Los setenta según Binner – Por Pablo Sapir

pablo sapir image 78Reseña de Los 70. Una historia violenta de Marcelo Larraquy (Aguilar, 20013)

Varios autores han salido a enfrentar la reivindicación naif que hace el kirchnerismo de la izquierda peronista. Mientras por derecha se apela a una “memoria completa” que nos recuerda los “crímenes” de la “subversión”, la socialdemocracia resucita la teoría de los dos demonios. Aquí les ofrecemos un ejemplo.

Por Pablo Sapir (Grupo de Investigación sobre la lucha de clases en los ’70)

En los últimos años se han escrito varios libros que, como el que analizamos aquí, intentan reflexionar sobre lo acontecido en los ‘70. Entre la postrimería del siglo pasado y los albores del actual, la lucha de clases en Argentina experimentó un notorio ascenso que hizo eclosión en diciembre de 2001. Ante el aumento de la conflictividad social afloraron diversas corrientes con una mirada condenatoria sobre la violencia desatada los ‘70, pero no de una manera inocente: esa impugnación intenta no solamente lesionar los ideales revolucionarios de entonces, sino también los actuales.

Distintas vertientes se abren paso para imponer la versión que mejor se acomode a sus intereses. Sucintamente, podemos destacar tres: la del kirchnerismo y su retórica edulcorada, para impregnar aquellos años con cierto romanticismo peronista que intenta borrar las disputas entre el reformismo y la revolución. Otra, pretenciosa de una “memoria completa”, reconoce “excesos” en la represión estatal pero, argumenta, fueron inevitables porque, como si se tratara de un juego de niños, los subversivos pegaron primero. Finalmente, la lectura socialdemócrata (hacia la que se inclina este trabajo y que, de algún modo, rivaliza con la visión oficialista), que hizo pata ancha en la academia durante el alfonsinismo y hoy renace para insistir nuevamente con aquello del enfrentamiento entre dos fracciones extremas, ajenas a lo que denominan “sociedad civil”, condenado fervientemente cualquier tipo de violencia.

De todas maneras, y más allá de sus matices, las tres corrientes coinciden en un aspecto básico: edifican una lectura aggiornada de la inoxidable teoría de los dos demonios, poniendo en primer plano el problema de la violencia y minimizando la verdadera novedad de aquellos años: el ascenso de una izquierda revolucionaria que hizo cuerpo en un sector de las masas. Claramente, las mueve un mismo objetivo: impedir que ese proceso insurreccional se reedite.

 La sangre derramada

 El libro de Larraquy abre con un episodio paradigmático: el asesinato del líder de la burocracia sindical José Ignacio Rucci. Así, desde el primer renglón se insinúa al lector que estamos ante una especie de advertencia: sepa usted que estas páginas van a desparramar sangre. Se condensan allí una serie de episodios violentos, ordenados de una manera particular: se intercala uno de izquierda con uno de derecha, con alusiones continuas al accionar de la Triple A, en un tiro por elevación hacia el kirchnerismo, cuya interpretación esconde la responsabilidad de Perón en el accionar paramilitar.

Larraquy apuesta a una descripción de ida y vuelta del terror entre dos bandos. Así, por ejemplo, grafica el accionar de los grupos de izquierda y de los paramilitares como una dinámica inevitable de devolver golpe por golpe, de contar muertos propios y ajusticiar al enemigo. De allí que el resultado de todo esto, el golpe de Estado, aparece como un resultado inevitable de la “espiral de violencia”. Los militares vendrían a traer “orden y paz, a una sociedad agobiada y ahora horrorizada, por la violencia de cada día” (p. 117). Sin embargo, es fácil desmontar este engaño. En primer lugar, porque el universo de la izquierda no se reducía exclusivamente a la guerrilla. Los centenares de delegados sindicales y cuadros territoriales de izquierda, con influencia de masas, fueron el verdadero problema. La derecha peronista y los militares lo sabían, por eso la represión alcanzó a miles de militantes cuyo vínculo con los grupos armados era nulo. Por otro lado, como lo demostró Juan Carlos Marín, las acciones de la guerrilla no tuvieron, ni por asomo, la magnitud de las de los grupos paramilitares y militares.

La coyuntura así planteada convalida otro de los puntos neurálgicos de la hipótesis esbozada por Ernesto Sábato en el prólogo del Nunca Más: existía una sociedad encerrada entre dos fuegos, ajena por completo a esa confrontación. La “gente” atrapada en un tiroteo permanente, como si fueran marcianos que habitaban en el planeta equivocado. En esta visión, es la izquierda la que provoca la reacción militar (y la masacre). Sin mayor prueba, el autor les atribuye la estrategia de fogonear el golpe, pues “Isabel Perón impedía la visualización de los dos contendientes del escenario que imaginaba Montoneros para los meses futuros: la guerrilla contra el Ejército” (p. 130). Se observa, a su vez, que el autor le dedica mucho más espacio a Montoneros que al ERP. Este desbalance nos habla más del presente que del pasado: es una crítica al Gobierno nacional, con el que identifica erróneamente con la herencia setentista. Durante la segunda mitad del libro, que cronológicamente coincide con la dictadura, la violencia no cede ni un ápice de protagonismo: está impregnada en cada relato, en cada situación. Pero nunca es una, siempre parecen ser dos violencias, dos contendientes, dos demonios: Montoneros (cada vez más debilitados) versus el “terrorismo de Estado” (cada vez más excedido en sus métodos). Esas dos violencias están empachadas de crueldad: Larraquy apela a algunos ejemplos describiendo al detalle las salvajadas ejecutadas por las Fuerzas Armadas, explicando su logística operativa, y las internas que se generaban en su cúpula por el hambre de poder.

Simultáneamente, nuestro autor desgaja las miserias de Montoneros, enfatizando la pésima lectura coyuntural de su conducción, que tuvo su correlato en el asesinato de policías y militares “inocentes”. En la misma línea, se describen acciones en los que la conducción enviaba a sus propios militantes a operativos en condiciones completamente desfavorables, donde la caída era inevitable. También destaca que, con el correr del conflicto, ni los gremios ni las fábricas mostraron entusiasmo por el liderazgo montonero, juzgando su inserción al momento de la derrota, escenario muy distinto, desde luego, al período de ascenso de la lucha de clases. Larraquy intenta así anotar un poroto más a favor de la teoría de los dos demonios y del aislamiento de la izquierda.

¿Se come, se cura y se educa?

Los últimos capítulos del libro se resumen en dos temas principales: la Guerra de Malvinas y la restauración democrática. Extensas descripciones ponen el foco en tópicos habituales, como la necesidad de los gobiernos argentino y británico de legitimarse a partir de una guerra, o las condiciones desventajosas de las tropas nacionales. Al mismo tiempo, y sobre todo, es muy puntual en combates específicos: allí preconiza la valentía y la temeridad de los soldados argentinos.

No obstante, Malvinas le sirve a Larraquy, por sobre todas las cosas, para culminar el derrotero violento que se extendió en los ’70 y, además, como puente hacia la meca pretendida por el idealismo socialdemócrata: la democracia estaba pidiendo a gritos reinstalarse como sistema político en el país. El clima político tras la guerra, preludio a la transición, le deja al autor una hendija abierta para invocar el resurgimiento de esa entelequia denominada “gente común”, pues se percibía “una sociedad civil que aceleraba su reorganización política y sindical y comenzaba a repudiar la actuación de la ‘lucha antisubversiva’, sobre la que antes, durante el proceso militar, se había ceñido un silencioso consenso” (p. 323). Y de esta manera resurgía la gran panacea para el autor: la democracia.

La oposición tajante entre violencia y democracia, sumada a la reedición de los dos demonios no es, otra vez, inocente. En este aspecto, Larraquy es muy claro desde la introducción misma del libro: “Abordar la violencia siempre exige una discusión más compleja, de la que nadie sale indemne, pero necesaria para captar el sentido político e histórico de la experiencia y recoger sus lecciones” (p. 17, la cursiva es nuestra). Esa ecuación concluye en una de las columnas vertebrales del ideal socialdemócrata: que la democracia es un sistema político capaz de resolver todos los problemas. Pero la dicotomía planteada es falsa, porque oculta que esta democracia, tan venerada por el autor y sus colegas, desparrama violencia, miseria y muerte por la coerción y la desigualdad inherentes al modo de producción capitalista.

Ahora bien, no siempre se puede tapar el sol con la mano: la democracia burguesa instalada en 1983, bajo la promesa omnipotente de brindar la posibilidad de comer, educar y curar, hubiera sido imposible de pensar sin el disciplinamiento previo de las aspiraciones de las masas, que sobrepasaban holgadamente los límites aceptados por el sistema. Erradicadas esas aspiraciones, la democracia volvió al ruedo. Hoy, cuando las contradicciones sociales hacen cada día más difícil el sostenimiento de la ficción democrática, sus defensores insisten con el mismo discurso del ’83. La tergiversación del proceso revolucionario de los ’70 y su reducción a pura violencia irracional es una forma de evitar encontrar razones profundas a los enfrentamientos políticos de clase y de ocultar que toda sociedad de clase apela a la violencia, sea abrupta o en dosis homeopáticas. Es la versión de intelectuales que vuelven a reivindicar el alfonsinismo en consonancia con una opción socialdemócrata que hoy lideran Binner, Pino y Carrió. Un recambio que ya anticipó su vocación derechista.

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