Tras las huellas de Juan B. Justo – Guido Lissandrello

PitrolaTras las huellas de Juan B. Justo. Reseña de La fuerza de la izquierda en el Congreso. Del kirchnerismo al macrismo, tres años de lucha política, de Néstor Pitrola, Ed. Planeta, Buenos Aires, 2017.

Lo que muestra el libro de Pitrola es que el Socialismo no llegó al Congreso. Los diputados obreros han ingresado allí con un programa ajeno –nacionalista y sindicalista-, renunciando a la posibilidad de hacer política al reducir toda su intervención al plano reivindicativo.

Guido Lissandrello

Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina-CEICS


 

En 2013 la izquierda revolucionaria, de la mano del FIT, conquistó por primera vez bancadas en el Congreso Nacional. Un hecho histórico que es expresión del protagonismo que la izquierda ha sabido tener en las luchas obreras desde fines de los ‘90 a esta parte y que encierra en sí mismo grandes potencialidades. A cuatro años de esta conquista, Néstor Pitrola, dirigente del Partido Obrero y diputado por Buenos Aires, publicó un libro sobre su intervención en el recinto. Lamentablemente, se trata de una simple compilación de sus discursos que carece de un balance serio sobre la experiencia parlamentaria. No es un detalle, habida cuenta que hay varias cuestiones sobre las que el votante del FIT aguarda explicaciones. Como, por ejemplo, el hecho grave de haber votado un frente para luego encontrar actuando a sus partidos en bloques independientes.

El contenido del libro se divide en dos partes. Una dedicada al kirchnerismo, donde encontramos a Pitrola denunciando el proyecto de estatización de los ferrocarriles y la reforma antiobrera del Código Civil, repudiando hechos represivos y presentando proyectos que recogen reivindicaciones históricas de fracciones de la clase obrera, tales como la de los ex trabajadores de YPF y de la Entel estatal. La segunda parte, compila intervenciones en tiempos de Macri, con denuncias al arreglo con los fondos buitres, el affaire Malcorra y Malvinas, la “reparación histórica” a los jubilados, el presupuesto 2017, las políticas educativas de Bullrich, la reforma política, los proyectos presentados en repudio al “golpe de estado” en Brasil y la Ley Antidespidos. Esto se completa con un apartado que muestra como la bancada ha llevado la voz de trabajadores en conflicto al Congreso, y otros dos que recogen la intervención a propósito del bicentenario de la independencia y del aumento de dietas.

Cuando se examina todo este material, lo primero que salta a la vista es la importancia que ha tenido esta bancada en tanto herramienta para la difusión de conflictos obreros, la denuncia contra la avanzada sobre diferentes derechos, la condena a hechos represivos y el impulso a proyectos que cumplen demandas de los trabajadores. En este punto, es evidente que no es lo mismo un Congreso con la izquierda revolucionaria que sin ella. Sin embargo, cuando se analizan en detalle los discursos de Pitrola –de eso se trata el libro– se encuentra con que un órgano de intervención pública y masiva como el parlamento no se ha puesto al servicio de la agitación del Socialismo.

La palabra peronista 

El prólogo del libro, escrito por Marcelo Ramal, señala que el conjunto de las intervenciones de Pitrola “permitirían apreciar en ellas una estrategia política, un hilo conductor, un programa” (p. 17). Comencemos entonces analizando este punto.

El elemento más importante que atraviesa el conjunto de los discursos y que le da la tónica general, es su contenido profundamente nacionalista. En este plano se observa la defensa de la “soberanía nacional”, la industria local y las estatizaciones contra la especulación financiera, las multinacionales y las “grandes fortunas”. Un botón de muestra es la intervención de Pitrola en las discusiones sobre el “Proyecto Randazzo” para el ferrocarril. El diputado lo denuncia como una ley “privatista, desindustrializadora y basada en endeudamiento” (p. 43), puesto que “al mismo tiempo que se compraban los vagones a China, se preparaba el acuerdo con ese país y se preparaba esa ley, se cerraron [los talleres nacionales] EMFER y TATSA” (p. 42). Frente a ello, se cuestiona: “El punto es si esto va a ser la piedra de toque de una reindustrialización que nos devuelva la industria ferroviaria que supimos tener, si ese va a ser el punto de una autonomía nacional y si ese va a ser el punto de un desarrollo industrial” (p. 43). Si bien el dictamen de Pitrola incorpora el control obrero de la producción como salida frente al cierre de talleres, esa posición correcta aparece diluida en un discurso que hace eje en la defensa de la “autonomía nacional”.

La cosa se pone peor cuando lo vemos intervenir sobre el acuerdo con los fondos buitres, donde no solo se lo califica como un “acuerdo colonial” y se defiende la posición que ya hemos criticado1 sobre la deuda como mecanismo de “expoliación de los pueblos”, sino que se pronuncia como un burgués hecho y derecho que rechaza el acuerdo en defensa de la patria: “Todo el capital financiero está a la espera de esta rendición nacional […] viene a rescatar no a los argentinos sino al capital financiero contra la República Argentina” (p. 130). Y finalmente sobre la evasión fiscal y el blanqueo de capitales señala que “hay que dar una señal de otro tipo: que se quiere traer dinero para invertir y producir, y no para la bicicleta financiera que vamos a pagar caro” (p. 162). Es decir, el PO le da un total apoyo al capital “bueno” frente al financiero “malo”. Dicho de otro modo, apoya la “lluvia de inversiones”.

Como puede verse, se trata de declaraciones dignas de personajes como Pino Solanas, es decir de burgueses peronistas indignados que defienden la “Nación” porque defienden los intereses de la clase que la construyó como su coto de caza propio. Lo impropio, en este caso, es que lo haga un diputado socialista. La crítica a la “financiarización” expresa una defensa de un supuesto capitalismo originario basado en la industria y en la libre competencia, por lo cual se critica a los “monopolios” –como puede verse en la cuestión Entel (p. 69)–, al capital multinacional (p. 249) y a los grandes capitales con una defensa implícita del pequeño capital –las declaraciones sobre la reparación histórica a jubilados (p. 166)–. Todo ello muestra que cuando el PO va al parlamento, no pone en cuestión el capitalismo como sistema social sino a lo que considera una forma “decadente” de este (p. 192). Lo realmente grave es que lo que finalmente se alimenta es la conciencia nacionalista y las ilusiones en un capitalismo industrialista y “de bienestar” para las masas y no se prepara el terreno para el socialismo. Como gusta decir el trotskismo, su programa ha “tendido puentes” pero son puentes hacia la ideología burguesa.

¿Agitación socialista?

Es evidente que con el programa que acabamos de analizar, no puede hacerse agitación socialista. Pero hay un punto importante a discutir que explica por qué el trotskismo cree que la está haciendo cuando en realidad está defendiendo una mejora inmediata en las condiciones de vida de la clase obrera. Es decir, sindicalismo puro.

En diciembre de 2014, Pitrola presentó un proyecto propio que tenía por objetivo hacer cumplir una reivindicación obrera conseguida en el contexto de la lucha contra la privatización de Entel en los ‘90: un resarcimiento para los trabajadores que consistía en el pago de bonos de Participación en Ganancias de las empresas telefónicas del 10%. El diputado defiende que su proyecto contiene “un aspecto naturalmente revolucionario” (p. 66) que es la extensión del beneficio a los trabajadores contratados y tercerizados. La misma definición vuelve a aplicarse al proyecto de jubilaciones adelantadas para los obreros de la construcción presentado por el SITRAIC y defendido por Pitrola como un proyecto revolucionario en materia jubilatoria (p. 204) porque fija la edad en 50 años, 25 años de aportes y contabiliza como año de aporte seis meses de trabajo alternado.

Es innegable que para los trabajadores afectados esto constituye una mejora en sus condiciones de vida y la acción parlamentaria no debe descuidar este aspecto. ¿Pero es esto acompañado por una agitación de las ideas del Socialismo que contribuya al desarrollo de la conciencia? Para el trotskismo esta lucha reivindicativa es lucha socialista. Lo explica con claridad Ramal en el prólogo citando a Pablo Rieznik: “La catástrofe del capital no cancela la lucha reivindicativa sino que la potencia y, en última instancia, la convierte en revolucionaria” (p. 15). Como ya lo hemos señalado en otro lugar, la idea que está detrás de esta formulación es que la revolución no pasa por la conciencia y que, por lo tanto, no hay ninguna disputa en ese plano.2 Esto deriva en un espontaneísmo que supone que el capitalismo llegaría a un punto de crisis irreversible y que la lucha continua del proletariado en el plano reivindicativo daría un salto automático hacia la disputa abierta por el poder. En ese marco, la agitación socialista es superflua. El partido no necesita educar a nadie. Simplemente, debe prepararse para cabalgar la ola ascendente y ponerse al frente.

Este déficit político-intelectual limita al partido a intervenir solo en el plano sindical, con las dificultades que se presentan para disputar en ese terreno con la burguesía. El caso de la Ley Antidespidos lo muestra palmariamente. Toda la discusión parlamentaria se redujo a que el PO planteaba la suspensión de despidos por dos años con retroactividad a diciembre de 2015, mientras que el proyecto de la oposición tenía vigencia hasta 2017, siendo retroactivo a marzo de 2016. En ningún momento la intervención “socialista” explicó que es la sociedad basada en la ganancia la que condena a una mayoría creciente al desempleo cuando hay cientos de necesidades sociales por resolver, y que su solución es la construcción del Socialismo. Ni siquiera se planteó una consigna transicional elemental como el reparto de las horas de trabajo. No sorprende que, a pesar de hacer referencias esporádicas al “socialismo”, cuando Pitrola intenta precisar una solución de fondo plantea vaguedades como “un gobierno de otras características con control y gestión de los trabajadores” (p. 76), “una reorganización social [que] puede terminar con la pobreza estructural” (p. 168) o “una República de los trabajadores” (p. 237). Dicho de otro modo, la intervención se limitó a lo que ya nos tiene acostumbrados el trotskismo: correr por izquierda a la burguesía o a la burocracia sindical en el plano reivindicativo y regalar el terreno político.

Otra vez, ¿quién le teme al Socialismo? 

Finalmente lo que muestra el libro de Pitrola es que el Socialismo no llegó al Congreso y confirma las limitaciones que ya hemos señalado respecto del trotskismo.3 Los diputados obreros han ingresado allí con un programa ajeno –el nacionalismo y el sindicalismo–, renunciando a la posibilidad de hacer política al reducir toda su intervención al plano reivindicativo. Programáticamente, no supera el horizonte del peronismo de izquierda que rifó el proceso revolucionario de los ‘70 e implícitamente se plantea la recuperación de su bandera caída de “liberación nacional”. Del mismo modo su agitación en el parlamento no trasciende el denuncialismo reformista del socialismo de Juan B. Justo. Así las cosas, la lucha por la conciencia socialista de las masas sigue siendo una tarea vacante y a la orden del día.

Notas

1https://goo.gl/cvIHh7

2https://goo.gl/lDmLjJ

3https://goo.gl/AoeV9Y

1 respuesta

  1. mariano dice:

    Lamentablemente, lo hecho por Pitrola en el congreso es coherente con la perspectiva de su partido . Una dirigencia que mira al campo y ve “campesinos” , ve “indígenas”, que cree que los policias no son parte de la clase trabajadora, que el campo cultural no es un ámbito de lucha, que desprecia el trabajo intelectual, etc etc , claramente no es socialista , más alla de sus buenas intenciones.

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