El sueño de la razón. Otra vez sobre Pulqui

Por Dante Rossetto – La relación entre arte y política es una relación conflictiva. Hoy día, es frecuente ensalzar la idea del arte por el arte (que no es otra cosa, en realidad, que el arte para que nada cambie), y considerar al artista como una suerte de superhombre, un genio, que está más allá de los asuntos terrenales, la política entre ellos. Pulqui, un instante en la patria de la felicidad, de Alejandro Fernández Mouján, es, en síntesis, un documental sobre dicha relación. El tema no es ajeno al director, que en su película anterior, Espejo para cuando me pruebe el smoking (2005), ya había abordado la misma temática a partir de Ricardo Longhini y su escultura hecha con restos recolectados en Plaza de Mayo después del 19 y 20 de diciembre. Otra vez, como allí, el narrador es el artista mismo. En esta ocasión, Daniel Santoro, un pintor obsesionado con la iconografía justicialista, emprende la reconstrucción de un modelo a escala del Pulqui, el primer avión a chorro de Latinoamérica, y un símbolo de ese peronismo, a modo de homenaje por el 50 aniversario de su creación. Es fácil confundir la mirada de Fernández Mouján con la de Santoro: la primera se oculta detrás de la segunda, y ambas se ocultan detrás de las obras del artista plástico, que exceden los marcos y se trasladan al montaje y la puesta en escena del film mismo: Pulqui es otra pintura de Santoro, en todo sentido. Desde el comienzo, estamos asistiendo a una representación de una representación de una representación: la película representa a la obra de Santoro, que a su vez representa su visión del peronismo. Comenzamos ingresando a un bosque (justicialista), imagen recurrente en el pintor, al cual Fernández Mouján nos traerá de regreso a lo largo del film varias veces, y en el que encontramos a una Evita áurea, sentada en un tronco junto a una escolar. De esta manera se da inicio al doble viaje que se nos propone: el de la reconstrucción del avión a cargo de Santoro y Miguel Ángel Biancuzzo, y el del regreso a un pasado mítico, de leyenda. Santoro viaja al taller metalúrgico de Biancuzzo en Valentín Alsina y le propone la tarea: reconstruir, en escala de 1:2, al Pulqui, al cual luego harán volar el día de su 50 aniversario. Asistimos entonces a su construcción: como dos nenes jugando con un avión de juguete, lo construyen artesanalmente, sin ningún tipo de conocimiento aeronáutico, copiándolo a partir de un modelo a escala diminuto. Y esa ingenuidad, simpática, eso sí, se traslada también a ese pasado que pretenden homenajear. El peronismo es presentado como una época de felicidad y armonía, con Santa Evita como protectora. Ese lugar idílico se ubica en el centro exacto entre dos torres amenazantes: la izquierda y la derecha. Allí, esa “ingenuidad” simpática deja de serlo, porque mistifica un pasado con el cual pretende explicar el presente. Para Santoro, el golpe del ’55 fue el responsable de la situación actual de la Argentina. Esta afirmación no queda sólo en las palabras de Biancuzzo luego de un asado. Fernández Mouján lo explicita aún más al contrastar los camiones con descamisados de aquellos años con los que llevan cartoneros mientras Santoro viaja al taller. Esa mitificación, que Fernández Mouján subraya mostrando el bombardeo a la Plaza, mediante las obras de Santoro, se niega toda posibilidad de análisis, toda posibilidad de reflexión: el peronismo es, sobre todo, un sentimiento, un lugar, por definición, al cual la razón no puede, ni debe, entrar. Es un acto de fe, parece sentenciar una Evita en una postura hierática y aureola mediante, de la mano de una joven Ramona Montiel, en pleno bombardeo. Luego de un intento fallido, es hora de hacer volar al Pulqui, y qué mejor lugar que la República de los Niños (inspiradora de Disneylandia, nos enteramos por Santoro) para hacerlo. Ese “OVJ” (Objeto Volador Justicialista, define el pintor), símbolo de la grandeza de la patria justicialista, símbolo de aquello que estuvimos destinados a ser y que nos fue robado, está listo a surcar los cielos. Lo montan en un soporte y, en una pequeña pista de aterrizaje, intentan hacer que tome vuelo. Fernández Mouján nos devuelve al taller de Alsina, con los dos amigos discutiendo. Una foto (otra representación) muestra el momento exacto en que el Pulqui levanta vuelo. “Parece un avión de verdad” declara el pintor. Luego nos enteramos que sólo fue un instante: el avión se estrelló segundos después, quedando destrozado. Y si no quedaba claro la ingenuidad del artista, Santoro explica que “el quería levantar vuelo, pero nosotros lo teníamos amarrado. Él se quería soltar”. Lo que debió ser un homenaje a la grandeza pasada, se transformó en una metáfora de aquel peronismo. Santoro, claro está, no puede, o quiere, verlo. Decíamos que Pulqui indagaba sobre la relación entre el arte y la política. Es, en este caso, una mirada ingenua, nostálgica, románticona. Santoro no indaga sobre el pasado, si no que construye uno a su medida, un nuevo mito fundacional donde todo se transforma en leyenda, y donde hoy ya todo está perdido. Fernández Mouján tampoco puede resolver dicha relación: se escuda tras el pintor, a partir de una supuesta transparencia narrativa, y no reflexiona sobre aquello que registra (salvo quizás por un tibio Naranjo en flor sonando en el taller). En el mismo bosque en el que empezamos termina el viaje. Otra vez Santa Evita y la escolar sentadas en un tronco. Y uno se pregunta si en realidad no se trató, como es común en los viajes, de una serie de olvidos: el proyecto Pulqui nunca fue viable y el mismo Perón volvió, pero para enfrentar a las fuerzas revolucionarias. En definitiva no se trata de llorar el pasado, sino cambiar el presente. Pulqui, aunque no lo parezca, es un documental fundamentalmente político: defiende una experiencia política fracasada y alienta a la desesperanza. Busca, por lo tanto, sumarnos a una desesperanza que nos es ajena: la de la burguesía nacional. Es sintomático que esta nostalgia nihilista aparezca bajo un gobierno que dice haber reconstruido a esa clase. Puede leerse como una advertencia.

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