Nunca sólo paisajes

 

Sobre la muestra “El paisaje de Berni”¿Sólo paisajes?

Museo Metropolitano- Castex 3217- Bs.As., hasta el 15 de agosto

 

La obra de Berni (Rosario, 1905- Bs. As. 1981) suele venir a la memoria enredada de chapas, conos de hilandería, fuegos artificiales de juntas de metal. Monstruos amenazantes de tapitas,  paja, madera, monedas, restos y más restos denunciando el capitalismo que devora, Juanito Laguna y Ramona Montiel. Lo cierto es que antes y durante esta etapa pictórica tan característica en su obra, Berni ha andado caminos retratando paisajes. Que como él mismo dice, no son más que extensiones del ser humano, de su interrelación con el entorno, ida y vuelta, modificándose ambos. Subido al tren de esa dialéctica ser humano-naturaleza  e invitándonos al viaje, el ojo-marco-ventana se nos devela herramienta selectiva. Como si una lente gigantesca, desde el cuarto de Ramona o la humilde casita de Juanito, se alejara lentamente, cada vez más, hasta que ellos desaparecieran en un punto imperceptible del paisaje de chapas. O al revés, con la gran lupa desde esos retorcijones de espinillos y cactus bajo el sol calcinante, ir al encuentro del ser humano metamorfoseado en un punto minúsculo entre la maraña del monte, y hallar su presencia o su huella. Pero a la vuelta del viaje, ya nada ni nadie será lo mismo: el hombre y la naturaleza serán ahora organización de la sociedad.

 

La muestra

 

Los paisajes de Berni en el Metropolitano están divididos en seis secciones. Organizada no temporalmente sino por temáticas y aprovechando los espacios del museo, antigua mansión Anchorena. Como primera instancia, paisajes a la témpera registrados en Santiago del Estero, en la década del ’50. Una sola pintura muestra la presencia de chicos con sus madres regresando en burros de la escuela. El resto, paisajes áridos, presintiéndose, en la sequedad del monte de espinillos y cactus, la presencia humana  en su dura vida diaria. Otra sección de bocetos de paisajes urbanos, barrios del puerto, también rurales, de fines de los cuarenta y cincuenta, en pequeños papeles con fibras, colores, témperas. En la sección “Campo”, nos encontramos con ilustraciones que Berni realizó a la tinta para el Martín Fierro, en los ‘60, y  para el Don Segundo Sombra, en acuarelas, en los ‘70. En ambas, amplios cielos se afirman en bajas líneas de horizonte, ahondan la pequeñez de los personajes. Pero es en la sección “Contrastes” donde el paisaje como producto de la relación hombre-naturaleza-organización social se muestra explícitamente político. Reúne aquí mayormente collages con papeles de colores, fotografías y témperas, realizados en Venezuela en los ‘70. Comienza con la mirada harto próxima de las casas de una villa en dos obras al óleo, tanto que se desdibujan, trabajadas en grandes planos de colores saturados. La carga matérica es tal, que avanza hacia el ojo del espectador tanto que hasta recuerdan, en el despegarse, la espátula de la tela, las puntas mismas de las chapas. De esta cercanía exasperante, el ojo-Berni/espectador se aleja hacia los collages de grandes edificios, erigidos a lo alto de verdes cerros. Imponentes rascacielos, avanzan hacia arriba mientras bajo las barrancas, en subidas y bajadas, casitas de papeles de colores se desmoronan bajo topadoras que las arrasan. En lo alto de un cerro, una familia burguesa, hombre, mujer e hijo, es sorprendida en un ameno despertar en la cama matrimonial. Cual si le hubiesen arrancado una pared, o ésta fuera transparente, miran sin molestarse con los intrusos que la observan, como si de paso, fuera buena oportunidad de mostrar la cama de bronce, la alfombra mullida, la lámpara de filigranas, la placidez que los envuelve. Todo esto sucede en lo alto del cerro, debajo de la misma casa, de la misma barranca y a la vez: el interior de un terreno de una villa abarrotada de trastos viejos, restos de heladeras, lavarropas, patio colmado por donde transcurren hombres y mujeres sorprendidos en su tarea. Un hombre sentado en  su reposera en el medio del hacinamiento mira a la cámara impasible, en paralelo con los que miran en lo alto del edificio. En un corte transversal el ojo-Berni disecciona el paisaje, nos muestra frontalmente una tajada explícita de esta relación hombre, naturaleza, sociedad, que no es más que capitalismo divido en clases sociales, contrastes antagónicos. En otra pequeña sala, la sección “Camino y páramo”. Cuatro collages, de la década del ‘60 al ‘75. Dos de ellos, caminos, rutas hacia un paisaje que se pierde en la helada de plástico blanco, maderas y arpillera, en el atardecer de un cielo de bronce, en la noche de un cielo negro de bolsa de consorcio. No conducen a la nada, por el contrario: señalizaciones de curvas como una invitación a seguir revelando el paisaje-realidad, si nos animamos a transitarlo.

Por último, en la sala del museo totalmente negra, la sección “Pampa tormentosa”. Las tintas (“Pampa y cielo”), enviadas en 1962 a la Bienal de Venecia,  estallan finalmente en el gran collage de tres por cuatro, “La pampa tormentosa”, de 1963. Pequeño, casi imperceptible, Juanito Laguna del otro lado del charco sucio donde dos animales-monstruos retozan. Por encima, por casi todo el cuadro encima de ellos, doscientos kilos en tormenta que se abalanza retorcida de grandes nubes de chapas oxidadas, que como inmensas telas ondean en ocres, cruzadas por filosos rayos de madera.

 

Nunca sólo paisajes

 

En 1925, Berni viaja a Europa becado y es allí donde se relaciona con las vanguardias artísticas, especialmente con la pintura metafísica y el surrealismo (algún indicio de ello aún podemos encontrar en una de las témperas de Santiago del Estero, en donde cactus en la sequedad se erigen como metafísicas llaves francesas hacia el horizonte). Una de las premisas fundamentales de las vanguardias históricas ha sido la de unificar el arte con la vida. Muchos artistas comprendieron que esto sólo podía hacerse a través de la revolución socialista, y es así como Berni se adscribe al Partido Comunista. Ya en Argentina, la experiencia surrealista será dejada de lado, y en busca de un Nuevo Realismo, en discusión con el realismo socialista soviético, encontrará uno “que no sea sólo la imitación de seres y cosas, sino de sus actividades, vida, ideas y desgracias, espejo sugestivo de la gran realidad espiritual, social,  política y económica de nuestro siglo”

¿Pero cómo se logra esa comprensión, y para qué? Tanto los personajes arquetípicos en su obra como los paisajes que los circundan, son el resultado de la constante indagación hombre-sociedad, que de la mano de Berni sólo se traduce en praxis política a través de un programa. Es el programa de la clase, el marxismo, el que guiará el ojo de Berni quien, para comprender la totalidad de la realidad y transformarla, deberá indagar en el hombre –en tanto clase-  y en el paisaje que produce y lo refleja, en tanto espejo de relaciones de clase. La obra al incorporar fragmentos de la vida cotidiana –telas, maderas- deja de ser signo que señala a la realidad, para ser la realidad misma. Por eso el objeto chapa ahora es nube, pero nube de chapa. Porque es el paisaje que circunda a Juanito y sus pares, construido por relaciones de clase: el chaperío, las maderas y los zanjones, los restos que la clase dominante desecha. Y es con ese mismo paisaje que Berni construye, mediante la organización plástica en la obra, la transformación de la chapa en nube (de chapa). La chapa es nube, la nube es chapa: uno indefectiblemente llevará a lo otro, y ambos, para superarse, a explicar la realidad del capitalismo, que es necesario abolir mediante la organización política. Por eso la obra de Berni no puede dividirse en temáticas, ya que es una sola: voluntad de conocimiento de la realidad y a partir de él, su transformación en herramienta política revolucionaria. Vendrán entonces, otros paisajes, y nunca, sólo paisajes.

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