotski quiera o no, ¿se puede utilizar, es útil, es necesaria la censura? Así planteado, en la abstracción metafísica burguesa, la pregunta no tiene sentido. Toda la discusión es cuándo, para qué, quién, a quién. Podríamos eludir el problema, porque nuestra intención en el prólogo no era defender la censura, algo que no se dice en ningún lado, sino lo contrario: levantar la censura que el planteo trotskista/liberal, que Astarita comparte, impone sobre los intelectuales revolucionarios y sobre el partido. No obstante, podemos señalar un par de cuestiones.

Por empezar, en pleno proceso revolucionario, contexto en el que se desenvuelve nuestra intervención, es decir, en el período que va desde la Revolución de 1905 a la entronización del realismo socialista, en 1935, la vida política se caracteriza por una extrema tensión de la lucha de clases. Pretender que se puede actuar en ese proceso como un buen liberal en la larga paz capitalista que se extiende en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, es confundir el Moscú de los años veinte con la París de los años sesenta. En un momento en el que domina una extraordinaria violencia en los enfrentamientos sociales, en los que la contrarrevolución está a la orden del día, en el que los enemigos utilizan métodos aún más horrendos, en el que la estructura social conspira contra la acción revolucionaria del proletariado porque la masa de la población es burguesa o pequeño burguesa, el llamado a ofrecer la otra mejilla es, como ya dijimos, un acto criminal contra los propios compañeros. En esos momentos, lo único que no está en la agenda es el fracaso, porque si fracasamos, nos matan a todos. Que Astarita demuestre lo contrario. En ese momento y lugar, ¿estamos a favor de la censura? Estamos a favor de la censura de los enemigos de la revolución, lo que significa que no estamos de acuerdo con censurar a los amigos (incluyendo a mencheviques, socialrevolucionarios y anarquistas). Precisamente, criticamos a Lenin y Trotski por haber prohibido el desarrollo de fracciones internas, por haber destruido al Proletkult, por haber relegado a los sindicatos a mero apéndice del Estado y haber identificado el Estado con el partido. Eso no lo hizo Stalin, simplemente lo aprovechó. Pero en relación a los enemigos, somos partidarios de la censura y de cosas mucho peores. Porque no somos pacifistas. Y no somos pacifistas porque no somos idiotas.

Astarita debe creer que se puede hacer una revolución sin violencia. Que no vamos a matar a nadie por defenderla. Porque si estuviera de acuerdo en que una revolución requiere violencia, entonces deberá disponerse a ejercerla, si fuera un revolucionario real, no un charlatán que espera que otro haga el trabajo sucio. Y si está dispuesto a matar a alguien, en nombre de la revolución, ¿en qué sentido se niega a “censurarlo”? Astarita no se plantea estos problemas, simplemente porque es un charlatán.

Por otra parte, preguntarse si en el socialismo hemos de censurar a alguien, es decir, si luego de la victoria asegurada y de las transformaciones realizadas con éxito, aplicaremos la censura, es otra tontería, porque no hay forma de saber qué problemas enfrentaremos y, por lo tanto, que instrumentos necesitaremos. Es más, es muy probable que haya que aplicar la censura a todos los valores burgueses remanentes y que sea la misma población la que ejerza esa censura negándose siquiera a escuchar hablar de ellos. De todos modos, es un problema abstracto. Lo que sí es cierto es que el socialismo no es un mundo en que cada uno hace lo que quiere, porque eso es el fascismo, el punto de llegada del liberalismo.

Por último, preguntarse si debemos censurar ahora a los artistas e intelectuales burgueses, es otra tontería, sencillamente porque no podemos hacerlo. Cuando los trotskistas o Astarita ofrecen “toda la libertad a los artistas”, ofrecen algo que no tienen ni pueden ofrecer. ¿Porque Astarita diga que los artistas son libres, eso evitará que la maquinaria capitalista los someta material, política e intelectualmente? Si Rolo tiene semejante poder, que no sea mezquino y lo extienda al proletariado, así, de paso, nos evitamos la revolución. Lo que Astarita y los trotkistas hacen es censurar a los artistas revolucionarios y al partido. La censura consiste en negarles el apoyo necesario para el combate que tienen que realizar en su campo. Cuando se declara toda libertad al arte, lo que se está diciendo es que no tiene importancia lo que el artista diga y que el partido no tiene derecho a cuestionarlo. Para el artista revolucionario eso significa quitarle todo sentido a su tarea; es más, pesa sobre él la acusación implícita de “stalinista”, por atreverse a cuestionar el orden cultural de clase. Es más, ese compañero se verá postergado por la política del “figurón”, por la cual el partido prefiere a artistas e intelectuales burgueses que, por razones de su conveniencia, conceden ofrecer su figura en un debate o un spot publicitario. Así, el partido “liberal”, en lugar de liberar a sus artistas a la crítica de la sociedad burguesa, se libera a sí mismo para todas las componendas posibles, componendas que no hacen más que reprimir a sus propios intelectuales. Así es como el PTS hace la apología de un reaccionario como Martín Kohan o de una telenovela kirchnerista, el PO arma un sindicato para Macri y juntos entronizan a un cuatro de copas defensor del ajuste como Alabarces. Astarita defiende eso, claro que, sin las virtudes de quien actúa. Bien o mal, pero actúa. Es un simple charlatán.

Te podría interesar...

7 Responses

  1. manuel dice:

    Si pudieran postear un vínculo en línea donde leer el prólogo, todo sería un un poco más fácil para quienes seguimos este debate, pero no vivimos en la Argentina

    salucomunistaclasista

  2. Gustvo Díaz Froio dice:

    En la nota no se responde al planteo central de Astarita, que es que la censura a lo único que lleva es a la incapacidad de desarrollar argumentos razonados. Es decir, lo que, en principio, no te quitan las malas condiciones de vida, te lo quita el censor. Pero de cualquier manera llegamos a la incapacidad intelectual. ¿Quién decide lo que se censura y lo que no? ¿Cómo se puede conocer quien es “amigo de la revolución” si no se pueden escuchar los diferentes argumentos? La censura a los críticos de una línea política abarca a todos los críticos, a los de derecha y a los de izquierda. A estos últimos por “hacerle el juego a la derecha”, por minar las posiciones del Partido, porque primero “se debe librar la batalla contra el enemigo principal” o ese tipo de excusas.
    Sartelli dice no defender las políticas represivas del Stalinismo, pero también dice que “es discutible que pudiera haber mucha más libertad” , plantea, a modo de crítica, que Lenin y Trotsky coincidían con Stalin en que la revolución debía avanzar como sea, pero también él coincide con esa idea, cuando dice “En esos momentos, lo único que no está en la agenda es el fracaso, porque si fracasamos, nos matan a todos”, o sea, que la revolución avance como sea. Pero en ese como sea, la revolución se transformó en una dictadura burocrática. También plantea que comprender el proceso represivo de los inicios de la URSS no significa defenderlo, pero, al mismo tiempo, da a entender que en una revolución necesariamente se deben tomar ese perfil represivo (“¿Como piensa Astarita que se hace un revolución?”). Lo que lleva a dos alternativas: O Sartelli nos está diciendo que no defiende la idea de una revolución, o nos está diciendo que no defiende la represión pero sí la revolución, que es necesariamente represiva… es decir, cae en una incoherencia. En definitiva Sartelli defiende, justifica, la represión en nombre de la revolución, que es el típico argumento del oficialismo de la URSS (por no decir stalinistas). Su critica a la dirección del PC es más bien la de un “apoyo crítico” tan de moda en estos días. Que es mucho apoyo y poca crítica. Creo que Astarita entiende que un proceso revolucionario no tiene porqué tener ese perfil represivo necesariamente. Y que la implementación y defensa de mecanismos democráticos de decisión puede retardar los avances en el proceso revolucionario, pero garantiza su progresisimo.
    El único aporte interesante para pensar de todo lo que plantea Sartelli, es la idea de que la estructura social de la Rusia de 1917 ponía serios obstáculos a la aplicación de un programa comunista.
    Por último, respecto a la idea de revolución violenta, fusilamientos, matar enemigos de clase, al estilo de las guerras civiles o de guerra de guerrillas, creo que todos esos planteos debe ser revisados a la luz de la absoluta superioridad tecnológica-militar de lo ejércitos burgueses. Pareciera que el camino de combate militar dejó de ser opción viable, hoy más que nunca.

  3. Gustvo Díaz Froio dice:

    Algo que olvidé…el ABC de cualquier tipo de confrontación es conocer a tu enemigo tanto como a uno mismo. Y eso mismo debería poder hacer cualquier partidario del comunismo. Conocer las posturas y planteos del enemigo, para problematizarse su propia práctica. Conocer las críticas de tus rivales y enemigos ayuda a mejorar nuestros propios planteos y acciones. Y nadie debería impedirte poder realizar ese aprendizaje. Contar con partidarios obsecuentes, con pocos conocimientos, es una excelente receta para el fracaso

  4. Leandro dice:

    Hola, mi nombre es Leandro, y soy un militante de izquierda de la Localidad de Moreno. Comparto su postura en relación a la censura. Quería compartir dos criticas al articulo de Sartelli. Ambas surgen de la siguiente frase que hace referencia a Mozart: “Está prohibido y censurado por las condiciones miserables de vida, que ordenan una educación basura que incapacita a la masa de la población para poder disfrutar productos culturales de cierta complejidad”.
    Creo que el termino INCAPACITA es correcto en los casos donde las condiciones de vida de la persona son tan miserables que obstruyen sus capacidades físicas esenciales, como escuchar por ejemplo. En el resto de los casos, o sea, en relación a las personas que mantienen (en la medida en que la vida en el capitalismo lo permite) su integridad física tendríamos que hablar de la IMPOSIBILIDAD para acceder a productos culturales como la obra de Mozart por ejemplo. El hecho de que las masas no escuches a Mozart no tiene que ver con su INCAPACIDAD, sino, con el desconocimiento de la obra de dicho autor. Esto me lleva al segundo punto.
    Se habla de PRODUCTOS CULTURALES DE CIERTA COMPLEJIDAD. Las masas no disfrutarían de obras como la de Mozart por su incapacidad de comprensión y asimilación de dicha obra. Creo que si estuviéramos hablando de un trabajo científico, como el Capital de Marx por ejemplo, la idea seria correcta. Sin embargo, al tratarse de una obra de arte, no lo es. Las mas grandes y complejas obras por lo general tienen algo en común: Pueden ser apreciadas y disfrutadas por cualquier persona que goce de sus facultades sensitivas y de algo de tiempo y comodidad (condiciones materiales) para apreciar dicha obra. Es decir, hasta un analfabeto podría gozar de una obra de Mozart. El problema no esta en las “dificultades” que presenta la obra para el espectador, sino, en lo difícil que es para la mayoría de la población encontrase con determinados productos culturales.
    Con esto pretendo derribar cierta idea elitista que circula en el mundo del arte, que plantea lo dificultoso que es entender, y mucho mas, crear una obra de arte. Idea utilizada para ahuyentar a las masas trabajadoras de la producción artística. Actividad que solo podría ser realizada por determinados sujetos que están por encima del promedio cultural de las masas. Un saludo afectuoso

  5. ExRyR dice:

    El trotkismo argentino es miope. La revolución socialista fue, es y será violenta o no será nada. Se debe fusilar y eliminar a todo elemento burgués (políticos, empresarios, ruralistas, periodistas, narcos, tranzas, pederastas, pedófilos, femicidas, violadores, tratantes, milicos, religiosos, etc. que apoyen el fascismo o los gobiernos representativos burgueses) y construir un mundo nuevo. Stalin puso en práctica el marxismo-leninismo-trotskismo cuando supo hacerse del poder (los “bolche’s boys” anti-Trotski se deben querer matar). Los que se dicen ser “socialistas revolucionarios” o “trotskistas” y son pacificistas, sácanse la careta, porque el socialismo revolucionario es violento y sanguinario.

  6. El que escribió el último comentario sabe de socialismo y comunismo como Stalin de arte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *