Editorial: Al final de este viaje – Ianina Harari

leftPor Ianina Harari – Editora responsables de El Aromo

Los cambios de ciclo suelen ser traumáticos. En especial, porque están mediados por una crisis. América Latina está atravesando uno de esos momentos: el fin de los regímenes bonapartistas y de las experiencias supuestamente “progres”. En diferentes dosis, Maduro, Cristina, Dilma y Bachelet están pagando los costos del desmantelamiento de aquello que habían construido. Con distinta intensidad, cada uno de estos países está atravesando una crisis política originada en la necesidad de cerrar por derecha las experiencias bonapartistas y seudo-progres y encauzar el ajuste. Otros gobiernos bonapartistas, como el de Correa y Morales, todavía no han chocado contra ningún obstáculo importante, aunque el último ya tuvo una llamada de atención, por ahora limitada al plano electoral. Lo mismo sucede con el bastión latinoamericano del “progresismo cool”, Uruguay, a resguardo todavía de mayores cuestionamientos.
Venezuela está viviendo el proceso más agudo. Con o sin intento de golpe, la burguesía venezolana y estadounidense –que también se ha beneficiado con el chavismo- ya decidió sacarse del medio a Maduro (ver nota de Nicolás Grimaldi). Allí Obama comenzó a intervenir directamente para debilitar al gobierno, que por su parte sigue afianzando su relación con China, la cual le ha prestado desde 2008 unos 50 mil millones de dólares para afrontar la crisis. Aun con esta ayuda, la caída del precio del petróleo continúa haciendo estragos sobre la economía venezolana, que recae en los bolsillos obreros. En Brasil, Dilma, cuyo gobierno, igual que el de Lula, nunca llegó siquiera al bonapartismo, está avanzando lentamente con el ajuste (Ver nota de Nicolás Grimaldi), aunque la tendencia es al avance a mayor velocidad. Algo parecido, pero con menor intensidad, sucede en Chile. Es decir, el cierre por derecha del bonapartismo, igual que el del “progresismo”, lo está realizando el mismo personal político que lo encarnó.
Pero en los dos países más comprometidos, la clase obrera se encuentra movilizada y dividida. En Venezuela, se divide entre quienes se movilizan a favor del gobierno y quienes apoyan a la “derecha”. En Brasil, hubo manifestaciones a favor y en contra del gobierno, con dirección de la derecha estas últimas. Pero también comenzó a movilizarse una fracción de la clase en defensa de los puestos de trabajo, en especial el sector automotriz. El problema en ambos países es que la clase obrera carece de una alternativa que impulse una salida por izquierda. Así las cosas, el descontento obrero es capitalizado por la derecha.

Lavada de manos

En Argentina Cristina también está dando el giro a la derecha que tanto le reclama la burguesía, aunque no en la forma que se le exige. En especial porque el ajuste se está realizando mediante un mecanismo “invisible” y que no afecta solo a los obreros: la inflación. Gracias a ella, y de los sindicalistas que aceptaron un techo inferior en las paritarias, los salarios se han ido licuando, fenómeno potenciado por el impuesto a las ganancias. También se depreciaron los montos de la asistencia social. Pero esto no es suficiente. Cristina no se animó, todavía, al recorte presupuestario ni a una mayor devaluación. Sabe que la ayuda que la inflación le da por un lado, se la quita por otro: los propios gremios oficialistas abandonaron su usual acatamiento a las órdenes de la Rosada. Por ello, si no quiere terminar de romper lazos con el sector de obreros ocupados que aún la apoya, deberá tomar alguna medida con Ganancias (Ver nota sobre el tema), lo cual resentirá la recaudación e incrementará el actual déficit. El escenario empeora con la caída en los ingresos por las exportaciones agropecuarias. Incluso el gobierno se vio obligado a desembolsar subsidios a los pequeños productores para desactivar la protesta del sector (Ver nota de Damián Bil y Sebastián Cominiello).
Como su par venezolano, Cristina apuesta al endeudamiento. El préstamo que consiguió Kicillof, a tasas bastante altas, alcanza para cubrir el déficit que el gobierno acumuló en lo que va del año. A eso se suma lo que está desembolsando China. No alcanza para llegar a octubre tranquilos, pero le da cierto aire para patearle el ajuste al próximo gobierno, dejarle la deuda de regalo y no ensuciarse tanto las manos. Quizás a sabiendas de esto, la presidenta prefiera dejar el próximo mandato en manos de la oposición. Aunque Randazzo sea su candidato, no se ha esmerado en impulsarlo demasiado, mientras intenta imponerle un candidato a vice propio a Scioli.
Mientras tanto, Cristina va preparando su retirada de forma de dejar la cancha marcada. Para eso, la principal apuesta del gobierno pasa por la batalla en la Corte Suprema de Justicia. La presentación de Carlés en reemplazo de Zaffaroni fue por el momento rechazado. Por eso, no suena descabellado que Cristina esté barajando la posibilidad de ampliar los miembros de la corte, al igual que lo hizo Menem en su momento. Ello le permitiría tener mayores probabilidades de garantizarse impunidad una vez que abandone el gobierno. Como ya mencionamos, la limpieza de la SIDE siguió la misma lógica. Por último, las posibles postulaciones como legisladores de Máximo y Cristina asegurarían los fueros necesarios.
A la derecha, el mapa comienza a configurarse. Tras el exultante festejo en Salta, al que acudieron todos los pre candidatos K (a pesar de que el ganador se apuró en señalar que no era “kirchnerista”), el oficialismo fue derrotado en Santa Fe y Mendoza. Los resultados en Mendoza y Santa Fe parecerían estar proyectando a Macri, aunque no de manera contundente. La victoria completa en las PASO de la Ciudad de Buenos Aires han elevado aún más su apuesta, en una pelea que ahora parece limitarse a dos: “Mauricio” vs “Daniel”.

Eso que tanto esperábamos

Hay un elemento fundamental que distingue la situación argentina de la venezolana y brasilera. Aquí, la clase obrera no se debate solo entre el personal bonapartista y la oposición de derecha, sino que cuenta con una alternativa revolucionaria. En efecto, el FIT logró constituirse como tercera fuerza política en Salta y en Mendoza, y hoy figura en cualquier encuesta para las presidenciales. No se trata solo de un fenómeno electoral: la izquierda ha crecido en influencia sindical entre los obreros ocupados. Tras décadas de alejamiento de esta fracción, los últimos años mostraron una inserción, minoritaria, pero creciente. En este punto aparecen dos novedades históricas. La primera es que a diferencia de los 70, la izquierda no debe disputar en las fábricas con variantes del peronismo que se presentan por izquierda. Hoy en el ámbito gremial es claro que el peronismo es la burocracia y a su izquierda solo se encuentran las organizaciones revolucionarias. La segunda es que la fuerza reunida en las luchas sindicales comenzó a traspasar ese ámbito y comienza a expresarse políticamente. Este era uno de los grandes dilemas de la izquierda: nos votan en la fábrica, pero en las urnas votan a Perón. Es decir, la clase obrera no lograba trascender su conciencia sindical y, con ello, la lucha económica. Hoy eso está comenzando a cambiar. La fracción que elige a la izquierda en sus lugares de trabajo, también lo hace en las elecciones. Comienza a inmiscuirse en la lucha política, aunque por ahora solo en lo electoral, lo que da cuenta que su conciencia ha dado un salto. Para completar ese salto es necesario que estén dispuestos a hacer algo más que depositar un voto en una urna.
Aprovechar esta coyuntura para potenciar esta fuerza y ampliar la influencia sobre las masas es la tarea del momento. Si el ciclo se cierra por derecha, se perderá gran parte de lo conquistado. Por ello, como venimos planteando hace años, el FIT debe darse la tarea de unificación partidaria que le permita multiplicar su fuerza. Tenemos la oportunidad histórica a la que costó mucho llegar, porque no es el resultado solo de la crisis y la descomposición del peronismo, sino del trabajo arduo y continuo de la izquierda durante décadas. El recorrido que la clase obrera argentina realizó con el bonapartismo está terminando. Que al final de ese viaje comience un nuevo camino que valga la pena recorrer, el camino al socialismo, dependerá en buena medida de nuestros esfuerzos.

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