Conceptos básicos. Salario

en La Hoja Socialista 18/Novedades

En medio de las negociaciones salariales, no viene mal recordar qué es lo que estamos discutiendo. El asunto del salario no es un asunto menor. La gran parte de las veces, nos dicen que el salario “paga el trabajo”, o se habla del “salario justo”. Incluso ahora el gobierno intenta vendernos que los trabajadores asalariados que más cobran son “privilegiados”. Es más, el impuesto a las ganancias suele gravar el salario de buena parte de los trabajadores, en función de una idea: ganan una suma muy grande y tienen que contribuir al Estado. “Es lo justo”, nos dicen los políticos de la burguesía.

Pero todas estas ideas son falsas. Primero, porque en el capitalismo, el salario nace de una apropiación: la de los medios de producción por parte de la burguesía. Es decir, hay salario porque hay propiedad privada. Como unos pocos tienen los medios de producción (los burgueses), otros se ven obligados a vender su capacidad de trabajar (fuerza de trabajo) para sobrevivir (los obreros). En esa jornada de trabajo son explotados (acá explicamos qué es la explotación): o sea, producen un valor que se apropia el burgués. De ahí viene la ganancia. De ese modo, el grueso de la riqueza social engorda los bolsillos de los patrones. Mientras tanto, los obreros viven de un salario.

Pero, ¿qué es el salario? O dicho de otro modo, ¿qué es lo que se está pagando cuando se abona un salario? ¿El trabajo que realiza el obrero? No. ¿Lo equivalente al valor que produce cuando trabaja para el patrón? Si así fuera, un obrero automotriz tendría un auto nuevo todos los días. Lo que paga es el precio de lo que socialmente se considera necesario para que cada día el obrero vuelva a trabajar para el patrón. Es decir, para que siga siendo un obrero. En definitiva, el salario paga el valor de la fuerza de trabajo.

¿Y qué necesita el obrero para poder volver todos los días al trabajo y seguir siendo explotado? ¿Tan solo comer y un lugar donde vivir? No solamente. Hay un límite biológico difícil de superar, sí, pero eso no es todo. Como dijimos, el valor de la fuerza de trabajo está socialmente determinado. Eso significa que el obrero de carne y hueso tiene intereses “morales” y “culturales” que también negocia cuando vende su fuerza de trabajo. La clase obrera considera que hay ciertos derechos adquiridos. Adquiridos porque lógicamente son fruto de la lucha. Desde ir al cine y a la cancha hasta comprarse ropa o un libro, tener computadora o irse de vacaciones unos días.

Por eso, cada vez que la clase obrera negocia el salario, lo que está en cuestión es por cuánto va a vender la fuerza de trabajo, y cuánto se va a resignar a perder. La burguesía, por un lado, presiona para que resigne algo y así el valor de la fuerza de trabajo caiga. La idea es que el obrero se acostumbre a vivir peor. Esa es la tendencia en nuestro país: cada vez que se cierran paritarias por debajo de la inflación, la burguesía dio un paso. Nos quieren cada vez más baratos. Pero los laburantes no nos entregamos sin luchar: las huelgas son muestra de eso, aunque a la burocracia sindical no le gusten demasiado.

Por otro lado, también hay otros componentes salariales. Por ejemplo, la llamada Seguridad Social, para lo cual el patrón debe pagar en cargas sociales. Acá entra la salud, las obras sociales -que tienen alcance familiar-. Y también el salario “diferido”, o sea, la jubilación. Pensemos que con los aportes previsionales se destinan a una caja una suma de dinero que es salario que se paga más “adelante”: cuando la sociedad considera que ya no se puede seguir trabajando. Claro que ahí hay una disputa: la burguesía, por un lado, quiere subir la edad jubilatoria y, por otro, ajustar las jubilaciones –como hicieron Macri en 2017 y los Fernández en diciembre y otros políticos en el resto del mundo-. Así, la burguesía argentina dispone de una caja con recursos para subsidiar sus ganancias.

Con todo, hay un elemento que atender: la producción de lo necesario para reproducirse como obrero –o sea, la producción de lo equivalente al salario- en el fondo sigue en manos de la propia clase obrera. El capitalista no hace nada: tan solo se limita a sacarle valor al obrero en la jornada laboral. Así, una parte (que el burgués espera que sea cada vez menor) es utilizada para reproducir la vida del obrero. Y otra parte (que el burgués espera que sea cada vez mayor) va para el bolsillo del burgués (la plusvalía). Así, el obrero trabaja para sobrevivir y para mantener a un grupo de parásitos al mismo tiempo.

De este análisis se desprende que no existe el salario “justo”: el salario por definición es resultado de una sociedad desigual e injusta. Tampoco el salario es ganancia: la ganancia sale de la plusvalía (son dos cosas diferentes, pero conectadas). Además, ningún trabajador asalariado es un “privilegiado”: todos son explotados por la burguesía. Pero lo tenemos que defender para sobrevivir mejor en el capitalismo. Al menos, mientras damos la pelea por el Socialismo.

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