Tres primaveras y ninguna flor – Por Fabián Harari

M7CAF00ZPor Fabián Harari (Editor Responsable)

Hugo Moyano se podría haber callado. Podría habérselo mandado a decir a otro. Pero no, quiso pasar por estadista y advirtió públicamente lo que había que hacer. Consultado por la unidad de la CGT, fue más allá: “El futuro gobierno que venga [sic] necesita el respaldo de toda la sociedad, porque va a tener que producir ajustes muy duros”.

El asunto no es la “traición” moyanista, sino que se está advirtiendo la conformación de una nueva relación de fuerzas para el 2015 (o, más precisamente, 2016). Una configuración que coloca al conjunto de la burguesía en disposición de combate contra las condiciones logradas por la clase obrera y la pequeño burguesía. El objetivo político de ese ataque no será otro que la izquierda, centralmente, y aquellas organizaciones sindicales más reformistas (CTA-Micheli), en segunda instancia.

Esa nueva configuración aparece esbozada y determinada por la disciplina fiscal acordada con Chevron (que no obedece a una “colonización”, sino a un reclamo de cualquier capital local de cierta envergadura) y por el crecimiento del monto del reclamo “buitre”, que se incrementa con la incorporación de los me too que, como anticipamos en la editorial anterior, son el verdadero obstáculo a una negociación rápida. El Gobierno ya anunció que va a negociar.

La cuestión es que el PJ, por ahora, no quiere entregar una bomba: gane Scioli o Massa, ellos van a gobernar. Porque el que gana, si tiene plata, ordena el partido a imagen y semejanza. Ya sucedió con Alfonsín, Menem y Kirchner. Por eso, de nada le vale a La Cámpora intentar “cercar” a Scioli con diputados o hasta con un vice: si gana (y hay plata), el PJ se rearma. Ese es el motivo por el cual Cristina aspira a una victoria macrista: prefiere un gobierno sin aparato y un aparato sin gobierno. Sin el poder y sin los recursos concentrados, el justicialismo todavía podrá ser un espacio de disputa.

Este es el elemento “peligroso” de la crisis: el rearme material y moral de la burguesía y el paso a la ofensiva, que va a tener a la izquierda como blanco. En los próximos años, se va a jugar todo lo conquistado en el Argentinazo.

Pero hay un elemento de “oportunidad”: la ausencia de un elemento reformista o autonomista de peso, que conspire contra la estrategia revolucionaria en la clase obrera. Esta orfandad electoral de la centroizquierda es la expresión del poco peso social del reformismo en el movimiento de masas. En los ’70, había que disputar a las masas en lucha con organizaciones como Montoneros. En los ’90, con el Frente Grande. En el 2001, Zamora y las diversas formas de autonomismo (MTD). Hoy eso no está. Eso no quiere decir que las masas no porten una conciencia burguesa, sino que esas organizaciones han perdido gran parte de su peso en la lucha real de las fracciones más dinámicas. Resaltamos: de las fracciones más dinámicas. Y tampoco quiere decir que eso que no está no pueda volver a instalarse. Pero hay que entenderlo en un sentido histórico: hoy, a diferencia de otros procesos, la izquierda corre con ventaja. No tiene que ir a lo que otros armaron. Y ese es un mérito.

Estamos, entonces, ante un peligro tan importante como el tamaño de la oportunidad. ¿Cómo se están preparando las principales organizaciones revolucionarias? De la peor forma: navegando entre el apuro electoral y la disputa facciosa…

El espíritu de círculo y la conciencia de clase

La diferencia entre lo que se llama “facción” y “partido” no es reciente. “Facción” viene del vocablo latín factio, que remite a “hacer”. Se designaba así a los tumultos y a los grupos circunstanciales en disputa. Heródoto las llamaba “enemistades personales” propias de una oligarquía, en donde, ante la igualdad de intereses, “cada uno quiere ser el jefe”, y las oponía al espíritu del “pueblo”. Una facción es una agrupación que privilegia la disputa nominal (personal o administrativa), en ausencia o en reemplazo de un combate programático o estratégico.

El partido, en cambio, alude a la parte. La parte de una sociedad. Esa parte, como partido, busca proyectarse y organizar al conjunto. Mientras la facción privilegia un espíritu acotado a intereses individuales o de pequeños grupos, el partido desarrolla un espíritu social e histórico, mediado por una conciencia de clase.

En el trotskismo argentino, a diferencia de lo que se declama, predomina una dinámica facciosa que impide una construcción partidaria real. No decimos que el elemento partidario sea nulo, sino que está subsumido a la facción. Sin diferencias programáticas ni estratégicas serias, se mantienen tres estructuras separadas. Proclamando la unidad, se realizan tres congresos separados. Uno de ellos, sincerado como acto puramente partidario y propio. El objetivo: simplemente colocarse en una posición de fuerza para la discusión de candidaturas.

Izquierda Socialista no escarmentó con el encuentro de Atlanta y fue por más. En Platense, se repitió la vergonzante búsqueda de alianzas con grupos contrarios al FIT y, para colmo, minúsculos, como el “Perro” Santillán y el Frente Darío Santillán. Un encuentro donde se repudió la construcción política, incluso explícitamente en varias intervenciones. Una reunión cuyo documento no hace alusión no ya al FIT o al Socialismo, sino que ni siquiera se señala la naturaleza burguesa del Gobierno. ¿Estarán esperando que Micheli o Moyano se suscriban? De todos modos, el resultado de ese encuentro “amplio”, fue la asistencia de 650 personas (contadas). Un fracaso que IS no tardó en enterrar.

El PTS tuvo una actitud oscilante entre el centrismo de IS y el sectarismo más abierto. Primero llamó a ir a Atlanta y se negó a que sea el FIT el que actuara como convocante. ¿Por qué? Porque dejaba afuera al “Perro”. Es decir, se priorizaba una corriente minoritaria al desarrollo de una propuesta que había logrado millones de votos a nivel nacional. Eso sí, el PTS dice que eso “fortalece” al FIT…

Los compañeros decían que con el “Perro” solo se realizaba un acuerdo “sindical”. ¿Para eso un encuentro? Un encuentro debe tener la función de una proyección política de la acción sindical. Caso contrario, se convierte en un espacio vacío. El desarrollo de la lucha de clases mostró lo que podía dar ese tipo de acuerdos y el PTS se retiró rápido. Acto seguido, reprochó al PO en la tarea de organizar un congreso en soledad y levantó la apuesta: le propuso convocar un “encuentro de sectores combativos” para ir “fortaleciendo al Frente de Izquierda para la gran batalla política que tendremos planteada con las elecciones del año que viene”. Queda claro para qué sirve el FIT y cuál es la “batalla política” que tienen en mente los compañeros. Cuando el PO los invitó, se desdijeron y plantearon que no podían asistir porque no estaban de acuerdo con la consigna “por un gobierno de trabajadores”, ya que no todos los obreros podían acordar. Eso sí, organizaron un acto donde las consignas no solo aluden al Socialismo, sino a la militancia partidaria en el PTS.

El PO comienza explicando que la clase obrera se encuentra en un “reflujo relativo” para luego asegurar el “crecimiento del activismo combativo y el desarrollo político de la izquierda revolucionaria”. Bien… Ante este escenario (¿cuál?), se propone el Frente Único al resto de la izquierda “sobre la base de una estrategia política común”. En realidad, el FU es una táctica del partido revolucionario con el conjunto de la clase, mediado por el acuerdo con todos los partidos con base obrera, para la defensa de la organización material elemental: locales y vidas. Un frente, cualquiera sea, se aplica entre partidos que tienen estrategias diferentes (no digamos ya programas). Una estrategia común no amerita un frente, amerita un Partido Único.

Ante la crisis del FIT, el PO propone que “el Congreso del Luna Park apunta también a combatir esta tendencia disolvente, mediante un pronunciamiento numérico significativo”. Es decir, la idea de realizar un congreso por separado tenía el objetivo de hacer una demostración de fuerza en la disputa por la dirección. Ahora bien, ¿la dirección de qué? La respuesta está en el primer punto de la resolución política del Congreso del Luna Park: “El Congreso se pronuncia por la defensa del Frente de Izquierda, como canal político-electoral”. En el segundo punto se propone la “organización de mesas regionales y comités de apoyo para impulsar la campaña electoral […] El Congreso apoya la candidatura de Jorge Altamira”. Tanta discusión para esto…

Esas 7.500 personas en el Luna Park fueron una demostración de fuerza política hacia el resto de la izquierda, no todavía de una fuerza social. Queda confirmado que la izquierda “sectaria” y “ortodoxa”, según expresiones de gente como el “Perro” o el Frente Darío Santillán, tiene más convocatoria que las intenciones de “amplitud”. Pero queda mucho por hacer.

La izquierda trotskista constituye, lo quiera o no, un solo partido. Hay una unidad de intereses representados, expresada en un programa y una estrategia común. Las rencillas tácticas son, incluso, ocasionales y raramente siguen un patrón común. Ese partido existe, pero está en un estado embrionario y la lucha facciosa lo mantiene en ese lugar. Un Partido permitiría procesar y saldar mucho más rápida y organizadamente los enfrentamientos que dicen tener, no solo porque la discusión sería ineludible, precisa y finita (hay que actuar), sino porque permitiría la incorporación de amplias capas de la clase obrera, cuya dirección saldaría varias disputas meramente tácticas.

Los tres partidos conciben el frente solamente como escenario de alianza electoral. Nadie ha propuesto un congreso de discusión político-programática. Se cree (o se argumenta) muy equivocadamente, que la unificación requiere un proceso de “abajo hacia arriba”, cuando es al revés: una dirección política unificada puede brindar una acción más organizada y eficiente en todos los frentes. La formación de un partido es una responsabilidad de los dirigentes y no se le puede pasar el problema a las bases.

La lucha de camarillas no se explica por cuestiones psicológicas. El espíritu de círculo tiene un fundamento material en estructuras, periódicos, puestos directivos, rentas, locales y toda una serie de construcciones sindicales y políticas que han llevado años y se identifican con cierta nomenclatura. Es un fundamento material. “Mezquino”, sí, pero existente. Y es el fruto, también, de cierto desarrollo. El problema es que a ese interés de camarilla, se le debe oponer otro interés. Porque el tiempo no alcanza y, en algún momento, hay que saltar por encima de las propias limitaciones materiales y morales. El llamado a un próximo congreso nos va a encontrar allí. En el lugar que nos corresponda y de la forma que nos corresponda, vamos a seguir insistiendo por la formación de un verdadero Estado Mayor Revolucionario. Una dirección política y una organización eficiente para los tiempos que se vienen.

 

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