Clásico Piquetero: Lenín llama a la insurrección

Lenín llama a la insurrección1

León Trotsky
(1879-1940)

Lo que piensa un revolucionario del Estado, del trabajo teórico, de las diferencias internas partidarias, de la relación del partido con las masas, del aprovechamiento de las oportunidades, e incluso de la relación con la propia muerte, todo eso condensa Trostky describiendo la actuación de Lenín en los cruciales días previos a la toma del Palacio de Invierno. Unos pocos días en que la incandescencia del momento ilumina una virtud indispensable para un socialista revolucionario: determinar los problemas para enfrentarlos, enfrentarlos para lograr el éxito de la causa de los trabajadores.


Además de las fábricas, los cuarteles, los pueblos, el frente y los soviets, la revolución tenía otro laboratorio: la cabeza de Lenin. Obligado a vivir en la clandestinidad, se vio forzado durante ciento once días, del 6 de julio hasta el 25 de octubre, a restringir sus entrevistas, aun con miembros del Comité Central. Sin comunicación directa con las masas, sin contacto con las organizaciones, concentra aún más resueltamente su pensamiento sobre los problemas cruciales de la revolución, elevándolos -lo cual era en él a la vez una necesidad y una norma- a la categoría de los problemas fundamentales del marxismo. El argumento principal de los demócratas, incluidos los que se situaban más a la izquierda, contra la toma del poder, consistía en que los trabajadores serían incapaces de hacer funcionar el aparato del Estado. También eran ésos, en el fondo, los temores que abrigaban los elementos oportunistas en el interior mismo del bolchevismo. “¡El aparato del Estado!” Todo pequeño burgués ha sido educado en la sumisión ante ese principio místico que se levanta por encima de los hombres y las clases. El filisteo cultivado guarda en su piel el temblor que estremeció a su padre o a su abuelo, tendero o campesino acaudalado, ante las omnipotentes instituciones en donde se deciden los problemas de la guerra y la paz, se expiden las patentes co­merciales, se lanzan las plagas de las contribuciones, se castiga pero pocas veces se perdona, se legitiman los matrimonios y nacimientos, y en donde la misma muerte debe hacer cola respetuosamente antes de ser reconocida. ¡El aparato de Estado! Quitándose el sombrero, descalzándose incluso, el pequeño burgués penetra con las puntas de sus pies en el santuario del ídolo -llámese Kerenski, Laval, MacDonald o Hilferding- cuando su suerte personal o la fuerza de las circunstancias hacen de él un ministro. No puede justificar esta prerrogativa más que sometiéndose humildemente al “aparato del Estado”. Los intelectuales rusos radicales, que ni en épocas de revolución osaban adherir al poder si no eran respaldados por los propietarios nobles y los dueños del capital, miraban con espanto e indignación a los bolcheviques: ¡esos agitadores callejeros, esos demagogos que piensan apoderarse del aparato estatal! (…)

En los primeros meses de su vida subterránea, Lenin escribe su libro El Estado y la revolución, cuya documentación había recopilado ya en la emigración durante la guerra. Con la misma atención que dedicaba para reflexionar sobre las tareas prácticas diarias, ahora elabora los problemas teóricos del Estado. No podía ser de otro modo: para él la teoría es efectivamente una guía para la acción. Lenin no se propone en ningún momento introducir palabras nuevas en la teoría. Al contrario, da a su obra un carácter extremadamente modesto, subrayando su calidad de discípulo. Su tarea en la reconstitución de la verdadera ¡doctrina del marxismo sobre el Estado!

Por la minuciosa selección de citas y por su detallada interpretación polémica, el libro puede parecer pedante… a los auténticos pedantes, incapaces de percibir, en el análisis de los textos, los potentes latidos del pensamiento y de la voluntad. Por el simple hecho de reconstruir la teoría de clase del Estado sobre una nueva base, superior históricamente, Lenin da a las ideas de Marx un nuevo carácter concreto y, por tanto, una nueva significación. Pero la importancia mayor de la obra sobre el Estado consiste en que es una introducción científica a la insurrección más grande que haya conocido la historia. El “comentarista” de Marx preparaba a su partido para la conquista revolucionaria de la sexta parte del mundo.

Si el Estado pudiera simplemente ser adaptado a las necesidades de un nuevo régimen, no habría revoluciones. Pero la burguesía misma ha logrado siempre el poder por medio de insurrecciones. Ahora llega el turno a los obreros. También en esta cuestión, Lenin restituía al marxismo su significado de instrumento teórico de la revolución proletaria.

¿No podrán servirse los obreros del aparato del Estado? Pero no se trata en absoluto -enseña Lenin- de apoderarse de la vieja máquina para las nuevas tareas: eso es una utopía reaccionaria. La selección de los hombres en el viejo aparato, su educación, sus relaciones recíprocas, todo esto contradice las tareas históricas del proletariado. Al conquistar el poder, no se trata de reeducar el viejo aparato, sino de demolerlo completamente. ¿Con qué reemplazarlo? Con los soviets. Dirigiendo a las masas revolucionarias, de órganos de la insurrección se convertirán en los órganos de un nuevo régimen estatal.

El libro tuvo pocos lectores en el torbellino de la revolución; además, sólo será editado después de la insurrección. Lenin estudia el problema del Estado, en primer término, para elaborar su propia convicción íntima y, seguidamente, para el futuro. La conservación de la herencia ideológica era una de sus preocupaciones principales. En julio escribe a Kámenev: “Entre nosotros, si me cepillan, le ruego publique mi cuaderno El marxismo y el Estado (que ha quedado en vía muerta en Estocolmo). Es una carpeta azul atada. He recogido todas las citas de Marx y Engels, así como las de Kautsky contra Pannekoek. Hay bastantes notas y observaciones a que dar forma. Creo que con ocho días de trabajo se podría publicar. Pienso que es importante, pues Plejánov y Kautsky no han sido los únicos en embrollar la cuestión. Una condición: todo esto absolutamente entre nosotros.” El jefe de la revolución, acusado de ser agente de un Estado enemigo, obligado a prever la posibilidad de un atentado por parte de sus adversarios, se ocupa de la publicación de un cuaderno “azul”, con citas de Marx y Engels: ése es su testamento secreto. La expresión familiar “si me cepillan” le sirve para eludir el patetismo por el cual sentía horror: en el fondo, el encargo tenía un carácter patético.

Pero, mientras aguardaba recibir un golpe por la espalda Lenin se preparaba a dar uno a pecho descubierto. Mientras que, leyendo los periódicos, enviando instrucciones, ponía en orden el precioso cuaderno recibido de Estocolmo, la vida continuaba su curso. Se acercaba la hora en que el problema del Estado debía ser resuelto prácticamente.

Poco después del derrocamiento de la monarquía, Lenin escribía desde Suiza “…No somos blanquistas ni partidarios de la toma del poder por una minoría…” Desarrolló la misma idea al llegar a Rusia : “Actualmente estamos en minoría; las masas, por el momento, no tienen confianza en nosotros. Sabemos esperar… Pasarán a nuestro lado y, cuando la relación de fuerzas nos lo señale, diremos entonces: nuestro momento ha llegado.” El problema de la conquista del poder exigía en estos primeros meses la conquista de la mayoría en los soviets.

Después del aplastamiento de julio, Lenin proclamó: el poder sólo puede ser conquistado por medio de una insurrección armada; y por ello, es muy posible que haya que apoyarse no en los soviets, desmoralizados por los conciliadores, sino en los comités de fábrica; los soviets, en tanto órganos de poder, habrán de ser reconstruidos después de la victoria. En realidad, dos meses más tarde, los bolcheviques arrancarán los soviets a los conciliadores. La naturaleza del error de Lenin en esta cuestión es muy característica de su genio estratégico: en sus planes más audaces, tiene en cuenta las premisas menos favorables. (…)

“No hay nadie más pusilámine que yo cuando elaboro un plan de guerra -escribía Napoleón al general Berthier- yo mismo exagero todos los peligros y catástrofes posibles… Pero cuando tomo una decisión, olvido todo excepto lo que puede conducir a la victoria.” Si prescindimos de cierta pose que se trasluce en la palabra poco adecuada de “pusilánime”, el fondo del pensamiento puede aplicarse enteramente a Lenin. Resolviendo un problema de estrategia, dotaba por anticipado al enemigo de su propia resolución y perspicacia. Los errores tácticos de Lenin solían ser con frecuencia los productos secundarios de su fuerza estratégica. En el caso presente, no puede hablarse de un error: cuando un diagnóstico localiza una enfermedad por medio de eliminaciones sucesivas, sus conjeturas hipotéticas, aun las peores, no aparecen como errores, sino como un método de análisis.

Cuando los bolcheviques fueron mayoría en los soviets de las dos capitales, Lenin dijo: “Nuestro momento ha llegado.” En abril y en junio se esforzaba por moderar; en agosto preparaba teóricamente la nueva etapa; a partir de mediados de septiembre, empuja, urge con todas sus fuerzas. Ahora el peligro no consiste en ir demasiado aprisa, sino en quedarse atrás. “Ya nada es prematuro en este sentido.”

En los artículos y cartas enviados al Comité Central, Lenin analiza la situación poniendo siempre en primer plano las condiciones internacionales. Los síntomas y los indicios del despertar del proletariado europeo son para él, en el trasfondo de los acontecimientos bélicos, una prueba indiscutible de que la amenaza directa a la revolución rusa por parte del imperialismo extranjero se reducirá cada vez más. (…)

La historiografía de los epígonos prefiere silenciar el punto de partida adoptado por Lenin: porque el cálculo de Lenin parece desmentido por los acontecimientos y también porque, según las teorías que después llegaron, la revolución rusa debe triunfar por sí misma en todas las circunstancias. Pero el juicio de Lenin sobre la situación internacional no tenía nada de ilusorio. Los síntomas que a él llegaban por el filtro de la censura militar de todos los países manifestaban efectivamente la llegada de la tempestad revolucionaria. En los imperios de Europa central, un año después, el viejo edificio se vio sacudido hasta en sus cimientos. Pero, incluso en los países vencedores, en Inglaterra y en Francia, sin hablar de Italia, las clases dirigentes se vieron privadas durante mucho tiempo de su libertad de acción. Contra una Europa capitalista, sólida, conservadora, segura de sí misma, la revolución proletaria en Rusia, aislada y sin tiempo para consolidarse, no habría podido sostenerse ni siquiera unos pocos meses. Pero aquella Europa no existía ya. La revolución en Occidente, es cierto, no dio el poder a los trabajadores -los reformistas salvaron al régimen burgués- pero fue, sin embargo, lo suficientemente fuerte como para proteger a la república soviética en el primer periodo, el más peligroso, de su existencia.

El profundo internacionalismo de Lenin no sólo se expresaba en que ponía invariablemente en primer plano el análisis de la situación internacional: la conquista misma del poder en Rusia era considerada por él, ante todo, como un impulso a la revolución europea que, como dijo repetidas veces, ha de tener una importancia incomparablemente mayor para el destino de la humanidad, que la revolución en la atrasada Rusia. ¡Con qué sarcasmos abruma a aquellos bolcheviques que no comprenden su deber de internacionalista! “Votemos una resolución de apoyo a los insurrectos alemanes -se burla- y rechacemos la insurrección en Rusia. ¡Eso sí que se llama un internacionalismo razonable!”

(…)

Lenin compulsa atentamente todas las elecciones que se celebran en el país, reuniendo cuidadosamente las cifras que puedan arrojar alguna luz sobre la verdadera relación de fuerzas. Miraba con desprecio la indiferencia semianárquica con respecto a la estadística electoral. Pero nunca identificaba los índices del parlamentarismo con la verdadera relación de fuerzas: trataba siempre de corregirlos en función de la acción directa. “La fuerza del proletariado revolucionario, desde el punto de vista de su acción sobre las masas y de su capacidad para arrastrarlas a la lucha -recuerda- es infinitamente mayor en una lucha extraparlamentaria que en una lucha parlamentaria. Es una observación muy importante en la cuestión de la guerra civil.”

NOTAS

1  Historia de la Revolución Rusa. Capítulo 42

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