Los monjes negros. La burguesía liberal-desarrollista, de Krieger Vasena a Macri

Gonzalo Sanz Cerbino

Grupo de Investigación sobre la Historia de la Burguesía

Ni Macri es neoliberal, ni Cristina es nuestra salvación. Ninguno es una alternativa viable para los trabajadores, porque la plata no alcanza, ni para mantener a los parásitos chicos, ni para mantener a los grandes


La historia de la burguesía argentina fue escrita por el pequeño capital y sus lacayos. A fuerza de machacar han logrado imponer una fábula en la que los industriales nacionales vendrían batallando desde hace casi 70 años contra un tridente diabólico que quiere sumir al país en el atraso y la miseria: la oligarquía, los monopolios y el capital financiero. De la mano de gobiernos militares (o de civiles que se asemejan a dictaduras), el “neoliberalismo” promueve la reprimarización de la economía, la desindustrialización y la especulación financiera, llevando a la quiebra a una burguesía nacionalque aboga por la dinamización del mercado interno de la mano de políticas industrialistas que elevan salarios y empleo.

Esta caracterización ha cobrado fuerza con el ascenso del macrismo, al que se sindica como un gobierno de empresarios y CEOs (como si Cristina no lo fuera), y ha llevado al kirchnerismo a vaticinar profecías que no se cumplieron: el ajuste macrista no es “brutal”, por eso no hay ningún helicóptero en el horizonte (al menos por ahora). Lo más grave, sin embargo, es que la izquierda argentina compró este verso. Así, difícilmente se desmarca del kirchnerismo, al que termina legitimando, en el discurso y en la calle, colaborando en la reconstrucción de un personal político que no hará más que profundizar una crisis de la que son tan responsables como el macrismo.

Para enfrentar al macrismo es necesaria una caracterización certera de los intereses que lo sostienen. La dicotomía entre liberales y “populistas” oculta la existencia de un tercer programa en la burguesía, el liberal desarrollismo, promovido por aquellas fracciones de la clase dominante que han apuntalado a casi todos los gobiernos de Onganía para acá. Estos verdaderos monjes negros pretenden mantenerse en las sombras, y lo han conseguido de la mano de intelectuales que prefieren alimentar fantasmas (como la “oligarquía”) que lejos están de comandar los destinos del país. Desde hace algunos años, en El Aromo, hemos venido analizando a estas fracciones de la burguesía, sacándolas del anonimato. En esta nota, intentaremos sintetizar esos aportes.

 

¿Quiénes son?

 

Los capitales económica y políticamente más poderosos en la Argentina no son ni liberales ni populistas. ¿De quiénes hablamos? De un puñado de grupos económicos, altamente concentrados, cuya actividad principal se encuentra en la industria. Se ubican a la cabeza de ciertas ramas que requieren una importante dotación de capital fijo: automotriz, siderurgia, química y petroquímica, celulosa y papel, petrolera, cemento, obra pública. Ya desde los ’70 encontramos allí empresas de renombre: Techint, Acindar, Bunge y Born, Loma Negra, Celulosa Argentina, Fiat, el Grupo Braun, el Grupo Soldati, Garavoglio y Zorraquín, Alpargatas. En los ’80, otros empresarios importantes se sumarían a esta cúpula: Pescarmona, Pérez Companc, Macri, Bulgheroni, Cartellone. Estas capas de la clase dominante dirigieron las corporaciones tradicionales hasta los ’70: la UIA, la Cámara de la Construcción y la Cámara de Comercio. Cuando su dominio sobre estas entidades fue puesto en cuestión por la rebelión de los pequeños capitales, crearon grupos más exclusivos, que les permitieron establecer una relación directa con el poder político: el Consejo Empresario Argentino primero, que en los ’60 y ’70 fue el interlocutor privilegiado de Onganía y Videla. En los ’80, cuando un CEA cuestionado por su relación con la dictadura debió pasar a segundo plano, constituyeron al grupo de los Capitanes de la Industria, que negociaba la política económica con Alfonsín. Luego del derrumbe de la hegemonía menemista, trasformaron el CEA en AEA, la Asociación Empresaria Argentina, que hasta hoy mantiene su influencia desde las sombras.

¿Qué tienen en común estos grandes industriales? Fundamentalmente, su relación con el Estado. Como todo industrial en la Argentina, grande o chico, no pueden sobrevivir sin el apoyo y la tutela estatal. Desde sus orígenes se beneficiaron de los regímenes de promoción y de la protección aduanera, de los reembolsos a las exportaciones industriales, de las contrataciones y compras estatales, o de la venta de insumos a precios subsidiados por parte de las empresas del Estado. Las siderúrgicas hicieron fortuna como proveedoras del Estado y gracias a los insumos baratos provenientes de SOMISA. Las automotrices subsistieron gracias a las restricciones al ingreso de vehículos terminados. Las petroquímicas gracias a la compra de insumos a Gas del Estado o YPF, a precios irrisorios. Las constructoras, por los contratos de obra pública. Y así podríamos seguir: no por nada, desde los ’70 se conoce a este grupo de empresas como la “patria contratista”. Por sus intereses materiales, estos capitales difícilmente pueden adscribir al liberalismo: necesitan de la protección y la tutela estatal para subsistir. Sin embargo, no debe confundirse su propuesta con la de los pequeños industriales, que pretendían la generalización del proteccionismo. Los grandes industriales, conscientes de los límites del capitalismo argentino, pretendían poner en marcha un ajuste gradual y limitado, que quitara lastre llevando a la quiebra a los capitales más débiles, pero que dejara, al mismo tiempo, incólumes los mecanismos de protección que les permitían a los grandes subsistir. Eso es el liberal desarrollismo.

 

El programa

 

Desde hace al menos 70 años, la acumulación de capital en la Argentina se enfrenta a límites estructurales, que se manifiestan en periódicas crisis. La renta diferencial de la tierra, que históricamente sirvió para compensar las debilidades de la industria nacional, comenzó a resultar insuficiente para seguir sosteniendo la estructura creada a su sombra. Frente a la retracción de los ingresos agropecuarios aparecieron otros dos elementos que podían compensar temporalmente las cuentas públicas, pateando la pelota hacia adelante: la emisión inflacionaria y la deuda externa. Sin embargo, de esa manera resulta imposible sostener en pie la acumulación a largo plazo: no se puede vivir a cuenta. A la larga o a la corta, se hacía necesario un ajuste. La fracción de la burguesía que bregó más abiertamente por el ajuste era la más afectada por un esquema que diezmaba sus ingresos: la burguesía agropecuaria. Los patrones del campo, chicos o grandes, vienen insistiendo desde los ’50 en que solo un brutal ajuste podría sacar al país de la crisis: achicar el Estado, barrer conquistas obreras, eliminar subsidios, transferencias y protección a la industria. Contra estas políticas batallaron los industriales de menor tamaño, que sin protección ni subsidios se verían condenados a la quiebra. El ideario Nac& Pop se hace fuerte en esa batalla: modelo productivo vs. ajuste neoliberal.

Sin embargo, es discutible que algún verdadero liberal haya alguna vez tomado las riendas del Estado. La burguesía agropecuaria no tiene la fuerza suficiente para imponer su programa, dejando el poder en manos de los industriales desarrollistas. Así, en la política argentina se vienen alternando dos programas burgueses, sin que ninguno logre sacarnos nunca de la crisis y la miseria. La necesidad de contener el ascenso de la lucha de clases o sortear crisis hegemónicas (1969, 2001) da aire a los industriales más débiles, que apoyándose en la clase obrera acceden al control del Estado para desplegar las políticas “nacionales y populares”: proteccionismo generalizado para la industria, migajas para los trabajadores. Pero tarde o temprano la crisis reaparece: los precios de las commodities se derrumban, se corta el chorro de la deuda, la emisión da paso a la hiperinflación. Y ahí hace su aparición la alianza de los grandes capitales, diciendo que se acabó la fiesta y que alguien debe pagar las cuentas. En ella coinciden la gran burguesía industrial con la burguesía agropecuaria: la solución es un ajuste. Difieren, sin embargo, en el alcance que ese ajuste debe tener. Para la burguesía rural, todo tipo de transferencia de renta debe cortarse de cuajo. Y el que no puede competir, que quiebre. Eso es el liberalismo. Un programa políticamente inviable, no solo por la magnitud de la crisis social y política que desencadenaría, sino porque hasta los grandes industriales, principales socios políticos del agro cuando de combatir al populismo se trata, se verían afectados por tales medidas. Por eso el poder termina recayendo en la gran burguesía industrial, partidaria de un ajuste gradual y acotado, que mantenga un proteccionismo selectivo en favor de los grandes capitales, y un nivel de gastos estatales congruente con el mantenimiento de sus negocios. Por supuesto, las trasferencias de renta se mantienen, con lo que el agro no tarda en pasar a la oposición.

He aquí el programa del gran capital industrial en la Argentina, la alternativa burguesa a los gobiernos Nac& Pop. Eso es Martínez de Hoz, que al tiempo que abría la importación para ciertas ramas, la mantenía para otras. El mismo que pedía achicar el Estado mientras derrochaba fortunas en la obra pública. Eso es Macri, a quien José Luis Espert no se cansa de correr por derecha. Eso es Techint, que en los 70 defendía la “necesaria protección del acero” y ahora se queja porque el gobierno facilita la entrada de la siderurgia china. ¿Qué tienen para ofrecer? Un programa que propone descargar el ajuste tanto sobre las capas más débiles de la burguesía como sobre los explotados, mientras mantiene en pie los privilegios y los negocios con el Estado de los grandes industriales. El programa de las quiebras, el desempleo, los salarios a la baja y el avance de flexibilidad laboral. Un programa que, a pesar de haber conseguido fenomenales aumentos en los niveles de explotación de los obreros, aún no logra sacar al país de la crisis. Es que mientras los gastos bajan para unos, se mantienen para otros. Y así no hay renta (ni deuda) que alcance. Y ojo que la alternativa no es mucho mejor: si hay plata, mejorarán tibiamente los salarios y el empleo, pero cuando se acaba, los Kicillof son los primeros en aplicar las políticas de ajuste.

Por eso, es hora de dejar de lado los fantasmas que alimentan falsas ilusiones. Ni Macri es neoliberal, ni Cristina es nuestra salvación. Ninguno es una alternativa viable para los trabajadores, porque la plata no alcanza, ni para mantener a los parásitos chicos, ni para mantener a los grandes. Ambos representan dos caras de una misma moneda, la de una burguesía impotente, incapaz de competir en el mercado mundial, que drena recursos que no pertenecen a la patronal del campo, sino a los verdaderos productores de riqueza: los obreros. No queremos ni las migajas que ofrecen unos ni los “mayores esfuerzos” que piden otros: queremos todo, porque es nuestro. El capitalismo argentino está agotado: ha dado todo lo que puede dar, y su única propuesta es exprimirnos más, para seguir llenado los bolsillos de estos parásitos, no importa si chicos o grandes. Por eso nuestra bandera es roja: somos socialistas.

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