El “Que se vayan todos” llegó a los cines

Cobertura especial del Festival Latinoamericano de la Clase Obrera (Cine y Video)

Grupo de Investigación y Realización
Documental – CEICS

Un paso adelante
Durante la semana del 21 al 27 de noviembre se desarrolló en Argentina el Festival Latinoamericano de Cine y Video de la Clase Obrera (FELCO), organizado por el colectivo de imagen Ojo Obrero en el Polo Obrero. El evento fue un verdadero paso adelante en la política cultural del Partido Obrero por varias razones. En primer lugar porque se realizó. No ha sido la primera experiencia de este tipo, como se encargaron de recordar en la Asamblea de Realizadores del sábado 27, Cine Insurgente, Alavío y Virna Molina. Otros eventos presentaron muestras colectivas de creaciones audiovisuales “militantes”, de “izquierda” o “piqueteras”. Los más salientes fueron Argentina Arde y el Ciclo de Cine Piquetero en el Cine Cosmos. Sin embargo, el FELCO constituyó un verdadero salto cualitativo en la evolución del cine de izquierda en Argentina, como aclaró el Grupo de Investigación y Realización Documental de Razón y Revolución en la Asamblea mencionada. Por varias razones. La primera, por la cantidad producciones nacionales e internacionales reunidas (alrededor de 150). La segunda, por el tamaño político del Festival, que ganó para una actividad revolucionaria recursos del Estado (subsidios y auspicios del Instituto Nacional de Cine y Artes Audio visuales y la Secretaría de Cultura de la Nación). Además, el Ojo Obrero garantizó la exposición en salas importantes del circuito oficial del arte burgués: el Complejo Tita Merello en Capital y las salas del Espacio INCAA de varias provincias argentinas, entre ellas el Palais de Glace, en Recoleta. Y esto es una pequeña pero notoria victoria. Por último, el FELCO tuvo un importante éxito de público. Está claro (aunque los compañeros del Ojo Obrero no lo hayan dicho en ningún momento) que este éxito es explicable sólo porque detrás de la actividad se encontraba un partido con capacidad organizativa superior al resto de los grupos de cine militante.

Un paso atrás
Ahora bien, el Festival no sirvió para superar las contradicciones de las producciones audiovisuales de este tipo. Una conclusión unánime del balance llevado a cabo en la Asamblea del sábado, fue la ausencia de un debate específico sobre la producción artística mostrada en el marco del Festival. El Felco fue, por lo tanto, sólo una muestra de lo que un amplio conjunto de grupos sociales viven a diario como resultado de la opresión del capital. No hubo debate político programático. El nombre mismo del Festival es una concesión a los elementos menos concientes de esas luchas, desde el momento en que “clase obrera” incluye a todas las definiciones políticas que atraviesan al conjunto de los trabajadores. De hecho, todos los programas políticos (salvo los evidentemente reaccionarios) tuvieron su espacio de difusión y propaganda, desde las formas liberales reformistas del Canal 6 mexicano (especie de Página/12 audiovisual que pelea por reformas democráticas del régimen político de Fox en materia de Derechos Humanos y derechos indígenas, apoyando al devaluado neozapatismo chiapaneco) hasta el autonomismo anti-partido y espontaneísta a la Holloway del argentino-brasileño Carlos Pronzato (criticado por defender el régimen de Meza y Kirchner por RyR, el PO y dirigentes sindicales bolivianos en la pre-selección de la Asamblea Congreso como señalamos en El Aromo nº 17), pasando por el peronismo de izquierda francamente kirchnerista en el caso de Uso mis manos, uso mis ideas (Mascaró, cine americano, 2003) y defensor de la actuación de la Iglesia Católica y el Partido Socialista Santafecino durante el 19 de diciembre rosarino en Pedacitos de cristal (Galmarini y Tabares, 2003). El problema no es que se les haya dado lugar, eso está muy bien. El problema consiste en no haber desarrollado el debate a fondo con estas tendencias. Un debate que no tiene por qué no ser amable, pero que debe encararse con energía. De lo contrario, se amontona gente, se hace número, pero no se avanza políticamente.
Así, muchas de las películas mostraban la voluntad de hacer catarsis, no superaban el momento denuncialista y la simple reivindicación de la lucha. Las mesas de debate organizadas en el festival se limitaron a discutir los alcances de las rebeliones populares latinoamericanas (lunes 22), la relación de los realizadores “militantes” y las luchas políticas (miércoles 24), la criminalización de la protesta (jueves 25), los problemas de la mujer “frente al clero, el gobierno y el FMI” y el movimiento piquetero frente a las elecciones (sábado 27). Temas harto importantes pero que fueron debatidos sin tomar en cuenta los documentales presentados.
El Ojo Obrero centró sus esfuerzos en garantizar la exposición de cine y video pero no tanto en discutir el contenido estético-ideológico de lo expuesto, buscando desarrollar un programa de interpretación político. Los compañeros se negaron a utilizar el Felco como una tribuna para desarrollar un programa político, en clara sintonía con su particular defensa de la “libertad para los artistas”. Es por eso que la intervención de los dirigentes intelectuales del PO-Ojo Obrero (Luis Oviedo, Néstor Pitrola y Claudia Ferrero) no tuvo ninguna relación con los films expuestos. No es extraño, porque la misma producción de El Ojo Obrero parece estar distanciada de la línea partidaria. Por ejemplo, mientras el video Argentinazo, comienza la revolución (Ojo Obrero, 2002) se limita a documentar el estallido del 19 y 20 como si hubiese sido espontáneo y sin marcar los límites políticos del “que se vayan todos”, el PO no se cansa de reivindicar la dirección del movimiento piquetero y las limitaciones de las direcciones “alternativas”. Es la misma distancia que se observa entre las posiciones teóricas del partido y las creaciones de sus artistas, sociólogos, historiadores, abogados, psicólogos, etc.. Esa actitud constituye, con respecto a desarrollar una política cultural, un paso atrás.

Sin programa
El Felco expresó el punto exacto en que se encuentra el movimiento documentalista “de izquierda”en Argentina. Los grupos de realizadores –Ojo Obrero, Cine Insurgente, Grupo Boedo, Alavío, Contraimagen, etc.- no logran ponerse de acuerdo en un nombre que los defina a todos. El preferido por los organizadores fue cine “militante” (véase www.felco.ojoobrero.org). Varias veces desde RyR hemos señalado que el cine más militante de todos es el cine burgués, con lo que esta definición no define nada, más general todavía que la de ubicarse bajo el campo de intereses de la “clase obrera”, que en sí misma no es una definición política, sino sociológica. Los compañeros evitan sistemáticamente utilizar “cine revolucionario” quizás por una sana (pero perversa) dosis de humildad.
Sospechamos que en el caso del Ojo Obrero también se trata de no otorgar a los intelectuales una relevancia especial en la lucha de clases. ¿Será por eso que al comienzo del clip institucional del Felco se hace propia la frase de Gleyzer “más que en el cine revolucionario creo firmemente en la Revolución”? El cine revolucionario no es otro que el que expresa y defiende el programa revolucionario. La expresión de Gleyzer no es precisamente feliz: ¿cómo se puede hacer la revolución sin programa revolucionario? Un anti-intelectualismo preocupante que en los ’70 se pagó caro, en especial, la corriente política a la que adscribía el propio cineasta desaparecido.

Sea como fuere, “militante” o “clasista”, muestran la falta de acuerdos políticos que dividen al movimiento. Habiendo surgido como cronistas de las luchas obreras de la última década, estos realizadores están influenciados por los programas políticos que reflejan implícitamente en sus obras. Muchos comenzaron impactados con las perspectivas ideológicas de organizaciones como HIJOS o Madres de Plaza de Mayo. Buena parte está también atada a concepciones autonomistas (anti-partido) pero influenciadas moralmente por el PTS, a raíz de la gran actividad de agitación que demandó la toma y puesta bajo control obrero de Zanón y Brukman. Sólo Contraimagen y el Ojo Obrero se han destacado desde sus inicios como expresiones audiovisuales de las ideas de partidos de izquierda (el PTS en el primer caso y el PO en el segundo). Sin embargo ni el PTS ni el PO han intentado romper con el autonomismo anti-partido o el oportunismo “independentista” que estos intelectuales defienden con uñas y dientes: el PTS lo promueve y el PO lo acepta. Contra-imagen lo hace siguiendo la táctica de su partido en todos los frentes en que activa, adaptándose a las ideologías más atrasadas del movimiento para contenerlas bajo su órbita, intentando que no se las “chupe” ninguna otra organización. Para ello se llenan de declaraciones principistas de ultra-izquierda, entre las que “máxima libertad para los artistas”, un absurdo liberal, no es la menor. El Ojo Obrero llegó al extremo de no defender al PO contra los ataques de algunos realizadores (Carlos Pronzato fue el más explícito y combativo) contra la necesidad de constituir partidos revolucionarios en la mesa-debate del miércoles, dejando la tarea sólo a Razón y Revolución (acusados también de ser los desubicados de siempre). ¿Por qué el PO no se defiende de igual manera en una fábrica, en un corte de ruta, que en un festival de cine que él mismo organiza? ¿Porque a los artistas habría que tenerles una consideración especial, porque serían seres humanos diferentes, más frágiles que un obrero ocupado o desocupado? ¿O porque esta es la manera, según creen, de atraerse a la clase media progresista, sin programa?
De esa forma, los únicos acuerdos que permiten una relación colectiva en este frente son aquellos de contenido meramente corporativo, profesional, sindical. En lo único que se acuerda es en la necesidad de organizarse para subsanar las carencias económicas de los realizadores. El GIRD de RyR defendió esta necesidad en la Asamblea mencionada, buscando que la experiencia exitosa del Felco cristalizara en una coordinación sostenida de los diferentes grupos. Pero nuestra posición remarcó que una vez establecido el acuerdo mínimo (un Frente Único) se debe avanzar en el debate estético-político, con la perspectiva de superar las limitaciones sindicales y atraer intelectuales al pro grama revolucionario que la clase obrera se ha dado embrionariamente en Argentina: el del Bloque Piquetero Nacional en la ANT. Principios que el Felco no puso en primer lugar más allá de una enorme cantidad de eufemismos o sobre entendidos vergonzantes.

Por un verdadero Cine Revolucionario

Decíamos en julio del año pasado que “con todos estos méritos, el cine piquetero no ha logrado, todavía, sortear la barrera de la realidad, no ha logrado alcanzar la ficción. En sentido estricto, el cine piquetero no es cine, por la misma razón que el documental no lo es.” (El Aromo nº 3). Lo dicho se mantiene si uno se guía por lo visto en el Felco.
Como decíamos hace un año, la ausencia de ficción no se limita a señalar una falencia estética o técnica. Como demostraron Cedrón (Operación Masacre, 1970) y Gleyzer (Los traidores, 1972) un cineasta necesita de un programa político claro y una organización que lo sostenga (de eso se trata un partido) para ser capaz de producir ficción revolucionaria. La responsabilidad política del director de ficción es superior a la que exige el documental, donde el realizador puede ocultarse detrás de su objeto representado (aunque nunca en forma pura). Para hacer una ficción revolucionaria se necesita entonces la claridad política que sólo la conciencia de un programa político puede otorgar. La batalla por el partido es entonces una necesidad imperiosa también para el cine incluso en términos materiales y estéticos.
El Felco tuvo la virtud de mostrar todas las limitaciones del cine revolucionario actual. Incluso puede transformarse en la experiencia fundadora de un potente cine revolucionario. Para eso, hay que encarar el debate de fondo y dejar de amontonar números sin programa. El todavía joven Grupo de Realización Documental de RyR apuesta a desarrollar su acción en defensa del mejor programa revolucionario que el Argentinazo ha parido, el de la ANT. Llamamos entonces a la nueva Coordinadora de Realizadores en gestación a sumarse a esa construcción del programa de la ANT en el marco de su Comisión de Cultura. El primer paso consiste en la puesta en marcha de los trabajos previos necesarios para que la Comisión comience a ser realidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *