Keynesianismo sin renta. El triunfo de Syriza y las perspectivas de la clase obrera griega

 

 

Syriza viene a aplicar el ajuste por izquierda, ante el fracaso de las políticas previas. Su margen de maniobra es más bien escaso y la perspectiva que se plantean a la clase obrera bajo esta dirección es la profundización de la miseria.

 

Damián Bil

OME-CEICS

 

Esto ya lo vi

 

A simple vista, la Grecia actual se parece bas­tante a la Argentina de 2002. Caída del PBI, retroceso de la actividad industrial y de la ren­tabilidad, aumento exponencial del desempleo, constante salida de depósitos del sistema ban­cario, presión creciente del endeudamiento por sucesivos salvatajes que no lograron revertir la situación. Todo ello coronado por los fracasos de los distintos gobiernos (socialdemócratas, conservadores y de coalición) para estabilizar a partir de políticas de ajuste. Esto en un mar­co de descontento y movilización de las masas.

En este panorama, a comienzos de año la Coa­lición de Izquierda Radical (Syriza) se impuso en los comicios, proyectando a Alexis Tsipras al cargo de primer ministro y quedando a dos es­caños de la mayoría absoluta en el Parlamento. Las otras notas la dieron la estrepitosa caída de la socialdemocracia (PASOK) y el tercer lugar del neonazi Amanecer Dorado. Las elecciones expresan un estado de ánimo de las masas fren­te a la crisis, aunque también, en un contexto de polarización, un peligro por la ilusión en ex­periencias ya fracasadas.

El triunfo de los que se presentan como una nueva izquierda amplia y renovadora despertó la emoción del progresismo e incluso de am­plios sectores de la izquierda mundial, ilusio­nados con la posibilidad de cambiar el mun­do dentro de las normas del régimen. Cristina, Maduro, Dilma y Evo saludaron al “compañe­ro” Tsipras como un avance popular frente al neoliberalismo y una esperanza para los pue­blos de Europa.1 La identificación de estos go­biernos con Syriza es lógica, debido a que basó su campaña en un programa de recetas keyne­sianas con el objeto de estimular el consumo a partir del gasto público, identificado con la ex­periencia reciente de Latinoamérica.

Pero la gran tragedia de Syriza para establecer un “bolivarianismo” balcánico es que, a dife­rencia de Chávez o Correa (petróleo), Evo (gas y minerales) o Néstor (soja), Grecia no cuenta con elementos que permitan reeditar ese mo­delo. Su margen de maniobra es más bien es­caso, y la perspectiva que se plantea a la clase obrera bajo esta dirección es la profundización de la miseria.

 

De la tragedia a la farsa

 

Lo que plantea Syriza no es radical en térmi­nos políticos y tampoco a nivel histórico. Du­rante los ’80, el socialdemócrata PASOK llevó adelante un programa similar. En 1981 asume Andreas Papandreu, denunciando a la OTAN y a la Comunidad Europea de los banqueros, con la promesa de una suba salarial, y presen­tándose como el partido de los “no privilegia­dos” contra la oligarquía financiera. Ya en el poder, aplicó un programa de gasto y subsidio a sectores como la agricultura. Se amplió la sa­lud y educación gratuita, sobre todo en el ám­bito rural. Se estableció una “socialización de empresas”, que de socialista solo tenía el nom­bre: consistió en sumar representantes obreros en los directorios de las firmas (en su segun­do gobierno, luego de denuncias por corrup­ción para favorecer a militantes del PASOK, se abandonó esta práctica).

Estas medidas se sostuvieron con endeuda­miento: la deuda pública creció de un 18% del PBI en los ’70 a casi un 50% en los ’80. Por eso abandonó su retórica de campaña y permitió que los EE.UU. mantuvieran bases militares a cambio de financiamiento.

Pero en 1986, durante su segundo gobier­no, ante la crisis debió reducir el gasto públi­co y aplicar un plan de austeridad. Se devaluó la dracma y se decretó el control de precios y congelamiento salarial. Como consecuencia, se sucedieron movilizaciones populares, con dos huelgas generales en 1986 y 1987. El PASOK perdió las principales municipalidades del país en los siguientes comicios, iniciando su declive político hasta su salida en 1989.2

Esta experiencia guarda muchos puntos de contacto con el actual programa que plantea Syriza y con la trayectoria de los populismos latinoamericanos. Algunos argumentarán que aquel fracaso se debió a que pudo más la em­bestida neoliberal que las fuerzas del cambio. Que ahora tenemos una oportunidad, si se puede mantener a raya a las finanzas y sacarse de encima la presión de la deuda. La cuestión es si Grecia tiene algo para conseguir ese obje­tivo por fuera de los sistemas de créditos inter­nacionales, o incluso de los marcos de la UE. El problema va más allá de la deuda: hunde sus raíces en la estructura económica del país.

 

Crisis y ¿oportunidad?3

 

Desde 2008, los indicadores económico-socia­les de Grecia se desploman: el PBI se redujo en un 25% (en el quinto lugar entre los países que más se contrajeron). La actividad industrial cayó y la productividad del trabajo se estancó o incluso decreció desde 2010, un caso inusual en el mundo. La tasa de ganancia industrial se desplomó, registrando valores negativos en 2013. El salario real en la industria manufactu­rera perdió un quinto de su valor. La recesión, el default y los rumores de un posible aban­dono del marco de la Unión Europea (UE) se expresaron en una constante salida de depósi­tos del sistema financiero, que se redujeron en una tercera parte desde finales de 2010. La tasa de desempleo, que hasta mediados de la década estaba en los márgenes del promedio general de Europa, se disparó hasta alcanzar casi un 30%. Entre los jóvenes la situación es peor: en me­nores de 25 años trepó a casi el 60%, lo que lo convierte en el tercer país con mayor des­empleo en esa franja de la población, detrás de Bosnia y Kosovo. La deuda pública total alcan­zó a representar un 175% del PBI en 2013 y un 1.155% de las exportaciones.

En 2009, la crisis internacional y la dificultad de acceso a los mercados financieros pusieron a Grecia ante la imposibilidad de costear su défi­cit. Ello llevó al socialdemócrata Yorgos Papan­dreu a solicitar la ayuda de la UE y del FMI. Este “salvavidas” tuvo como contrapartida la implementación de un plan de ajuste, que con­sistió en bajar el gasto público, recortando sa­larios en la administración y jubilaciones. A su vez, decretó una suba impositiva en tasas espe­ciales y en el IVA. Una segunda etapa del ajuste avanzó nuevamente sobre los salarios públicos y bonificaciones especiales de los empleados, junto a recortes en el gasto social. Las protestas y la profundidad de la crisis se llevaron puesto al Primer Ministro, que a fin de año presentó su renuncia. Se sucedieron dos breves interina­tos (Papadimos y Pikramenos) hasta la asun­ción de Antonis Samarás, líder conservador (de Nueva Democracia) a mediados de 2012.

En ese año la UE realizó un segundo salvataje. Estos flujos se hicieron a partir de dos herra­mientas creadas para financiar a países en crisis, como Irlanda, Portugal, Chipre y, desde luego, Grecia. Mediante el Fondo Europeo de Estabi­lidad Financiera y el Mecanismo Europeo de Estabilidad, Grecia recibió entre 2010 y 2014 la friolera de más de 150 mil millones de euros. Hacia 2014, las autoridades griegas lograron colocar deuda en el mercado, presentando la apariencia de una superación de la crisis, con el visto bueno de Alemania.4 No obstante, no se alivió ni la presión interna ni las tensiones con la UE por los pagos de vencimientos y las me­didas de ajuste, lo que provocó una crisis polí­tica que adelantó los comicios de 2015.

El resultado es conocido: el descontento de seis años de penurias llevó al desprestigio de la so­cialdemocracia y los conservadores. Crecieron figuras y agrupamientos por fuera de ese arco, como el caso de Syriza, aunque también nacio­nalistas y neonazis. De esta forma, Tsipras lle­gó al poder con un programa keynesiano: au­mento en la inversión pública de por lo menos 4 mil millones de euros; desmontaje del ajuste pactado con la UE y otros prestamistas en el período 2010-13; recomposición salarial y ju­bilatoria; fomento del consumo; incentivos a las PyMEs para crear empleos; subsidios a la energía para la industria; políticas de retención y repatriación de jóvenes científicos y la recons­trucción del Estado de Bienestar; entre otras cosas. Evidentemente, no se plantea ninguna ruptura revolucionaria. Más aun, ya comenzó a bajarse de puntos importantes del programa. En estos últimos días y luego de arduas nego­ciaciones, los acreedores europeos acordaron una prórroga de cuatro meses al rescate, bási­camente con desembolsos para pagar intereses y vencimientos, con la promesa de Atenas de mantener la política de austeridad.5

El debate sobre Grecia pasó por dos cuestiones. Por un lado, por resaltar el peso agobiante de la deuda, el chantaje de la UE, el saqueo y la corrupción de diferentes gobiernos. Por otro, se discutió sobre la viabilidad de la postura de Syriza en relación a desconocer la deuda o exi­gir una reducción, incluso hasta salir del euro (posiciones que abandonó apenas pasado me­nos de un mes de las elecciones). Pero la cues­tión va más allá del problema de la deuda y su peso. Lo que hay que determinar es si Grecia tiene las condiciones para aplicar algún punto del plan de Syriza para salir de la crisis, y cuá­les son las perspectivas que le depara a la clase obrera griega.

 

La deuda no es el problema

 

La expansión de la deuda es manifestación de un problema mayor. El proceso esconde incon­venientes más profundos de la economía grie­ga, que el flujo de recursos ayudó a posponer durante varios años, como observamos para los ’80. Esas dificultades estructurales son las que ponen serios límites a cualquier política “boli­variana”. Grecia es un país con un mercado re­lativamente pequeño. Eso contribuye a hacerla una economía también pequeña: dentro de la UE, ocupa recién el 15° lugar en este aspecto. En población, es el 8° país, con solo un 61% en centros urbanos. La estructura que hay que sos­tener es menor que en otros países, pero tam­bién son menores los recursos “propios” para ello.

En cuanto a los puntales de la economía, el sec­tor público representa un 40% del PBI, y em­plea a un 31% de la fuerza laboral. Dentro del resto de las actividades, el turismo es funda­mental, aporta casi un quinto del PBI, mien­tras que la industria tiene un 15% y la agricul­tura 3,5%. Un 20% de su fuerza laboral está compuesta por inmigrantes, que se desempe­ñan mayormente en la agricultura o en traba­jos descalificados.

Sus industrias más relevantes se relacionan con recursos naturales como la pesca y el aceite de oliva. Luego están aquellas vinculadas al mer­cado interno, como la alimenticia, textiles, quí­micos y de medicamentos, metales, y refinación de crudo. Exporta algunos de estos productos, sobre todo a países balcánicos y a otros cerca­nos, como Turquía, Bulgaria, Italia, y otros de la UE. Pero en este aspecto, es deficitaria. En 2008 alcanzó un rojo de 63.000 millones de dólares, que desde esa fecha se reduce por el he­cho de que cae de forma constante la capacidad de importar. El déficit se observa en casi todos los rubros de la producción, sobre todo en lo que respecta a bienes industriales (maquinaria, vehículos, bienes de consumo) y en combusti­bles. Por la crisis y la dificultad de importar, en 2013 el déficit fue el más bajo de los últimos años: casi 25.000 millones de dólares. Grecia es importadora neta de alimentos, registrando superávit solo en la partida “frutas y vegetales”. Desde 1980 la importación de alimentos repre­senta entre un 8 y un 10% de las importacio­nes totales (y un 5% del déficit comercial). El déficit es atenuado por la participación del tu­rismo, ya que es un país receptor de visitantes. De 2005 a 2012, los ingresos netos por turismo dejan más de 10.000 millones de dólares por año en el país. La combinación de disminución de importaciones con el aumento de los ingre­sos por turismo redujo el déficit desde 2008 en un 67%. No obstante, sigue siendo deficitaria, lo que obliga a cubrir el balance de pagos con ingresos vía financiación externa.

El costo laboral tampoco es atractivo para que Grecia funcione como aspiradora de capitales para la exportación. Desde 2008, en la indus­tria manufacturera el salario perdió un quinto de su valor real, y el costo laboral se redujo. A 2012, era un 20% menor que el de España, y 50% más bajo que el de los EEUU, Francia o Alemania. No obstante se encuentra muy le­jos de los países que compiten por esa vía en el mundo (Asia), e incluso de los que se inser­tan como mano de obra barata industrial para el mercado europeo: son entre 50 y 100% su­periores a los de República Checa y Hungría, 100% mayores a los brasileños y taiwaneses, y dos veces más costosos que los mexicanos. En la actualidad, el costo laboral griego está en el nivel del argentino o del coreano. Salarios ar­gentinos en Europa. Obreros pobres, pero ca­ros para el capital.6

 

Perspectivas sombrías

 

Tsipras asumió con un programa de expan­sión keynesiana. Admirador de Chávez y de los populismos latinoamericanos, replicó esta propuesta para ganarse la simpatía de las des­contentas masas griegas que luchan desde hace años contra el ajuste. La izquierda mundial se ilusionó con su discurso anti-neoliberal, contra el ajuste y contra los financistas de la UE. Pero Syriza no cuenta con nada para replicar la po­lítica keynesiana. Históricamente, la expansión vía gasto público fue viable sobre 50 millones de cadáveres, luego de una guerra mundial con la destrucción masiva de capital. O bien en paí­ses que pueden sostener por largo plazo la fic­ción de estabilidad, vía emisión de bonos (EE. UU., las potencias de Europa); o en regiones productoras de materias primas como fuentes de renta diferencial, como en los países latinoa­mericanos durante la última década. Grecia no parece contar con ninguna de estas fuentes.

Sin modificar las relaciones de producción, las perspectivas que se abren implican más penu­rias que soluciones para las masas griegas. Syri­za bien puede optar por lanzar por la borda su programa y reiniciar el ciclo de endeudamien­to, lo que en parte está haciendo. En efecto, desde que llegó al gobierno Tsipras y su minis­tro Varufakis buscaron desesperadamente acor­dar con la UE, moderando día a día su discur­so de campaña de confrontación con la Unión en general y con Alemania en particular. No es un problema de la ideología política del go­bierno de turno, sino que es consecuencia de que la economía griega necesita el financia­miento porque no tiene otro recurso. Esta sa­lida pone al gobierno otra vez frente a las po­líticas de ajuste exigidas por los acreedores y a la clase obrera frente a una nueva desilusión, lo que puede beneficiar a la extrema derecha. El recurso a otros prestamistas como Putin de­pende de la salud de la economía rusa luego de la caída del precio del crudo; además de que puede abrir conflictos con la UE, debido a la tensión entre estos dos bloques por Ucrania, lo que Atenas busca evitar. Se barajó la chance del financiamiento chino. Si bien desde Beijing se plantearon intenciones, no se tomó ninguna medida concreta de acercamiento. Menos aun luego de que Syriza dejara sin efecto el plan de privatización del Puerto del Pireo, y detuviera el negocio de los chinos allí.7 Otra posibilidad es el derrumbe completo del costo laboral, para acercarlo al nivel asiático, buscando atraer ca­pitales. Esto provocaría mayores conmociones sociales y el crecimiento exponencial de la ex­trema derecha.

La salida del euro se presentaba como una va­riante con la que se especuló durante la campa­ña. La vuelta al dracma habría liberado las ma­nos al gobierno para emitir/devaluar. Quizás recordando la experiencia de la Argentina, en la cual la devaluación permitió cierta recupe­ración de la actividad industrial, pero olvidan­do que el gobierno de Néstor contó con una soja a precios récords. Grecia no tiene recursos que generen renta como el petróleo o los bienes agrarios. La devaluación implicaría una con­tracción furiosa de la economía, encareciendo las importaciones industriales y los alimentos de la clase obrera. O sea, una baja salarial, nue­vos conflictos sociales y ningún resultado con­creto para el capital. Se podría apostar al tu­rismo en un contexto devaluatorio, ofreciendo precios y empleo barato en estos sectores, pero difícilmente pueda sostener la acumulación sin una debacle generalizada de las condiciones de vida y de las importaciones de bienes, que re­duzcan el tamaño de la economía para hacerlo compatible con los ingresos turísticos.

Tsipras desea ser Chávez, o al menos Evo o Nés­tor, pero no le alcanza más que para un Duhal­de modelo 2002. No tiene nada para sostener la acumulación, por eso se bajó del discurso de campaña y acordó con los alemanes para sos­tener el endeudamiento. En ese punto, la deu­da no es el problema, sino un respirador artifi­cial que permitirá aguantar unos meses más. A pesar de la dureza mostrada en la negociación, Alemania también se beneficia de esta salida, ya que sostiene un mercado y la ficción de que sus bonos tienen valor.

Lo cierto es que las salidas posibles implican peores condiciones para la clase obrera. Syri­za viene a aplicar el ajuste por izquierda, ante el fracaso de las políticas previas. La única for­ma de enfrentar la crisis para los trabajadores es la superación de las ilusiones reformistas, avan­zando en una verdadera socialización de los medios de producción.

 

Notas

1La Razón (Bolivia), 28/1/2015, http://goo.gl/ DDeh3g; Télam, 3/2/2015, http://goo.gl/zcdz4J; Euronews, 7/2/2015, http://goo.gl/Foj1Hx

2En base a De Cabo, Isabel: Turquía, Grecia, Chi­pre. Historia del Mediterráneo oriental, U. de Bar­celona, 2005 y Clogg, Richard: Historia de Grecia, Akal, 2003.

3La información estadística a partir de aquí co­rresponde a información relevada en: Autoridad Helénica de Estadísticas (GRE), Banco Mundial, CIA: The World Factbook, Banco Central de Gre­cia, base UN Comtrade, Bureau of Labor Statis­tics (EEUU).

4El País, 20/4/14, http://goo.gl/oMujXN.

5ABC, 21/2/15; http://goo.gl/lxuglV.

6Rodríguez Cybulski, Viviana: “Pobres pero caros”, El Aromo n° 70, 2013.

7The Guardian, 9/2/15, http://goo.gl/cW8cX3.

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