La crisis antes de la crisis – Por Rodolfo Leyes

rodolfo leyes image 79Mecanización y desempleo en el agro entrerriano (1920-1940)

El nacionalismo económico aconseja cerrar la economía para protegernos de la crisis que golpea a nuestra puerta. Pero ninguna cerradura podrá salvarnos, porque la temida criatura se engendra también dentro de nuestra propia casa, donde nos creíamos seguros.

Por Rodolfo Leyes (GECOER-CEICS)

El capitalismo opera con la ley del más fuerte, o mejor dicho, del que pueda acumular más. Quien no pueda sostener la lucha económica por el mercado, deberá desaparecer. Las crisis son el mecanismo por el cual el sistema licúa a los capitales más ineficientes. Pero, ¿cómo so­brevivir? La fórmula del éxito es elevar la tasa de explotación de los trabajadores, extendien­do el tiempo de trabajo y sus ritmos, pero fun­damentalmente, aumentando la productividad de cada obrero con inversiones en maquinarias. El capitalista que logre hacer mejor esta tarea es el que ganará la pelea. Ahora bien, como la ga­nancia es fruto de la explotación de los obreros, a medida que su número se reduce, baja de la tasa de ganancia, provocando la crisis.

La Argentina no está aislada de la dinámica ge­neral de esta evolución capitalista. Participa del juego con las mismas normas que los otros es­tados nacionales, y la burguesía local desarro­lla las mismas estrategias que sus pares en todo el mundo. Por ende, no se trata de cómo nos golpean “desde afuera” las oleadas del “mundo exterior” (idea detrás de nociones como “efecto tequila” o el “impacto” de la crisis del treinta en Argentina), sino cómo estas crisis son simultá­neamente engendradas en el corazón de la eco­nomía argentina. Si la crisis nos llegara desde afuera, no encontraríamos desempleo en la Ar­gentina hasta entrado el año treinta. Sin embargo, el creciente desempleo local de finales de los veinte, en especial en el agro, nos muestra la gestación local de ese proceso.

Mecanización y desocupación

A mayor cantidad de máquinas, menos obre­ros, se podría decir. Durante el primer periodo de expansión capitalista (1870-1920), la eco­nomía se extendió en base a la mecanización de algunas tareas que obligaban la ocupación de miles de trabajadores, a los que se les impuso, como condición de acumulación, malos pagos, peores condiciones de trabajo y las jornadas más largas. En el segundo (1920-1940), hubo que ajustar los mecanismos de explotación con­siguiendo maquinaria que agilizara el proceso productivo y desplazara fuerza de trabajo.1Aquí nos concentraremos en dos ramas productivas de la provincia de Entre Ríos: la producción cerealera y la de extracto de carne.

La principal tarea agrícola era la producción de trigo, y será la que más sufra el cambio. Cuan­do se expandió, a fines del siglo XIX, se hizo necesaria la adopción de sistemas modernos para las diferentes partes del proceso produc­tivo, en particular, el trillado con las “grandes trilladoras” a vapor, complementada con la di­fusión de las segadoras y otras máquinas, por lo general pulsadas a sangre animal. La con­centración de mano de obra en los periodos de trilla alcanzó a unos 25 trabajadores ocupados, que realizaban tareas auxiliares de la máquina, como los carreros acarreadores, los embocado­res, las cosedoras, los yugueros, etc. Además del trabajo a la vuelta de la parva de trigo, traba­jaban un sinnúmero de carreros, que llevaban las bolsas de trigo trillado en los carros cerea­leros, conocidos por sus ruedas gigantescas y su gran capacidad de carga (unas dos toneladas cada uno). El destino de la producción eran los galpones de los cerealistas en los puertos o esta­ciones de ferrocarril, donde estaban enlistados los obreros estibadores, encargados de apilar las miles de bolsas que hasta allí llegaban. Cada bolsa, de unos 70 o más kilos, era cargada a hombro de los estibadores que subían por una tabla angosta –el burro- hasta llegar a la cima de la pila donde las acomodaban.

Desde la mitad de la década del veinte en ade­lante, la siembra comenzó transformarse por la llegada de los tractores, que se difundirán con fuerza en la década siguiente. La cosecha y la trilla comenzaron a realizarse en una sola eta­pa con las primitivas “corta-trilla”. Estas pronto fueron sucedidas por modernas cosechadoras autoimpulsadas, que ocupaban, con suerte, cinco trabajadores, muchas veces miembros de la misma familia, lo cual bajaba aun más la demanda de mano obra. Esta desaparición de una de las principales tareas estacionales, con el consiguiente perjuicio para miles de jornaleros, hacía el panorama más duro, así lo indicaba un diario de la época:

“Desocupación en la campaña: En estos mo­mentos, en toda la campaña de la provincia se siente una casi absoluta falta de trabajo, que es motivo de preocupación general. La adapta­ción de nuevas máquinas a la recolección de las cosechas, ha hecho que las tareas rurales que antes llegaban hasta abril, estén una casi por completo terminadas, con lo que quedan sin ocupación numerosos obreros.”2

Esto no terminaba aquí, el transporte a granel, por la adopción del camión, implicaba la des­ocupación de los estibadores y de los carreros. El acopio final, que realizaban los grandes ce­realistas, comenzó hacerse con elevadores de granos, que en pocas horas y con un puñado de hombres, cargaban un barco o los vagones de tren. El periódico anarquista de la Federa­ción Obrera Comarcal, Avance, se refería de la siguiente manera:

“El Gobierno, para ‘amenguar la desocupa­ción’, según sus declaraciones, acaba de votar la suma de 200 millones de pesos para cons­truir, en todos los puertos del país, una vasta red de elevadores de granos. En el puerto de Diamante, se debe de construir, para ‘amen­guar’ la desocupación un elevador de 20 mil toneladas. Si se tiene en cuenta, que en éste, como en otros puertos sin elevadores, un bar­co de 7 mil toneladas, con 40 hombres a bordo y 130 en tierra se lo carga en 8 días mas o me­nos, y que el elevador con la alluda [sic] de 3 hombres solamente, al mismo barco lo carga en 12 horas, fácil es comprender en qué ‘bue­na’ forma el Gobierno se propone ‘amenguar’ la desocupación.”3

Todos estos cambios implicaron la desocupa­ción de miles de proletarios rurales y la quiebra de los pequeños capitalistas que no pudieron hacer las inversiones necesarias. Mientras tan­to, en la ciudad las cosas no eran diferentes. La industria del extracto de carne, tarea que ocu­paba algunos miles de obreros, fue trastocada cuando se comenzó a instalar norias transpor­tadoras que desocupaban a los peones “zorre­ros”. Eso se sumaban las máquinas “cuereado­ras” desempleando desolladores, los sistemas de cocción que aceleraban los procedimientos y eliminaban los traslados de producción, las máquinas enlatadoras que hacían prescindibles cientos de mujeres que realizaban este proceso manualmente y, por último, el desplazamiento de las etiquetadoras, con la llegada de máqui­nas específicas.4 Las consecuencias eran relata­das por un periódico local:

“Obreros sin trabajo: Debido a que en Fábrica Colón se emplea este año un número menor de trabajadores que en las faenas de los anteriores, existe en nuestra ciudad un crecido número de obreros desocupados, que en su mayor par­te son personas de otras partes que han venido al iniciarse las tareas del establecimiento, cre­yendo encontrar fácilmente trabajo, como ha ocurrido hasta el año anterior. La reducción de obreros en las tareas de Liebig se debe a que las maquinarias del establecimiento han sido au­mentadas con otras modernas, que hacen ma­yor trabajo con menos personal. Por esta causa actualmente no se trabaja de noche, como en los años anteriores.”5

Si bien, este es el caso particular de una rama de la producción, en una mirada sobre el conjunto de la industria entrerriana, encontramos que, para 1914, existían 2.382 industrias que ocu­paban 18.004 obreros, con una capacidad ins­talada medida en 12.672 HP. Para mediados de la década de 1940, había 2.324 estableci­mientos con 18.256 obreros, pero su capacidad instalada era de 93.587 HP, lo que claramente muestra un aumento de la potencia de las ma­quinarias sin generar nuevos empleos.6

Llegado el año 1946, Héctor Maya, primer go­bernador peronista de la provincia, en su dis­curso de juramento ante las cámaras legislati­vas, no pudo más que afirmar:

“En nuestras ciudades, especialmente en sus suburbios, vive una población pauperizada que no tiene dónde trabajar, en su gran mayoría, la mitad de los días hábiles del año y que, muchas veces, debe buscar transitoriamente su sustento en otras provincias, viéndose obligada abando­nar material y moralmente sus familias con los graves problemas sociales consiguiente. Obede­ce esto a la escasez de trabajo…”7

Esta opinión no era exclusiva de Maya, sino que era compartida por buena parte del arco político, sindical y del periodismo entrerria­no. Desocupación o éxodo parecían las únicas alternativas.

Muerto el perro…

Como se puede ver, la crisis tiene origen en la propia naturaleza del capitalismo y no nos lle­ga “desde afuera”, sino que –como parte de la economía capitalista-, en la Argentina se repro­ducen permanentemente las bases de su emer­gencia. En el período analizado, prácticamen­te nunca se detuvo la expansión, sin embargo, la desocupación, como uno de los efectos más crudos sobre la clase obrera, continuó incluso durante la década del ‘40. Todos los intentos estatales fueron en vano, si uno lo mira en pers­pectiva histórica. La permanente ampliación del ejército de desocupados muestra los lími­tes del intervencionismo estatal, como máxima expresión del reformismo burgués. Ayer, como hoy, si se quiere dar empleo digno con jornadas de trabajo acordes al desarrollo productivo, la solución es la apropiación colectiva y la distri­bución social de los esfuerzos.

Notas

1 Sartelli, Eduardo: “Del asombro al desen­canto: La tecnología rural y los vaivenes de la agricultura Pampeana”, en Reguera, Andrea y Bjerg, María Mónica (comp.): Sin estereotipos ni mitificaciones. Problemas, métodos y fuentes de la historia agraria, IHES, Tandil, 1995.

2 El Entre Ríos, Colón, 21/02/1929

3 Avance, Diamante, 25/09/1935.

4 Barreto, Ignacio: Liebig´s: fábrica y pueblo, Concepción del Uruguay, Artes Graficas Yuste, 2003, pp. 131-132.

5 El Entre Ríos, Colón, 24/01/1929.

6 Tercer Censo Nacional, Tomo VII, Censo de las Industrias, Buenos Aires, 1917, pp.269 y 337., IV Censo General de la Nación: Censo Industrial de 1946, Buenos Aires, Dirección Nacional del Servicio Estadístico, 1952, p. 74.

7 Maya, Héctor: Mensaje del Gobernador de En­tre Ríos al prestar juramento ante la Asamblea Legislativa, 22/5/1946, Paraná, Imprenta de la Provincia, 1946, p.8.

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