LA LINEA SINUOSA. Miradas sobre el peronismo entre la caída y el retorno

en Revista RyR n˚ 3

Entender la evolución de la izquierda argentina implica repasar cuidadosamente la posición que sus diferentes expresiones asumieron frente al fenómeno político central del siglo XX nacional: el peronismo. Hacia 1959, Carlos Strasser convoca a diez representantes de la izquierda a expedirse sobre un cuestionario que incluía una evaluación del yrigoyenismo, el peronismo y la experiencia frondizista en marcha. El resultado es Las izquierdas en el proceso político argentino (Palestra, Bs. As., 1959), un interesantísimo cuadro de situación de la izquierda en un momento clave, a las puertas de una década que iba a cambiar la historia argentina. Transcribimos aquí las respuestas sobre el peronismo dadas por Rodolfo Ghioldi, Silvio Frondizi y Rodolfo Puigróss como testimonio de las tres posiciones básicas de la izquierda ante el «segundo movimiento histórico»: la oposición «antifascista», el balance crítico y la asimilación directa, respectivamente. El título lo hemos agregado nosotros, igual que la cita de Brecht, tomada de la introducción de Strasser.

Rodolfo Ghioldi

A la vista de obstáculos, la distancia más corta entre dos puntos es la línea sinuosa
Bertold Brecht

Para esta pregunta, remito al lector a la parte correspondiente de Tres Revoluciones (p. 71 y siguientes); me permito insistir en lo relativo al problema de la revolución, por lo mismo que numerosas personalidades públicas repiten ideas erróneas acerca de movimientos como los del 4 de junio, 17 de octubre, 16 de setiembre. Sin desplazamiento de clases en el Poder y sin substitución de un sistema social por otro más avanzado, no hay revolución (entendiéndose por desplazamiento de clases no el simple hecho de que los elementos de una combinación dada -por ejemplo, burgueses y latifundistas- entren en proporciones diferentes en una nueva combinación; ello será políticamente importante, exigirá nuevas determinaciones tácticas, provocará nuevas soluciones posibles, pero no es revolución). Va de suyo que la ausencia de una de esas condiciones es bastante para advertirnos que no se está ante una revolución. Así, puede llegar al Poder una nueva conglomeración social que deja intacta la vieja estructura, o puede proponerse el restablecimiento de una forma social antes desalojada: no habrá revolución, y en la última hipótesis, será sencillamente contrarrevolución, aún cuando este grupo de fuerzas contara con vastísimo apoyo popular. Por lo tanto, cuando se afirma que porque un paro de 1945 produjo un silencio general hubo una revolución, se incurre en error evidente: aún con el silencio de ese día prosiguió, entonces y después, y hasta ahora, el sistema social fundado en la gran propiedad latifundista, que el señor Perón no quiso tocar, y continuó el señorío de los monopolios imperialistas. Está claro que no puede hablarse de revolución si la oligarquía conserva la totalidad de sus privilegios. Comprendo que puede quererse exaltar una nueva actitud de las masas populares, y el hecho es importante, pero ello no es por sí una revolución.  Manejando licencias de este órden otras personas, desde un polo diferente, hablarán de la «revolución libertadora»; cualquiera sea el juicio que el hecho provoque, es innegable que el mismo no fue revolución ni mucho menos; derrocar a un gobierno constituído para fortalecer la vieja estructura social no es ni puede ser revolución desde ningún ángulo. Otros arguirán que el poder de Perón implicó una revolución por su coincidencia con la industrialización; pero ocurre, por un lado, que la simple aspiración a la industrialización no es todavía la revolución y por el otro, que esa aspiración y su verificación efectiva, dentro de ciertos límites, se ha producido en numerosos países de Asia, Africa y América, sin que nadie dijera, por ejemplo, que los colombianos hicieron una revolución más cuantiosa que la argentina simplemente porque ellos registraron un ritmo de desarrollo industrial más vigoroso. Que en las condiciones de la segunda guerra mundial hubo desenvolvimiento industrial en todos los países subdesarrolados es un hecho fuera de discusión, y que al amparo de ello se creó la posibilidad de pasar a etapas más elevadas, es igualmente cierto, pero para hacer esa posibilidad una realidad era indispensable crear un estado óptimo del mercado interior (o sea, reforma agraria profunda), y eliminar a los monopolios imperialistas, cosas ambas que negó aquel régimen.

El diputado pro imperialista que tomó además la responsabilidad de redactar el papalísimo artículo 28 invocará como argumento favorable a la consideración del gobierno peronista, en tanto que emanación revolucionaria, el hecho de que Perón ganó el mayor apoyo de la clase obrera, mientras que los partidos obreros permanecieron en minoría. Se trata de una concepción sociológica singularísima, consistente en considerar la significación de clase de un gobierno no por su política de clase sino por una circunstancia tan aleatoria como el auspicio de muchos votos. El señor Domingorena ignora los numerosos ejemplos de gobernantes reaccionarios y ultrarreaccionarios que tuvieron el apoyo de grandes masas? Con semejante criterio, puesto que Rosas fue más popular que Echeverría, habría que deducir la superioridad del primero sobre el segundo y, además, su condición revolucionaria. Volveré en seguida al punto.

Tampoco sirve la mención a las promesas verbales, materia en la cual el señor Frondizi desbordó todos los ejemplos nacionales conocidos. El programa del fascismo italiano en vísperas de la toma del Poder contenía cosas como las siguientes:

Abolición de la monarquía, del Senado y de la aristocracia;

República y sufragio universal, a fin de elegir una Asamblea constituyente que sería la sección italiana de la Asamblea constituyente internacional de los pueblos;

Desarme internacional y abolición del servicio militar;

Confiscación de los beneficios de guerra e impuesto sobre el capital. Supresión de la Bolsa y disolución de todas las las sociedades anónimas y de los bancos;

La tierra a los campesinos;

El control de la industria por medio de los sindicatos de técnicos y de obreros (Ver R. Palme Dutt: Fascisme et Révolution, Ed. Sociales Internationales, París, 1936; pág. 286)

El programa del partido nazi (NSDAP: Nationalsocialistische Deutsche Arbeiterpartei), a continuación de sus conocidas exigencias imperialistas -la Gran Alemania, la pureza sanguínea, etc.-incluía reclamaciones del siguiente orden: punto 11, la supresión de la esclavitud del interés (monetario); punto 12, contra los enriquecidos de la guerra; punto 13, expropiación de los trusts; punto 14, participación en las ganancias de las grandes fábricas; punto 16, municipalización de los grandes almacenes y bazares y su entrega a los pequeños comerciantes mediante un alquiler módico; punto 17, reforma agraria; punto 18, contra los especuladores, etc. Se trata del programa redactado en Munich, el 24 de febrero de 1920 (Ver Walter Hofer: Der Nationalsocialismus, Ed. Fischer, Frankfurt, 1957; p. 28 y siguientes).

Bien sabido es que los doctrinarios de los dos países fascistas pretendieron siempre que aquello era revolución verdadera. Goebbels resumió así las opiniones: «La revolución que hemos hecho es total». Y el famoso jurista Schmitt no sólo pensó que «la revolución alemana fue legal» sino que llevó su investigación al extremo de aseverar que «el Fuhrer protege al Derecho.»

Por cierto que aquellas colosales anticipaciones programáticas fueron burladas fría y cínicamente, en un espectáculo parecido al que presenciamos acá. En su Alemania bajo el fascismo (ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1946), el economista Jurgen Kuczynski prueba que el gobierno nazi fue el gobierno de los grandes capitalistas: entre los años 1933 y 1942, el capital de las corporaciones alemanas pasó de 2.256 a 5.378 millones de marcos; la cantidad de comercios pequeños descendió en 240.000 unidades entre 1933 y 1943; la distribución de la renta nacional sufrió el siguiente proceso:

                                           Al pueblo         A los capitalistas

    1932 ………..                        59,8%                 19,1%

    1938 ………..                        52,2%                 28,0%

El doctor Schacht, mago hitlerista, sintetizó así la filosofía del momento: «Cuanto menos consuma el pueblo tanto más puede trabajarse en la industria de armamentos». Mussolini dio la versión italiana: «Felizmente, el pueblo italiano no adquirió todavía el hábito de comer varias veces por día» (discurso en el Senado, el 18 de diciembre de 1930). Como puede verse, los señores del Carril y Frigerio tienen viejos y famosos competidores.

Para el tema que se discute, es interesante la estadística que aporta el libro de Hofer sobre la composición social del nazismo, en el año 1933: ya entonces, el 32,5% de sus afiliados eran obreros (empleados, el 20,6; independientes, el 17,3; campesinos, el 12,5). La extraordinaria demagogia hitlerista hizo su parte, y no por nada el partido del fascismo alemán se llamó «obrero» y «socialista». Decía Goebbels: «Sí, nos llamamos partido obrero porque queremos libertar el trabajo. Nos llamamos socialistas como protesta contra la mentira de la compasión social-burguesa. Nos … solfeamos de la legislación social. Es muy poco para vivir y demasiado para morir. Queremos participar en el producto de todo aquello que dona el cielo y de lo que hayamos trabajado con nuestros puños y nuestra frente. Eso es socialismo.»

Votos? Los tuvo Hitler. En julio de 1932, con 13,7 millones de votos obtuvo 7,3 más que en 1930 (de 107 pasó a 230 diputados); y en las elecciones del 5 de marzo de 1933, llegó a los 17,7 millones de sufragios (con 288 escaños parlamentarios, o sea, 24 veces más representación que en el año 1928). Si el criterio del señor Domingorena y otros resultase válido, habría que pasar a la directa justificación del fascismo.

Por el eco que tuvo entre las capas pequeñoburguesas de la sociedad se ha sostenido que el fascismo era expresión política moderna de dichos. Lo sostuvo teóricamente el líder laborista inglés, Brailsford: «Los nazis alemanes son incontestablemente del partido de la pequeñoburguesía». Y se ha querido deducir -de esa conclusión falsa- una utopía reaccionaria, a saber, la del fascismo como un tercer partido, independiente a la vez de la clase obrera y de la clase capitalista. Toda la historia del fascismo ha aniquilado esas concepciones. El héroe del proceso de Leipzig, Jorge Dimitrov, luego de repetir y confirmar la definición de la Internacional Comunista (el fascismo es «la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas, más imperialistas del capital financiero»), añadió:

«El fascismo no es una forma del poder del Estado colocado por encima de las dos clases, el proletariado y la burguesía, como lo afirmó por ejemplo Otto Bauer. No es la pequeñoburguesía en rebelión que se apoderó de la máquina del Estado, como lo declara el socialista inglés Brailsford. No. El fascismo no es un poder por encima de las clases, no es el poder de la pequeñoburguesía o del lumpen-proletariado sobre el capital financiero. El fascismo es el poder del capital financiero mismo». (Discurso del 2 de agosto de 1935).

La demagogia bonapartista de la jerarquía peronista no alcanzó a redimirla de su postura reaccionaria y conservadora en materia agraria y en el problema tan fundamental de los monopolios extranjeros. Contó ella, como es público y notorio, con el amplio apoyo de las masas populares; las razones de ello fueron en parte explicadas en Tres revoluciones. El hecho saliente de los últimos veinte años es la irrupción tumultuosa de los trabajadores argentinos en el escenario político-social, y si ello no determinó las consecuencias transformadoras que existían potencialmente, debióse al hecho de que esas masas, dirigidas por un comando que no quería romper con el latifundismo ni malquistarse con el imperialismo, carecieron de independencia política e ideológica. Esas masas continúan siendo un eslabón básico de la vida nacional; el problema consiste en desprenderlas de tutelajes ajenos a la clase obrera.

Silvio Frondizi

Para nosotros, el peronismo ha sido la tentativa más importante y la última de realización de la revolución democrático-burguesa en la Argentina, cuyo fracaso se debe a la incapacidad de la burguesía nacional para cumplir con dicha tarea.

A través de su desarrollo, el peronismo ha llegado a representar a la burguesía argentina en general, sin que pueda decirse que ha representado de manera exclusiva a uno de los sectores -industriales o terratenientes. Dicha representación ha sido directa, pero ejercida a través de una acción burocrática que lo independizó parcial y momentáneamente de dicha burguesía. Ello le permitió canalizar en un sentido favorable a la supervivencia del sistema, la presión de las masas, mediante algunas concesiones determinadas por la propia imposición popular, la excepcional situación comercial y financiera del país, y las necesidades demagógicas del régimen. Precisamente, la floreciente situación económica que vivía el país al término de la segunda gran guerra, constituyó la base objetiva para la actuación del peronismo. Este contó, en su punto de partida, con cuantiosas reservas acumuladas de oro y divisas, y esperó confiadamente que la situación que las había creado mejorara constantemente, por la necesidad de los países afectados por la guerra y por un nuevo conflicto bélico que se creía inminente.

Una circunstancia excepcional y transitoria más, contribuyó a nutrir las ilusiones sobre las posibilidades de progreso de la experiencia peronista. Nos referimos a la emergencia de una especie de interregno en el cual el imperialismo inglés vió disminuir su control de la Argentina, sin que se hubiera producido todavía el dominio definitivo y concreto del imperialismo norteamericano sobre el mundo y sobre nuestro país. Ello posibilitó cierto bonapartismo internacional -correlativo al que se practicó en el orden nacional- y engendró en casi todas las corrientes políticas del país grandes ilusiones sobre las posibilidades de independencia económica y de revolución nacional.

La amplia base material de maniobra permitió al gobierno peronista, en primer lugar, planear y empezar a realizar una serie de tareas de desarrollo económico y de recuperación nacional, con todas las limitaciones inherentes a un intento de planificación en el ámbito capitalista. La estructura tradicional de la economía argentina no sufrió cambios esenciales; las raíces de su dependencia y de su deformación no fueron destruídas. Al agro no llegó la revolución, ni siquiera una tibia reforma. Fueron respetados los intereses imperialistas, a los cuales incluso se llamó a colaborar, a través de empresas mixtas. Tampoco se hicieron costear las obras de desarrollo económico al Gran Capital nacional e imperialista. El Primer Plan Quinquenal, en la medida en que se realizó, fue financiado, ante todo, con los beneficios del comercio exterior. Por otra parte, a consecuencia de una serie de factores, aquella fuente primordial de recursos pronto se tornó insuficiente, y debió ser complementada con las manipulaciones presupuestarias y el inflacionismo abierto. A través de la inflación, los costos de la planificación económica peronista no tardaron en recaer también sobre la pequeña burguesía y el proletariado de las ciudades.

Pero durante su primer período de expansión y euforia, el peronismo tuvo también realizaciones en los distintos aspectos de la economía. En materia de transportes, se nacionalizaron los ferrocarriles y se incorporó nuevo material; la marina mercante argentina fue aumentada en sus efectivos y en el tonelaje total transportado. Hacia la misma época se fue dando gran impulso a la aviación, se completó la nacionalización de puertos, etc. Otra realización recuperadora del peronismo en su período de auge ha sido la repatriación de la deuda pública externa. Se pretendió solucionar el problema de la energía en general y del petróleo en particular, pero sin atacar las cuestiones de fondo. Se tomaron una serie de medidas favorables a la industria y se apoyaron los rudimentos de una industria pesada estatizadas, heredados del gobierno precedente, aumentando la participación estatal en la industria. La intervención directa del Estado en la industria tuvo una doble finalidad: tomar a su cargo tareas económicas necesarias que la endeble burguesía nacional no era capaz de realizar por sí sola y proporcionar a la burocracia bonapartista un nuevo resorte de poder y una importante fuente adicional de beneficios. La generosidad del crédito estatal fue otra de las formas de favorecer al capitalismo nativo-extranjero.

El mantenimiento de un grado apreciable de paz social ha sido una de las contribuciones más importantes del Estado peronista a la prosperidad de la burguesía agro-industrial argentina durante el primer período de expansión. La propia prosperidad general fue factor fundamental en la atenuación transitoria de las luchas clasistas argentinas. A ello se agregó la acción del Estado, que por un lado promovía una política de altos salarios, a la vez que subsidiaba a las grandes empresas para evitar que éstas elevaran exageradamente sus precios, y por otra parte encerraba a los trabajadores en un flexible pero sólido y eficiente mecanismo de estatización sindical.

Este balance realizado -que es nuestra posición desde hace varios años- nos ha evitado caer en los dos tipos de errores cometidos respecto al peronismo: la idealización de sus posibilidades progresistas, magnificando sus conquistas y disimulando sus fracasos, y, por el otro lado, la crítica negativa y reaccionaria de la «oposición democrática» que, v.gr., tachó al peronismo de fascismo.

El resultado de tal balance es la entrega del capitalismo nacional al imperialismo, a través de su personero gubernamental, el peronismo. En efecto: transcurridos los primeros años de properidad, entró a jugar con toda fuerza el factor crítico fundamental de los países semicoloniales: el imperialismo. Este logró por diversos medios (dumping, relación de los términos de intercambio, etc.) ir estrangulando paulatinamente a la burguesía nacional y su gobierno. Los diversos tratados celebrados con el imperialismo -verdaderamente lesivos para el país- culminaron el proceso de entrega. En fin, el balance de la experiencia nacional-burguesa del peronismo ha sido la crisis: estancamiento y retroceso de la industria, la caída de la ocupación industrial y de los salarios reales, el crónico déficit energético, la crisis de la economía agraria y del comercio exterior, la inflación, etc.

Yendo ahora a su aspecto político, el rasgo fundamental del peronismo estuvo dado por su aspiración de desarrollar y canalizar simultáneamente la creciente presión del proletariado en beneficio del grupo dirigente primero y de las clases explotadoras luego. De aquí que nosotros hayamos calificado al peronismo como bonapartismo, esto es, una forma intermedia, especialísima de ordenamiento político, aplicable a un momento en que la tensión social no hace necesario aún el empleo de la violencia, que mediante el control del aparato estatal tiende a conciliar las clases antagónicas a través de un gobierno de aparente equidistancia, pero siempre en beneficio de una de ellas, en nuestro caso la burguesía.

El capitalismo, frente a la irrupción de las masas populares en la vida política, y sin necesidad inmediata de barrer con la parodia democrática que lo sustenta, trata de canalizar esas fuerzas populares. Para ello necesita favorecer, por lo menos al comienzo, a la clase obrera con medidas sociales, tales como aumento de salarios, disminución de la jornada de trabajo, etc. Pero como estas medidas son tomadas, por definición, en un período de tensión económica, el gran capital no está en condiciones materiales y psicológicas de soportar el pseo de su propia política. Lógico es, entonces, que lo haga incidir sobre la clase media, la que rápiamente pierde poder, pauperizándose. Con ello se agrega un nuevo factor al proceso de polarización de las fuerzas sociales.

La política de ayuda obrera referida se realiza, en realidad, en muy pequeña escala, si es que alguna vez se realiza, dándosele apariencia gigantesca por medio de supuestas medidas de todo orden. Las consecuencias de este demagogismo son fácilmente previsibles: dislocan aún más el sistema capitalista, anarquizándolo y por lo tanto, acelerando su proceso crítico. Además, la política demagógica relaja la capacidad de trabajo de los obreros, lo que explica que cuando el capitalismo necesita readaptarlos para el trabajo intenso, tenga que emplear métodos compulsivos. Esta es una nueva causa que explica el totalitarismo y una nueva demostración de que, en el actual período, el Estado liberal carece tanto de posibilidad como de valor operativo.

El proceso demagógico presenta algunos resultados beneficiosos, particularmente en el orden social y político. Al apoyarse en el pueblo, desarrolla la conciencia de clase política del obrero. Creemos que el aspecto positivo fundamental del peronismo está dado por la incorporación de la masa a vida política activa; en esta forma la liberó psicológicamente. En este sentido Perón cumplió el papel que Yrigoyen en relación a la clase media. Hizo partícipe al obrero, aunque a distancia, en la vida pública, haciéndole escuchar a través de la palabra oficial el planteamiento de los problemas políticos de fondo, tanto nacionales como internacionales.

Estos aspectos representados por el peronismo fueron los que lo volvieron peligroso a los ojos del Gran Capital. De aquí que nosotros hayamos dicho en el primer tomo de La realidad argentina, escrito en 1953, que Estados Unidos «necesita un gobierno de personalidades más formales» que las peronistas, permitiéndonos predecir «que llegado este momento (de profundas convulsiones sociales) el General Perón, instrumento del sistema capitalista en una etapa de su evolución, será desplazado».

La pérdida de la base material de maniobra del país y del peronismo restó a éste la posibilidad de continuar con su política, y fue la que condujo, en última instancia, a su caída.

La acusación de fascismo lanzada contra el régiment peronista carece de tanto fundamento como la posición que consideró a éste un movimiento de liberación nacional. Para demostrar que el mismo fue bonapartista y no fascista, será suficiente con indicar que se apoyó en las clases extremas, gran capital y proletariado, mientras la pequeña burguesía y en general la clase media, sufrió el impacto económico-social de la acción gubernamental.

Por el contrario, en el fascismo, la fuerza social de choque del gran capital, está constituída por la pequeña burguesía. Esta circunstancia explica que las persecusiones contra el proletariado bajo el régimen fascista, encierren tanta gravedad, ya que la acción represiva está a cargo de toda una clase. Es necesario distinguir entre dictadura clasista y dictadura policial. La torpe y reaccionaria acusación de fascismo, partió de la Unión Democrática de triste recordación. Las fuerzas más oscuras de la política argentina, coaligadas en la Unión Democrática, en la que no faltó el apéndice izquierdista, no quisieron o no supieron comprender en su hora toda la importancia del nuevo fenómeno representado por el peronismo, y de su desprestigio e incapacidad cosechó éste para conquistar el poder. Así, nosotros pudimos predecir el triunfo del Coronel Perón, en nuestro trabajo «La crisis política argentina».

El gran odio que le profesó la «oposición democrática» se debió a que su régimen destapó la olla podrida de la sociedad burguesa, mostrándola tal cual es. La juridicidad burguesa y la sacrosanta Constitución Nacional, perdieron su virginidad, poniendo al descubierto su carácter de servidoras de una situación. Se destruyó la unidad del Ejército y se colaboró en la descomposición de los partidos políticos, etc. En efecto, no fueron los rasgos negativos del peronismo los que verdaderamente separaban a la «oposición democrática», como se ha visto después: el aventurerismo y la corrupción política, administrativa, etc., la «pornocracia»; la estatización y burocratización del movimiento obrero; la legislación represiva, hoy en vigor con más fuerza que nunca, etc. Asimismo, con la caída de Perón no se trató de corregir estos defectos, sino terminar con los excesos de su demagogismo, demasiado peligroso ya en un período de contracción económica. El golpe de estado cumple con ese objetivo de gran capital nativo-extranjero.

Rodolfo Puiggrós

El peronismo nació como antítesis de esa conjunción de todos los partidos que desembocó en la unión democrática. fue la respuesta a los intereses nacionales concretos y de las reivindicaciones vitales de las masas populares al intento de aplicar en la Argentina la estrategia imperialista de postguerra.

Identificar el peronismo con el nazifascismo -y no falta quien lo asimila al comunismo- o con el bonapartismo francés de hace un siglo es la manera corriente de eludir el estudio analítico de las causas internas que lo originaron. No puede negarse la influencia de los acontecimientos mundiales en la aparición del peronismo, pero hacer de tal influencia su factor único determinante sólo cabe en mentalidades dogmáticas que examinan los procesos nacionales desde puntos de vista abstractos.

En 1945-46 estaba destruído el poder de Alemania y postrada Inglaterra por su desgaste bélico. La URSS y los Estados Unidos rivalizaban en extender sus respectivas esferas de influencia y en ocupar posiciones estratégicas en el mundo. Vastos movimientos de liberación nacional se desataban en las zonas coloniales y dependientes. Al ser aplastados el fascismo y el nazismo desaparecería el antagonismo entre los dos bloques mundiales y pasaba al primer plano el antagonismo entre el mundo capitalista y el mundo socialista, entre los países oprimidos y los países opresores. La cuestión nacional cobraba una importancia dominante.

Tiene el menor asomo de sensatez igualar con el nazifascismo que se quebraba en el orden mundial al profundo y extenso movimiento popular que en 1945 se levantó en la Argentina al margen y en oposición a los partidos políticos. Cuanta expresión de autodeterminación nacional aparecía era tildada de nazifascista por los servidores conscientes en inconscientes de la estrategia imperialista de postguerra. Los mismos personajes que hasta poco tiempo antes negaban que en un país semicolonial pudiese darse el nazifascismo, acusaban de serlo al despertar de las masas populares argentinas o a la movilización nacionalista de los obreros e indios de Bolivia.

La mistificación dura hasta nuestros días. Políticos, economistas, filósofos y escritores de reblandecida mentalidad liberal y espíritu colonial siguen sosteniendo todavía que el movimiento nacional de masas que tomó el nombre de peronismo o justicialismo fue extraño a la evolución del país argentino, a la cual ellos sólo conciben dentro del esquema de la hipócrita legalidad democrático-burguesa-anglosajona. No admiten otra legalidad, como si las formas jurídicas, económicas y culturales de la democracia de la decadencia del capitalismo se hubiesen cristalizado para siempre en ella. Todos los partidos políticos argentinos son conservadores desde hace varios lustros. He ahí una de las razones de nuestra crisis política y por qué las masas populares no creen en dirigentes que con frases izquierdistas les ofrecen la continuidad del viejo orden social.

El justicialismo se convirtió de la nada en el mayor movimiento nacional de masas de nuestra historia por ser el resultado de las contradicciones internas de la sociedad argentina en determinado grado de su desarrollo o, con otras palabras, por ser el espejo, la representación de las tendencias reales a emanciparse de las fuerzas sociales oprimidas por una superestructura oligárquico-imperialista y encadenadas a un determinado tipo de legalidad que no corresponde a las cambiantes relaciones entre las clases. Obliga a reflexionar con la máxima seriedad una comprobación de tan inmensa importancia como la de que en el justicialismo reaparece, con mayor nitidez y vigor que en el yrigoyenismo, el movimiento político policlasista. No surge el justicialismo como nuevo partido o como un partido más en el juego de los partidos; surge como antítesis de todos los partidos, como oposición de un naciente nacionalismo popular a un artificial régimen de partidos que no representa el país real. También obliga a reflexionar el hecho de que en cada oportunidad el movimiento político clasista muestra una conciencia más firme y clara del interés nacional y una mayor participación en él de la clase obrera. No cabe duda que ésta tuvo en el yrigoyenismo un papel protagónico mucho más débil que en el justicialismo.

Si analizamos esa reiterada tendencia de las masas populares argentinas hacia la formación de un movimiento que parta de ellas mismas -tal vez sea más exacto decir: que cada vez parte más de ellas mismas, que cada vez posee mayor grado de autonomía y menor grado de patriarcalismo- tendremos necesariamente que convenir en que el proceso histórico nacional, en función del proceso histórico latinoamericano, se encamina hacia algo absolutamente nuevo, de lo cual el yrigoyenismo y el justicialismo sólo fueron anuncios, anticipaciones, experiencias iniciales. Los dirigentes de todos los partidos están hipotecados a un concepto y a una práctica de la política superados por las condiciones materiales del país y la conciencia social del pueblo. Por eso son incapaces de señalar perspectivas para el futuro y se atrincheran en sus dogmas y prejuicios para impedir que avance el movimiento de masas.

El carácter de la política que gobernó a la Argentina durante el decenio de 1945-1955 estuvo determinado por el propio origen del justicialismo en una serie de esporádicos movimientos de masas que tuvieron en el del 17 de octubre su más alta, genuina y espontánea expresión. No olvidemos que toda política que nace de un movimiento de masas y se inspira en él trata por impulso natural de crear economía y propiedad sociales. Es la inversa de esa democracia de minorías y para minorías que se da por objetivo el lucro individual, se resume en la llamada libre empresa y reemplaza el pronunciamiento directo de las masas por la opción obligatoria dentro de un régimen preestablecido de partidos.

Como las causas generatrices del justicialismo están dentro del país y no en el exterior, como es expresión de la sociedad argentina a mediados del siglo XX, su política posee el realismo de que carece la politica de los hombres prácticos, imbuídos de una suicida filosofía utilitarista contraria al interés nacional. No se trata de caer en la fácil apología, tan falaz y dañina como los de nuestros inconscientes opositores resentidos. El porvenir argentino exige una digna actitud objetiva para interpretar una concepción política que gobernó al país durante un decenio y que continúa siendo la bandera de las grandes masas. La angustia del espacio nos obliga a resumir la obra del gobierno peronista en los siguientes puntos:

a) El primer intento de planificación social de la economía;

b) Nacionalización de los comandos de la economía y las finanzas (bancos, transportes, comercio exterior) hasta entonces en manos del capital imperialista extranjero;

c) Expropiación de empresas monopolistas («La Prensa», Bemberg);

d) Impulso a la siderurgia y a la metalurgia como empresas estatales y estímulo a la industria privada nacional;

e) Acercamiento al gobierno de los sectores de la producción (patrones y obreros) e intentos de llegar a acuerdos permanentes entre ellos para elaborar y aplicar los planes económicos;

f) Extensión del movimiento sindical hasta el último rincón del país y a todas las esferas de la economía;

g) Primeros ensayos de incorporación de las fuerzas armadas a los procesos productivos, a través de su autoabastecimiento y de su participación en las empresas estatales;

h) Política internacional de acuerdos bilaterales con todos los países sin tener cuenta su régimen y su ideología y desarrollando la autodeterminación nacional; y

i) Extraordinario progreso de la legislación social, de la justicia del trabajo y de las obras sociales en beneficio de la clase obrera.

Estos pasos hacia delante -por mínimos que parezcan a la mentalidad izquierdista que exige todo para que no se haga nada y sabotear lo que se hace- tenían necesariamente que provocar una intensa resistencia. No contaron con el apoyo coherente del elenco gubernamental y de las fuerzas armadas. No sólo la vieja oligarquía, los abogados y comerciantes asociados a los monopolios extranjeros y la prensa y la diplomacia imperialistas conspiraron durante un decenio para anular al justicialismo. Todos los partidos políticos, sin excepción, prepararon su derrocamiento por el único camino que les quedaba: el golpe de Estado. Pero esta operación de fuerza que los legalistas liberales proyectaron requería un ambiente social determinado, cierto grado de desarticulación del frente gubernamental. No bastaba con tener la generosa ayuda de la prensa, las finanzas y los servicios de información de las potencias imperialistas. La Nueva Argentina no había destruído a la Vieja Argentina. El país estaba desdoblado y los componían dos planos cruzados de intereses.

Es evidente que los partidos por sí mismos no hubieran logrado la caída del gobierno peronista. Tuvo que producirse la desarticulación del frente gubernamental, provocada, principalmente, por el conflicto con la Iglesia Católica, el convenio en trámite con la California y el temor a un levantamiento obrero. Tres causas de distinto valor que dividieron ese frente desde distintos ángulos. Militares y civiles nacionalistas, en su mayoría antiguos adherentes del peronismo, fueron los que sacaron las castañas del fuego para que dos meses después, en noviembre de 1955, el liberalismo de diestra y siniestra volviera al poder y Gran Bretaña comprobara que no había perdido todo en la Argentina.

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