Efectos psico-sociales en el ejercicio de la prostitución

Este artículo habla sobre los efectos psico-sociales del ejercicio de la prostitución basándose en experiencias reales de mujeres predominantemente inmigrantes subsaharianas.

Desde la perspectiva de las autoras, el ejercicio de la prostitución puede conllevar, además de la estigmatización social, importantes consecuencias psico-sociales personales como el estrés post-traumático, desconfianza, falta de expectativas, desesperanza personal, pérdida del ritmo social y deterioro de la autoestima o depresión. Además, afirman que es tarea de los profesionales la crear espacios que permitan la sanación, el fortalecimiento de la resiliencia o la mediación en las deterioradas relaciones personales o de grupos.

Según Jesús Valverde, en la sociedad actual se constata el rechazo que, por una gran parte de población, de nuestro entorno, merece la persona dedicada a la prostitución. Es más, en nuestra sociedad a nivel privado o personal la palabra «puta» tiene significado insultante y peyorativo, lo mismo que resulta grave afrenta la expresión «hijo de puta». Incluso desde el aspecto de la moral tradicional-conservadora la persona que se prostituye es mala, mala madre y mala esposa, perversa, degenerada o viciosa.

El ejercicio de la prostitución se sigue considerando una actividad de trabajo ¨no normalizado¨ y a la vez desprestigiado que no está bien visto. Se ha creado el convencimiento en muchas personas de que la prostitución es irremediable. El entorno en el que nos movemos tendrá que pasar por un proceso de educación, evolución del pensamiento y de la moral social, donde con el tiempo nuestra visión se centre en el respeto a la persona más que a la prostituta.

Existen diferentes discursos en las mujeres que se prostituyen. Un primer discurso comparte la visión de que la prostitución es una actividad degradante y solo se realiza por necesidad económica, por incapacidad de acceder a un puesto de trabajo normalizado. Algunos casos son de mujeres que se mantienen en el trabajo por la presión de una deuda y en otros casos lo consideran un trabajo temporal y se proyectan en un futuro diferente.

En un segundo discurso, encontramos a la mujer que se identifica con lo que hace y no tiene intención de abandonar el ejercicio de la prostitución. Desde nuestra realidad, este último discurso es minoritario. El ejercicio de la prostitución genera en la mayoría de las mujeres efectos negativos, aunque no todas las mujeres han de ajustarse a los patrones que aquí se presentan.

Muchas veces el trastorno psicoafectivo que presentan algunas mujeres se origina en una historia familiar de maltrato o problemas en la infancia.

Efectos psico-sociales

  • Estrés post-traumático. Las mujeres que ejercen la prostitución están sometidas a un ambiente de estrés continuo. Este estrés produce miedo e inseguridad que caracterizan intrínsecamente a la prostitución y es vivido de diferentes maneras por las mujeres.
    Los síntomas esenciales para su diagnóstico son: dificultad para conciliar el sueño, irritabilidad, dificultad de concentración y sobresaltos.
    También influyen la intensidad, duración y proximidad de la exposición al contenido traumático. Otras variables son: la edad, historia psiquiátrica propia y familiar, tipo de trauma, abuso en la infancia, nivel socioeconómico. Acontecimientos estresantes a las que se exponen: situación de ilegalidad, miedo a ser expulsadas o detenidas, a elegir un cliente que les haga daño, pago de deuda a las mafias, etc.
  • Desconfianza como elemento de supervivencia. Muchas mujeres inmigrantes que se iniciaron en la prostitución presentan una carencia de vínculos afectivos y una gran desconfianza hacia los demás. Esto en parte se debe a haber vivido muchas situaciones de engaño desde el inicio de su viaje a Europa. Cuando una persona experimenta dificultades emocionales puede ser incapaz de pedir apoyo o hacerlo de un modo exigente y agresivo, reflejando la falta de confianza en que saldrá adelante. Suele estar insatisfecha con lo que recibe y le resulta difícil dar algo espontáneamente a los demás.
  • Falta de expectativas y posibilidades. La mujer en estas situaciones sufre situaciones de abuso, es humillada o menospreciada por ideas racistas, sexistas o es víctima de personas violentas. Esto influye en su autoestima y el paso previo a los daños psíquicos y enfermedades mentales es la situación de desesperanza y desilusión. A esto se le suma el rechazo social.
    A la mujer le resulta difícil escapar o abandonar la situación haya llegado a ella voluntaria o forzosamente. Esto se relaciona con la situación de irregularidad y un nivel de formación bajo. En algunos casos asumen la expectativa de juntar dinero para su familia y rehacen su vida creando su familia, argumentando que se prostituyeron durante un tiempo para pasar a otra etapa mejor.
  • Pérdida del ritmo social. El día y la noche de estas mujeres se alterna del trabajo en la calle a casa y de casa a la calle. Una de las mujeres entrevistadas cuenta que sale a las 11 de la noche y vuelve a casa a las 6 am, duerme, se levanta para comer y se prepara de nuevo para volver a la calle con la confianza de poder ir con muchos clientes y sacar más dinero.
  • Deterioro de la autoestima. Una persona que tiene dañada su autoestima utiliza un volumen de voz elevado, insultos, presenta tensión corporal, tiene patrones de pensamiento que la hacen sentir mal. (soy mala, no valgo nada, nunca podré trabajar en otra cosa, etc.) Además sufre emociones como ansiedad, enfado, falta de control, culpa, soledad. Todo esto hace que las personas huyan de ella. Por eso cuando trabajamos con estas personas es importante evitar que sean nuestras emociones las que guíen nuestra intervención.
  • Depresión. Es un trastorno que cambia nuestra forma de sentir, pensar y actuar. Hay deseo de llorar, tristeza, irritabilidad. Físicamente se presenta el cansancio continuo y excesivo, falta de apetito, problemas de sueño, opresión en el pecho, y en el pensamiento hay una manera de ver todo de forma negativa. Las personas deprimidas suelen desvalorizarse y culparse por lo que hicieron. Desde afuera se ve como la típica imagen de una persona que reduce su vida a ir de la cama al sofá.

Pistas para acompañar procesos

  • Centrar la intervención en la relación. A veces estas personas no siguen los acuerdos pactados, no quieren hablar o vuelcan su rabia hacia el profesional de ayuda. Es importante nuestro apoyo e ir mas allá de esas emociones, escucharlas, razonarlas y reconocerlas como normal es dentro de la realidad que bien. Así se ira forjando una relación de confianza y si podemos aliviarlas en alguna de sus tensiones nos tendrán como punto de referencia y base segura.
  • Fortalecer la resiliencia. Este término proviene del latín y significa ¨volver a saltar¨. La persona resilente es la que tras la adversidad es capaz de recuperar su bienestar para proseguir una vida productiva, es alguien que a pesar de acontecimientos y condiciones de vida difíciles puede proyectarse en el futuro.
    Tiene dos aspectos: la resistencia a la destrucción y la capacidad para reconstruir sobre circunstancias adversas.
    En nuestro caso una mujer resilente sería aquella que no sucumbe en el mundo de la prostitución, no se inicia en el consumo de sustancias, no presenta cuadros depresivos, y en medio de esa situación es capaz de construir un futuro diferente. Por ejemplo, emprendiendo y manteniendo acciones encaminadas al abandono del ejercicio de la prostitución.
    Los testimonios con los que trabajamos muestran mujeres que atravesaron un proceso migratorio hecho en soledad, nacimientos de niños en condiciones insalubres, presión de la deuda, etc. y a pesar de todo sorprenden con su valentía.
    Para cuando esto no sucede, es importante un reforzamiento del vínculo con la familia, amigos o compañeros.
  • Ofrecer apoyo emocional. Este apoyo se cimienta en la capacidad de facilitar vías de expresión de todas las emociones contenidas. Solo podemos ofrecerlo si estamos atentos a la expresión de los mismos y seamos capaces de acogerlos e integrarlos.
  • Ayudar a reelaborar el presente. Muchas de las entrevistas se basan en ayudar a la persona a hacer una lectura más ajustada de su realidad con el objetivo de evitar que desarrollen conductas que se vuelvan contra ellas. Nuestro objetivo es crear un espacio para razonar sobre lo ocurrido y ayudarla a pensar en las consecuencias futuras al tomar una decisión, además de brindarle información que la persona no ha tenido en cuenta.
  • La mediación desde el grupo de iguales. La mediación supone comunicación, porque pretende facilitar que las personas encuentren las posibles soluciones por ellas mismas. La finalidad es propiciar propuestas y soluciones y sobre todo promover procesos de respeto. La participación en el grupo es un proceso de negociación, donde necesitamos enfocar los intereses, nunca imponerlos, sino más bien defender y explicar con claridad cada posicionamiento, para encontrar los intereses comunes del grupo.
  • Utilizar la supervisión. La tarea del trabajador social no es fácil, acompañar a personas en situación de vulnerabilidad y decidir qué hacer y qué no hacer, que decir, que pautas proponer. La finalidad de la supervisión es facilitar el desarrollo profesional para que nuestro trabajo sea eficaz y responsable y para que aborde con sensibilidad las necesidades de los usuarios. Puede darse de forma individual, donde alguien del equipo o externo tiene esa función; o la supervisión entre iguales, para esto debe darse un clima de trabajo que propicie la confrontación entre compañeros y la aceptación de sugerencias.

La esperanza como motor de cambio

A veces los motivos que inducen a introducir cambios tienen que ver con el deseo de iniciar una vida lejos de ambientes de violencia, con los hijos, con el deseo de formar una familia.

La posibilidad de cambio tiene que ver con la expectativa de eficacia y los valores. La expectativa de eficacia tiene que ver con la certeza o duda que una persona tiene ante la decisión de poner en práctica un cambio de conducta. Esta expectativa será un elemento motivador si es alta o un impedimento si es baja.

La esperanza también puede ser un elemento importante a la hora de cambiar y se cimienta en la confianza de que podremos afrontar el futuro de manera favorable. Pero la esperanza no es la euforia de un instante, es un estilo de afrontar la vida de manera confiada.

Es importante no confundir esperanza con ilusión, la esperanza debe ser fundada, no ilusoria. Por eso debemos estar atentos a no dar falsas esperanzas, no decir cosas que no creemos, no llenar de palabras huecas nuestros discursos. Es una fuerza interior que da un talante nuevo a la persona, aunque el problema siga ahí. No podremos trasmitir la esperanza si no creemos nosotros mismos en ella.

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