​Honrar a la docencia es reivindicar su función

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Por Romina De Luca*

Todos los gobiernos, sean del signo político que sean, se llenan la boca hablándonos de la educación y, claro está, también de la docencia. Que las y los maestros son importantísimos porque forjan nuestro futuro es algo que todos dicen rápidamente. Sin embargo, las acciones van en sentido contrario. No viene mal recordar que el próximo año, elecciones mediante, los políticos burgueses se llenarán la boca hablando de educación y, una vez en el poder, sus promesas se desvanecerán en el aire. Para tener un cuadro de la situación bastará con ver cuánto le pagan a esos trabajadores forjadores del futuro: el cargo de maestra de grado sin antigüedad recién en diciembre de 2022 alcanzará los 68.400$ tal como se acordó en la paritaria nacional mientras la referencia de la canasta de pobreza en julio prácticamente triplica ese valor. En efecto, según ATE-INDEC una familia tipo necesitó a fines de julio 179.990$ para no caer en la pobreza. Así las cosas, ni la jornada completa saca a las y los docentes de la miseria. Tampoco el acumular antigüedad en un salario cargado de sumas por fuera del básico sobre el que se calculan esas escalas. Por eso, la regla es el trabajo en dos cargos -allí donde estatutariamente está permitido- o bien el pluriempleo bajo la forma de changueo. Claro, el trabajo intelectual docente tiene un pequeño detalle: implica una basta carga de trabajo no pago necesaria para la función que aparece bajo la forma de planificaciones, correcciones, preparaciones de actos escolares, capacitaciones, etc. A esta altura del partido, que los docentes trabajan 4horas como expresó Cristina Fernández de Kirchner, en 2012, es algo difícil de creer. Tal vez, esa base material sea el reflejo de un proceso más profundo: cuando hoy las maestras y maestros ya no son vistos como especialistas de un saber sino como agentes del orden y de la contención social, como entretenedores, pasan estas cosas. Salarios de miseria y hambre.

Las efemérides son buenas para recordar esa escisión entre dichos y hechos, así como el contenido real de la tarea docente. En decenas de miles de escuelas se entonarán estos días “al saber le diste el alma” y precisamente es la negación del saber lo que marca la política educativa. Hace décadas, la política educativa socavó la función docente. Basta con revisar los grandes lineamientos del discurso pedagógico de la segunda mitad del siglo veinte consolidado en los setenta: hay que renovar el formato escolar, adaptarlo a las nuevas tecnologías, poner al estudiante en el centro; la escuela debe construir “empleabilidad” en un mundo de incertidumbre, debe fabricar emprendedores, debe enseñar a “aprender” porque el conocimiento perece rápidamente, educar hoy es entrenar a aprender, se debe romper con el patrón homogéneo, se trata de instaurar una pedagogía de las emociones. Dos extremos que se unen en el vértice. De un lado, superar la famosa escuela “máquina de hacer chorizos”, todos iguales, tal como inmortalizó en su momento Esteban Bullrich. La derecha, dirán algunos. Del otro, la pedagogía progresista de “aprender a aprender” que rebaja al docente a tutor o facilitador. Los ejemplos podrían acumularse, pero todos van en el mismo sentido: la devaluación completa de la función docente.

En efecto, maestras y maestros ya no son considerados especialistas, quienes imparten conocimientos en un proceso que de ninguna manera es pasivo, sino coachs, animadores o promotores de habilidades. Son asistentes del estudiante que “descubrirá” por sí solo/a todo. Hace décadas, esa filosofía atravesó las reformas en la modalidad de educación de jóvenes y adultos, pero no se limitó a ella. El currículum mínimo, basado en proyectos y habilidades hoy conforma el corazón de las reformas del secundario que se centra en las “competencias” y en una certificación vaciada de contenidos. Nivel obligatorio al que llegan las y los estudiantes atravesando la primaria con la lógica del siga, siga, de la ausencia del esfuerzo confundiendo trabajo intelectual con meritocracia. Las consecuencias de esta perversidad están a la vista de quien quiera verlas: el 44% de las y los estudiantes no tienen capacidad lectora al terminar la primaria, problema que arrastrarán en la secundaria y allí están los índices de desgranamiento en el nivel y del selecto grupo que llegará a la universidad. Un arancel educativo que existe, se paga y es el resultado de convertir a la escuela en una fábrica de ignorantes.  

Cómo formaremos estudiantes críticos si carecen de conocimientos bien asimilados es una pregunta que conviene formularse. Se argumenta que ello no importa porque hoy las y los estudiantes acceden a información por doquier, gracias a las redes. Se confunde así información con conocimientos sin hacerse una pregunta clave: ¿cómo se selecciona información sin una base sólida? O con escasas pericias lectoras. Desde la nada, nada se aprende, aunque se afirme lo contrario. Una escuela muy acorde a una realidad fuera de ella: donde siete de cada diez niñas y niños son pobres, en una sociedad que no les ofrece futuro y donde sus docentes fueron degradados. Ojalá el 11 de septiembre ponga en cuestión este sinsentido en el que fue convertida la escuela si buscamos rescatar el sentido de enseñar.

*Publicado en Diario La República, 11/09/2022.

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