Editorial: Los juegos del hambre

El segundo semestre llegó. Y con él quedaron atrás toda una serie de promesas. A principios de año, el gobierno se vanagloriaba de garantizar un comienzo de clases “normal” (aunque con siete provincias en paro) y promovió un salario a la baja con la promesa de volver a discutir cuando la bonanza económica llegara. Gracias al aumento del FONID y de otras sumas no remunerativas, los acuerdos paritarios alcanzados en marzo parecían mayores a ese tope del 25% con el que marcó la cancha al inicio de la discusión. Aunque si se eliminan las sumas en negro aquí y allá, el acuerdo no superó el tope. Hoy una maestra que recién se inicia en la docencia cobra entre 7.800$ y 9.500$ en Buenos Aires, Mendoza, Chaco, Corrientes, Formosa, Entre Ríos, Jujuy, La Rioja, Misiones, Salta, San Juan, Santiago del Estero. En la Ciudad de Buenos Aires, la Canasta Básica Total supera los 16.000$ contando  un alquiler módico. Así, con dos cargos, el docente apenas logra comer, dormir y vestirse. En las provincias del Centro y Sur el sueldo de bolsillo parece algo mayor pero solo si olvidamos que la canasta regional también es mucho más cara.
La docencia es hoy una profesión que garantiza la subsistencia biológica más elemental. Quien junta un mango más es producto de la sobre-explotación de los tres turnos y de permanecer en servicio a costa de la salud. Pero el problema no es nuevo. Recordemos una de las primeras medidas de Bullrich: fondo compensatorio de emergencia para las provincias que pagaban salarios por debajo del salario mínimo vital y móvil fijado en 6.060$ a inicios del 2016. Es decir, el problema del salario ya estaba allí. Para el gobierno, la reapertura de las paritarias quedó en el olvido. Entonces, los docentes debemos darnos un plan de lucha integral exigiendo la actualización inmediata del salario de acuerdo a la inflación real sumando una cláusula de indexación automática porque si no seguiremos perdiendo. Debemos exigir paritarias abiertas que revisen integralmente el valor y los rubros de todo nuestro salario. La función de los docentes exige muchos gastos que no están contemplados en cualquier canasta básica que son propios de nuestro trabajo como educadores, como intelectuales.
Pero debemos luchar por un sindicato que no limite su intervención a la de los juegos del hambre. La conciencia sindical limitada al salario es una conciencia económica. Y nuestros problemas no son solo salariales. El combate por lo urgente (sobrevivir) no puede dejar de hacernos ver que una contrarrevolución silenciosa avanza hace décadas sobre el sistema educativo. Este cambia de forma, se vacía de sentido y de valor (véase nota sobre el FINES). Se viene la “fineslización” de la educación: una escuela cada día más degradada, reducida a un rol titulador. La escuela actual es cada día más una escuela de clases: ficción educativa para pobres (que salen del secundario sin comprender lo que leen) y una educación algo mejor para quienes, en unos años, dirigirán nuestros destinos en contra de nuestros intereses. No alcanza con discutir paritarias. La lucha sindical debe ser el primer paso hacia la lucha política: aquella que combata el origen de los problemas de la educación y construya los instrumentos para superarla. Se trata de organizarnos para dejar atrás un sistema social que nos quiere cada día más brutos y baratos.

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