El látigo del amo

 

Por Eduardo Sartelli

Historiador, Director General de Razón y Revolución-Organización Cultural

 

La gran pregunta de las ciencias sociales es cómo unos pocos (lo que se suele llamar clase “dominante”) dominan a tantos (lo que acostumbra llamarse clase “dominada”). Efectivamente, en cualquier sociedad de clases los dominados constituyen la inmensa mayoría de la población. La sociedad en que vivimos, la sociedad capitalista, no es una excepción: entre el 75 y el 80% de los habitantes de cualquier país capitalista más o menos desarrollado puede ubicarse en el seno de la clase obrera. Si a ese porcentaje se le suma el que corresponde a fracciones menores y subordinadas de la clase dominante, lo que pomposamente suele denominarse “clase media” y, más o menos prosaica pero más científicamente corresponde etiquetar como pequeña burguesía, llegamos a la conclusión de que la porción de la sociedad que ejerce el poder en forma plena, oscila entre el 2 y el 5% del total. ¿Cómo es posible semejante cosa?

Una pregunta compleja no puede tener una respuesta simple. Es necesario enumerar, en orden de importancia decreciente, las causas del fenómeno. En primer lugar, debemos anotar que el dominio político de esos pocos se corresponde con su dominio económico: ese puñado de individuos concentra en sus manos el conjunto de los medios materiales con los que se produce y reproduce la vida misma. De modo que la influencia decisiva de la burguesía en la superestructura política no hace más que reflejar los enormes recursos económicos con los que cuenta. Algo que se entiende fácilmente a poco se presta atención a cuánto cuesta una campaña presidencial y quiénes las financian. Pero eso no es todo. La clase dominante necesita, también, colonizar los puestos más importantes. Toda gran familia burguesa que se precie tiene huevos puestos en todas las canastas: uno o varios de sus miembros serán empresarios, otros llegarán a las cumbres de la Iglesia, del aparato administrativo (como ministros de economía, por ejemplo), del ejército y las fuerzas armadas en general, de la cultura, de la justicia y, sin dudas, de la política. Apellidos como Lanusse, Martínez de Hoz o Alsogaray ayer o Macri hoy, sirven de muestra. Casamientos y alianzas familiares incorporan a las redes de poder a miembros provenientes de otras clases en otras fracciones de clase, sumando elementos útiles que han hecho “carrera” por sí mismos: deportistas famosos, cantantes de moda, sindicalistas. Scioli, Palito Ortega o Jorge Triacca, son otros tantos “modelos” que podríamos mencionar. Si la parentela no alcanzara, veríamos desfilar por los pasillos donde circula el poder social a simples empleados de las grandes corporaciones que, como el Rapanelli, de Bunge y Born o el Cavallo de la Mediterránea, realizan la política de sus patrones.

Pero esto tampoco explica todo. Ninguna clase podrá ejercer su dominio si las clases explotadas no se vieran limitadas materialmente a la hora de organizar su propio poder. Un obrero está la mayor parte de su vida cotidiana preocupado por la superviviencia inmediata, por llegar a fin de mes, por mantener a su familia. Lo que le resta se llena con horas de trabajo, con horas de viaje hacia o desde el trabajo o en recuperarse del cansancio y las consecuencias físicas del trabajo. Limitados materialmente en extremo para la vida política, sus pocos ingresos no pueden servir de mucho a la hora de financiar sus propias organizaciones y representantes. El proletariado puede representarse a sí mismo sólo a costa de grandes esfuerzos y con no menos dificultad puede mantener un personal político propio.

Sin embargo, a pesar del peso decisivo de estas circunstancias, aún no hemos llegado a completar la explicación. No se podría explicar la dominación cultural si no se entiende el rol de la cultura en ese proceso, si no se entiende que ninguna clase social domina sólo por la violencia y la necesidad. Toda clase necesita además “convencer” a los dominados de la necesidad de su autoridad. Eso se llama hegemonía: un poder que descansa en última instancia en la violencia, pero cuya primera barricada se encuentra en las cabezas mismas de los dominados. Se trata de crear allí mismo los antídotos contra toda rebelión. Por eso, una parte importante de la lucha consiste en facilitar la comprensión del programa revolucionario. Para ello es imprescindible desarrollar la cultura revolucionaria. ¿En qué consiste dicho desarrollo? En primer lugar, en la refutación, punto por punto, de todas las ideologías burguesas creadas para bloquear el proceso de desarrollo del partido de la revolución. Pero con la refutación no basta. Es necesario superarlas en la conciencia misma de las masas, proceso que comienza con su propia acción en las calles, pero se completa con la comprensión intelectual de las consecuencias de sus acciones. Para ello, esos productos intelectuales deben llegar a sus destinatarios en una forma comprensible. Lo que significa no sólo investigar, escribir, cantar, actuar, sino también educar. Todo partido requiere educar a las masas que acaudilla. No existe revolución sin educación revolucionaria. Pero educar implica formar a los educadores, formarlos políticamente. No existe educación revolucionaria sin educadores revolucionarios. Y no se puede conseguir ninguno de estos instrumentos si no se construye un aparato cultural a la altura de la tarea.

Remover de las cabezas de la clase llamada a la acción las ideas de su enemigo implica enfrentar los aparatos que las han puesto allí: la escuela, el arte en general, entre los instrumentos más importantes. La burguesía tiene personal especializado para ello. Pero como la magnitud de la tarea que realiza excede sus posibilidades numéricas, debe emplear intelectuales provenientes de otras clases, incluso y sobre todo, de la clase dominada. Entonces, ¿cuál es la tarea inmediata de esa maquinaria cultural revolucionaria de la que hablamos más arriba? Reconquistar para la revolución a los intelectuales de extracción proletaria que cumplen tareas burguesas: los docentes primarios y secundarios, los científicos, los artistas populares, que por acción u omisión reproducen la ideología burguesa. Ellos serán la avanzada del ejército proletario desalojando de las cabezas proletarias las ideologías burguesas, los que liberarán a nuestros hijos de las cadenas mentales que ha forjado la burguesía.

Cuando un artista popular, un científico o un docente salidos del proletariado, reproducen los valores y las convicciones del enemigo, hacen como el personaje de Kafka, el esclavo que le quitaba el látigo al amo y se golpeaba solo. En ese momento, la burguesía ha logrado el máximo dominio político posible. Pero, en la crisis los esclavos se rebelan. Apuntalar, fomentar y desarrollar esa rebelión, tomar el látigo y castigar al amo, es la tarea de los intelectuales del proletariado consciente. Un gran encuentro nacional de artistas e intelectuales revolucionarios debería darse esta fabulosa tarea de organizar la lucha por una cultura al servicio de la revolución.

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