Querido Augusto – Por Rosana Lopez Rodriguez y Eduardo Sartelli

Querido Augusto

No hace mucho, los medios anunciaron dos muertos más a causa de Cromañón. Tardamos en caer que uno de ellos, Augusto Londei, era nuestro Augusto.  Habíamos sabido de su muerte bastante antes y de casualidad, por un directivo de la escuela donde fuimos sus profesores. Sobredosis o algo así, dijo este fulano. Suicidio, dijo la prensa, citando a Iglesias.

Augusto siempre pareció un poco más grande de lo que era. Tenía una voz peculiar, un tanto nasal, como los adolescentes a punto de dejar de serlo. Se sentaba al fondo y siempre tenía respuestas ocurrentes para todo.  Era simpático y muy inteligente. Poseía una rara sensibilidad para los problemas sociales. Le interesaban, particularmente, los problemas políticos. Con nosotros tuvo una relación especial, que se mantuvo más allá del secundario. Subscripto a El Aromo desde el primer día, Augusto fue también uno de los informantes del libro que uno de nuestros compañeros está escribiendo sobre el mayor crimen social ocurrido en un solo día en la Ciudad de Buenos Aires.

Como todos  los  que  estuvieron  aquella  noche,  Augusto  tenía  una  historia  propia,  una  historia  anterior.  Efectivamente, ese chico de doce o trece años que empezó con nosotros la secundaria, se desarrolló hasta convertirse en un adulto. Los últimos años del secundario no fueron buenos para él. Como todos los jóvenes que salen al mundo (capitalista) a comprobar que la letra y la realidad de esta sociedad miserable no coinciden casi nunca, tuvo sus problemas. No es fácil vivir en un mundo sin ilusiones. Augusto tenía las suyas, era un tipo de izquierda. Pero esas ilusiones no le alcanzaron para forjarse un futuro.

A ese chico de pelo negro y voz de “Gallo Claudio”, de ojos de pícaro y de ideas atinadas, Cromañón terminó de matarlo. Pobló sus noches de imágenes espantosas y cortó una por una las hojas de un calendario recién empezado, el de su corta vida. Podría haber superado sus problemas y hubiera podido tener una vida fructífera. Pero a su dolor de hombre joven en un mundo que no perdona, ese señor llamado Chabán y ese otro señor llamado Ibarra, y esos otros señores sin nombre que amasan fortunas todos los días a costa de la vida ajena, esos señores y señoras de clase, de clase burguesa,  le  sumaron  otro,  excesivo,  final.  Y lo que pudo ser, ya no fue. Nunca más. Queda para nosotros una certeza: esa gente que se pasea impune, tarde o temprano la va a pagar. Eso te lo prometemos, querido Augusto.

 

Rosana López

Eduardo Sartelli

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