Aunque no esté de moda. El Obrero y su combate político al peronismo en los ‘70

en El Aromo n° 105

Finalmente, y en una clara contraposición al espontaneismo trotskista, asumió como central la disputa por la conciencia, entendiendo que la ruptura de las masas con el peronismo no sería automática. De ese modo, se planteó una intervención cuyo eje fuera la denuncia del carácter burgués del peronismo.

Por Ana Costilla – Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina-CEICS

No es novedad que el frente anti Macrise viene desarrollando en los hechos hace rato. La izquierda que se pretende revolucionaria ha sido parte de esta construcción, concentrando los cañones en Mauricio y reconstruyendo al kirchnerismo a cada paso, marchando junto a él o callándose la boca. De este modo, la izquierda renuncia en su conjunto a asumir una tarea central en esta coyuntura crítica: desnudar el carácter explotador y represor del kirchnerismo (que además a ojos vista impulsa el ajuste al frente de gobernaciones, intendencias y bancas legislativas). Esta defensa solapada no solo obedece a la inmediata intención de atraer la simpatía electoral de las bases K, sinoesencialmente aun conjunto de limitaciones políticas para enfrentar al peronismo, que resulta de lo que llamamos en otro lugar el “síndrome 17 de octubre”.[1]

Desde este problema, nos remontamos a inicios de los años‘70, para observaren esta nota la posición de la organización El Obrerofrente al peronismo, en el contexto de la apertura democráticaencarada por la burguesía para paliar el ascenso del proceso revolucionario. Una coyuntura política sumamentedifícil en términos ideológicos, puesto quese estaba abriendo el juego no solo a un cambio de gobierno, sino también de régimen, y la figura que venía a encarnar las ilusionesreformistas era nada menos que Perón. En este sentido, la lucha por la clarificación política se tornaba central y El Obrero no se calló la boca.

Un programa socialista para la Argentina

En otras oportunidades hemos destacado diferentes aspectos que hicieron de la experiencia de El Obrero/OCPO una organización singular en la etapa. En este caso, nos interesa adentrarnos en el examen de las caracterizaciones que desarrolló acerca del peronismo.

Para abordar este punto, es crucial primero detenerse brevemente en un aspecto esencial de su programa político: las tareas revolucionarias que postulaba(delas que ya nos hemos ocupado en estas páginas).[2]Resumiendo, El Obrero le atribuía un carácter socialista a la revolución, sin etapas intermedias, desarrollando posiciones a contrapelo del programa de liberación nacional que, con diversas variantes, gozaba de amplia hegemonía en el seno de la izquierda argentina de los ‘70.Partía de considerar que la burguesía nacional ya había completado la etapa de construcción de su estado burgués:

“Esto es muy importante, porque la constitución de una nación independiente, la constitución de un estado burgués, es la principal tarea revolucionaria de la burguesía, y en nuestro país, ya está cumplida. […]no existe ninguna revolución nacional que realizar  […] La única revolución necesaria y posible es la revolución socialista, sin tareas previas.”[3]

Esta afirmación rivalizaba con los diferentes programas de la izquierda del período (maoísmo, guevarismo, trotskismo, estalinismo), pues todos ellos coincidían en postular el carácter incompleto, deformado o atrasado del capitalismo argentino. Así, estas perspectivas enfatizaban la existencia de tareas democrático-burguesaspendientes que debían ser cumplidas o bien por fracciones de la burguesía o bien por el proletariado. El Obrero, por el contrario, discutía la persistencia de tareas incumplidas, y planteaba como fundamental la contradicción entre los intereses de la burguesía y la clase obrera. Dado que “la bandera de Liberación Nacional, es una bandera falsa para nuestro país”, el sujeto revolucionario sería el proletariado que debía encarnar transformaciones de tipo socialista.

En este sentido, la organizaciónadvertía el interés de la burguesía en que la clase obrera asumiera la cuestión nacional como propia, para desviarla de sus propios objetivos revolucionarios: “El quid de la cuestión está en que, si se considera que hay una etapa previa que cumplir, antes de la revolución socialista, una etapa nacional-democrática […] es necesario incluir a la ‘burguesía nacional’ entre los aliados de la revolución.”[4] El Obrero señalaba además que este programa nacional era propio de las fracciones más débiles de la burguesía e identificaba que allí radicaba el núcleo delos intereses sociales que encarnaba el peronismo:

“El objetivo de facilitar la capitalización interna, o sea, desarrollar el capitalismo nacional, […] constituyen medidas reformistas, dentro del sistema burgués ya implantado, y expresan a los sectores medianos y menores de la burguesía argentina, que tratan de instaurar un gobierno que, como el de Perón, los proteja y favorezca frente a los sectores más poderosos de su misma clase. Efectivamente, hay sectores de la burguesía que ven limitadas sus posibilidades de expansión económica por la competencia ruinosa de los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, y tienen iniciativas políticas tendientes a romper este cerco […]. Ejemplos típicos de esto son, precisamente, los programas de Huerta Grande, La Falda, y del 1° de Mayo de la CGT de los Argentinos.”

Esta cita es fundamental y adelanta un elemento distintivo de la organización respecto del conjunto de la izquierda y, en particular, del trotskismo, tradición con la que rivalizaba directamente en tanto ambas rechazaban un papel revolucionario para la burguesía. A diferencia de organizaciones trotskistas, El Obrero no reconocía en los programas de Huerta Grande y La Falda programas revolucionarios o reivindicables como pasos adelante hacia la autonomía nacional. De hecho, los rechazaba abiertamente y denunciaba que el peronismo respondía a los intereses de fracciones pequeñas y medianas de la burguesía nacional. Esto estaba íntimamente relacionado con el diagnóstico de la ausencia de tareas nacionales que cumplir, lo que evitaba queel partido acabara confraternizando con intereses de sectores burgueses.

Como veremos, este es punto fundamental para comprender su delimitación del peronismo. Por el momento conviene retener esto: la organización no creía que hubiera una cuestión nacional por resolver, lo que le permitirá evitar la trampa del nacionalismo.

Anti-peronismo explícito

En un documento temprano tituladoEl peronismo, esbozo de tesis, El Obrero afirmaba que,en tanto fenómeno político fundamental en la Argentina, a la hora de construir una línea política revolucionariaera necesario fijar una posición clara sobre el peronismo. Pero no se trataba simplemente de análisis sobre el papel, que luego se ocultaban en la construcción cotidiana en el seno de la clase obrera. En efecto, esa línea era llevada al terreno de la agitación sindical (como muestra elBoletín para SMATA nº6, elaborado en el aniversario del 17 de octubre, donde se explicaba la naturaleza del peronismo).

El Obrero entendía al peronismo como un fenómeno netamente burgués, que en términos históricos expresó el ascenso de un sector de la burguesía argentina, ligado al proceso de industrialización liviana posibilitado por la crisis de 1929 en el sistema capitalista mundial.[5] Este desarrollo habría hecho surgir nuevos sectores en la burguesía necesitados de emprender ciertas transformaciones para aprovechar la coyuntura. Perón vendría entonces a cumplir con esa necesidad, apareciendo como el adalid del desarrollo nacional. En este punto, además, la organización realizaba un señalamiento atendible. El peronismo le debía mucho a la coyuntura favorable en la que había nacido, y no era simplemente resultado de la voluntad de su líder. De este modo, su supervivencia estaba atada a la existencia de ciertas condiciones económicas nacionales e internacionales.

Para los ex militantes del MLN, el carácter de clase del movimiento peronista se vería de maneraclara en su ideología. Así, tras la apariencia progresista de su definición por la construcción de una patria “socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”, se escondían los propósitos burgueses:

“La ‘Justicia Social’ significa simplemente salarios más altos; la ‘libertad económica’, la aspiración de la burguesía argentina de no tener que compartir con nadie la plusvalía arrancada a los obreros argentinos; y  la ‘soberanía política’ la reivindicación de la autodeterminación nacional, falsa en países como el nuestro donde existe un Estado burgués constituido. […] El hecho que haya logrado la adhesión de la clase obrera no le da carácter proletario al peronismo […] no existe una relación mecánica, directa ni permanente entre el contenido de clase de un partido político, y su base social predominante”

Así, el programa político pasaba al primer plano de análisis y, en términos de los intereses que encarnaba, el peronismo era definido como un  “movimiento burgués con apoyo político del proletariado (sin conciencia de clase) y de importantes sectores de la pequeña burguesía.”Nuevamente, se hacen muy evidentes la diferencia con las organizaciones trotskistas que creían ver en el peronismo un momento de mayor autonomía nacional o de tibio enfrentamiento al imperialismo. Para El Obrero la cuestión era muy clara: todo se trataba de intereses burgueses. En este sentido, las famosas nacionalizaciones que se le atribuían al peronismo no solo no fueron celebradas sino que fueron denunciadas como inversiones estatales realizadas en favor de la burguesía local. Tampoco se consideraba que el movimiento encabezado por el General fuera el padre de la industria nacional. Con datos en mano de los censos industriales, El Obrero afirmaba que las ramas más importantes de la industria “son anteriores a 1946 y constituyen casi siempre, empresas originadas en la capitalización de la renta agraria asociada al capital extranjero.”[6]

Por otra parte, la organización analizaba las características y consecuencias del primer y segundo gobierno peronista:

“1) La conservación del Estado burgués, […] del aparato burocrático-militar separado de la población que sirve a la dominación de la clase capitalista. 2) No impulsó […] la participación activa de las masas en el poder […] 3) Mantuvo íntegra e incondicionalmente la propiedad privada capitalista y el régimen de esclavitud asalariada […] 4) Combatió directamente todo intento de organización política independiente del proletariado […] 5) Liquidó la independencia de las organizaciones sindicales de la clase obrera […] 6) una vez desalojado del poder, lejos de impulsar la acción revolucionaria de las masas las encauzó reiteradamente hacia los callejones sin salida de los golpes militares […] los frentes […] y las salidas electorales.”

Siguiendo a El Obrero,incluso el aumento general del nivel de vida de los trabajadores (posibilitado por la transitoria prosperidad económica sobre la que se montó el peronismo) fueron concesiones en el marco del capitalismo y en función de los intereses de la burguesía. En lo económico, porque ampliaba el mercado interno. Y en lo político, porque permitía constituir una sólida base de apoyo en la clase obrera. Si bien la caracterización realizada excluía algunos elementos de claro corte antiobrero del primer peronismo, como el feroz proceso represivo que desató sobre los trabajadores y el comunismo, es destacable que el balance general es notablemente negativo y no contiene ninguna concesión. Se trata de una delimitación de clase suficientemente clara, que, otra vez, lo aleja de la mirada benevolente del grueso de la izquierda argentina, ayer y hoy. 

Para El Obrero, el saldo más negativo del peronismo había sido la estatización del movimiento sindical y el surgimiento de las burocracias traidoras, es decir, de los enemigos de clase en el interior del proletariado. Ello redundó en la “consecuente subordinación ideológica, política y organizativa a su enemigo de clase, la burguesía”, favorecida por la “incapacidad histórica del reformismo” de los partidos Socialistay Comunista. Para El Obrero, las implicancias de este modelo sindical consolidado durante el peronismo se hicieron evidentes veinte años más tarde:

“Ahora, que la explotación capitalista se hace más cruda y despiadada, los obreros nos encontramos con que nuestras organizaciones sindicales y sus dirigentes, en lugar de ser un instrumento en nuestras manos para resistir la explotación, son un instrumento de los capitalistas y el Estado burgués, que sirve para mantenernos en la pasividad y en la impotencia.”

En este punto, es donde la crítica de la organización se emparenta con, por ejemplo, las del trotskismo que históricamente cuestionó la burocratización y la estatización del movimiento obrero bajo el peronismo. Sin embargo, el accionar político de El Obrero hacía aflorar una nueva diferencia. En tanto organización que hacía de su lucha contra las direcciones burocráticas una de sus metas principales, era consecuente con el repudio y la condena del movimiento que consideraba creador de esas direcciones: “no hay posibilidad de formar los cuadros y los organismos que constituyen el germen del partido de la clase obrera, sin una lucha abierta o irreconciliable contra el peronismo, en el seno de las masas tanto como a nivel de la vanguardia.” Es decir, El Obrero asumía la necesidad de dar una batalla político frontal contra el peronismo en los sindicatos, sin eufemismos ni ambivalencias.

En este sentido, El Obrero enfrentaba también a la llamada “izquierda nacional”, y todas aquellas corrientes que reivindicaban que el peronismo le habríadado una experiencia de lucha a la clase obrera. Esto sería falso puesto que “ciertamente la clase obrera ha librado en los últimos veinticinco años numerosas luchas: pero ha sido a pesar de la ideología y la dirección peronista”.Así, la estrategia “entrista” en el peronismo constituía un obstáculo al “rompimiento con el peronismo de los elementos más lúcidos de la clase obrera”.Otra discusión interesante, por la actualidad que contiene, se planteaba conla idea de que la clase obrera era, y seguiría siendo, peronista.El Obrero rechazaba ese diagnóstico, señalando que:

“no cabe duda que la practica dará por tierra tarde o temprano con esta afirmación […] la clase obrera va entrando en contradicción con el peronismo […] pero para la ruptura completa con la ideología y la política burguesa, hace falta el surgimiento del elemento consciente, es decir, marxista-leninista.”

Nuevamente, aquí aflora otra diferencia sustancial: El Obrero no consideraba que la muerte del peronismo se diera de manera automática o natural. Por el contrario, debía mediar un proceso consciente que era tarea de la izquierda revolucionaria impulsar. Ello explica la crítica hacia quienes sostenían que “hay que acompañar a las masas en su proceso de toma de conciencia, dentro del peronismo.”En contraposición, El Obrero proponía para aquel contexto de ascenso de la conflictividad social una estrategia que tenía como objetivo la educación política de la clase obrera, “precisamente porque la perspectiva socialista científica no surge espontáneamente de las masas.”La delimitación respecto del espontaneismo trotskista, que llama a acompañar la experiencia de las masas, es muy clara aquí. El principal obstáculo, entonces, para la lucha sindical en particular, y para la construcción del partido revolucionario de la clase obrera en general, sería el peronismo y la clase que lo sustentaba, la burguesía nacional, que intentaba instalar la idea de la posibilidad de un “buen capitalismo”.

Enfrentar al peronismo

El lanzamiento del Gran Acuerdo Nacional, que estipulaba la convocatoria a elecciones para marzo de 1973, era caracterizado por El Obrero como un intento de la burguesía para crear expectativa en las masas y desviar su lucha.[7]La organizaciónpuntualizaba que Perónno volvíasino comorepresentante de la conciliación de clases para la preservación del capitalismo. Prueba de ello sería, por un lado, que “se ha dedicado a trenzar interminablemente con los políticos más reaccionarios y más desprestigiados”; por otro,la falta de democracia interna en el peronismo. De naturaleza burguesa, no podría conciliar su propia democratización, al nutrirse de una base que estaba compuesta mayoritariamente por su antagonista social: la clase obrera. En definitiva, para El Obrero el peronismo se encontraba en crisis, producto de su propio carácter de clase, en un momento en que la contradicción básica de la sociedad argentina tornaba imposible todo programa de conciliación.

Desde su visión, esto aceleraría el proceso de alejamiento de los obreros más conscientes, que debía ser profundizado por la izquierda, esclareciendo el verdadero carácter del peronismo.Otra vez, el partido como elemento consciente. En este sentido, El Obrero subrayaba que “en este momento el peronismo llamado revolucionario cumple un papel reaccionario, porque objetivamente coadyuva a mantener la clase obrera bajo una bandera y una conducción burguesas”al crear una imagen revolucionaria del peronismo capaz de retener dentro del movimiento a los sectores que se radicalizan. Es decir que “funcionan como cualquier ala de izquierda de partido burgués popular.” A ello El Obrero oponíala necesidad de combatir ideológicamente al peronismo en un momento de apogeo del mismo:

“debemos mantener y acentuar nuestra labor de esclarecimiento y denuncia del peronismo, aportando a la masa la mayor cantidad de material probatorio del carácter decididamente burgués del mismo, y librando sin concesiones una lucha política e ideológica para ganar a los elementos más esclarecidos, en particular de la juventud obrera. Naturalmente, a nivel de masas […] lo más fácil de captar es el carácter reaccionario de las propuestas políticas actuales a través de las cuales se expresa, en las cuales se materializa, el reaccionarismo del peronismo y de Perón. Por eso la agitación, los ejes de lucha a nivel masivo, deben centrarse allí mientras que es función de la propaganda comunista relacionar eso con todo lo que es el peronismo desde el punto de vista histórico, de clase, ideológica, etc.”

En este sentido,El Obrero reconocía que no operaba un pasaje automático entre la ruptura con el peronismo, y la aceptación del socialismo, sino que la “desperonización” era un proceso de ruptura ideológica todavía no resuelto, y del cual los revolucionarios tenían que tomar nota para promover su desenvolvimiento político.

La posibilidad de otra cosa

La experiencia de El Obrero que aquí hemos reconstruido, tanto en su caracterización del peronismo como en la forma en que planteaba su combate, singulariza a la organización en el amplio abanico de la izquierda setentista. Lo hace por varios motivos. En primer lugar, porque no construye una versión edulcorada de los primeros gobiernos del General. Como dijimos, su balance es esencialmente negativo y desnuda los verdaderos intereses de clase que representó. En segundo lugar, su defensa de una revolución plenamente socialista la alejó delas concesiones al nacionalismo propias de las diferentes variantes políticas que apostaban a la liberación nacional, y ello le evitó caer en reivindicaciones parciales en razón de la supuesta “autonomía nacional” que habría logrado el primer peronismo. Finalmente, y en una clara contraposición al espontaneismo trotskista, asumió como central la disputa por la conciencia, entendiendo que la ruptura de las masas con el peronismo no sería automática. De ese modo, se planteó una intervención cuyo eje fuera la denuncia del carácter burgués del peronismo, incluso cuando este gozaba de la adhesión de fracciones importantes de la clase obrera. En suma, la trayectoria de El Obrero muestra la posibilidad de construir otra cosa, por fuera de la izquierda que quedó y ha quedado presa del síndrome 17 de octubre. Lecciones políticas fundamentales para la lucha actual.


[1]Kabat, Marina: “El Partido Obrero y el peronismo: crítica de una delimitación a medias”, en: http://bit.ly/2UWUQuc y Harari, Fabián: “Atracción fatal. El Partido Obrero y sus caracterizaciones del kirchnerismo”, en: http://bit.ly/2GvkUT2

[2]Costilla, Ana: “Nadando contra la corriente”, en: http://bit.ly/2UyehUT

[3]El Obrero: Encuentro de la burguesía nacional con los reformistas argentinos, 1971.

[4]El Obrero: El programa de Sitrac-Sitram. Aportes para la discusión, 1971.

[5]El Obrero: Boletín para SMATA nº 6, 19 de octubre de 1970.

[6]El Obrero: El peronismo, esbozo de tesis, 1971.

[7]El Obrero: “El GAN: esa burla siniestra”, en El Obrero, N°1, 1972.

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