El cinismo hecho historia Reseña de Juan José Castelli. De súbdito de la corona a líder revolucionario, de Fabio Wasserman

 a66santiagocastelliSantiago Rossi Delaney
GIRM-CEICS
Los historiadores académicos, aquellos que manejan los resortes institucionales de la disciplina, salieron a explicar al gran público la vida de nuestros próceres. Como primera figura, eligieron a Castelli, el más arrojado de todos. Si quiere saber cómo los dueños de la Historia transforman al gran jacobino en Ricardo Fort, preste atención…

En los últimos años, los dueños de las instituciones académicas, los cultores del posmodernismo, han decidido salir personalmente a enfrentar al gran público, manchados en su honor por los éxitos de gente como Pigna o “Pacho” O´Donnell. En esta ocasión, llevan adelante una colección de biografías de los próceres. En la primera de estas aventuras, encargaron a uno de sus laderos, Fabio Wasserman, explicar a Juan José Castelli. Veamos entonces qué dice un posmoderno sobre un verdadero revolucionario.

Talento argentino

El objetivo del libro de Wasserman es entender por qué Castelli, un miembro de la “elite” y “súbdito fiel de la corona”, como se lo llama, se transformó en un revolucionario partidario de la soberanía del pueblo. Para el autor esa trayectoria “no estaba predeterminada, sino que se fue construyendo al calor de los sucesos, además de estar plagada de dudas, ambigüedades, incoherencias y contradicciones”. Lo que se afirma aquí es que la entrada de Castelli en la revolución no fue un proceso consciente sino accidental. No fue la consecuencia de un programa, sino la suma de actos empíricos puntuales. Más aún, se caracteriza como incoherente y ambiguo al más decidido hombre de la revolución.
Como idea central el autor asegura, tomando la teoría de las “redes sociales”, que Castelli habría ampliado su red de relaciones para posicionarse como una importante personalidad en la sociedad porteña. Mayo de 1810 entonces no fue una verdadera revolución, ya que ni se habrían modificado las relaciones sociales, ni habría cambiado la clase dominante, por lo que todo el movimiento se limitó a un traspaso de poder al interior de la “elite”.
En este esquema, los intelectuales revolucionarios habrían intervenido sobre la desintegración de la monarquía, con el solo objetivo de tomar el gobierno (sin modificar sustancialmente la sociedad). En concreto, los dirigentes no sólo serían parte de la clase dominante colonial, sino que habrían aprovechado una serie de acontecimientos fortuitos. Más que ante una revolución, estaríamos frente a un golpe de Estado. Algunos podrán sorprenderse, pero el posmodernismo criollo ha llevado sus teorías al extremo, convirtiendo a los revolucionarios en vacilantes arribistas. Es decir, gente que desea acomodarse en posiciones de poder, sin importar el programa político al que sirvan.
Estos supuestos derivan en apreciaciones incorrectas, como que la vida de Castelli estaría marcada por la búsqueda de “prestigio”, la pertenencia a la “gente decente”, con lo que se probarían las “ambigüedades” de su carácter revolucionario. En principio, la categoría gente decente es en el mejor de los casos un concepto ambiguo (no se sabe en qué consiste esa “decencia”) y en el peor, una reproducción de los prejuicios de clase imperantes en aquel momento. En cualquier caso, es una confesión de la poca pericia del historiador en cuestión.
Wasserman presenta un juicio donde Castelli, como abogado de González Balcarce, habría alegado la “impureza de sangre” de la flamante mujer de su representado, como forma de poder disolver el matrimonio. ¿Puede de allí concluirse que Castelli creía en estas jerarquías? Puede ser, no se sabe, pero en la medida que un abogado litiga en favor de su cliente, debe tomar como dato las leyes vigentes. No es ese el lugar para cuestionarlas. En este caso, Castelli intentaba deshacer el matrimonio de un hacendado. Unos años después, estaba dando un discurso sobre la igualdad en las ruinas de Tiahuanaco, traducido al quechua y al aymara. Que antes haya pensado otra cosa no lo hace “ambiguo” ni “contradictorio”, sino parte conciente de la evolución de la lucha de clases.
Cuando se intenta poner en contradicción el tren de vida del personaje, antes del estallido de la crisis, con su carácter revolucionario se está haciendo una abstracción del contexto. Castelli no era un comunista (Wasserman tampoco lo es, si es por eso), era un burgués. Como buen burgués, estaba de acuerdo con el dominio de una clase sobre el resto de la sociedad. A comienzos del siglo XIX, ser burgués, defender la explotación y las diferencias de clase no es un obstáculo para ser revolucionario.
El problema es que Wasserman intenta explicar un problema histórico a través de atributos puramente individuales, desgajados del marco social e histórico que les da sentido. Social, porque es cierto que Castelli anheló el poder, pero nadie lo ostenta a título personal. Incluso, los oportunistas sirven siempre a alguna clase y calculan su salto de acuerdo a las relaciones de fuerza. Histórico, porque cualquier miembro de cualquier clase, en tiempos normales, nace a la vida con la conciencia dominante, es decir, la conciencia de la clase dominante. El desarrollo de la crisis es lo que va provocando el pasaje hacia otro tipo de conciencia. Pretender que Castelli actuase en 1803 como el cuadro que fusiló a Liniers siete años después, es ridículo. Pretender que la crisis de 1806 no obligue a un replanteo general de las ideas dominantes, también. E incluso, una vez alcanzada la conciencia revolucionaria, el desenvolvimiento del proceso obliga a acomodar alguna de ellas y cuestionar el programa (Lenin cambió hasta el nombre del partido en plena revolución). Si Wasserman, en lugar de poner los hechos uno al lado del otro, los pusiera uno después del otro, vería un desarrollo donde creyó ver una paradoja.
La historia al estilo revista Papparazzi de poco nos sirve para comprender los motivos más profundos que dinamizan el accionar de los sujetos. Tampoco viene en nuestra ayuda el concepto de “élite”, que mete en la misma bolsa a comerciantes feudales, hacendados burgueses y burócratas de aquí y de allá. Una mirada más atenta implica, necesariamente, preguntarnos a qué clase social pertenecía el gran revolucionario porteño.

El hombre y su clase

En el Río de la Plata, los intelectuales se pusieron al servicio de alguna de las dos clases en pugna: la nobleza española (la clase dominante) o la burguesía agraria (la clase oprimida). La adscripción de este dirigente a la burguesía fue el producto de una serie de factores. Entre ellos, no es un dato menor, el haber nacido en una familia estrechamente vinculada a los intereses de los hacendados (el padre de Castelli, Ángel, era boticario y propietario de tierras) y su propia trayectoria económica (adquirió su propia quinta en San Isidro).
Entre las causas más importantes que tuvo en sus manos como abogado, se encuentra la defensa de Domingo Belgrano Peri (padre de Manuel) y la de Juan Ramón Balcarce. Cuando las cosas se empezaron a complicar, Castelli dio otro paso, convirtiéndose en defensor de su clase ya no a título personal, sino a nivel corporativo: los hacendados contaron con sus servicios en el Consulado, tarea que compartió con Manuel Belgrano. Finalmente, desde 1806, puso su vida al servicio de la causa revolucionaria, convirtiéndose en uno de los principales dirigentes de la alianza que llevó a la burguesía al poder. Castelli no es un oportunista desgajado de su base social. Mucho menos, un revolucionario del “pueblo” en abstracto. Por el contrario, se trata de un hombre que dio su vida para que su clase construya un mundo a su medida. Podemos rastrear en su actuación el derrotero transcurrido por la burguesía agraria para tomar el poder en Buenos Aires.
El abordaje de Wasserman no solo elude estas cuestiones centrales, sino que incluso, en su generalización, no puede individualizar a Castelli. Al poner su caso como el lógico derrotero de una “elite arribista”, deja de lado que dentro de los intelectuales burgueses hubo oportunistas y consecuentes. Por ejemplo, Juan José Paso fue cambiando de posición desde 1810 a 1815 y siempre salió bien parado. Lo mismo hizo Viamonte, que consultaba el humor político en Buenos Aires antes de tomar una determinación. La revolución está llena de estos ejemplares. Pero no fue el caso de Castelli, quien siempre pugnó por el desarrollo de la revolución luchando contra las tendencias más vacilantes. Hay que examinar detenidamente la dinámica política antes de lanzar afirmaciones sin sustento.

Resignación y arribismo

Los académicos nos presentan una visión “empresarial” del dirigente estudiado: un individuo que despliega estrategias individuales para lograr acomodarse frente a una coyuntura cambiante, en pos de aumentar su prestigio personal y posicionarse como una importante figura pública. En pocas palabras, Castelli sigue la misma lógica que Aníbal Fernández (menemista, duhaldista y kirchnerista) e incluso la de Ricardo Fort o Zulma Lobato. Son justamente los académicos los primeros en banalizar la historia y destruir la ciencia.
Las motivaciones de las acciones se buscan en todos lados (las ideas, la familia, las redes…), menos en donde realmente hay que hacerlo: en las relaciones de clase. Las contradicciones sociales son eliminadas y la opresión y la explotación son naturalizadas, convertidas en un paisaje donde lo que importa es cómo hace cada uno para escalar posiciones. El problema historiográfico se ha desplazado desde el estudio del sistema social a la mejor estrategia individual para acomodarse. Se trata de una historia que acepta cínicamente, e incluso sacraliza, el estado de cosas.
Párrafo aparte merece el intento del autor de internarse en la catadura moral de un revolucionario en toda la regla, como lo fue Castelli, y tildarlo de “ambiguo”, “contradictorio” y peor aún, de oportunista. Un hombre que dio todo, que murió pobre y enfermo, que bien pudo haberse quedado en Buenos Aires conspirando y servir a la facción de turno (como Paso, por ejemplo) es puesto bajo la sospecha de arribista. Lo que Wasserman y la academia no pueden comprender es que haya seres humanos que no estén preocupados por acomodarse y que, en cambio, estén dispuestos a sacrificar su propia existencia por un proyecto colectivo. Esta biografía adolece de un problema epistemológico: el autor busca en Castelli los atributos que él cree indispensables (mezquindad, indiferencia, individualismo) y los coloca en primer plano. Al investigar con este marco, la academia no se encuentra con la realidad, sino con su propia imagen.

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