Historia del socialismo. Bolivia, entre insurrecciones, revoluciones y “golpes”

en La Hoja Socialista 18/Novedades

En la primera mitad del siglo XX, Bolivia era una sociedad capitalista basada primero en la minería de estaño del altiplano –concentrada en tres “barones” capitalistas- y secundariamente en grandes haciendas. La clase obrera estaba dividida: el proletariado minero estaba acompañado de un proletariado industrial más bien chico (metalúrgicos, calzado, etc.). En las regiones rurales, existían  relaciones de producción capitalistas en formación, bajo formas embrionarias. Las viejas comunidades andinas –llamadas “ayllus”- estaban prácticamente desgranadas y hundidas en la miseria. La mano de obra apuntaba a la proletarización.

Entre gobiernos de la “rosca” –el régimen político de los barones del estaño y la burguesía agraria-, el Ejército y algunos gobiernos nacionalistas, diversas fracciones de la burguesía se disputaban la conducción política. Para eso, los golpes de Estado eran una herramienta política recurrente. De este juego brotó el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), un partido de orígenes fascistoides que aspiraba a emular los viejos gobiernos nacionalistas conocidos por el mote de “socialismo militar”. El MNR –con Gualberto Villarroel a la cabeza- gobernó entre 1943 y 1946, luego de un golpe de Estado, aunque su caída vino de la mano de un proceso insurreccional en 1946. La insurrección no pudo reemplazar a Villarroel por algo mejor. Fue, en cambio, capitalizada por la oposición burguesa en alianza con el estalinista Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR).

Con todo, la lucha insurreccional del proletariado no se había cerrado. En el terreno de las ideas, también había movimiento: una fracción del proletariado boliviano –la clase obrera minera- adoptaría la “Tesis de Pulacayo” (1946). Se trató del programa de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia. Aunque esta estuviera en manos de Juan Lechín –un dirigente de simpatías con el MNR- fue en esencia un programa trotskista. De hecho, su redactor, Guillermo Lora, era miembro del trotskista Partido Obrero Revolucionario (POR).

¿Qué planteaba este programa? Por un lado, algo esencialmente correcto: la importancia del proletariado como sujeto de la revolución, el repudio a la colaboración –a través de ministros “obreros”- con los gobiernos burgueses y la acción directa. Por el otro, el clásico programa de transición trotskista, basado en consignas mínimas: salario básico y escala móvil de salarios, ocupación de minas y control obrero, autodefensa, entre otras. Por último, la necesidad de “completar” las tareas burguesas en un mismo movimiento con la revolución socialista. Es decir, la “revolución permanente”, que presupone un campo de colaboración con el nacionalismo.

En abril de 1952, otra insurrección tiraría abajo a un gobierno de transición surgido de un autogolpe de Urriolagoitía –que había perdido las elecciones-. Pero los planes del MNR eran otros: acceder por medio de un golpe de Estado, con la colaboración del general Antonio Seleme, jefe de los carabineros de La Paz. Fue la clase obrera –esencialmente, minera- la que lo cambió por un proceso insurreccional que terminó con la crisis del Ejército. A partir de allí, se formó un doble poder: Paz Estenssoro –dirigente del MNR- dirigiría el Estado, integrando “ministros obreros” al gobierno, mientras la Central Obrera Boliviana –de reciente creación- funcionaba como una concentración del poder de la clase obrera todavía movilizada y armada.

Sin embargo, este cuadro fue poco a poco desactivado por el MNR. Ocurre que la izquierda careció de una estrategia diferenciada de poder y en los hechos, le entregó la dirección. Se limitó a pedirle reformas, sin disputar la dirección. Así, tarde o temprano, el MNR cumpliría la función de todo gobierno bonapartista: desarmar el proceso revolucionario y recuperar el poder represivo del Estado burgués. El POR, en cambio, no supo acaudillar a la clase obrera. Más bien, el MNR y la burocracia sindical pronto adoptarían el lenguaje de las Tesis de Pulacayo. Así, mientras el trotskismo se limitó a postular consignas mínimas y educar a la clase obrera en el nacionalismo, dejó un legado que el MNR supo aprovechar para reconstruirse después de su caída en desgracia.

El proceso revolucionario en Bolivia deja en claro no solo la diferencia entre los golpes de Estado y las insurrecciones, sino la necesidad de desarrollar un nuevo programa revolucionario en América Latina. El trotskismo ha dado ya sobradas muestras de su fracaso.

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