Ajustes, crecimiento mundial y triple efecto de salarios chinos – Osvaldo Regina

Ajustes, crecimiento mundial y el triple efecto de los salarios chinos
Por Osvaldo Regina
Colaborador externo
 
Nuestro colaborador muestra que los salarios bajos de China son una fuente de ganancia para el resto del mundo, al generar insumos baratos. Incluso la suba de la productividad y el aumento de los ingresos obreros, registrados en los últimos años, mantienen a estos últimos muy por debajo de sus pares europeos y ponen presión para que bajen los salarios en el Viejo Mundo como única salida capitalista frente a la crisis.
 
 
Que los gobiernos de la zona Euro “en ajuste” estén instrumentando la crisis financiera como una bomba estilo Hiroshima a fin de reforzar el desempleo masivo contra el movimiento obrero es un hecho cuya importancia histórica supera la de coyuntura. Apuntan, con epicentro en la franja sureña de Europa, a una reestructuración de la explotación del trabajo, previo ataque a fondo contra el salario y las condiciones laborales “de primer mundo”. Esta conducta, ya analizada en los artículos sobre la crisis financiera mundial en El Aromo, constituye un cambio político de magnitud y sentido equivalentes al liderado por Reagan y Thatcher en los años ochenta. La recaída del nivel de actividad sufrida por la Zona del Euro durante 2012 no es “culpa” de una cesación de pagos pública o privada sino de políticas salvajes pergeñadas y consensuadas por los partidos de la democracia europea para crear desempleo y eternizar la crisis (ver gráfico del PIB).
¿Por qué después de tantas décadas de Estado de bienestar recién ahora las burguesías europeas se animaron a lanzar en bloque este ataque a fondo? En primer lugar, porque es imperioso para los Estados afectados por la competencia del sudeste asiático iniciar una costosa reestructuración productiva, sectorial y salarial, frente al tsunami de manufacturas chinas de bajo costo. Ese embate sobre las manufacturas del resto del mundo es el primer efecto de la expansión capitalista China. La alternativa sería poner cupos y aranceles que impedirían en represalia los buenos negocios con China, a la par que se destruirían los acuerdos de liberalización en la Organización Mundial del Comercio.
No debe extrañar que la crisis financiera internacional estallara justo en este contexto productivo de creciente dificultad para realizar el valor de la manufactura tradicional, fuertes déficits comerciales occidentales con China y el consiguiente endeudamiento. En efecto, mientras no haya ajuste, el Estado seguirá desembolsando plata para evitar los cierres de las plantas en jaque, como es el caso de la General Motors en 2008/2009, la acería Arcelor Mittal (con trámite de estatización en Francia) o el rescate pendiente de la acería Taranto de Italia.
En segundo término, la incorporación al Euro de las economías menos desarrolladas (Portugal, Italia, España, Grecia, etc.) les abrió a los explotadores del viejo continente la posibilidad de sumar fuerzas contra las expresiones políticas y sindicales de los trabajadores de cada país para imponer en democracia un retroceso histórico de sus conquistas. Y Europa unida por el Euro termina consagrando, en la práctica, el control alemán sobre las políticas económicas del continente bajo amenaza de ruptura con los socios que no quieran abaratar el costo laboral.
 
El triple efecto de la baratura salarial china
 
A pesar de la crisis y los ajustes, el mundo sigue creciendo al 4% promedio anual después de la caída de 2009 (ver gráfico del PIB). Por eso, el otro fenómeno que caracteriza a la actual etapa con proyección histórica es que esta China “comunista” de muy bajos salarios y que desde los años setenta con Nixon y Mao iniciara el regreso al mercado mundial se convirtió ahora en la “locomotora” de la demanda y del crecimiento económico mundial (ver gráfico del PIB). Ese papel reactivador mundial constituye el segundo efecto del despegue oriental. 
Con ese fin, gobiernos, empresarios, economistas y la prensa de Occidente vienen reclamando a China Una serie de medidas. En primer lugar, que encarezca su moneda para acotar la competitividad de su oferta comercial, que aumente el gasto gubernamental para que no se reduzcan más las famosas tasas “chinas” de crecimiento. En segundo, que su población de 1.345 millones consuma más y mejor (casi 20% del planeta). En tercero, que aumente sus importaciones para equilibrar el intercambio. En cuarto, que con sus reservas de divisas originadas en el superávit comercial, financie los déficits presupuestarios crónicos comprando pagarés de EEUU y de Europa; etc. Así, por ejemplo, estimuló la demanda interna mediante sustanciales aumentos en el gasto gubernamental durante la crisis mundial y revaluó el Yuan. Entre 2005 y 2008, el Yuan Renminbi vió crecer su paridad en más de 20% en dólares y en un 10% más durante los siguientes 4 años. Y al cumplir los deseos occidentales, humildemente pero a su ritmo, China fortalece su influencia económica y diplomática global.
Paradójicamente, esa misma baratura de la producción del sudeste asiático, que diezmó a la industria manufacturera está beneficiando la acumulación mundial por los menores costos que representaron las importaciones de insumos, bienes de capital y bienes-salario de origen chino [1].
Este ahorro de capital representa el tercer efecto del despegue chino, sosteniendo la tasa de ganancia en los sectores que se benefician por ser clientes o proveedores de China [2]. De ahí que la crisis debe caracterizarse en un contexto no terminal, sino de expansión del capitalismo gracias al reingreso de China y otros países al mercado mundial.
Pero los salarios chinos ya no son tan baratos y están tendiendo a ubicarse en valores intermedios a nivel mundial. En particular, el salario urbano anual en dólares que, ajustado a precios de 2010, bajó desde u$s 1.004 en 1978, a poco más de u$s700 en 1994 y se disparó a partir de ese piso hasta alcanzar u$s 5.487 en 2010. Es decir, el poder de compra de ese salario expresado en dólares se multiplicó por 7,5 desde 1994 (ver gráfico del salario).
Cabe señalar que la intensa recuperación del salario chino en una década y media no nació del autoritarismo paternalista sino, por el contrario, de la estrategia burocrática de adecuar las instituciones del Estado para potenciar el desarrollo capitalista. Desde finales de los ochenta, se fomentó la instalación de empresas privadas y se agrandó la dispersión en las remuneraciones introduciendo incentivos salariales por productividad en las empresas del Estado. Además, junto con las privatizaciones de los noventa se desarrolló un mercado salarial privado que pasó del 5% en 1989 al 33% en 1997. En 2010, el empleo privado ya alcanzaba un 79% del empleo urbano total.
La demografía también contribuyó al alza salarial frenando la oferta de trabajo urbana al desacelerarse la migración de mano de obra agrícola operada durante este siglo. Desde los años noventa, bajó la tasa de natalidad por la política de un solo hijo por mujer iniciada, en 1979, cuando la burocracia dispuso fuertes multas para las mujeres “transgresoras” [3]. La población en China crece apenas al medio por ciento anual (menos de la mitad que Argentina). A pesar de que mejoró mucho, el salario urbano chino no representaba, en 2010, sino un décimo de los salarios medios en EEUU y Canadá, un octavo en Francia y Alemania, un séptimo en Italia y España, un quinto en Grecia y un cuarto en Portugal. De manera que las diferencias de costos siguen siendo demasiado grandes y no permiten siquiera soñar con que China esté salarialmente o en algún otro aspecto “llegando al Primer Mundo”.
 
Productividad, competitividad… ¿y desarrollo?
 
La suba del salario en dólares fue parcialmente financiada por aumentos de la productividad de los trabajadores chinos en un contexto de acelerada acumulación de capital (ver cuadro sobre Productividad y Ocupación). En parte, ello obedece a que la tasa de inversiones sobre PIB alcanza niveles altísimos en China, promediando un exorbitante 42% del PIB en lo que va de este siglo.
La productividad del trabajo en China aceleró su crecimiento desde los años 80 y explica desde entonces la mayor porción de las famosas “tasas chinas” de crecimiento en su nivel de actividad económica (ver cuadro de productividad). 
Una porción del crecimiento en productividad obedece a la intensa sustitución de los puestos de trabajo agrícola por empleos más productivos de la ciudad. Ello, a pesar de las restricciones para obtener la autorización migratoria a un nuevo domicilio. Así, la acelerada acumulación de capital china durante las últimas décadas se ve acompañada en el plano poblacional del patrón clásico de migración campo-ciudad, pasando desde un ¿casi? precapitalista 70% a fines de los setenta al moderado 45% de 2005 [4].
De no mediar devaluaciones, las tendencias actuales apuntan a un horizonte de menor competitividad para China. Si, por escasez de mano de obra, el salario chino crece más rápido que en Occidente y esa brecha resultara mayor que la evolución de la brecha positiva para China entre productividades, este país vendería cada vez más caro, acortando la ventaja competitiva actual, reduciendo el enorme superávit comercial y convergiendo hacia un escenario más equilibrado del comercio mundial con tasas de crecimiento ya no tan “chinas”.
Por el momento, sin embargo, cuando China vende su mercadería tan barata entrega más trabajo materializado del que en general recibe de sus socios comerciales. Y lo seguirá haciendo mientras que los costos monetarios de producción lo hagan conveniente. Pero esa sangría de trabajo no remunerado indica una situación muy diferente a  la del capitalismo europeo, rodeado al nacer de tierras vírgenes de capital y ávidas de las nuevas y revolucionarias técnicas ahorradoras de mano de obra.
chinos

NOTAS:
[1] Véase el extenso catálogo de http://www.made-in-china.com/
[2] Marx, Carlos: El Capital, Tomo III, cap. VI, p. 116 y 117, Ed. FCE.
[3] Hongbin Li, Lei Li, Binzhen Wu, and Yanyan Xiong, “The End of Cheap Chinese Labor”, Journal of Economic Perspectives—Volumen 26, No. 4, Otoño 2012, Pags. 57/74, sobre la base del China Statistics Yearbook. Es interesante consignar que otro efecto de la política de regimentación demográfica es el desbalance creciente entre nacimientos de niños y niñas en detrimento de éstas últimas por razones de índole cultural (ver The Economist del 5 de mayo de 2011).
[4] Richard Herd and Sean Dougherty (OECD): “Growth Prospects in China and India Compared”, The European Journal of Comparative Economics.

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