El placer del fracaso. El cine y la clase media: una crítica a la obra de Gustavo Postiglione

Por Silvina Pascucci – En junio de este año, el rosarino estrenó La Peli, completando una trilogía que integran El asadito (1999) y El cumple (2002). En las tres, el espectador, además de aburrirse bastante (sobre todo en las dos primeras), no hace otra cosa que observar, por unas horas, la decadencia de individuos que no pueden salir de su propia estrechez. Por suerte, la realidad argentina de los últimos años ha parido otros personajes, más inyectados de vida, aunque Postiglione no los crea lo suficientemente interesantes como para darles un lugar en sus películas.

De mal en peor

El asadito parece una filmación casera, “de entrecasa”: un almuerzo entre amigos. Algo que podría hacer cualquiera que se compre una cámara. No hay ningún tipo de recurso fílmico ni trama alguna. Simplemente, vemos amigos que se juntan a comer un asado, se cuentan cosas, se emborrachan, se pelean, se maltratan y vuelven a amigarse. A través de sus diálogos, nos vamos enterando de sus vidas, una más patética que la otra. Un dibujante al que su talento artístico le sirve sólo para delinear mujeres desnudas en una revista pornográfica, de la que, finalmente, lo despiden. Un vendedor de autos que utiliza miserablemente sus relaciones amistosas para aumentar sus ventas. Un abogado corrupto, fracasado y sin un centavo. Un idiota machista (una clase particular de idiotas), hablando (mal) todo el tiempo de las mujeres. Un empleado bancario devenido remisero.

A diferencia de otras películas de lo que se conoce como “el nuevo cine argentino”, en los films de Postiglione existe una referencia explícita y constante a la política, sobre todo a las luchas de los setenta. Sin embargo, la forma en que es presentada actúa como vía para su completa negación. Por ejemplo, muchos de los amigos que están comiendo este asadito fueron militantes en su juventud, incluso algunos “tomaron los fierros”. Pero, como lo define uno de los personajes, pasaron “de guerrilleros a bilardistas”. En efecto, ninguno de ellos confía en la necesidad de la militancia ni está preocupado por algo que exceda su insignificante vida. Es más, se molestan cuando alguien hace referencia a esa etapa. El único que intenta hablar del tema y muestra estar descontento con su propio desinterés político es, sugestivamente, el abogado corrupto que “corre a todos por izquierda pero no tiene dignidad”. Hacia el final de la película, cuando el alcohol vuelve a los personajes más patéticos de lo que son normalmente, uno de ellos exclama, casi desesperadamente, “a nosotros nos vendría bien que pase algo. ¡Tanto tiempo que no pasa un carajo en este país! Algo que nos conmueva.” Bien, ese “algo” se estaba gestando mientras ellos sólo sabían quejarse de quienes lo gestaron. Claro que es probable que estos amigos vieran el Argentinazo desde la terraza donde comen su asado, rodeados de impotencia y botellas de ginebra.

Si bien en la Argentina decadente no faltan ejemplares de semejante naturaleza, se trata de un reflejo parcial de la decadencia de la pequeño burguesía en los `90: no todo aquel que fue expropiado cayó, se convirtió en eso que aparece en la película.

La que sigue en la trilogía, El cumple, fue realizada en el año 2002, es decir poco después de que estallara el proceso más importante de la lucha de clases argentina de los últimos años. Uno esperaría, entonces, que Postiglione diera un paso adelante. Si, como él mismo declara, “en El asadito hay una mirada negra porque definitivamente no me quiero parecer a esos tipos1”, el director podría haber incorporado a su siguiente producción algo de lo que estaba sucediendo en la vida de todo el país: el fin de la parálisis y la puesta en acción. Sin embargo, aquí también vemos sólo quejas, sobre todo desde un punto de vista generacional. En este caso, encontramos a un grupo de amigos, a mediados de la década del ’80. Se los ve contentos en una fiesta, esperanzados, confiados en el amor y en las relaciones que están comenzando a construir. Quince años después, han perdido todos sus sueños. El cumple que se festeja, después del 2001, reúne a gente que, promediando su vida, ya está fuera de carrera. El fracaso de los matrimonios, los problemas económicos, las relaciones superficiales y mentirosas. Gabriela, la ex del cumpleañero, y una “amiga”, mantienen un insoportable diálogo en donde se maltratan y se critican en forma alusiva, irónica y maliciosamente. Se detestan, pero no dejan de conversar. Nuevamente, Postiglione quiere mostrar la decadencia de los hombres, pero aquí también las mujeres son de la partida.

Parece ser que los levantamientos del 2001 le han pasado a Postiglione por el costado. En referencia a El cumple, dice: “Creo que, con respecto a El asadito, mi mirada ya no es pesimista sino más bien escéptica”.2 Diríase que sólo recuperará el optimismo (si alguna vez lo tuvo) luego del triunfo definitivo de la revolución mundial, es decir, cuando ya no haga falta. Casi se diría que su “nueva” actitud es peor que la anterior y que de desencantado se convierte en cínico…

La reivindicación de la impotencia

Antes de ver la última película, quien esto escribe se esperanzó. Postiglione había dicho que “En La peli hay una idea de que uno puede pegar el ‘timonazo’ (sic) e ir hacia otro lado más saludable”.3 Lo único que quedó claro es que Postiglione confunde la luz del sol con alguna de las infinitas variantes del negro…

Aunque estéticamente es superior a las anteriores, La peli es la versión más concentrada y sofisticada del ideal “postiglioniano”: el placer por la derrota. Es la historia de un director de cine (¿autobiográfica?) que, en medio del rodaje de una película sobre la militancia de los setenta, se ve atrapado por una “crisis artística” que le impide terminarla. “Quería hacer una película política y no pude, después quise hacer una película de amor, y tampoco pude”, dice Diego, el cineasta incomprendido, que sufre porque no encuentra paz en su alborotada obsesión por buscar argumentos donde no habría más que vacíos. Esta crisis parece desatarse cuando su novia lo abandona, con toda la razón del mundo, por su desatención, su obsesión enfermiza con la cámara, su inmadurez, su egoísmo y su incapacidad de construir una relación adulta y sana. Pero la crisis de Diego excede esta experiencia amorosa y tiene que ver con la imposibilidad de realizarse como artista y como persona. Justamente, porque no puede encontrar una expresión social que le dé sentido a su trabajo y a su propia vida. Es decir, está profundamente “fundido”. Tanto es así que para justificar la propuesta que le hace a su novia, de filmar una película sobre ellos, dice: “Si no hablo de mí, ¿de qué puedo hablar?”.

La película presenta una estrategia formal interesante. Diego es representado por tres actores distintos: Carlos Resta, Norman Briski (en una actuación corta pero excelente) y Darío Grandinetti. Según el director, este recurso pretende mostrar tres estados diferentes por los que atraviesa el protagonista: “Muchas veces uno se siente como si fuera otro. Entonces, directamente, que aparezca otro”.4 Sin embargo, los tres actores representan al mismo hombre, con alguna variación de grado. El Diego de Briski está más enloquecido, más obsesivo y ha perdido completamente el sentido de la realidad. Diego-Grandinetti se recupera de este pico traumático, pero, para no confundir realidad y ficción, se aleja por completo de la primera para encerrarse en una playa lejana. Ninguno de los Diegos cambia, nunca se transforma, nunca se siente otro. La escena final es un claro ejemplo. Su amada Ana se reencuentra con él en aquella playa y luego de gritarle desesperadamente por todo el daño que le causó, de culparlo por sus acciones egoístas e inmaduras, de criticarle su actitud cobarde al abandonar el rodaje y desaparecer literalmente de escena, le dice que se vaya y se aleje de su vida. Acto seguido, y ante el silencio de él, que simplemente la mira (es decir, no pide perdón, no promete cambiar, no reconoce errores), ella intenta una difícil sonrisa y le abre la puerta. Final “feliz”. ¿Ese era el “timonazo” del que hablaba Postiglione?

En realidad, Diego no ha cambiado. En todo caso, su novia ha caído en la humillación de aceptarlo “tal como es”. Es decir, maltratando a sus semejantes. Se trata de un final “feliz” para el director, pero no para la mujer. En la lucha entre el egoísmo (Diego) y la conciencia social (su novia), esta última es vencida. La situación es, entonces, peor que cuando el film comenzó y quedaban esperanzas de un cambio.

Otra perlita es la película que Diego estaba filmando. No sabemos, porque ni él sabe, qué mensaje quiere transmitir, pero por algunas escenas que se muestran, se puede intuir bastante. Un guerrillero de los setenta y su compañera se enfrentan con la policía, andan a los tiros por callejones oscuros, como si fuera una mala película yanqui de acción. Estos personajes aparecen totalmente ridiculizados, repitiendo un discurso romántico e idealista sobre la “lucha por cambiar el mundo” que, por la forma en que está pronunciado, resulta grotesco e infantil. En una escena, el militante aparece disfrazado de superhéroe (para lo cual el físico no lo ayuda) y Diego explica: “el guerrillero tiene superpoderes y debe ocultar su identidad para proteger a los que ama y mientras tanto va gestando la revolución”. En otra, es un payaso que habla de la alegría de la lucha por la justicia social y de que todavía cree en los ideales. Este relato se inscribe en una corriente que ataca insistentemente la militancia revolucionaria en nombre del individualismo radical. Seguramente, el campo autonomista estará festejando tales ocurrencias.

El (mal) cine argentino

Frustración, caras de aburrimiento, silencios prolongados o diálogos irrelevantes y una singular tristeza al constatar que las ilusiones no pudieron cumplirse. Un profundo sentimiento de fracaso que parece no tener remedio, ni salida. Así, pueden caracterizarse los protagonistas de las películas de Gustavo Postiglione. Miembros de una clase media destruida, económica y moralmente, ninguno es feliz con su vida. Sin embargo, nadie se plantea, siquiera, la posibilidad de superarse. Conservador y derrotista, el realizador parece invitarnos, con su obra, a la irremediable aceptación del statu quo o al suicidio colectivo.

Las películas de Postiglione nos llevan a reflexionar sobre el rol del cineasta, como de cualquier artista, en la sociedad. Los films reseñados reflejan parte de la verdad (la decadencia de la clase media, la crisis, la mediocridad, el fracaso). Pero esconde la otra parte de la realidad: la pequeño burguesía ha demostrado ser un factor político de peso en las movilizaciones sociales, en los ’90 y hoy. Describirla simplemente en su momento de miseria y fracaso es construir una imagen falsa. Y lo que es peor, propone, desde su escepticismo, una postura política reaccionaria y conservadora. Tal vez él haya optado por la desesperanza, pero no tiene derecho a extender su propia miseria al conjunto de sus congéneres.


Notas

1Ñ, 14 de abril de 2007.
2Pagina/12, suplemento Las 12, 8 de noviembre de 2002.
3Ñ, op. cit.
4Idem.

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