La prostitución, un trabajo no aceptable socialmente

en Boletín 13R/Trece Rosas

Uno de los debates que atraviesa al feminismo actual en relación a la prostitución, es la oposición entre regulacionistas y abolicionistas. En forma rápida, el primer campo busca reglamentar el ejercicio de la actividad; el segundo, abolirlo. Los matices y argumentos en pro o en contra, son de los más variados. En este último se ha vuelto común la idea de que la prostitución “no es trabajo”, como una forma de contrarrestar el objetivo regulacionista de, precisamente, regularlo. Se juegan varias cuestiones en el significado de esta expresión, que explican su popularidad. En primer lugar, una consideración positiva, valorativamente hablando, del trabajo. El trabajo resultaría ser una actividad “noble”, “constructiva”, “satisfactoria”, realizada en condiciones “humanas”, que tiende a la “autorrealización” y genera “dignidad”. Cuando tales condiciones no se cumplen, suele decirse que “hay explotación”, concepto transformado en antónimo de “dignidad”.

Obviamente, se expresa aquí una concepción abstracta de la actividad laboral, desprovista de sus condiciones de existencia real. Si tales deben ser las notas definitorias de “trabajo”, en la sociedad capitalista no existe trabajo de ningún tipo, salvo excepción. Precisamente porque el trabajo en la sociedad capitalista asume necesariamente una forma alienada, es decir, en relaciones capitalistas de explotación. En estas relaciones, los productores directos, el obrero y la obrera, no se apropian del producto de su trabajo, son expropiados de buena parte, eso que se llama “plusvalía”. Lo que reciben es apenas el valor de su fuerza de trabajo, de su capacidad para trabajar, compuesta, en última instancia, por todos los bienes necesarios para su supervivencia y la de sus cualidades laborales. De modo que todo trabajador/a en relaciones capitalistas es un explotado/a. La masa del trabajo existente en una sociedad como la Argentina, más del 80%, es trabajo explotado.

El trabajo alienado está ligado íntimamente al problema de la “libertad”. Por un lado, la trabajadora explotada, en cualquier actividad, es “libre”, en el sentido de que no se ejerce sobre ella ninguna coacción extra-económica: nadie la obliga a trabajar si no quiere. Al mismo tiempo, si no trabaja, es decir, si no entra en relación con los medios de producción propiedad del burgués, no tendrá recursos para reproducirse. Dicho de otro modo, para seguir con vida debe enajenar su libertad voluntariamente. Este resultado, esta esclavitud, es consecuencia de otra forma de coacción, la económica, el mercado. La ley y la ideología burguesas no reconocen la existencia de la coacción económica, de allí que consideren “un acto de libertad” la relación capitalista. Gracias a su íntimo maridaje con la ideología burguesa, el regulacionismo puede afirmar que la prostitución es un trabajo como cualquier otro, en tanto se realiza en las mismas relaciones que cualquier otro. Incluso que tiene características mejores que otros trabajos también realizados en relaciones capitalistas. Lo cual es cierto. De modo que a las ideólogas regulacionistas no les cuesta demasiado demostrar que es una actividad proveedora de “medios de vida” en condiciones tan malas o tan buenas como otras. En tanto la prostitución “me da de comer”, es trabajo y, por ende, cumple con las exigencias valorativas básicas de tal actividad. El problema es que está mal vista, está “estigmatizada”. Se trata, entonces, simplemente de corregir la perspectiva social ante la actividad y regular las condiciones en que se realiza. Por eso mismo pueden oponerse a la trata, sosteniendo que, como todo trabajador o trabajadora, la prostituta “elige” esa actividad. La trata sería un delito aberrante sin ninguna conexión necesaria con ella.

La corriente abolicionista se encuentra aquí en una contradicción, producto de su negativa a aceptar el carácter laboral de la actividad, contradicción que suele salvarse con el discurso de la “trata” y de la “explotación”, es decir, como “esclavitud”. Sin embargo, resulta sencillo demostrar lo contrario, es decir, que la prostitución no equivale a trata, incluso sin negar la existencia de esta última. Y ello no solo es así por la posibilidad de la “cooperativa”, el caballito de batalla de AMMAR, sino por buena parte de la prostitución callejera.

La prostitución es un trabajo. Es una actividad destinada a un fin, proveedora de bienes que permiten la reproducción de la vida. Negarlo no refuerza la posición abolicionista, por el contrario, la debilita. La cuestión es otra: ¿quién dijo que trabajar es “bueno” y “dignifica”? Por otro lado, hay muchas actividades que se hacen en forma capitalista, que proveen de bienes para reproducir la vida de quien las ejerce y que pueden regularse. Mucha gente vive de la venta de paco, son sicarios, participan de redes de contrabando o del delito común y corriente. Nadie diría que habría que regular esas actividades y blanquearlas o llevarlas adelante bajo una forma “cooperativa”. Toda sociedad rechaza unos trabajos y acepta otros. Dicho de otro modo, hay trabajos socialmente aceptables y otros no. Lo que decide cuáles caen en un campo u otro es la relación de fuerzas sociales entre los participantes de tales actividades y el resto de la sociedad.

¿Por qué la prostitución no debiera ser un trabajo socialmente aceptable? Por el efecto que tiene sobre la lucha por la liberación de la mujer. Dijimos que, en un sentido, la prostitución es un trabajo como cualquier otro. Pero en otro sentido, como valor de uso, todo trabajo es distinto al resto. Luego, también resulta correcto decir que la prostitución no es un trabajo como cualquier otro. La prostitución es la forma material y simbólica más profunda de la dominación masculina. Sus efectos sobre la cultura y la sociedad la constituyen en pilar central del patriarcado. Históricamente, las mujeres han sido sometidas bajo dos formas al varón: como productora de descendencia; como productora de placer. La madre/esposa y la amante/ puta son las dos caras de la misma moneda patriarcal. La prostitución es esencialmente anti-feminista, es objetivamente, una de las fortalezas patriarcales que hay que derribar. Por eso debemos luchar para que caiga dentro del campo de los trabajos socialmente no aceptables, no importa cuán bien remunerado esté, cuán buenas condiciones pueda ofrecer, ni siquiera que se ejerza bajo una forma verdaderamente voluntaria. La prostitución es enemiga del feminismo. Por eso hay que abolirla.

¿Por qué no puede haber prostitución sin trata?

Las regulacionistas afirman que puede existir prostitución no relacionada con la trata de personas. Lo cual es cierto. Lo que no lo es, es la pretensión de que la regulación elimina la trata, porque la actividad, aunque no se basa exclusivamente en ella, no puede, sin embargo, prescindir de esa forma de provisión de materia explotable. Está en la naturaleza misma de la actividad. En efecto, el proceso de trabajo de la mercancía “placer sexual” comienza con la captación del cliente, es decir, con la disposición del cuerpo en “oferta”. Dado que las cualidades de la fuerza de trabajo determinan el mercado al que la mercancía “placer sexual” va dirigida, la captación varía enormemente. Una vez captado el cliente, el proceso de trabajo varía según el contenido específico que asume la mercancía “placer sexual”, pero en todos los casos, depende, otra vez, del carácter específico que asuma dicha mercancía, atravesada por condicionantes, sobre todo subjetivos, que no es necesario detallar, pero que presuponen siempre el uso del cuerpo de la prostituta. Como en casi todas las actividades caracterizadas por “servicios personales”, el cuerpo productivo se identifica con el cuerpo de la fuerza de trabajo, normalmente sin mediación de herramientas, porque el objeto de trabajo es el cuerpo mismo. Esto nos acerca a una de las características fundamentales del proceso de trabajo que analizamos: su extrema subjetividad, dado que no solo se usa el cuerpo en la producción directa, casi sin mediación de instrumentos, sino que se ejerce sobre su cuerpo. Se trata, entonces de un caso extremo de subsunción formal.

En efecto, Marx describe dos grandes momentos de la subordinación del trabajo al capital, la subordinación “formal” y la “real”. Por la primera, se entiende la aparición de la fuerza de trabajo, es decir, el cambio de forma de las relaciones sociales que dan pie al mismo proceso técnico de trabajo. El capital toma al trabajo como viene de otras relaciones sociales y le da su “forma”. El proceso técnico no cambia y el capital se limita a actuar como coordinación de trabajos dispersos en una cooperación general, cuya complejidad va desde lo más sencillo (la cooperación simple), hasta lo más elevado, la división del trabajo con intervención de mecanización periférica (manufactura y manufactura moderna). La subordinación real se produce cuando el proceso de trabajo es asumido por la máquina y el trabajador se transforma en su apéndice. En ese momento, el proceso se ha objetivado y escapa a la pericia del trabajador. Estos diversos grados de la cooperación se desarrollan también en ámbitos diferentes: el domicilio del trabajador o el taller (la cooperación simple o la manufactura dispersa) y la fábrica (que es un taller que opera con máquinas).

Ningún proceso de trabajo capitalista puede llevarse adelante sin control, tanto para regular el funcionamiento técnico cuanto para presionar sobre la tasa de explotación. La necesidad del control se impone por la naturaleza antagónica de la relación capitalista. Cuando la cooperación se hace más compleja, el control se “automatiza”, es decir, se objetiviza igual que el proceso de trabajo. Se trata de una segunda expropiación: la del control del proceso de trabajo y, por ende, de la regulación del consumo de la fuerza de trabajo. El control asume un lugar muy destacado cuanto más atrasado es el proceso de trabajo, precisamente porque la libertad de la fuerza de trabajo es mayor. Primero, por el conocimiento técnico que se encuentra en su cerebro y que determina el tipo de los gestos y movimientos que se pondrán en juego; luego, por la preeminencia que adquiere su cuerpo en la determinación del ritmo de los movimientos. Esa es la razón por la cual los patrones suelen delegar ese control en mecanismos como el trabajo a destajo o el gang system. Por el primero, se aumenta la explotación por la propia voluntad del trabajador de aumentar sus ingresos. Por el segundo, el control se delega en un intermediario, que garantiza el trabajo de “su cuadrilla”. La concentración de la manufactura y la división del trabajo, obligan a un desarrollo del control, como los tomadores de tiempo, y a la introducción del diseño del proceso de trabajo por la patronal, apareciendo los cuerpos de especialistas correspondientes, desde el capataz al ingeniero en procesos. Hay aquí una expropiación creciente de la libertad de la fuerza de trabajo y un peso creciente de la gerencia como contraparte. La expropiación culmina con la gran industria, es decir, la subordinación real. En este punto no solo el obrero no puede controlar el proceso ni resistir a él, sino que no puede reproducirlo ni parcial ni totalmente. Así es: el carácter atrasado del proceso de trabajo conlleva la posibilidad no solo de resistir la imposición de ritmos, sino la de reproducir ese proceso en forma autónoma. Es decir, el obrero puede escapar a la relación capitalista, como cuando un empleado de una industria automotriz, antes de la robotización, podía abandonar su trabajo y organizar su propio taller. Hasta que no se llegue a estos niveles de poder capitalista sobre el proceso de trabajo, el control adquirirá siempre altas dosis de violencia, cuanto mayor sea la libertad de la fuerza de trabajo.

La prostitución se encuentra entre los procesos de trabajo más atrasados. No supera nunca la cooperación simple, por lo cual, sus ámbitos laborales se restringen a los correspondientes a ella: el gang system (el “cafisho” que regentea un conjunto de mujeres que hacen “esquina” o “parada”) o, en el mejor de los casos, la reunión de las cooperadoras en un espacio común, el prostíbulo, lo que genera mejores condiciones de control para la patronal. Dada la enorme libertad que adquiere aquí la fuerza de trabajo (por el carácter extremadamente subjetivo del proceso de trabajo: con el cuerpo y en su cuerpo; por la posibilidad de reproducir en forma individual el proceso mismo escapando a la relación capitalista), la violencia en grados muy elevados es una condición objetiva necesaria del control de la fuerza de trabajo. Dicho de otro modo, la violencia, tanto física cuanto psicológica, sobre la fuerza de trabajo es un imperativo ineludible de la forma y del contenido del control del proceso de trabajo.

El carácter atrasado del proceso de producción lleva necesariamente a niveles de explotación elevados que no se alteran por la presencia o no del burgués, es decir, por la cooperativización, como sucede con otras ramas, como la confección. En realidad, la cooperativización fuerza los salarios a la baja, en la medida en que, en la competencia por el mercado, las trabajadoras cooperativizadas están en mejores condiciones para ofrecer un “servicio” más barato, de la misma manera que la familia campesina puede “regalar” trabajo. La cooperativa se revela, entonces, como un instrumento económicamente reaccionario, más allá de su naturaleza más bien mitológica en el mundo de la prostitución real.

Este carácter atrasado del proceso de trabajo lleva no solo a grandes dosis de violencia para someter y controlar la fuerza de trabajo, sino a formas igualmente violentas de producir la fuerza de trabajo. En efecto, cuando hablamos de “trata”, de lo que hablamos es de mecanismos extra-económicos de provisión de fuerza de trabajo, es decir, que no apelan a la “elección voluntaria” por necesidad económica. Finalmente, es el mercado el que determina el valor de la fuerza de trabajo. Una prostituta que opera para renglones elevados del mercado del “placer” puede encontrar que el valor de su fuerza de trabajo allí es mayor que en otros mercados, como el de la limpieza o los cuidados personales. Luego, puede “elegir” en el sentido capitalista de la expresión. Pero para ciertos segmentos de mercado, no hay alternativa válida a ese consumo violento de la fuerza de trabajo. Esos sectores altamente degradados, solo conseguirán fuerza de trabajo mediante mecanismos de coerción extra-económica. Dicho de otra manera, “trata”. Por eso la rama económica que ocupa la prostitución no puede prescindir de la trata, lo que se comprueba al examinar los casos alemán y holandés, donde con la regulación no solo no disminuyó sino que aumentó la trata.

La esposa y la puta: por qué el feminismo solo puede ser abolicionista

“La prostitución aparece entre los pueblos primitivos siempre y cuando se restringen o limitan las relaciones sexuales libres.”
Iwan Bloch

El patriarcado es una institución que se fue construyendo a lo largo de dos mil quinientos años de historia. Su emergencia es inseparable de la formación y el desarrollo de la sociedad de clases.

En las sociedades más primitivas, de modo espontáneo y, como producto de la biología, las tareas se dividieron entre hombres y mujeres, lo que llamamos división sexual del trabajo. Tal proceso no implica, necesariamente, dominación y, durante mucho tiempo, no lo fue. Sin embargo, tempranamente, la sociedad humana encontró la utilidad de controlar los servicios reproductivos y sexuales de la mujer, por el mismo movimiento con el cual el despliegue de la diferencia social se transformaba en un mecanismo de desarrollo de las fuerzas productivas. Esa división de tareas se volvió la base de una estructura social emergente en la cual la mujer llevaría la peor parte. La división sexual del trabajo se profundizó y consolidó, en un proceso de constitución del poder social, con la separación de funciones entre grupos de mujeres en el contexto de la aparición simultánea y combinada, de la sociedad de clases. La división de las mujeres comienza como una diferencia de clase en el seno de un colectivo unificado por su subordinación general al varón: las “esposas” de la clase dominante, poseedoras de ciertos privilegios; las de las clases subordinadas, simples esclavas domésticas. Pero el poder del varón no se detiene allí, porque a esa división se imprime una segunda, la que crea mujeres para el trabajo y la reproducción (las “esposas”) y mujeres para el placer (la “prostituta”). Las primeras serán ideológicamente santificadas como “buenas” y las segundas negadas como “malas”. Nace así la prostitución. En esta división, las prostitutas se oponen a todo el resto, aunque su origen de clase subordinado las acerca a la base de la pirámide femenina. La prostitución tiene, entonces, un lugar clave en la constitución del aspecto “patriarcal” de la dominación de clase. La relación de la prostitución con la dominación de clase es compleja, pero algo es cierto: no va a desaparecer la sociedad de clases porque desaparezca la prostitución, pero no puede eliminarse el patriarcado, es decir, la subordinación de la mujer, sin la supresión de la actividad prostituyente.

Un argumento típico de liberales y regulacionistas es que el capitalismo habría dejado atrás estos problemas, en tanto tiende a individualizar a la población en general. Así, no sería importante el género que porta la fuerza de trabajo, basta con que sea fuerza de trabajo. La subordinación de la mujer sería innecesaria, lo que tendría como consecuencia la eliminación del papel de la prostitución en el dominio social. La prostitución podría, entonces, ejercerse como una elección laboral más.

Que el capitalismo podría ser “feminista” es una afirmación teóricamente defendible si nos mantenemos en el campo de las relaciones económicas. Es decir, si solo observamos el capital como una relación entre “factores” de producción, el “capital” y el “trabajo”. Pero la dominación social no se consolida simplemente por la diferente relación que se tiene con la propiedad (poseedores y expropiados). Por el contrario, es necesaria una superestructura que sostenga relaciones explosivas por su carácter antagónico. Dicho de otra manera, el capitalismo no puede sobrevivir sin Estado, sin ideología y, por lo tanto, sin división genérica. La eliminación de la subordinación de la mujer se vuelve una imposibilidad política.

Es cierto, sin embargo, que ese mismo proceso de individualización provee a las mujeres de mayores derechos de los que nunca han disfrutado. Pero cuando ello se observa más allá del plano jurídico, es decir, del ámbito en cual el capital “individualiza”, las cosas son distintas. En el plano de la economía se constituyen las clases. Allí unos son poseedores y otros expropiados. La mayor parte de los derechos que las mujeres adquieren solo son asequibles a quienes tienen recursos. Dicho de otra manera, a las burguesas. Es en este momento en el que la lucha feminista se vincula con la clase obrera y se transforma en un componente de la lucha socialista: no habrá liberación de la inmensa mayoría de las mujeres si no se elimina el capital. En el mundo real, el patriarcado sigue existiendo porque la masa de las mujeres continúa siendo un colectivo subordinado, no importa lo que diga la ley. Y de esa subordinación de clase se nutre el género y viceversa. Por eso, la prostitución sigue siendo un dispositivo de la dominación de clase a través del género, solo que ahora “legalizado” y “desestigmatizado”.

Esta “sublimación” de la prostitución se expresa alegremente de muchas maneras. La sociedad actual ha aceptado que algunas prostitutas (o algunas que son consideradas socialmente como tales) ingresen incluso a la clase dominante. No se las llama de tal modo, pero las uniones “matrimoniales” por las cuales un varón burgués compra el “capital erótico” de una mujer para uso propio, constituye un acto prostituyente basado en el poder de clase. Esto es simplemente, otra forma de prostitución, puesto que no consiste en una unión libre y voluntaria, sino en la conjunción de intereses económicos / de clase (los de ella) y patriarcales (los de él). El burgués paga el precio de una mujer que puede exhibir como un trofeo y de quien pretenderá su “uso exclusivo”. Incluso el burgués se cura en salud ante posibles “aprovechamientos” de la mujer comprada: los contratos prenupciales. Señalaremos que, a pesar de que estas situaciones son posibles, son francamente inusuales. Esto es así porque la burguesía no gusta de compartir su patrimonio con los obreros aun cuando la clase venga bajo el disfraz de la belleza. En nuestro medio, las botineras son un ejemplo de ascenso de clase por la vía de la venta de “capital erótico”. Sin embargo, a despecho de la existencia de estos casos, el “comprador” es, normalmente, un recién llegado a la burguesía, casos excepcionales de ascenso social, precisamente porque obreros que se hacen millonarios con la “pelotita” son más bien la excepción antes que la regla.

Para el patriarcado, como hemos dicho, un sistema necesario a la dominación de clase incluso bajo el capital, la mujer que será esposa y madre y la puta siguen siendo compartimentos estancos. La ideología patriarcal las enfrenta y a la primera se le enseñará a temer que su pareja puede engañarla. Le enseñará que su pareja puede ir de putas. Que ese es un derecho o un “secreto a voces”. Que las putas son sus enemigas porque ellas son mujeres serias y hay ciertas cosas que no hacen. A las putas les dirá que ellas están para pasarla bien, para satisfacer aquellos deseos que los hombres no pueden cumplir con sus mujeres “legales” o para ayudar a los hombres que, por una u otra razón, no reciben atención de las mujeres “serias”. El patriarcado es el que estigmatiza a las mujeres en situación de prostitución como “mujeres de segunda”.

Es notable cómo, según hemos señalado, la división entre “mujeres buenas” y “mujeres malas”, también está conformada por límites de clase: casi ninguna burguesa ha sido prostituta y la mayoría de las mujeres en situación de prostitución son obreras. En el mismo sentido, la inmensa mayoría de las personas en situación de prostitución son mujeres. El alquiler de vientres, la venta de óvulos y las “granjas” de leche materna expresan con más fuerza todavía, la subordinación de las mujeres obreras a las burguesas e incluso a los varones homosexuales burgueses. El capitalismo, más allá de su barniz “civilizatorio” no desentona con la historia de las sociedades de clase y, por ende, patriarcales.

El abolicionismo: algo de historia

Las compañeras que recién se incorporan a la lucha, incluso muchas de las que ya llevan unos cuantos años en este campo, suelen creer que todo empezó recién. Sin embargo, tiene una larga historia que es importante recuperar. El feminismo en nuestro país mostró ya desde comienzos del siglo XX su preocupación por la prostitución. Esas precursoras (y precursores) se oponían férreamente tanto a la reglamentación de la prostitución como al tráfico de mujeres. Ya en 1902 se había fundado la Asociación Argentina contra la Trata de Blancas (AATB), presidida por el doctor Arturo Condomí. La AATB apoyó las iniciativas del Partido Socialista y las presentaciones realizadas al Congreso Nacional por Alfredo Palacios en 1907 y 1913 para penalizar lo que en la época se llamaba “trata de blancas”.

En 1910 se realizó el Primer Congreso Femenino Internacional. Allí, Julieta Lanteri expuso con relación a la prostitución, ensalzando la figura femenina por su condición de madre: “La prostitución femenina es, para la mujer moderna, su mayor dolor y su mayor vergüenza.” En ese mismo acto, planteó su oposición “contra la tolerancia de los gobiernos que la sostienen y la explotan”. En 1913 se sentaron las bases del abolicionismo a partir de la sanción de la Ley Palacios (Ley nº 9143) que establecía penas de uno a tres años de prisión y hasta la deportación (en el caso de que los tratantes fueran extranjeros) para “cualquiera que se ocupe del tráfico de mujeres que no sea su simple admisión por la regenta de la casa autorizada o les facilite en cualquier forma el ejercicio de la prostitución”. El hecho es un hito no solo en el abolicionismo argentino sino a escala mundial. La lucha contra la explotación sexual de las mujeres y las niñas reconoció la tarea del Partido Socialista Argentino en este campo cuando en 1999 en Dhaka, Bangladesh, eligió el 23 de setiembre como Día Internacional contra la Explotación Sexual y el Tráfico de Mujeres, Niñas y Niños en conmemoración a la fecha en que se sancionó en nuestro país la ley Palacios.

Pese a la normativa que regimentaba los prostíbulos, las mujeres que allí se desempeñaban no concurrían regularmente a los controles. Por ese motivo, en julio de 1920 se ratificó, con otra ordenanza, la continuidad del proceso de inspección médica y se estableció la obligatoriedad de la libreta sanitaria. El Partido Socialista continuó su compromiso con la causa abolicionista y Alicia Moreau realizó un informe sobre la “trata de blancas”, como se le decía en esa época, en nuestro país. En las conclusiones estableció una serie de causas principales de la prostitución que, lejos de interpretarla al modo lombrosiano, la consideraba un fenómeno fundamentalmente social. Ni delincuentes ni enfermas, sino víctimas de la subordinación a los varones y de la explotación capitalista. Moreau mencionaba la escasez de trabajo o los trabajos que no cubrían las necesidades materiales más elementales de las mujeres, las condiciones de sometimiento femenino dentro de las instituciones familiares y la desigualdad laboral entre hombres y mujeres (tanto a la hora de obtener empleo, cuanto en la brecha salarial entre unos y otras). Como se ve, la reflexión de Moreau mantiene toda su actualidad, dato importante para quienes creen que hoy “las cosas son distintas”.

En 1921 los socialistas y los higienistas crearon la Liga Argentina de Profilaxis Social y pudieron incluir en el Código Penal los artículos 125 y 126 donde se consideraron los delitos contra la integridad sexual con castigo para quienes usufructuaran de la prostitución ajena, tanto de adultos/as como de menores. Esta fue la primera victoria del abolicionismo, pues se castigaba a los/ las que generaban las condiciones para el comercio sexual y a los que obtenían ganancias de ello, además de considerar como agravante el hecho de la coacción y/o el engaño. Asimismo, quedaba claro que el abolicionismo no responsabilizaba a la mujer por su situación.

Las soluciones propuestas pasaban, entonces, por mejorar las condiciones de vida de la clase obrera. El intento de regular por medio de las ordenanzas no había logrado disminuir la cantidad de casos de sífilis y el hecho de que la policía fuera cómplice en el comercio sexual clandestino, tampoco. El circuito clandestino de prostíbulos era considerablemente mayor que el que estaba bajo el control de las ordenanzas. El mayor triunfo del abolicionismo de la época es la destrucción de la Zwi Migdal, esa organización dedicada al tráfico de mujeres para explotación sexual que fuera desbaratada gracias a la lucha de Raquel Liberman.

Esta larga historia, cuyo hilo no es necesario completar aquí, continúa en su forma actual con los procesos que se dan en los ’90. En particular, con la formación de AMMAR. Su objetivo original fue organizarse para enfrentar las persecuciones policiales. Sin embargo, en su seno comienza a producirse una escisión. Porque una cosa es luchar contra los edictos y abusos policiales y otra reivindicar la prostitución como trabajo socialmente válido. En el año 2000 se creó AMMAR Capital y en 2002, en una asamblea de ATE, se produce el desprendimiento de AMMAR Capital de la institución nacional. Las de Capital no se consideraban trabajadoras sexuales, sino mujeres en situación de prostitución y planteaban que su objetivo principal era salir de esa situación exigiéndole al Estado políticas públicas de formación y empleo. AMMAR nacional es lo que hoy se conoce con ese nombre, mientras que AMMAR Capital pasaría a llamarse AMADH (Asociación Mujeres Argentinas por los DDHH). Allí quedaron Lohana Berkins, Graciela Collantes y Sonia Sánchez, entre otras.

Este abolicionismo, creado al calor de la crisis del Argentinazo, se inscribió posteriormente en las políticas públicas generales por las cuales el Estado argentino reconstituyó su poder burgués luego de la crisis. Así, las luchas dieron sus frutos bajo la forma inicial de ayudas económicas. Con el tiempo, algunas organizaciones y personajes se instalaron en el territorio kirchnerista por el cual se institucionalizaban los apoyos monetarios o se constituían espacios de formación paralelos a la oficial: los bachilleratos populares son ejemplo de esta institucionalización de lo paraestatal. Este abolicionismo, con sus virtudes, terminó preso de una organización política que, finalmente, defiende la estructura social que genera el patriarcado y la opresión de las mujeres. Se niega, consecuentemente, a ser parte de una lucha más general contra el capitalismo y, en algún punto, significa un retroceso frente a las posiciones alcanzadas un siglo atrás.

Acorralado entre la avanzada regulacionista y las limitaciones que la dependencia tanto económica como política le imponen, el abolicionismo argentino se encuentra hoy en una encrucijada. Tan dividido como esos intereses económicos y políticos se lo exigen, se encuentra debilitado frente a su enemigo histórico. Los tiempos del feminismo dirán hacia qué lado decantarán las aguas en las que hasta hoy va naufragando la sexualidad de las mujeres de clase obrera.

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