Contra el reformismo. Las Pyme ¿una salida?

Primera escena: ella era una empresaria de la carne, tenía un frigorífico en Avellaneda y era presentada por Cristina en el estadio de Arsenal. Con la crisis y el ajuste, no le daban los números para seguir ganando lo mismo y decidió despedir a 33 trabajadores y quedarse con 17. Lo ridículo del asunto es que ella era presentada como una “víctima”. Así como se lee. La situación parecía sacada de un sketch de Capusotto y daría risa de no ser por la suerte de los despedidos.

Segunda escena: el Chaqueño Palavecino, Martín Palermo y un par de señores más brindaban al grito de “¡Vamos Manaos!”. Walter Canido, presidente de la empresa familiar de gaseosas, parecía ser el “buen emprendedor” nacional que luchaba contra Coca Cola (aunque no se entiende por qué, si es tan nacionalista, le puso el nombre de una ciudad brasilera a su marca). Ayer era un exponente del modelo K, hoy es el empresario modelo de Macri, quien lo llenó de elogios en su visita por la plata en Virrey del Pino, en agosto pasado. Claro que ello no tapa las denuncias que recibió por trabajo en negro y persecución de activistas sindicales, la apropiación de terrenos por vías ilegales en Santiago o los despidos que efectuó en el año 2007.

Tercera escena: un poco de historia. La Confederación General Económica (CGE) agrupaba, ya bajo el peronismo, a los industriales más pequeños y débiles. Llamaban a la defensa del mercado interno, la lucha contra los “monopolios extranjeros” y la oligarquía. Incluso tuvo algunos vínculos con la CGT, luego del golpe de 1955. Pero cuando la clase obrera se levantó, se organizó y tomó fábricas en defensa de sus intereses, los empresarios de la CGE se dedicaron a llamar al orden. Tal es así que en el ’75, las bases de la CGE comenzaron a confluir con los golpistas.

¿Por qué hacemos este recuento? Para poner de manifiesto que la salida pyme es una salida burguesa y contraria a los intereses obreros. La competencia capitalista liquida capitales: los más débiles suelen fundirse ante los más fuertes, sobre todo, a la salida de cada crisis. Por eso, los pequeños y medianos capitales suelen pedir asistencia del Estado, como forma de compensación, y gritar y patalear contra “los grandes”. Si no consiguen la ayuda del Estado, descargan su crisis sobre los trabajadores, como vimos en el primer caso. Y no hablamos solo de despidos. Las pymes son clásicos refugios de trabajo en negro (como se vio en el segundo), sobreexplotación y flexibilización. Siempre con la excusa de “si me va bien a mí, te va bien a vos”. Pero si los trabajadores no se tragan ese verso y se levantan, nuestros “pequeños emprendedores” son los primeros en pedir mano dura, como lo vimos en el tercero.

Muchos dirán que, defendiendo a estos pequeños parásitos, defendemos “el empleo”. Por lo tanto, nuestros intereses son los mismos y hay que acompañarlos. Están equivocados. Justamente, ese es el chantaje al que quieren someternos estos burgueses ineficientes. Primero, porque en ese caso, defenderíamos tan solo el derecho a ser explotados: mientras nosotros trabajamos, ellos amasan ganancias. Segundo, porque nuestra acción tendría el mismo efecto que pisar una manguera conectada a una canilla abierta: a la larga, el chorro –como la crisis– va a salir a la luz. Y no quedan dudas, esa crisis la pagamos principalmente nosotros. Como se ve, ni grandes ni chicos tienen nada para ofrecer. Ante la crisis, una salida obrera tiene que contemplar la estatización de toda fábrica que cierra y su puesta bajo control obrero, así como repartir todas las horas de trabajo, sin afectar nuestros salarios. Pero eso sí: solo un sistema al servicio de las necesidades sociales, puede garantizar salir de este atolladero. A eso tenemos que aspirar.

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