Dios nos prefiere separados (y muertos). Prólogo a La ocupación israelí, de Neve Gordon


Fabián Harari y Nadia Bustos
Grupo de Análisis Internacional – CEICS

En Israel, se está desarrollando una verdadera guerra contra la población más desposeída y, como consecuencia, unos cuatro millones y medio de palestinos están al borde de la desaparición. Sobre el tema, hay varias posiciones, ninguna parece comprender la naturaleza del fenómeno. Pocos se detienen a examinar el problema de clase y, en función de ello, comprender las particularidades del caso. A estas cosas ayuda este libro de próxima aparición en nuestra editorial y del que publicamos su prólogo a continuación.

No hay atropello a la humanidad que haya sido más ocultado durante tantas décadas. No hay registro, luego de la Segunda Guerra Mundial de estados aceptados mundialmente en el concierto diplomático que, abiertamente, recurran al exterminio y a la tortura, haciendo de todo eso una jurisprudencia. En Israel, se está desarrollando una verdadera guerra contra la población más desposeída y, como consecuencia, unos cuatro millones y medio de palestinos están al borde de la desaparición. Estamos asistiendo, lo admitamos o no, a un genocidio de clase directo e indirecto. Directo, por los bombardeos, las incursiones militares y los ajusticiamientos arbitrarios. Indirecto, por el corte de los servicios básicos, la destrucción de hospitales, el derrumbe de viviendas y el bloqueo de sustancias alimenticias. Los habitantes de los territorios ocupados y los campos de refugiados se están muriendo. Están siendo asesinados despiadadamente en nombre de intereses mezquinos y que nada tienen que ver con el bienestar de la población del otro lado de la frontera o la defensa contra los atropellos antisemitas. Este libro es un intento de alertar sobre esta emergencia y comprender sus causas. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los trabajos mejor documentados sobre la dominación sobre la población de los territorios ocupados, desde 1967. Entender, es un paso necesario, el primero, para encontrar una salida.

Sobre el tema, hay varias posiciones, ninguna parece comprender la naturaleza del fenómeno. Para algunos, se trata de un problema simplemente étnico. Para otros, de un problema nacional palestino, cuya identidad requiere el establecimiento de una nación. Pocos se detienen a examinar el problema de clase y, en función de ello, comprender las particularidades del caso. A estas cosas ayuda el libro.

La obra de Neve Gordon recorre minuciosamente esos mecanismos de dominación sobre la población en territorios ocupados, pero también, cada dispositivo, que tiene su complemento en el territorio “oficial”. La reconstrucción tiene en cuenta, además, el propio movimiento de la sociedad, lo que va explicando los cambios en esas formas de dominación. Se logra además, desentrañar todo el mecanismo estatal y paraestatal de represión. Realmente, un logro significativo y necesario.

Entre la ocupación y la Intifada

La ocupación de Cisjordania, Gaza, las alturas del Golán y Jerusalén Oriental, en 1967, supuso la incorporación de 1, 1 millón de palestinos bajo su jurisdicción, que se agregaban a los 400.000 que ya residían en territorio israelí. Del otro lado, 2 millones de judíos. Casi la mitad de la población, entonces, aparecía como desposeída, marginada, sin derechos y pauperizada por medios extraeconómicos por el propio estado al que ahora debían pertenecer. Evidentemente, el Estado de Israel había adquirido, antes que un problema demográfico, religioso o étnico, un problema político.

Si no se había integrado a los palestinos que quedaron bajo la frontera israelí, luego de 1948, mucho menos se iba a incluir plenamente a los que vivían en las regiones ahora ocupadas. La cuestión que se le planteaba al Estado era como incorporar el territorio, pero no a sus habitantes. Por lo tanto, valiéndose de una antigua legislación del Mandato Británico, Israel puso a las zonas conquistadas como “Territorios bajo custodia”. En concreto, se mantiene el control político, económico y militar, pero la población permanece como “extranjera”, privada de todo derecho político, civil y hasta económico. Hasta 1977, se permitieron algunas elecciones municipales. Luego, ya ni eso.

Sobre esta situación, desde Jordania, la OLP decidió armar una estructura paraestatal. Primero, reorganizando la entidad bajo un esquema altamente centralizado, manteniendo la modalidad “federativa”, pero sin la autonomía ni la laxitud que se arrastraba. Segundo, la implantación de una red de asistencia social, una Media Luna Creciente propia y la generación de trabajo en talleres de bienes domésticos para la población en emergencia. Tercero, una serie de departamentos pre-estatales como Relaciones Exteriores, Economía, etc. Por último, la proclamación de la independencia de la política palestina de los proyectos del panarabismo (Nasser). El objetivo era convertir a Jordania en una especie de “zona liberada” o un Vietnam del Norte para Israel. Junto con las organizaciones políticas y la población expulsada, toda la masa de fedayines también recaló en el territorio hachemita.

Obviamente, el Estado jordano no iba a tolerar una amenaza a su dominación. En septiembre de 1970, el Rey Hussein decide desarmar a la OLP en Jordania, desembocando en una guerra entre los fedayines y el ejército real. El resultado parcial es una masacre generalizada conocida como “Septiembre Negro”. Parcial, porque Siria intervino en defensa de la OLP. Pero, ante la amenaza de Israel de intervenir, tuvo que retirarse y las fuerzas reales volvieron a atacar a discreción. Luego de un primer acuerdo gestionado por Nasser, el ejército real retomó los ataques a los focos fedayines que quedaban, en enero de 1971. El resultado fue el desplazamiento de una parte de la población palestina al Líbano, donde se produce una explosión de campos de refugiados en el sur, el traslado de la OLP a Beirut y el inicio de la ruptura del vínculo entre esa organización y la población palestina de los territorios ocupados (Cisjordania y Gaza). Solo va a volver a tener un contacto real a partir de los acuerdos de Oslo de 1993. Paradójicamente, de la mano de Israel.

Esta alienación con sus bases lleva a varias organizaciones al terrorismo internacional como acto desesperado (el asesinato de los atletas israelíes en Münich y el secuestro de aviones), pero el rescate en Entebbe (1976) muestra la inutilidad y lo contraproducente de la estrategia. El intento de recrear el proyecto jordano en Líbano con la población refugiada naufraga pronto, tras el estallido de la guerra civil en 1975 y el ingreso de organizaciones iraníes chiítas, como el Hizbolah, producto de la revolución de 1979. La invasión israelí al Líbano, en 1982, obliga a la OLP a trasladar su sede a Túnez, desde donde va a operar hasta los acuerdos de Oslo.

¿Qué pasa con la población palestina? La de los territorios ocupados, en general, se integra a la economía israelí como mano de obra descalificada y muy barata. En 1974, la mitad de los trabajadores palestinos están empleados en Israel. En 1987, esa cifra asciende al 70%. El salario de un trabajador palestino, proveniente de los territorios ocupados, representa el 25% del salario de un obrero israelí promedio. Para acceder al lugar de trabajo, el obrero debe abandonar su aldea, pasar a territorio israelí y volver antes del caer de la noche, so pena de ser detenido, salvo indicación del empleador (como la “papeleta de conchavo” aquí). Obviamente, no accede a ningún beneficio de ninguna ley laboral. Ni accidentes, ni indemnización, ni aporte alguno. Tampoco puede pertenecer a ningún sindicato ni realizar ningún reclamo colectivo. Aun así, esos salarios son más altos que los que se pagan en Jordania, Siria o Egipto, que además no pueden absorber mano de obra. El caso es que los trabajadores palestinos quedan fracturados, porque los que ya residían en Israel acceden a mejores condiciones de vida (vivienda, sindicalización) y hasta pueden votar.

La expansión industrial israelí de esos años no solo requiere de mano de obra, sino que también se extiende al agro en Cisjordania. El ingreso de capitales israelíes en la producción agraria palestina provoca un proceso de fusión (empresas “mixtas”), por un lado, y de mecanización, concentración y centralización por el otro, provocando la proletarización de amplias capas que aún quedaban en la pequeña producción. La salida que encuentran estas capas es el giro hacia empleos calificados mediante la educación universitaria en las universidades palestinas. Esa alternativa se va a mostrar poco eficaz, pero de allí van a salir los líderes de las intifadas.

A comienzos de los ’80, el desarrollo industrial en Israel muestra los límites a la capacidad de absorción de mano de obra. Especialmente, a partir de la mayor mecanización. Sin un aparato productivo propio (los territorios ocupados tienen el índice más bajo del mundo de industria sobre PBI), se agrava la desocupación y la pauperización general. Sobre todo, en Gaza. Las protestas comienzan a multiplicarse y las respuestas israelíes se hacen cada vez más duras: las leyes del “puño de hierro”, en 1985, y la masacre de BirZeit, en 1986.

Es precisamente en Gaza donde se inicia la primera Intifada, en diciembre de 1987. En una imprudente acción de tránsito, un camión militar embiste al transporte de trabajadores palestinos, provenientes de los campos de refugiados, y cuatro de ellos mueren. Los funerales derivaron en una batalla campal de palos contra armas de fuego. Otra masacre. El levantamiento, entonces, fue generalizado. Se trata de la primera acción real de masas protagonizada por la clase obrera palestina, que implicaba el hostigamiento a los puestos de control mediante manifestaciones masivas, el boicot al trabajo en Israel, a la provisión de suministros y la instauración de “zonas liberadas”. La OLP se apuró para intentar dirigir el movimiento y consiguió financiamiento saudí, pero pudo cooptar solo una parte. En 1991, y tras su apoyo a Saddam Hussein, Arafat pierde esa ayuda y solo le queda recurrir a Israel. Otra vez, los acuerdos de Oslo. Otra organización, más en contacto directo con la población y con mayor capacidad de asistencia, iba a surgir: el Hamas, un partido islámico que a partir de la segunda intifada (2000) consiguió el completo control de Gaza y, luego, de Cisjordania (2006).

Durante la década de 1990, la migración de población proveniente de los países del Este europeo eliminó la necesidad de acudir a la mano de obra palestina. Cisjordania pasó a cobrar importancia solo como válvula de escape al problema de la vivienda israelí, de allí la expansión de la construcción de ciudades. Gaza, ni eso. En uno y otro lado, la población se convirtió simplemente en un “estorbo”. En ese contexto, vemos una respuesta puramente militar, mientras el fantasma del genocidio liso y llano recorre la región.

Sobre el autor

Neve Gordon es filósofo y activista contra la ocupación israelí. En los años ‘80 formó parte de la organización Paz Ahora, que se oponía a los asentamientos y luchaba por el establecimiento de un estado palestino. Tiempo después participó de una organización de derechos humanos que se ocupó de buscar pruebas a la violación de derechos humanos en Gaza. En 1994, viajó a Estados Unidos para hacer su doctorado. Allí comenzó a abandonar la perspectiva de los derechos humanos y el pacifismo para pasar, según él mismo señala, al campo del anticolonialismo. En 1998 volvió a Israel y formó el grupo Ta`ayush, que en árabe significa “convivir”. El grupo trabajaba con los palestinos en los territorios ocupados. Luego creó una escuela en Bersheba, donde asisten niños judíos y palestinos en igual proporción. La escuela tiene 250 alumnos y cada curso cuenta, además, con dos maestros, uno judío y otro palestino.

Después de enseñar Ciencias Políticas durante diecisiete años en la Universidad Ben-Gurion en Israel, se convirtió en Profesor de la Escuela de Derecho en la Universidad Queen Mary de Londres. El libro que el lector tiene en sus manos fue publicado en su versión en inglés por la Universidad de Berkeley, en el año 2008. Esta es la primera traducción que se realiza al idioma español. Además de la Ocupación de Israelí, Gordon es coautor, junto a RuchamaMarton de Torture: Human Rights, Medical Ethics and the Case of Israel (ZedBooks, 1995) y, junto a Nicola Peruggini, de The Human RighttoDominate (Oxford UniversityPresss, 2015). Actualmente, es colaborador asiduo de Al Jazeera, TheNation, Ha’aretz y London Review of Books. Agradecemos al autor su colaboración para la obtención de los derechos del libro, a fin de poder traducirlo al español.

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