Conceptos Básicos: Partido Revolucionario

en La Hoja Socialista 20/Novedades

La democracia burguesa nos obliga a asociar el partido político con las elecciones. “Armen un partido y ganen las elecciones” dijo incluso alguna vez Cristina a un grupo de capitalistas. Bajo esta perspectiva profundamente burguesa, los capitalistas viven armando partidos para ganar elecciones. Visto así, los partidos no pasan de aparatos electorales cuyos programas tienen algo en común: resolver los problemas centrales del capitalismo a costillas de los trabajadores.

Pero hay que decir que la clase obrera también tiene la posibilidad de construir sus propios partidos y asumir un rol en la política. A lo largo de la historia, sectores de la clase obrera se organizaron como partido. En Alemania, el Partido Socialdemócrata nació originalmente como un gran partido compuesto de miles y miles de obreros. En Rusia, el Partido Bolchevique -protagonista de la Revolución de 1917- dirigió a miles de obreros a tomar el poder político del Estado. En esa oportunidad, el partido era el sistema “nervioso” de la clase, el comando de la Revolución.

Como se ve, hubieron partidos de la clase obrera. Sin embargo, no todos esos partidos obreros fueron “revolucionarios”. El ejemplo alemán, mejor que ninguno. El Partido Socialdemócrata pronto pasó del sueño revolucionario a aspirar solamente a ganar parlamentarios y sancionar leyes, dejando la Revolución para un futuro inalcanzable.

Pero veamos más de cerca qué es entonces un partido. Un partido es esencialmente un programa. En el caso de un partido revolucionario, estamos hablando de un partido con un programa revolucionario. Revolución y partido son dos ideas inseparables. La Revolución supone transformar de raíz la sociedad, y para eso, tiene que haber un poder concentrado de los obreros para tomar el poder del Estado.

Por otro lado, un programa revolucionario supone una serie de ideas más o menos sistemáticas de cómo funciona la sociedad y cómo hay que transformarla. Eso último depende mucho del escenario concreto. Si un país tiene población rural (como Cuba o China en el siglo XX), el programa revolucionario tendrá sus particularidades. Otro será el caso si el país es centralmente urbano y los trabajadores se concentran en las fábricas, como ocurre con Argentina.

En resumen, el partido revolucionario de la clase obrera proclama entonces los intereses revolucionarios de los obreros. Es decir, el interés más general de la humanidad: la abolición de toda forma de explotación y opresión. Para eso, el partido expresa un poder organizado para la disputa política. Los obreros no se organizan en partido para discutir un salario, como ocurre en un sindicato. No. Los obreros se organizan para disputar políticamente el poder a la burguesía.

Y es que no queda otra: la burguesía actúa con el poder organizado del Estado. Imagínese el lector qué resultados vamos a tener si los trabajadores vamos al enfrentamiento en grupitos disueltos de trabajadores. Perdemos. Ya nos pasó: los ‘70 es el mejor aprendizaje de que si queremos ganar, hay que desarrollar un gran partido revolucionario. Y es que el partido revolucionario expresa la unidad de comando de mucha gente en la lucha de clases.

Ahora bien, aunque parezca contradictorio, los partidos revolucionarios no están compuestos solo de obreros. En un partido de estas características, se necesita gente más o menos formada que se dedique a la Revolución. O sea, revolucionarios profesionales que desarrollen una serie de ideas, las propagandicen y agiten de forma profesional. No es tan fácil porque para eso se necesita tiempo. Tiempo, que la mayoría de la clase obrera hoy no tiene.

Por eso, es fundamental arrastrar a las filas revolucionarias a pequeños burgueses -eso que muchas veces se conoce como “clase media”- y hasta alguno que venga de la burguesía. En tiempos convulsionados, esos sectores son atraidos por la Revolución. Son los estudiantes y universitarios (pensemos en el Che o en Fidel) o los burgueses que se desclasan (pensemos en Engels y hasta en Marx). Son sectores de clases ajenas al proletariado que en algún momento, por alguna razón, se ven envueltos en un proceso de radicalización política.

La idea de un “profesional” de la revolución es clave. Lenin, el revolucionario ruso, teorizó sobre este punto y señaló una división de tareas entre esos profesionales: los que desarrollan teoría, los que propagandizan y los que agitan el programa revolucionario (veremos estos conceptos en otra oportunidad). Cada elemento es una clave de ese partido revolucionario que se desarrolla, agitando el programa socialista, en el seno de la clase obrera. El partido, de ese modo, es el elemento que eleva la conciencia política de los trabajadores.

En la Argentina, hay y hubieron varios partidos revolucionarios. Algunos más grandes que otros y con diferente grado de protagonismo. Todos los partidos conviven y compiten. La forma final dependerá de quién pueda hegemonizar ese terreno político y conquistar a buena parte de la clase obrera. Así, en los ‘30, el Partido Comunista tuvo un rol decisivo en la construcción de sindicatos y en el desarrollo organizativo del movimiento obrero. En los ‘70, el Partido Revolucionario de los Trabajadores de Santucho -aún con sus errores- llegó muy lejos en la construcción de un gran partido revolucionario. Del 2001 para acá, conviven numerosos partidos, pero ninguno hegemoniza el campo de la izquierda ni ha logrado la conquista de la clase obrera. Esa tarea está pendiente y es clave para enfrentar esta crisis que se agudiza cada día más.

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