Una generación desnuda. A propósito del debate sobre la “nueva” generación de escritores argentinos

Por Rosana López Rodríguez – Sorprendentemente, el artículo que publiqué en Veintitrés1 sobre la “nueva narrativa argentina” causó un revuelo inesperado: el director del suplemento cultural del diario Perfil, Maximiliano Tomás, utilizó su “indelegable columna” para atacarme hasta el insulto.2 Siguió un intercambio bastante agrio en su blog con él y otros participantes, repercutiendo en otros sitios de internet. 3 El propio Martín Kohan se apersonó a la puerta del Centro Cultural de la Cooperación para comprar el diario en el que “lo criticaban”.4 No contento con su primera diatriba, Tomás continuó con el tema en una segunda “indelegable” columna a la semana siguiente.5 Por si faltaba poco, la andanada se completó con una respuesta, también en Veintitrés, de Elsa Drucaroff, igualmente agresiva e insultante. A poco de armado el escándalo, supongo que casualmente, una mesa redonda reunió a varios de los implicados en el debate, con la finalidad de examinar a la “joven” guardia.6 No importa tanto responder a los agravios, ni siquiera a los argumentos (prácticamente inexistentes) vertidos en la polémica, como tratar de entender el motivo de la violencia inusitada que caracterizó a mis críticos, en general cargados de prejuicios sobre una “licenciada trotskista” y “piquetera”.

La esencia del debate

Aunque le sonará conocido, porque desde hace tres años venimos haciendo el balance de la “nueva generación” de la literatura argentina en estas páginas, es necesario recordarle al lector de El Aromo lo dicho en Veintitrés: los “jóvenes” escritores (Florencia Abbate, Washington Cucurto, Gonzalo Garcés, Juan Terranova, entre otros) y los no tanto (Martín Kohan, Leopoldo Brizuela) no atrapan al gran público porque escriben desde la derecha. Evidentemente, nos referimos al público que puede consumir novelas de autores poco conocidos. Es decir, lectores con voluntad de lectura activa, cultos y con dinero para comprar más allá del circuito del saldo. Es decir, lectores pequeño-burgueses, como mínimo. ¿Qué le interesa a ese público hoy? Basta con ver qué consume: Montecristo y Felipe Pigna. En conclusión, si la “nueva narrativa” estuviera a la altura política de su público, no habría motivo para no aspirar a largas tiradas: a la remake de Alejandro Dumas la siguen varios millones de espectadores, mientras al historiador kirchnerista le han comprado dos millones de ejemplares de sus “mitos” y su tercer tomo vendió más de 60.000 copias en una sola semana. La conclusión necesaria es que esta “joven generación” está un paso atrás de la realidad que quiere representar en sus ficciones.7 Es decir, que está a la derecha de su público.8 Esta es la simple verdad que los implicados no quieren aceptar.

Perfil de un director “cultural”

En su primera “indelegable” columna, Tomás me acusa de desconocer a los escritores de los que hablo. Cuestionando mis dichos, a renglón seguido se pregunta si “existe tal generación” de jóvenes narradores, no recordando, al parecer, el título de su propia compilación de los autores mencionados, La joven guardia. Nueva narrativa argentina… Concede que tal vez sí exista eso que él mismo compiló, pero me objeta que incluya allí a quienes no corresponde, al afirmar que dichos autores están separados por “tiempos históricos completamente distintos”. El lector se preguntará si yo mezclo a Washington Cucurto con Borges, Cané y Mansilla, o a Fenimore Cooper y Naguib Mafouz, en una ensalada fabulosa. Pero no. Los autores que yo reúno son los mismos reunidos por Tomás y todos tienen menos de 35 años. El escándalo sobreviene cuando incluyo en la lista a Martín Kohan, que tiene 39… Todos han vivido en la Argentina y sufrido sus avatares, de modo que decir que Kohan, por cuatro años, vivió otro tiempo histórico es, lo menos, un disparate. Pero no importa, si lo sacamos de la cuenta, la conclusión se refuerza porque es el más político de todos y el que más vendió. Tomás continúa preguntándose si calidad literaria se mide por niveles de venta, cuestión absurda no planteada por mí ni por nadie, aunque Kohan parece insinuarlo en Oliverio: venden poco porque escriben mal.9 No será la primera vez que Tomás tire la pelota afuera o embarre la cancha con acusaciones que demuestran que no sabe o no quiere leer bien. Como cuando me pregunta, retóricamente, si se puede escribir sin hacer política, como si yo hubiera sostenido que la “joven guardia” fuera apolítica, cuando mi artículo dice exactamente lo contrario: los nuevos escritores hacen una política “rabiosamente conservadora”. Pretende desmentir esta caracterización (que, sin embargo, el mismo niega que yo haya hecho) apelando al ejemplo de Cucurto (de cuya novela, Cosa de negros, digo que es una burla de la vida proletaria), que vive en Constitución y tiene un microemprendimiento que da trabajo a cartoneros, como si la localidad o las buenas intenciones de un autor hablaran de su conciencia de clase. Eso se llama materialismo vulgar. Según Tomás, yo debería respaldar con “contraargumentos” (sic) que la “literatura no es un pasatiempo” y reconocer que el público no lee a Walsh, Conti y Cortázar sino a Laura Restrepo, Isabel Allende y Mario Vargas Llosa. Dejemos el primer punto a un lado porque no merece la pena y vayamos al segundo: puede que los “setentistas” no encabecen listas de best sellers, pero basta ir a cualquier librería de calle Corrientes para encontrar decenas de ediciones de sus libros, que se reeditan permanentemente y se exponen con generosidad en las mesas. ¿Las editoriales y los libreros harán esas inversiones por amor al arte o será que esos autores se venden? Por otra parte, que populistas como Allende y Restrepo sean muy leídas va a favor de mi argumento: todo populista está a la izquierda de cualquier conservador. Con respecto a Vargas Llosa, lo mismo: cualquier escritor que crea y defienda la acción política está a la izquierda de quien niega la política, aunque la haga. El remate de la crítica llega cuando Tomás tipea en el Google mi nombre y se entera que nuestra organización afirma que “la única clase que puede producir arte es la clase obrera, porque es la única que está en movimiento”. Si se hubiera preocupado por seguir nuestro argumento, se encontraría con las razones por las cuales defendemos esas palabras: el arte es una de las formas del conocimiento humano. En su desarrollo, una clase progresiva, es decir, que busca la transformación del mundo, como la burguesía en su momento, crea conocimiento, hace ciencia y arte. Llegada al poder, defender el statu quo es su desesperación. El conocimiento humano, como ciencia y como arte, cesa de avanzar. Basta recordar que todas las vanguardias estéticas del siglo XX estuvieron del lado de la crítica de la sociedad existente y no en su defensa, aunque luego se resolvieran en su contrario. El arte, como la ciencia, sólo avanza cuando la sociedad avanza. La pequeña burguesía, que pasó de defender el estado de sitio contra los saqueos bajo el alfonsinismo, a subordinarse al movimiento piquetero, se movió. Sus artistas no lo hicieron, porque estaban mirando para otro lado. El rápido reflujo del movimiento no les dio tiempo a reacomodarse, quedando por completo desfasados. Quizás el mejor ejemplo lo constituye una de las más conocidas figuras de la “joven guardia”, Florencia Abbate: presenció los prolegómenos del Argentinazo estando becada en Canadá, según sus propias declaraciones, sacando fotos a los ciervos y enviándolas por mail a sus amigas. Cayó en la cuenta de que algo importante pasaba cuando, ya en Buenos Aires y encerrada para escribir una monografía sobre Dante, vio a su propia madre por televisión golpeando una cacerola frente a la casa de Cavallo…

En su segunda “indelegable” columna, el director del suplemento cultural de Perfil, cuestiona que la literatura pueda servir para cambiar el mundo. Obviamente, con el materialismo vulgar que parece caracterizarlo, pretende probar que un libro “no cambia el mundo”, citando al mismísimo Walsh. El problema es absurdo en sí: nunca dije que un libro cambiara el mundo, porque es simplemente una tontería. Supondría un idealismo ridículo. Pero, como señala Marx, las ideas, cuando son tomadas por las masas, se transforman en fuerza de masas, que es el instrumento básico del cambio social. No sólo cita mal a Walsh, como luego hará con Berni, sino que desconoce por completo el lugar de la lucha ideológica en la lucha en general. Dudosamente alguien crea que la aparición de Operación Masacre provocó un cambio inmediato en la situación e incluso, que haya obligado a encarcelar a los ejecutores. Pero de allí a decir que no tuvo ningún efecto, hay un universo de distancia. Creer que la revelación de esos hechos no generó ninguna emoción, no indignó a nadie, no movilizó a ninguno, no se corresponde con la realidad: el propio Walsh pasó, con ese mismo libro, del gorilismo más ramplón al peronismo más combativo. Todos sus libros fueron escritos con esa vocación que él mismo les reconocía:

“Este libro fue inicialmente una serie de notas publicadas en el semanario CGT a mediados de 1968. Desempeñó cierto papel, que no exagero, en la batalla entablada por la CGT rebelde contra el vandorismo. Su tema superficial es la muerte del simpático matón y capitalista de juego que se llamó Rosendo García, su tema profundo es el drama del sindicalismo peronista a partir de 1955, sus destinatarios naturales son los trabajadores de mi país.”10

Tomás, que quiere defender una idea indefendible, no tiene mejor idea, valga la redundancia, que apoyarse en los que debe considerar sus grandes filósofos de cabecera: Damián Tabarosky y el crítico de cine Quintín… Quintín, comentando Fuerza Aérea, de Piñeiro, el artículo citado en su defensa por Tomás, no dice que el arte tenga o no utilidad para “cambiar el mundo”, sino que el “mensaje” no debe imponerse al hecho estético. No obstante, concluye que “la moral del cine es contraria al proselitismo”. Bien: Eisenstein se revuelve en su tumba. En este punto, luego de haber afirmado que todo es política en su artículo anterior, Tomás recula y coincidiendo con sus filósofos de cabecera niega toda relación. Para peor, cita a Berni, el más social y político de los pintores argentinos, malinterpretando sus dichos: “si hay arte no hay pancarta” no quiere decir que no hay política.

Este es el acerbo intelectual de la persona que dirige el suplemento cultural de Perfi l, que parece no haber leído ya no a Marx, ya no a Sartre, Althusser, Gramsci, Bourdieu, ni siquiera a Viñas o a Sarlo, por dar ejemplos que debería conocer. Lo peor es que en su presentación a la compilación de La joven guardia, el mismísimo Tomás reconoce que todos sus integrantes fueron forjados por la experiencia del Argentinazo y buscaron representarla… Parece que desconoce lo que él mismo dice. Difícil, entonces, que entienda lo que dicen otros.11

El peor sordo…

Dice el dicho popular que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Podríase decir también, que no hay peor lector que el que no quiere leer. Elsa Drucaroff tipifi ca una de las constantes en la polémica: hacerme cargo de cosas que no he dicho. Tal maniobra expresa en realidad los prejuicios ideológicos de los críticos, las anteojeras con las cuales inventan una realidad que no existe o la libertad con la que niegan sus propios dichos. Drucaroff inicia su respuesta señalando que yo afi rmo que los “jóvenes” se sienten liberados de toda preocupación política. No, son ellos mismos los que afi rman tales cosas.12 Peor aún: no recuerda que ella misma lo ha sostenido como un rasgo positivo de la “nueva” narrativa… 13 Otro ejemplo de esta maniobra tan poco feliz es aquél en el que me adjudica oponer la forma al contenido, afi rmación que no fi gura en ningún lado, porque no hace falta: ninguno de los “nuevos” son revolucionarios ni por el contenido ni por la forma. En particular, formalmente hablando, no muestran la menor audacia, como no sea refritar Boquitas pintadas o La traición de Rita Hayworth. Obviamente, de Rayuela ni hablar… Drucaroff, tal vez para levantar el nivel, en vez de apoyarse en Tabarosky o Quintín, esgrime a Bajtín y Adorno,14 pero se trata de pura cháchara para desviar el eje de la discusión: ¿los escritores de la nueva generación están a la derecha o a la izquierda de su público? A eso debe responder. Por la misma razón, la apelación a Trotsky tiene el mismo grado de arbitrariedad: no se discute aquí si los escritores y los artistas en general debieran tener la mayor libertad posible para escribir. Se discute por qué el público no los lee. Otra vez, una cortina de humo de cultura superfi cial para impresionar a los neófi tos y a los principiantes…

Cuando Drucaroff ya no puede eludir la pregunta, esboza como respuesta hechos absurdos: parece ahora que Pizarnik es una escritora de masas… Peor: parece que también Guillermo Martínez es un escritor de masas, logro alcanzado con una novela policial que se permite lo imposible (según lo afi rmado por Drucaroff renglones más arriba): “eludir la realidad social”. Sobre Cortázar y su pasión revolucionaria, cuyo desarrollo puede seguirse a través de sus obras, basta remitirse a dos opiniones complemente opuestas dentro del campo de la izquierda, Liliana Heker y Enrique Gorriarán Merlo. 15 Creer que Cortázar es un escritor reaccionario y que el público lo considera así por “Casa tomada”, es decir lo mismo de Walsh por sus primeros textos en los que elogia a la Revolución Libertadora. Lo importante no es tomar un dato aislado, sino observar el proceso vital y, sobre todo, el lugar que el personaje termina ocupando en el imaginario social y al que quiso llegar. No contenta con esta maniobra, Drucaroff niega que El grito termine con una reivindicación de la vida privada frente a la lucha social. Audaz, compara la novela de Abbate con el cuento de Cortázar y, por si fuera poco, a Cucurto con “Las puertas del cielo”. Mientras el autor de Cosa de negros simplemente se burla de la vida proletaria, en el cuento de Cortázar asistimos a la crisis de conciencia del pequeño burgués azotado por la lucha de clases, aprisionado entre sus prejuicios y una realidad que se los cuestiona. Mientras la novela de Cucurto es una simple reivindicación populista y reaccionaria de la mitología burguesa sobre el peronismo, el cuento de Cortázar es un documento del proceso social que describe el pasaje, pleno de contradicciones, de una fracción de la pequeña burguesía intelectual del liberalismo de Sur al socialismo de los ’70. Para rematar, Drucaroff niega, sin explicar nada, que Montecristo, la novela de Echarri, sea sobre un “desaparecido que vuelve para vengarse”. La persona que me acusa de ignorante y soberbia es la misma que, con esta afi rmación, pretende hacernos creer que el mundo ha vivido equivocado hasta que su palabra iluminadora salió a la calle de la mano de Veintitrés. Será por eso que, leído su artículo por los millones de televidentes de Montecristo, Tinelli ha logrado recuperar el primer puesto, gracias a los espectadores desencantados que, a instancias de Drucaroff, ahora saben que han sido engañados… Puede que el público sea tonto, como muchos de la “nueva” generación creen, pero habría que explicárselo a los autores, a los organismos de DDHH y a todos los que entrevistaron o escribieron sobre el tema.16 Por supuesto, también habría que explicárselo a todos los que fueron a Abuelas, estimulados a conocer su identidad por la telenovela…

Drucaroff es uno de los tantos “intelectuales” que parece haber comprado el verso del posmodernismo. Cree que es una “condición” de nuestro tiempo, cuando en realidad, se trata de una maniobra ideológica construida por el imperialismo en los años ’80 para completar la derrota militar de la vanguardia revolucionaria. Drucaroff y otros como ella, consciente o inconscientemente, continúan con esa tarea. Debiera dejar de ladrar, haciéndonos saber que cabalgamos, y probar que Dos veces junio no es una novela reaccionaria. Y, por supuesto, dejar de comparar a escritores de muy distinta talla: confundir el carácter propositivo de la obra de Shakespeare (que termina siempre con “moraleja”, es decir, pedagógicamente) con el cinismo de los personajes de Kazumi Stahl, ¿no será mucho?

¿Por qué semejante enojo?

En este debate, ni Tomás ni Drucaroff, ni ninguno de los demás, son participantes desinteresados. En el caso del primero, su inquina parece brotar de sentirse “interpelado” porque los autores que yo critico fueron editados por él en la compilación ya mencionada. En los otros, las razones son aun más obvias. Es un fenómeno perfectamente explicable. Cada tanto, en la vida cultural, un grupo de intelectuales tiene necesidad de rebeldía, porque necesita desplazar a quienes ocupan los lugares institucionales, culturales o económicos que desea. Esa es la razón por la cual, recurrentemente, suelen formarse “cooperativas” de intelectuales que la emprenden contra las “viejas” generaciones.17 Situaciones de este tipo, completamente entendibles e inobjetables como tales, son muy comunes y Drucaroff las conoce bien porque relata una de ellas en su libro sobre Arlt18 y porque ella misma es una de las principales promotoras de la “nueva” generación, en la que parece incluirse aunque la edad la inhabilitaría, según Tomás.19 Los argumentos con los cuales los “jóvenes” justifican su parricidio, pueden ser del más variado tipo, sinceros o no, conscientes o no. Poco importa. El problema radica en que la “joven generación” es en realidad una generación vieja: social y políticamente están muy atrás de los “setentistas”, es decir, de sus “abuelos”. Más cercana al derechismo de Sur, la “nueva narrativa” todavía no llegó a Contorno. El enojo es, entonces, comprensible: antes de alcanzar el trono, ya alguien se dio cuenta de la desnudez del aspirante al cargo…


Notas

1“A la derecha de Montecristo”, en Veintitrés, 28 de setiembre de 2006
2“A la izquierda de la estupidez”, en Perfil, domingo 1° de octubre de 2006
3Véase la “polémica” en tomashotel.blogspot.com (ahora en www.tomashotel.wordpress.com).
4Se trata de mi artículo “Todos y ninguno”, en El Aromo, n° 30, donde se critica Dos veces junio, de su autoría.
5“Sobre los límites de la literatura”, en Perfil, domingo 8 de octubre de 2006
6Se trata de la mesa “¿Qué hay de nuevo, viejo?”, con Daniel Link, Rodolfo Fogwill, Martín Kohan y Sebastián Hernaiz, coordinada por Damián Tabarovsky el 15/11 en el auditorio del MALBA.
7Nótese que no somos los únicos que opinamos de esta manera. Véase al respecto de Vicente Muleiro “¿Qué hay de nuevo viejo?” (en Ñ 164, 18/11/06), en relación a la literatura, y “Hora de mostrar el lado oscuro”, de Jorge Carnevale (en Ñ, 163, 11/11/06). En la misma veta y el mismo número de Ñ, ver de Jorge Aulicino, “Acerca de petardismos que no ofenden a nadie. El artefacto Fogwill”.
8No se trata, sin embargo, de una simple deducción, sino de la conclusión del análisis de las obras de los autores mencionados. Véase López Rodriguez, Rosana: “Un dinosaurio para Susana. Acerca de El bailarín de tango, de Juan Terranova” en El Aromo, Año III, Nº 20, Junio de 2005; López, Mara: “Un realismo contemplativo. Acerca de la “nueva” narrativa argentina” en El Aromo, n º 19, Mayo de 2005; López Rodríguez, Rosana: “La fiesta inolvidable” en El Aromo, n º 19, Mayo de 2005; López Rodriguez, Rosana: “Un “ignorante” de derecha”, en: El Aromo, nº 15, Octubre de 2004; López, Mara: “Bambi a la cacerola”, en: El Aromo, nº 15, octubre de 2004; López Rodriguez, Rosana: “Mirando para otro lado”, en: El Aromo, nº 14, septiembre de 2004.
9Véase Oliverio, n° 12, 2005/6
10Walsh, Rodolfo: ¿Quién mató a Rosendo?, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1987, p. 7. La primera edición es de 1969.
11Véase entrevista a Tomás en Clarín.com
12Véase en el número ya citado de Oliverio, entre otras, las opiniones de Diego Golombek y Carlos Gamerro o la afirmación de Cucurto según la cual él escribe para su mamá…
13Véase Ñ, n° 21, 15/5/04
14Dejemos de lado, por ahora, que el Adorno de Drucaroff sostiene afirmaciones absurdas: si toda obra de arte es revolucionaria, ninguna lo es, sencillamente porque para que alguna lo sea, otras debieran no serlo…
15Heker, Liliana: Las hermanas de Shakespeare, Alfaguara, Buenos Aires, 1999 y Gorriarán Merlo, Enrique: Memorias, Planeta, Buenos Aires, 2003
16Véase nuestro artículo sobre Montecristo en este mismo número.
17El intento de “crear” una nueva generación de escritores no es exclusivo de Tomás ni de Drucaroff. Ya Sergio Olguín lo había llevado adelante en La selección argentina, Tusquets, Buenos Aires, 2000.
18Cfr. Arlt, profeta del miedo, Catálogos, Buenos Aires, 1998. Sobre este texto, véase nuestra crítica en “El origen del canon”, en Razón y Revolución, n° 14, invierno de 2005
19Ver la carta en la que parece proponerse como eje de reagrupamiento de los escritores argentinos… http://valleyoftears.blogspot.com/2006/04/cartaabierta-de-elsa-drucaroff-la.html

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