El Chapecoense murió al atardecer – Ricardo Maldonado

58424c59c46188165b8b4607El Chapecoense murió al atardecer. El “accidente” de LaMia como crimen social

Esta contradicción de un egoísmo que se vuelve contra su propio portador pone en primer plano las leyes que rigen al capitalismo como sistema, no sólo la moralidad de los miembros de la clase capitalista. Una escala extra tiene un costo, según el socio sobreviviente de LaMia, Marco Rocha, de 7.000 dólares. Él mismo declara que ese no es el precio de una vida. Pero murieron 71 personas.

Ricardo Maldonado

CEICS


Chapecoense llegó a la final de la Copa Sudamericana tras derrotar a San Lorenzo diez días atrás. La final tenía algo épico: Atlético hace un par de años que muestra su poderío continental con finales y títulos y Chapecoense no había siquiera arrimado a una clasificación copera.

Pero en el viaje para disputar la primera final en Medellín, el avión en el que viajaban cayó a tierra muriendo casi todo el pasaje, que incluía plantel, cuerpo técnico, directivos y periodistas deportivos. Salvo una azafata también falleció la tripulación. Murieron 71 de 77. Hasta aquí datos conocidos.

Al día de hoy, se sabe que partieron de Brasil a Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, dónde abordaron un chárter que los llevaría a Colombia. También se sabe que el avión realizó el viaje con el combustible y la autonomía de vuelo forzados al límite. También se sabe que quien conducía el avión era uno de los dueños de la empresa de vuelos chárter Lamia, fundada en Venezuela, operando en Bolivia, transportando a planteles de todo el continente, con una sugerente sugerencia de la Conmebol con sede en Asunción de Paraguay.

La ínfima distancia entre la fiesta y la tragedia, cuando se hace presente en la vida real, provoca angustia. La concreción de la metáfora utilizada por el técnico del Chapecoense (“si muriera hoy, lo haría feliz”) luego de sortear la semifinal, puso en el mundo eso que angustia: la vida y la muerte no son dos mundos, sino uno, en tensión, dialéctico, móvil.

Pero esta cuestión íntima, dolorosa, vuelve sobre la sociedad al momento de ubicar las causas de la tragedia, su explicación. Se perciben tres perspectivas generales de hacerlo: el puro azar (“hoy estamos, mañana no”, “que se le va a hacer” y, sobre todo, “así es la vida”). Es la vertiente de la resignación.

Otra posibilidad es revolcarse en el inmenso conjunto de las excepciones: desde el extremo materialista de la corrupción hasta el metafísico argumento de la maldad humana. Esto no es así, no puede ser así, es de otra manera y este suceso violenta las reglas, las formas, la ética, etc. Como decían los milicos: errores y excesos. Una coartada remanida.

Una tercera posibilidad es asumir que las cosas suceden por algo, que la vida social no es un conjunto desintegrado de acciones individuales sino la inserción de cada sujeto en una potente lógica de clase. Y que la responsabilidad no queda descartada, pero si concernida por las regulaciones de la vida social. Es el caso de los crímenes sociales, los crímenes del sistema.

Ante la caída del avión se puede promover la restitución simbólica, como por ejemplo la promovida por Atlético Nacional de otorgar el título a su rival. La punición individual: identificar quienes fueron los responsables individuales de lo que no tiene que suceder. O avanzar realmente por el camino del esclarecimiento sumando a estas dos intenciones una tercera; pensar si esto refleja un comportamiento sistémico del capital, o una anomalía. Si es una anomalía, ocurrirá muy  raramente (eso significa anomalía), pero si es un efecto del funcionamiento del sistema, nuestra vida (literalmente) peligra

Entonces la cuestión del piloto aparece en primer plano. El avión era uno de los tres que un político venezolano le alquilaba a la empresa de vuelos chárter Lamia de Bolivia uno de cuyos dueños era el piloto del vuelo que llevaba al plantel a Medellín. El piloto del avión es, en este caso, víctima (perdió su vida, y con ella su fortuna, sus ganancias y su futuro) y probable victimario. Casi todas las informaciones coinciden en que el vuelo estaba planificado de acuerdo a un ahorro extremo de gasto en escalas y combustible, que no dejó margen para maniobras de emergencia. Esa perspectiva da por descartada la posibilidad de culpar al “destino” de las muertes y el dolor. Pero el hecho significativo es que el propio empresario estuviera incluido en las consecuencias de las  riesgosas decisiones. No se puede decir solamente que no le importó la vida de los pasajeros, porque corrió su misma suerte. Y nada indica que estemos ante un suicida que arrastró en su decisión a los que estaban a su alrededor. Esta contradicción de un egoísmo que se vuelve contra su propio portador pone en primer plano las leyes que rigen al capitalismo como sistema, no sólo la moralidad de los miembros de la clase capitalista. Una escala extra tiene un costo, según el socio sobreviviente de Lamia, Marco Rocha, de 7.000 dólares. Él mismo declara que ese no es el precio de una vida. Pero murieron 71 personas. Incluido su socio, Miguel Quiroga, el que se beneficiaría de ese ahorro. Claro, ya no lo hará.

El capitalismo es el sistema en el que los capitales compiten para obtener y seguir obteniendo ganancias. No pueden no hacerlo, porque entonces otro lo hace y ese capital perece. Como los gladiadores, cada capital entra en la arena y no puede no disponerse a la lucha. Esa lucha cuenta con diferentes armas: mejorar la productividad por la vía de la tecnología y la escala de mercado, aumentar el margen de explotación por la vía de los bajos salarios, tener protecciones estatales haciendo pagar a la sociedad su ineficiencia o limitar los gastos actuando al límite de las posibilidades y la seguridad.

Las grandes empresas definen una media, son las que se marcan el estándar de la productividad y escala -por decirlo de alguna manera- óptima. Las PyMEs, en general, deben disimular su incompetencia con los otros recursos. Peces chicos tratando de sobrevivir desesperadamente en un mar de tiburones.

En este caso se unieron dos pequeñas empresas: Lamia y Chapecoense. Un pequeño club marginal de Brasil metido en la gran competencia y una pequeña empresa de chárter aéreos metida en el mercado de transporte aeronáutico.

La actual negociación entre los clubes argentinos y las cadenas deportivas muestra que el problema del negocio del fútbol no es si sigue o no el FPT, sino la desesperación de los clubes chicos por permanecer en un negocio cuya escala los supera. Las “asociaciones civiles” presididas por empresarios, por capitalistas, firman acuerdos con el diablo si ofrece más guita e intentan no compartirla con los clubes económicamente inviables. Eso es el capital: exclusión para las mayorías y ganancias para unos pocos.

En el accidente murieron Sandro Pallaoro (Presidente del club y empresario del año de Chapecó, en el 2015) y Miguel Quiroga (accionista de Lamia). El capitalismo tiene leyes que no pueden eludir ni siquiera los propios capitalistas. Ellos, como clase, conduciendo la sociedad, no son distintos a ellos como individuos conduciendo clubes o aerolíneas. Están a cargo del planeta. Y el cambio climático, por ejemplo, demuestra que sus ganancias son más importantes que evitar las tragedias que se avecinan. Van a chocar ese inmenso avión que es el planeta, con ellos en la cabina.

Sucedida la tragedia, la misma pasión alegre, agonística, festiva del fútbol, se canalizó en otra triste, solidaria, compartida. Jugadores que ofrecen el trofeo -que tanto lucharon para obtener- al rival desgraciado, tarjetas amarillas recibidas con hidalguía por sacarse la camiseta para mostrar una de solidaridad y apoyo, 13.000 nuevos socios de lugares remotos de Brasil para un pequeño club de un rincón provinciano, equipos que visten su color verde en homenaje, la lista es innumerable. A la vez una indignación creciente reconoce que no hubo error, accidente, ni destino, sino criminalidad. Y esa indignación exige el castigo a los culpables.

Entonces no seamos tribuneros, porque nadie nos mira. Ya es hora de unir tanta pasión (y tanta bronca) y desterrar a esa clase parasitaria, ruin, pero sobre toda peligrosa y amenazante, los capitalistas. Si queremos que los aviones, y el planeta con sus pasajeros, lleguen a alguna parte, preparemos un cambio de tripulación. Esta clase ya no puede ofrecer más que “accidentes”. Como individuos, no podemos bajar de este avión, ni nadie nos va a organizar un homenaje. Nuestro vuelo tiene dos destinos posibles: socialismo o barbarie.

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