Con la vida en peligro. Marx, doscientos años después

Por Eduardo Sartelli

Razón y Revolución

La revolución no se hace sola, requiere de una voluntad. De una intervención, de un momento de peligro. La frase final condensa este oxímoron: “Proletarios del mundo, uníos” es una orden, no un hecho. Si lo fuera, no haría falta esa intervención.


Se cumplen en breve, el quinto día del quinto mes, para ser precisos, doscientos años del nacimiento de Carlos Marx. Me gustaría escribir un texto emotivo, poderoso, movilizador, que exalte la naturaleza profundamente humana del personaje. Pero no me sale. Y no solo por mis limitadas capacidades literarias. Marx no me simpatiza. Personalmente, digo. No me cae bien. Tuvo un hijo con la sirvienta, con la pobre Lenchen, una verdadera esclava doméstica, mientras Jenny viajaba a Alemania a buscar plata. Y lo escondió. No solo no lo reconoció. Lo hizo reconocer por Engels. Un Federico Engels que era, en realidad, Federico Marx, fue desconocido por sus propias hermanas hasta que, enfermo de cáncer de garganta, el General explicó a Eleanor, escribiendo en su tablilla, que ese muchacho era, en realidad, hijo de El Moro. Amigo incondicional como cuesta imaginar, la única vez que Engels estuvo a punto de romper la relación fue aquella en la que, destruido por la muerte de Mary Burns, le escribe a Marx sobre sus pesares, solo para recibir como respuesta un nuevo pedido de dinero. Marx no me gusta, no hay caso.

Hay otras razones por las que me cuesta escribir sobre el padre del materialismo histórico. En general, prefiero a los segundones. Belgrano antes que San Martín; Engels mejor que Marx. Esas personalidades absolutas me saben a falso, a mentira. Prefiero gente viva. Real. Que empieza y termina. Marx ha sido sepultado tras tal masa de leyenda, que es casi imposible llegar a él. Y todo lo que se diga estará invariablemente mal, porque siempre habrá un “verdadero” marxista que, como buen “marxista” verdadero demostrará, colección de citas mediante, la verdad verdadera del marxismo marxista. Me cansa, ese ejercicio me cansa. Y me tienta a arrojar al niño con el agua sucia.

Me aburre, también, el coro de obsecuentes que disputa el primer puesto en la fabricación mecanizada de adjetivos. Me aburre más, todavía, esa pretensión de que todo está dicho ya. Que todo se resume en leer El Capital. Y leerlo como lo leería Hegel. O Spinoza. O Heidegger. O quien sea. La gran batalla por la Tierra Media marxista me resulta insoportablemente banal. Tengo cabeza, soy adulto, sé pensar. Puedo hacerlo por mí mismo. Marx está muerto, que me deje en paz. Tengo cosas que hacer. Comprender este mundo, por ejemplo, para transformarlo. Pobre Marx: después de todo, estas culpas no son suyas.

 

Érase una vez la ciencia…

 

Alguna vez me propuse escribir una serie de artículos sobre temas diversos, cuyo hilo conductor fuera su íntima vinculación con la teoría marxista. Que cada uno de ellos fuera ejemplo y explicación de algún elemento de ella. Se iba a llamar Siempre desde Marx. Una copia evidente, el título y la intención, de Eversince Darwin, de Stephen Jay Gould. Quizás el lector de La cajita infeliz haya notado que, en el texto, aquí o allá, aparecen pequeñas historias que tienen cierta estructura independiente y que han sido encajadas más o menos a la fuerza. Visibles como las líneas del metal de una espada que no se forjó bien, allí están los restos de lo que iban a ser los capítulos breves de esa vocación “marxista”, vocación perdida hace tiempo. Yo no soy marxista.

Hay dos modos de ser marxista y ninguno de los dos “me caben”, como dicen los chicos. Uno, el propio del “marxólogo”: una religión que consiste básicamente en puntualizar una y otra vez lo que Dios dijo. Dos, el del “profeta”: dado que Dios ya lo dijo todo, andamos por el mundo predicando, más preocupados por el discurso emitido que por su correspondencia con la realidad de la que habla. El abigarrado mundo de la compleja realidad, de la bullente realidad, de la imprevisible y siempre renovada realidad, se reduce a un par de fórmulas contenidas en libros canónicos, que permiten deducir con precisión el fluir infinito de las cosas. Marxólogos y profetas comparten una jerga de iluminados que da lugar a interminables discusiones completamente innecesarias.Para estar a la altura del buen feligrés, se exige un largo cursus honorum en lecturas y relecturas. Por supuesto, no hay contradicciones, no hay errores. Marx jamás se equivocó en nada. Elaboró un sistema cerrado que no tiene fisuras. Si la realidad no nos ha dado la razón, peor para ella.

Es fácil de ver, sin embargo, que la obra de Marx es una obra abierta. Abierta por incompleta. Abierta porque está atravesada por innumerables caminos que no llevan a ningún lado. Abierta porque hay apuestas ontológicas contradictorias, que no sueldan. Porque hay vacíos importantes en cuestiones centrales. Porque no es solo Marx: decenas y decenas de intelectuales desembocan, como pequeños arroyos, en el gran caudal de ese Amazonas de conocimiento que es la línea que une La sagrada familia, El dieciochoBrumario y El Capital. La gigantesca aventura de la ciencia sobre lo social ha sido tupacamarizada, sometida al lecho de ese mito que no cabía en él, resumida en un solo nombre: Marx. Esa brutal jibarización empobrece nuestra biblioteca, hace más difícil comprender los problemas, limita nuestra perspectiva.

Marx salió de un volcán a punto de estallar. En su cono vertiginoso, la lava fluyente buscaba salida. Lo vemos en los primeros textos, pujando contra Hegel y los hegelianos, contra los socialistas utópicos y primitivos, buscando el camino a tientas. Se transforma el resultado de una batalla en conocimiento a priori, salido de su cabeza entero, como Atenea emergió de Zeus, completa y ya vestida con sus atuendos divinos. Lo que distinguió a Marx de sus contemporáneos y de los “marxistas” que le sucedieron, es que era un científico. Su socialismo se construyó sobre esa premisa y se denominó tal, precisamente porque la complejidad siempre renovada de lo real exige que cada generación escriba sus propios libros, resuelva sus propios problemas. Otra actitud, es religión.

 

El mejor de sus libros

 

¿Es que acaso El capital no sirve? No dije eso. Dije que cada generación produce el conocimiento que necesita. Ese conocimiento tiene fecha de caducidad: vale mientras dura la realidad que debía explicar. El capital es “larga vida”, porque habla de cuestiones muy generales. Por eso mismo sigue siendo útil, por eso mismo es inútil. Es útil para entender cuestiones generales, pero la realidad es concreta. Nada nos salva de hacer nuestra tarea. De escribir nuestros libros. Cómo haremos la revolución en la Argentina a comienzos del siglo XXI, no está en El capital. Ni en ningún otro texto de Marx o de cualquier otra divinidad menor. Trotsky procedió como científico cuando elaboró la revolución permanente. Igual que Lenin con las Tesis de Abril o El desarrollo del capitalismo en Rusia. En ambos casos, ambos debieron recordar a Marx, ambos debieron olvidar a Marx. Sobre todo, pensar contra El capital.

El mejor de los libros del joven de Tréveris, no es, sin embargo, ese. Por lo menos para mí. El mejor es El manifiesto del Partido Comunista. Es allí donde se pone en el centro de la escena la tensión en la que vive el “marxismo” real, vivo, el de los que no son “marxistas”: el conocimiento preciso que aporta la ciencia encuentra su límite en la voluntad que no brota espontánea ni automáticamente de la vida misma, al tiempo que encuentra allí su razón y explicación. La revolución no se hace sola, requiere de una voluntad. De una intervención, de un momento de peligro. La frase final condensa este oxímoron: “Proletarios del mundo, uníos” es una orden, no un hecho. Si lo fuera, no haría falta esa intervención. “Nada tenéis que perder, salvo vuestras cadenas”, es una expresión falsa, que contradice la anterior. Si nada tuvieran que perder, la unidad sería espontánea, y, otra vez, no haría falta esa intervención. Hay allí un hiato, un salto, un abismo: porque el proletario tiene mucho para perder, su vida misma, es necesaria esa intervención, esa voluntad, esa orden. El éxito no está garantizado. Puede que sí, a largo plazo, a muy largo plazo. Pero los seres humanos concretos, reales, viven siempre su presente, su aquí y ahora. Para la especie, puede que el socialismo sea inevitable. Para estas personas concretas hoy, no. Mucho antes que la barbarie, está la muerte.

El manifiesto, que tiene la tremenda e invalorable virtud de contradecirse dialécticamente, con todo, debe ser reescrito. No porque el corazón del conocimiento que aportó en su momento no valga ya, esté vencido. Todo lo contrario. No porque la orden impartida no deba ser cumplida. Al revés. Y hoy más que ayer. Pero debe hablar a las gentes del presente, a las masas que ya no son vírgenes, para quienes el socialismo ya no es un fantasma, sino más bien un pasado heroico de final ominoso. No hay forma de hacerlo de otro modo. La necesidad de los hechos debe volver a soldarse con el imperio de la orden, vistiendo las ropas de la era. Esa soldadura inestable, peligrosa, abismal, que nos muestra, a la vez, todo lo que podemos ganar si somos capaces de arriesgar todo lo que podemos perder.

 

Crímenes y pecados

 

El joven Marx, estrenada hace poco, recrea bastante bien el período más peligroso de nuestro personaje. Vemos allí a un Engels más que apasionado, a una Mary Burns militante y libre de prejuicios frente a una más bien pacata Jenny, aunque sacrificada por la causa. A Carlos, dubitativo, cansado, atribulado por la vida, obsesionado por entender la realidad. Todos ellos muy jóvenes. Todos ellos impetuosos, con la verdadera esperanza de cambiar el mundo. Resuman empatía por los que sufren. Exudan confianza. Militan, disputan, batallan. Están vivos.

Siempre me interesó el Marx científico. Tal vez porque la vida personal está llena inevitablemente de miserias que quisiéramos esconder, sobre todo, de nosotros mismos, de nuestra vergüenza. Mal tipo el que nunca se equivoca. Miente. No es confiable. En esos balances, contesto invariablemente como aquel rey francés de Felipe II: ¿tiene tan pocas virtudes que no puede perdonarse ningún pecado? Además, me preocupa más la carta que el cartero. Visto retrospectivamente, un hombre, no más que eso. Errores, muchos errores, algunos muy feos. La vida es así. Ese hombre que nació hace doscientos años, no podía dejar de cometerlos. Pero hay que recordar que ese joven al que la realidad iba a machucarlo repetidas veces, sufrió los golpes propios de la actividad revolucionaria porque él lo eligió así. No había necesidad de hacerlo. No hay ninguna razón “económica” que explique esa elección. Ese acto de voluntad merecerá siempre mi respeto profundo. Lo otro, no. Un hombre digno, con errores, como cualquiera.

Pero esta no es la cuestión a la hora de recordarlo usando como excusa el azar de los números, las fechas y los aniversarios. Marx dejó mucho conocimiento definitivo, del cual no se puede prescindir si se quiere hablar seriamente. Bravo. Pero eso ya está allí. Con repetirlo no se gana nada ni se avanza un solo paso. Lo más importante, para los que queremos cambiar el mundo, es la actitud Marx. Los contenidos concretos de sus descubrimientos científicos, en general, retienen un valor inestimable. Esas verdades me condujeron, a mí y a mucha gente, al socialismo. Pero si queremos cumplir la tarea de nuestra época, más que releer a Marx como religioso y predicarlo como profeta, hay que adoptar su actitud frente a la realidad: conocer para cambiar. El que se queda en la primera mitad de la soldadura, es un inútil y un cobarde, que no termina por conocer ni cambiar nada. El que habita la segunda mitad, simplemente está loco, preso de una acción ciega, sin conocimiento de causa. Yo me quedo en el medio, con un pie de cada lado: en esa segura inestabilidad del peligro que solemos llamar “vida”. En eso sí, soy plenamente marxista.

2 Respuestas

  1. Juan del Sur dice:

    ¿Cómo se me pasó? ¡Y así como me eludió por más de quince días pudo habérseme escapado para siempre!
    ¿Qué decir?: lo que corresponde, que es un texto maravilloso.
    Que es valiente, fundado, verdadero, pertinente.
    Y tan bien expresado que de sus párrafos podrían hacerse cuadritos y llenar con ellos las paredes, para que tomen por asalto nuestra mirada… y nuestra tranquilidad.
    Es un compendio de ideas expuestas de la manera más clara, concisa y contundente (me salió “C C C”: bueno, lo dejo, no tiene importancia).
    Ya que estoy, sugiero que cambien “Resuman” por “Rezuman”.
    Además, pido por favor que alguien me dé referencias de la frase del “rey francés” sobre Felipe II (la cual no pude encontrar en internet) que también expresa con claridad una idea que yo he rumiado oscuramente, sin llegar a redondear. Puedo canjear ese dato por dos frases de José Cadalso en su refutación de Montesquieu.
    ¡Saludos!

  2. Pero Limpito dice:

    Me alegro de que un socialista advierta con lucidez que lo peor que pueden hacer los socialistas es explicar el mundo inapelablemente a partir de El Capital. Después de haberme desembarazado de una religión lo último que haría es adquirir otra. Espero que Eduardo encuentre energía para participar por mucho tiempo de la titánica tarea que propone y despierte en otras personas vocación de estudiar, explicar y persuadir y, alguna vez, encuentre ocasión de aparecer en programas de difusión masiva y pueda polemizar con las “stars” del capitalismo, cara a cara, (me vienen a la cabeza Espert y Milei), en Intratables, Animales Sueltos u otro programa de esos.

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