A la derecha de Montecristo. Nota de Rosana López Rodríguez, en Revista Veintitrés (28/09/2006).

A la derecha de montecristo, parte 1, Rosana Lopez Rodriguez

A la derecha de montecristo, parte 1, Rosana Lopez Rodriguez

Por Rosana López Rodríguez*

“¿Por qué el público no nos lee?”, se pregunta la generación más joven de escritores argentinos. Ni Gonzalo Garcés, Washington Cucurto, Florencia Abate, Martín Kohan, Leopoldo Brizuela, Juan Terranova y otros –agrupados por los críticos en la “nueva generación literaria”- lograron ventas superiores a las pequeñas tiradas usuales. Tampoco consiguieron el reconocimiento masivo a pesar de ser editados por editoriales importantes y promocionados por maquinarias del mundo de la cultura, como Ñ, Radar o La Nación.

Tampoco ayudó mucho que la aparición de más de uno en El refugio de la cultura o Los siete locos, de Quiróga y Mucci, respectivamente. La pregunta plantea un problema difícil de resolver. En general, las respuestas al misterio suelen girar en torno a la figura pública del escritor-intelectual y la relación entre la academia y el mercado.

Con respecto al primer tema, los jóvenes asumen que el tipo intelectual militante no existe más, o no debiera existir, porque el mundo ha cambiado con la caída del Muro de Berlín, la pérdida de las utopías, el fracaso de la izquierda, etcétera. Hoy no es necesario un Urondo o un Walsh porque la izquierda ya fue. Entonces, ¿cuál es la función de los escritores jóvenes, políticamente hablando? Ninguna.

Liberados de toda preocupación por la política, la literatura se transforma en un juego sin consecuencias. Y quien quiera leerlos debe ser un jugador de cierta calidad pero como al parecer las cualidades “lúdicas” generales no son muy elevadas, el público –que parece ser estúpido- fomenta un mercado que exige del escritor “académico” una producción mediocre, mercantilista. Algo que quienes forman parte de la intelectualidad universitaria no están dispuestos a negociar. Si la gente prefiere a Bucay o Coelho, allá ellos con su ignorancia.

Esta postura elitista exhibe su costado consolatorio cuando los jóvenes dicen apostar a la posteridad de las lecturas o reivindican los espacios alternativos, como los weblogs o las listas de discusión. Especulaciones que recuerdan al asunto de la zorra y las uvas…

Curiosamente la joven generación se adapta a esta situación en lugar de deplorarla: la desaparición del compromiso político del escritor redunda en una feliz libertad para escribir, libertad que, gracias a internet, no tiene límites.

Es cierto que no todos piensan igual. Martín Kohan, por ejemplo tuvo la honestidad de plantearse una respuesta alternativa: ¿los bajos guarismos de venta no serán un indicio de que los jóvenes escriben mal sobre cosas poco interesantes? Según el autor de Dos veces junio, la tensión entre mercado y academia es falsa, porque los mismos personajes que dominan la universidad son jurados en los concursos, trabajan en las editoriales o en los suplementos literarios. Algo de razón tiene.

Pero entonces, ¿por qué la gente no los lee? Es cierto, como insinúa Kohan, que cabe la posibilidad de que sean malos escritores en el sentido estrictamente estético. Pero el asunto más importante es otro: gran parte de ellos se abstrae de los problemas reales del mundo real, en aras de un solipsismo casi romántico o de una fragmentación y alienación típicamente posmodernas, algo que encierra toda una posición política.

Sorprende que se diga que no hay lugar para el intelectual militante en un país que todavía no acaba de salir de la mayor crisis política y social de su historia. A estos escritores, el 19 y el 20 de diciembre de 2001 les pasó por al lado, o por arriba. No se trata de que no existen oportunidades para intelectuales como los de los ´70, sino de que estos escritores no quieren asumir esos roles. ¿Cómo interpretar El grito, de Florencia Abbate, sino como una retirada de la vida política mientras la calle arde? ¿Cómo entender Cosa de Negros, de Washington Cucurto, sino como una burla irrespetuosa de la vida proletaria? ¿Qué podemos decir del relativismo posmoderno de Dos veces junio, de Martín Kohan, o del cinismo de los personajes de Catástrofes naturales, de Kazumi Stahl? ¿Y de la poco original técnica narrativa en la conversación telefónica de El bailarín de tango o el chateo en El pornógrafo, ambas de Juan Terranova que repita a Manuel Puig?

Todo escritor tiene un programa, consciente o inconscientemente adoptado, que se revela en sus declaraciones sus acciones y su literatura. Aunque estos escritores pretendan no hacer política en aras de la libertad estética o la libertad del mercado, terminan llevando adelante el programa político más rabiosamente conservador.

La falta de interés del público por la “nueva generación” deriva, simplemente de esta incomprensión de las contradicciones en las que están inmersos y de su inserción en la vida social y política como defensores de hecho del status quo. Posiblemente ese público al que aspiran, pero que les niega su interés, esté mucho más avanzado políticamente que ellos.

Si Felipe Pigna vende centenares de miles ejemplares, no hay razón para que Dos veces junio o El grito no superen un par de miles. La sociedad que sigue todas las noches la historia de Montecristo, un desaparecido que vuelve para vengarse, ¿por qué razón habría de consumir una literatura que la subestima y la retrotrae a un pasado inmovilidad?

La literatura no es un simple pasatiempo ni el escritor una libélula que se pasea por los aires, rauda y feliz. Está sometido a relaciones sociales, su libertad está condicionada por la necesidad. Contra la libertad negativa que revelan varios de estos escritores se erige la libertad positiva.

Somos libres a partir de la vida social, la libertad del individuo presupone la libertad de la sociedad. El escritor que quiera ser libre, en vez de aislarse o celebrar su incorporación en las listas de best sellers, debiera hacer política. Pero no cualquiera, porque estos escritores, como todos, hacen política: su literatura celebra la vida vieja, la sociedad muerta. Es una literatura muerta. La razón por la cual los viejos setentistas siguen siendo los autores preferidos del gran público es sencilla: Conti, Walsh, Cortázar, no sólo escribían mejor, vivían mejor. No es oportunidad de lucha lo que falta hoy sino compromiso con un programa político de cambio. La mayoría de los escritores de esta joven generación son abiertamente conservadores. No es extraño que una sociedad que se ha corrido muy a la izquierda en estos últimos años, les dé la espalda.

* Licenciada en Letras (UBA). Investigadora del Centro de Estudios e Investigaciones en Ciencias Sociales (CEICS) y autora de “La Herencia. Cuentos piqueteros”.

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A la derecha de montecristo, parte 2, Rosana López Rodríguez

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