Días y Flores

 

Por Eduardo Sartelli, Historiador, Director General de Razón y Revolución-Organización Cultural

 

El proceso que se inició con las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 pareciera haberse cancelado. “Fue lindo, pero ya pasó”, me dijo un profesor con el que surcamos las olas de ese mar humano del 19 a la noche. “Terminó”, me aseguró otro con el que anduvimos a las corridas por el Centro, el 20 a la tarde. Hay alguno que se atrevió a más: “¿Te das cuenta de que nunca existió? Fue una ilusión, una caliente tormenta de verano, pero breve, como todas las tormentas de verano”. El Argentinazo, desde otra perspectiva, alcanzó apenas a ser “una flor fuera de estación”. “Al final -le escuché a un asambleísta- se quedaron todos”. A un año de las últimas movilizaciones de envergadura, las de Puente Pueyrredón, las olas no alcanzan a bañarnos los pies y el frío de este invierno no ofrece más que alguna que otra llovizna incapaz de mojar el pasto. Son tan pocos los que se fueron, que difícilmente brote alguna flor en suelo tan apisonado. Urge un balance.

El 19 a la noche se produjo una marcha política de carácter pacífico, protagonizada, en buena medida, por la pequeña burguesía porteña. El 20 a la tarde hubo una insurrección espontánea, de componente obrero. El proceso general siguió los lineamientos que, desde por lo menos cinco años atrás, habían comenzado a desarrollarse en el seno del movimiento piquetero: la acción directa y la independencia política frente a la burguesía. No quiere decir que en la caída de De la Rúa no estuviera involucrada buena parte de la burguesía nacional y del imperialismo. Todo lo contrario. Pero siempre es así. Todo proceso revolucionario comienza, necesariamente, con la crisis en las alturas. Si no se produjera una disputa en el seno de la burguesía, por la forma que debe asumir la resolución de la crisis, no habría revolución alguna jamás. Quién va a pagar la crisis, esa es toda la cuestión. Los que pierdan serán expropiados violentamente. Los que resistan, lograrán salvar algo. Los que ganen se quedarán con todo. Es eso lo que dividió (y continúa dividiendo) a la burguesía.

El gobierno de Duhalde ha tenido la virtud de lograr todo sin hacer nada. Es decir, consiguió todo aquello que podía conseguir: aquietar las aguas y reconstituir el poder del estado. Con dos presidentes caídos en menos de diez días, en medio de insurrecciones y cacerolazos, la tarea más urgente era estabilizar un gobierno. A partir de allí, toda su esperanza era evitar nuevos sacudones, dándole a cada uno lo que quería, pero a medias (y también, sacándole algo a cada uno, pero a medias): a los ahorristas no se los expropió definitivamente pero tampoco se les devolvió el dinero; a los acreedores extranjeros se les dejó de pagar pero no se desconoció la deuda; a los desocupados no se les dió trabajo pero se entregaron dos millones de Planes Trabajar; a los asalariados no se los atacó con hiperinflación pero se les rebajó el sueldo con un aumento de precios relativamente moderado; a los capitalistas nacionales se les regaló la devaluación pero se impuso una tasa de retención a las exportaciones; a los bancos no se los rescató de la crisis pero tampoco se los expuso a la quiebra. La lista sería virtualmente interminable y mostraría siempre el mismo panorama: las posiciones han sido congeladas en su punto de partida y todo está por realizarse. Duhalde le deja a su candidato una serpiente escondida en el zapato.

Precisamente, la resolución de estas contradicciones es la tarea de Kirchner, una tarea de la que ya no puede evadirse. En el interín, el movimiento piquetero se ha reforzado y las asambleas que sobreviven han crecido en debate político y conciencia militante. Han crecido en profundidad. La IV ANT es una buena prueba de la densidad del fenómeno aún en momentos de reflujo general. La experiencia de estos dos años descansa en buenas manos a la espera de retornar a la acción. Aunque parezca que no ha pasado nada, el enorme trabajo realizado en estos años de desarrollo político dará sus frutos apenas regrese el calor del verano. En el mundo en general, y en el capitalista en particular, no hay magia: alguien debe pagar. Está por verse si esa alianza que debutó en público el 19 y 20 se dejará estafar complacientemente. En momentos de reflujo, los analistas superficiales se desmoralizan con facilidad. Los que saben que los procesos históricos no describen trayectorias lineales y no se clausuran de la noche a la mañana, saben también que hay que aprovechar el tiempo velando las armas. Saben que, en los fríos días de invierno en que casi no sale el sol, la semilla guarda la vida que explotará en primavera. Del abono que le pongamos dependerá la belleza de las flores y la potencia de los nuevos frutos. Tiempo de sembrar, tiempo de cuidar la semilla, tiempo de abonar el cultivo. Días que pagarán con flores.

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