Un dinosaurio para Susana.

Acerca de El bailarín de tango,  de Juan Terranova.

Por Rosana López Rodriguez.

Grupo de Investigación de la Literatura Popular – CEICS y autora de La Herencia. Cuentos Piqueteros.

Continuando con la crítica de la nueva narrativa argentina escrita por jóvenes, iniciada el año pasado, otra vez nos ocuparemos de un texto de Juan Terranova, autor de quien ya hemos analizado el poema “El ignorante” en nuestro nº 15. Tomamos ahora la novela El bailarín de tango (Ediciones del Dragón, 2003). Allí, las voces de dos mujeres construyen el texto bajo la forma de diálogo: se reproducen las conversaciones telefónicas de Tamara, soltera, empleada de oficina, aficionada al tango y que en ese ambiente nocturno consigue un amante (el bailarín del título) y Micaela, casada y que tiene por costumbre leer las novedades de la crónica policial. Tamara aprovecha para llamar (cada vez que puede) por teléfono, desde su trabajo, a Micaela para contarle sus experiencias noctámbulas, mientras la otra le lee las noticias más violentas que ha encontrado. Las experiencias de una y la lectura de la otra son objeto de los más ridículos comentarios por parte de ambas. Al leer la novela, se recuerda la escritura de Manuel Puig en Boquitas pintadas o La traición de Rita Hayworth. Ahora bien, salvemos las distancias y veamos las diferencias.
En la primera novela de Puig mencionada, el discurso no es estrictamente un diálogo, sino que está escrita bajo la forma epistolar (aunque las cartas “dialogan” entre sí); en la segunda novela, ya predomina el diálogo. Sin embargo, las historias de Puig construyen una parodia del discurso sentimental del folletín, de las novelas por entregas. Esto quiere decir que, por un lado, representan un homenaje al género y por otro, su clausura. El pensamiento y la forma de expresarse de un pueblo de la provincia de Buenos Aires de mediados del siglo XX, son valorados y a su vez, cuestionados: vale decir, esa misma adoración por las divas del cine que se muestra en el foco narrativo, es también objeto de vulgarización por parte de la mayoría de los receptores intratextuales. Puig valora la influencia de las figuras femeninas convertidas en íconos del cine internacional y deplora que la recepción provinciana de esas mismas figuras se convierta en algo vulgar. Allí radica la caracterización del texto como parodia del género sentimental.
La novela de Terranova ni es un homenaje al género ni es una reivindicación de figuras femeninas rescatables, aunque más no sea por “glamorosas”. El modelo de estas mujeres es la parodia vulgarizada de las divas de Hollywood, cuyo paradigma autóctono es Susana Giménez. Veamos algunos ejemplos: Micaela y Tamara desconocen tanto la ubicación (hasta la existencia, diríamos, dada su sorpresa) de la ciudad de Bucarest e inclusive, de Rafael Calzada (sic). Asimismo, se asombran de que los estibadores de Santa Fe hayan amenazado con comerse un caballo, porque “un gato vaya y pase”, “pero un caballo es otra cosa”. “¿Cómo cocinás un caballo a la parrilla?”, interroga asombrada una de ellas. Seguramente que vivo, no. Y mucho menos, entero. Micaela no sabe el significado de la palabra “filatelista” y cree que a Gardel le decían (y le dicen) “el Mudo” porque “era mudo”. Tamara acusa a Micaela de no entenderla, porque no sabe todo lo que se aprende bailando tango y Micaela acusa a Tamara de desconocer el mundo, porque no lee los policiales del diario. Las dos viven en mundos virtuales, de palabras, pero además completamente restringidos, pequeños. Esa experiencia de la vida sólo puede producir ignorancia. Son dos ignorantes, una por incauta (Tamara) y la otra por vivir pendiente de la sangre del diario. Estas mujeres tienen dos obsesiones frívolas y decadentes: el tango (el sexo) y las noticias policiales (el morbo). Ninguna de las dos hace nada, aunque cuentan mucho, en especial la bailarina de tango: habida cuenta de que no hay voz narradora que muestre distancia con sus personajes (el texto no es irónico, ni crítico), nunca sabremos efectivamente cuánto de lo que dice haber hecho, hizo en “realidad”.
Si (como afirma la contratapa del texto) la novela “retrata […] cierto espacio femenino actual” el juicio de valor de un narrador debiera estar presente. Decimos “debiera” porque (aunque sólo fuera la representación de una parte de ese “cierto espacio”) no hacer valoraciones críticas de personajes y episodios como estos ya de por sí significa algo. Significa que el autor ignora que gran parte de las mujeres argentinas actuales tienen otros problemas en la cabeza, más importantes, más acuciantes; que desconoce otro mundo que el propio, porque retrata a la perfección el universo degradado de algunas mujeres pequeño burguesas y burguesas. Por esa razón, el narrador no existe; por eso, nada dice al respecto. Las vidas virtuales-dialogales de estas mujeres no forman parte del mundo del movimiento, ése que viven todas esas otras mujeres que se sentirían ofendidas si leyeran esta novela. Se objetará que mostrar la vida superficial de mujeres tontas no es necesariamente machismo, porque las mujeres tontas existen. Pero el tópico ya aburre por repetido y se encuentra incluso a la derecha de Ricos y mocosos (donde también los varones son blancos del ridículo) y de Zoolander, donde la vida banal de los modelos es ejemplificada con hombres y la inteligencia con mujeres. Pero lo peor de todo, es que significa también que el autor considera válido tomar a risa los resultados de una experiencia vacía de sentido, que no viene en los genes, ni es asumida por nadie alegremente sin que medien la alienación y la opresión propias de una sociedad desalmada y patriarcal.
Una última consecuencia de la construcción de El bailarín de tango exclusivamente como diálogo, es la concepción del mundo como discurso: todo es virtual, cualquier cosa puede ser dicha impunemente y nada tendrá consecuencias. En el único episodio explícitamente político del que Tamara y Micaela hablan, repiten la misma idea con respecto a los años ’70 y a los desaparecidos, que ya comentáramos en ocasión de criticar “El ignorante”. Se refieren a una compañera del secundario, profesora en la universidad, Martina. Dicen que mientras daba clase habló de un escritor desaparecido, cuando se levantó un alumno que con actitud soberbia le dijo: “Yo me cago en los desaparecidos”. Después de la sorpresa inicial y de que el alumno en cuestión repitiera la frase, Martina se desmayó. Los compañeros corrieron para pegarle al provocador y Martina resultó llena de moretones. “-Claro, de la caída.”, intenta aclararse para sí Micaela. “Sí, de la caída, pero también de los hijos de puta que le pasaron por arriba para ir a pelearse con el otro”, obtiene como respuesta. Estamos de nuevo frente a la acusación que figura en el poema ya comentado: aquellos que dicen defenderte, en realidad te traicionan, te atacan, te destruyen. En suma, la izquierda autoritaria, dogmática, cerrada, inclusive consigo misma, es un conjunto de traidores. La violencia de la izquierda vuelta contra sí misma, un remedo lamentable del discurso procesista.
Esta “nueva” literatura, que desde el punto de vista estético no tiene nada de novedad, sino que es más bien un refrito de una parodia; cuya estrategia de construcción es una manifestación posmoderna y deconstructivista, constituye la representación más cabal de la burguesía en el momento de su inmovilidad social y de su decadencia simbólica. Machismo y repetición, estancamiento y patriarcado, lo que estaba todavía vivo en Puig, se ha extinguido por completo en Terranova. Tal vez por eso lo veamos, algún día, en el programa de Susana…

 

 

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