Escenas del futuro. La productividad bajo el Socialismo

Los enemigos de la clase obrera se preocupan por atacar y ridiculizar las ideas el Socialismo. Uno de los tantos dislates que se pueden escuchar, es que el Socialismo es el reino de la miseria y el estancamiento económico. Según esta idea, en el mejor de los casos este nuevo tipo de sociedad puede resolver necesidades elementales (comida, techo, vivienda), pero el precio por ello sería demasiado caro: el atraso productivo y la privación de todas aquellas cosas que hacen a la vida realmente disfrutable. Examinemos el asunto un poco más de cerca.

Desde sus inicios, la humanidad fue desarrollando una estrategia que le permitió ir superando el “reino de la necesidad” para ingresar en el “reino de la libertad” (que, en sociedades de clase, el lector ya sabe, es libertad para los dueños de todo). Esa estrategia es el aumento de la productividad del trabajo, es decir, el aumento la capacidad de la humanidad para actuar sobre la naturaleza y someterla a sus intereses.

En un momento en el que la vida depende de la caza, el control sobre la naturaleza es casi nulo. Un salto importante se da cuando el hombre logra practicar la agricultura, lo que le permite comenzar a intervenir sobre la naturaleza. El curso ascendente sigue, al punto en que hoy en día las semillas hibridas, por caso, o los misiles antigranizo, por otro, permiten cultivos que resisten a buena parte de las inclemencias naturales. El grado de control sobre la naturaleza, entonces, es mayor. Al mismo tiempo, el evidente desarrollo tecnológico permite ahorrar tiempo de trabajo, aunque, lo explicamos en números anteriores, eso no quiere decir que los obreros trabajemos menos. Sociedades agrarias, esclavistas, feudales y capitalistas fueron diferentes estadios de este progreso.

El capitalismo fue, sin dudas, un gran salto en este recorrido ascendente en la productividad del trabajo. El motor de ese crecimiento se encuentra en su propia lógica de acumulación: la búsqueda de la ganancia. Los capitales individuales entran en guerra entre sí en el mercado para obtener mayores ganancias y desalojar a sus competidores. Para ello necesitan incrementar constantemente su productividad. Así han surgido grandes innovaciones. Piense lector, por ejemplo, en la robótica que permite la existencia de máquinas capaces de imitar el movimiento humano.

Sin embargo, este desarrollo no solo se produce con grandes penurias (ya sabe, los beneficios de ello quedan en manos de los dueños de todo) sino que incluso es hasta cierto punto, irracional. Al basarse en la ganancia y no en las necesidades humanas, el capital solo desarrolla el potencial tecnológico y productivo allí donde hay un negocio. Donde no lo hay o donde dejó de haberlo, no lo hace. Hay un concepto técnico en la industria que se conoce como “capacidad ociosa” y refiere justamente a toda la maquinaria instalada que los capitalistas no usan sencillamente porque no es económicamente redituable. Las máquinas están allí, pero ponerlas en marcha no es negocio.

El Socialismo, en cambio, al no colocar la producción en función de la ganancia particular, libera a la humanidad de esa traba. La ciencia, por ejemplo, puede desplegar toda su potencialidad al no estar supeditada a “conocer” aquello que sea un negocio. Así puede darse una nueva vuelta de tuerca en el curso ascendente de la productividad del trabajo. Lo mismo ocurre al concentrar toda la producción de una misma rama. Una única gran fábrica automotriz en Argentina, por ejemplo, permitiría una producción mucho más eficiente que las once actuales.

Como siempre, una ventana al futuro la encontramos en la Unión Soviética. Allí el socialismo convirtió a una economía eminentemente agrícola en la segunda potencia mundial, aún en la soledad que implicó la derrota de la revolución mundial. En acero, aluminio y fundición, ramas claves por aquella época, la URSS ocupó el primer puesto a nivel mundial, como así también en maquinaria agrícola, materiales eléctricos y ferroviarios, construcciones navales, entre otras. Todo ello fue el resultado de una nueva organización social que ya no se regía por la ganancia. Y estamos hablando de un ejemplo acotado, con todas las limitaciones que tuvo la URSS. En definitiva, la revolución socialista no es más que la primera, la principal y la más importante de todas las medidas económicas.

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