De hombres y revoluciones. Hugo Chávez y la revolución en Venezuela (1998-2013) – Fabián Harari

revolución

 
 
Fabián Harari
Laboratorio de Análisis Político
Razón y Revolución
 
El 5 de marzo, murió Hugo Chávez, quien dirigió durante catorce años los destinos de Venezuela. No faltaron quienes lo tildaron de “dictador”, ni quienes quieren ver en él un revolucionario. A continuación, un balance algo más preciso de este dirigente.
Algo muy profundo debió pasar allí, durante todos estos años, para que todo el planeta se ponga a debatir sobre el legado de un líder político de un país sin importancia real en el concierto mundial. Luego de Obama y algunos presidentes europeos, Hugo Chávez debió ser, sin dudas, el mandatario más conocido de su tiempo y, seguramente, sobre el que más se ha venido discutiendo. No hay más que ojear el New York Times para ver cómo ha dividido las opiniones de la farándula de Hollywood, por no hablar de la repercusión aquí, en Argentina…
 
Bajo vuelo
 
Eso que pasó, eso que hizo hablar al mundo, eso que tuvo su correlato en un retorno de las discusión por el socialismo no fue la figura de Chávez, sino el levantamiento de la clase obrera venezolana. Ella protagonizó un proceso revolucionario que puede datarse desde 1989 (el Caracazo), pero que indudablemente se profundiza con la insurrección del 2002 contra el golpe militar. Allí, la fracción más sumergida del proletariado, la población sobrante, salió a defender sus conquistas contra una alianza contrarrevolucionaria, protagonizada por una fracción de la burguesía nacional y extranjera con la burocracia sindical. Al ser repuesto en el poder por las masas, debió radicalizar su régimen. Pero lo importante es retener este dato: las conquistas económicas y políticas que ha logrado el proletariado en Venezuela son el producto de su propia lucha. El hecho de que un régimen burgués (el chavismo) se vea obligado a hablar de “socialismo” es el producto de su fuerza. 
Esa fuerza no alcanzó para tomar el poder. Tan sólo para poner un límite al avance de la burguesía. En ese empate, ascendió Chávez. Primero, con un voto “que se vayan todos”, en 1998. Luego, en 2002, para encauzar un levantamiento popular de magnitudes inéditas. La dimensión de la figura de Chávez expresa la del propio empate en Venezuela. Su proyección mundial, la amenaza del socialismo con el que amaga y al que teme. Hay quienes lo sitúan en la misma escala que el Che y que Fidel. Un disparate: estos dirigentes encabezaron la toma del poder por la clase obrera e intentaron verdaderamente la construcción del socialismo. El chavismo no expropió a la burguesía, que siguió enriqueciéndose. Chávez no fue un revolucionario. No obstante, el proceso en el que intervino sí. De allí, que tuviera que adecuarse a la situación si quería sostenerse. 
Tampoco puede comparárselo con Bolívar, ni con la dirigencia burguesa del siglo XIX. Esos cuadros consiguieron la independencia nacional, la instauración de un sistema social que significó un avance histórico y la formación de un Estado sobre nuevas bases. En relación a estas tareas, detener (tal vez sólo momentáneamente) una revolución es no sólo menos digno, sino incluso insignificante. 
 
Socialismo, no
 
Mantenerse el poder arbitrando un empate implica, de alguna manera, “congelar” la situación heredada. Es decir, impedir que se actualicen las tendencias al enfrentamiento. Eso no quiere decir que las clases quedan en el lugar, sino que se va postergando el choque directo. Para mantener a raya a ambos contendientes, es necesario dar concesiones a las clases en disputa. Eso significa, en buen criollo, plata. Sin ella, poco hubiera durado el régimen. Esa variable se la proporcionó la economía. La renta petrolera aumentó alrededor de cinco veces su volumen desde 2001, respecto de las magnitudes de los ‘80 y ‘90 [1]. Con esos recursos, logró expandir el gasto social, principalmente hacia la población sobrante. El gasto social del Estado venezolano se expandió notablemente. No obstante, ese crecimiento no fue el producto exclusivo del chavismo, sino que comenzó a mediados de los ‘90 [2]. La causa es el exponencial crecimiento de la población sobrante. Luego de catorce años de Chávez, Venezuela sigue siendo un país que depende de la renta petrolera. El chavismo no logró desarrollar ninguna industria seria. 
A pesar de tener una renta mayor que en los “años dorados” del petróleo (los ‘70), el gasto social del chavismo fue menor. Por ejemplo, los salarios nunca superaron el nivel de los ‘80, la creación de viviendas creció sólo un 20%, mientras en los ‘70 se triplicó. La informalidad laboral llegó al 45%. 
Como dijimos, no se expropió al capital. Las empresas “imperialistas” petroleras, como Chevron, Total o Statoil, siguieron operando en suelo “socialista”. Las nacionalizaciones se hicieron pagando por las empresas el precio de mercado, como lo haría cualquier capitalista. En el caso de PDVSA, para poder financiar el régimen. En el resto, para rescatar empresas ineficientes a costa del esfuerzo de los trabajadores (SIDOR).  Con respecto a su enfrentamiento con las petroleras, en los ‘70 el estado se quedaba con el 60% de la renta. En cambio, el “socialismo” chavista sólo con el 35%. Ahora bien, ese porcentaje no fue entero a las manos de la clase obrera. Con esa plata, se ha venido subsidiando a pequeñas y medianas empresas completamente ineficientes que utilizan el tejido productivo obsoleto de los ‘90, ya sean firmas privadas, ya sean cooperativas que funcionan de la misma forma. ¿Y el 65% de la renta restante? Fue a parar a los bolsillos de los importadores a través de la sobrevaluación de la moneda. Es decir, mientras la clase obrera no se apropió de toda la riqueza disponible, los capitalistas la pasaron bastante bien. Eso, claro está, no es socialismo. 
Para ser considerado socialista y revolucionario, el chavismo debería haber expropiado a la burguesía y realizado una concentración, al menos a escala nacional, que liquide todo el capital ineficiente y, con ello, los subsidios que se despilfarran en ellos. No hubiera conseguido, de ninguna manera, convertir a Venezuela en una potencia industrial de primer orden ni llegar al socialismo real. Esa es una tarea que sólo puede lograrse a nivel internacional. No obstante, haber desarrollado una estrategia revolucionaria, se hubieran conseguido ciertos logros no despreciables. Una concentración de los medios de producción bajo propiedad colectiva y una planificación estatal hubieran permitido un salto importante de la productividad del trabajo, redundando en mercancías más baratas y en menores tiempos laborales. A su vez, la nacionalización de todo el comercio exterior, hubiera resultado en un abaratamiento generalizado de los alimentos importados, ya que la clase obrera se apropia de las ganancias de los importadores. La toma de empresas extranjeras y su conversión en estatales con una mayor escala, hubiera provocado el enfrentamiento con las burguesías regionales, lo que llevaría al problema de la expansión de la revolución y la solidaridad del proletariado mundial. Si hay algo evidente en el balance del chavismo, es que nada de esto se hizo. 
Como vemos, el chavismo no logró ningún desarrollo nacional sustantivo. Sus límites no son producto de su poca audacia, sino que son la expresión de la ausencia de potencialidades de la clase a la que se debe: la burguesía venezolana, que ya no tiene nada para ofrecer. 
 
Una política de corto alcance
 
Para retacear a las tareas revolucionarias, los intelectuales chavistas (como en su momento los kirchneristas) alegaron “falta de fuerzas”. Eso no fue así. La magnitud de la movilización del 2002 perfectamente podía sostener una batalla contra la burguesía. Durante la década pasada, Venezuela fue el único país, tal vez junto a Bolivia, donde la clase obrera hizo política en las calles. En todo caso, esa “falta de fuerzas” es subjetiva: el proletariado no pudo darse una organización y una dirección acorde, y terminaron apoyando a la de su enemigo.
A pesar de la retórica antiimperialista, Chávez poco hizo para enfrentar a la hegemonía norteamericana en América Latina. La UNASUR, que integró, declaró que cada país era soberano para decidir qué hacer en su territorio (como si una base norteamericana fuera un problema doméstico). Luego de fustigar a Álvaro Uribe, terminó pactando con él la entrega de miembros de las FARC, algo que EE.UU. venía buscando. Asimismo, se ofreció como “mediador” para el proceso de paz, que no implicaba otra cosa que incorporar a la guerrilla al sistema. Recordemos sus frases conciliatorias con el actual presidente norteamericano (“aquí ya no huele a azufre” y “Obama votaría por mí”). Su alianza con Irán no se basa en la lucha contra el imperialismo, sino en los intereses comerciales que ligan a Venezuela con China y Rusia, que es otro eje imperialista en desarrollo. Chávez nunca fue un antiimperialista. Su bonapartismo se extendió al plano internacional.
A diferencia de otros movimientos reformistas que lograron la unificación del movimiento obrero, Chávez terminó dividiéndolo. En principio, luego del golpe fallido de 2002, en vez de enfrentar a la CTV, decidió crear una central paralela (la UNT). Cuando la nueva comenzó a mostrar los vicios de la primera, se formó la CBTSCCM [3], a cargo de José Gil, lugarteniente del ahora presidente Maduro. Si sumamos a la C-CURA, de poca fuerza, la herencia del chavismo son cuatro centrales sindicales donde antes había una, sin haber eliminado al personal reaccionario de la primera de todas. A eso se debe agregar la desaparición de cinco dirigentes sindicales asesinados, cuyos crímenes han sido encubiertos por el chavismo. Además, el régimen mantiene 1.100 presos políticos, cuyo único delito fue luchar por mejoras de la clase obrera. 
Durante todo este tiempo, la izquierda venezolana no ha logrado poner en pie una organización propia con vocación de mayorías. Eso resultó vital para las tareas del chavismo y una desgracia para la revolución mundial, que se perdió una oportunidad inmejorable, en una crisis política que llevó una década. 
El objetivo de Chávez, como vemos, no era liderar la revolución, sino desactivarla. Tomaba fuerza del conflicto (por lo que no tenía interés en cerrarlo), pero no debía perder el control de la situación. En ese sentido, logró atravesar el período de mayor crisis y reconstruir precariamente el sistema político, pero todavía no devolvió a Venezuela a la plena hegemonía. De la destrucción del sistema de partidos, intentó erigir un partido burgués de masas: el PSUV, fundado en 2008 y cuyo programa recién pudo redactarse en 2010. Un partido de disciplina más bien laxa, con una tendencia a la dispersión. No obstante, a diferencia de los movimientos burgueses de masas anteriores, este parece contener una tensión y una inestabilidad mayor.
Lo cierto es que al día de morir Chávez asistimos al primer golpe institucional: el mando debía recaer, según la Constitución, en Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional. No obstante, se lo removió y se colocó a Maduro, el vicepresidente, quien debería llamar a elecciones en el plazo de 30 días. Ese golpe expresa una quiebra interna del chavismo. Si hubiera habido un acuerdo político, perfectamente podría haber asumido quien correspondía. La clase obrera ha dejado correr el tiempo, pero todavía el proceso no está cerrado.
¿Qué resultado nos arroja este inventario? Que Chávez fue parte y, a la vez, un freno a la revolución. Puso un límite y, a la vez, enriqueció a la burguesía. Avivó y congeló la lucha de clases. Como Fausto, dos almas parecen convivir en el dirigente bonapartista. No obstante, en el balance final, una de las fuerzas se queda con todo. Porque, como bien se deja traslucir en la famosa novela, desde un principio había adquirido ese derecho. Hoy, que todas las agrupaciones de izquierda en el mundo tratan de definirse en torno al dirigente fallecido, es necesario más que nunca distinguir entre su persona y el proceso social. Mientras algunos exaltan al primero, nosotros apostamos al despliegue de este último. 
 
NOTAS
1 Véase Seiffer, T., J. Kornblihtt y R. De Luca (2012): “El gasto social como contención de la población obrera sobrante en Argentina y Venezuela durante el kirchnerismo y el chavismo (2003-2010)”, en Cuadernos de Trabajo Social, Escuela Universitaria de Trabajo Social, Universidad Complutense de Madrid, Vol. 25-1, pp. 33-47.  
2 Véase De Luca, Romina: “¿Un cambio de timón? El gasto social en la República Bolivariana”, en El Aromo, n° 61, Buenos Aires, 2011.
3 Central Bolivariana de Trabajadores de la Ciudad, Campo y Mar.

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