Y en eso se fue Fidel…

en El Aromo n° 41

Eduardo Sartelli

Director del CEICS

Mi perro se llama Fidel. Lo encontré en un locutorio, cachorrito de tres meses, más garrapata que perro. Casi sin pelo, desnutrido, seguía con los ojitos a todo el que entraba, movía su colita despenachada y esperaba que alguien notara su presencia. Una lástima viva. Así que, no bien lo vi dije: “Éste es mío”. Y ahí nomás me lo traje. Rosana, mi compañera, le eligió el nombre, suponiendo que tal desecho canino sólo podía compensarse con un nombre de talla universal. Para su veterinario comunista, el ahora cachorro de seis meses y 15 kilos de peso, es un Dobberman Blue bastardo, aunque la última vez que lo vio señaló su parentesco “siberiano”, mientras le cantaba, “duro con él, Fidel” y le pinchaba su última vacuna. Sospecho que si le tiro unos pesos más, me lo cataloga aún más alto…

Como nosotros, mucha gente busca nombres tales para sus mascotas, en general, imaginando futuras perspectivas temperamentales. He conocido perros “Ramsés” (no se qué número) y perros “Sadam” (un policía bravo). De hecho, una de mis gatas se llama “Cleo”(patra). Igual costumbre se sigue, lamentablemente, con los hijos, que pagan, a veces caro, las simpatías políticas de sus progenitores. Así, se conocen infinidad de Carlos Federico (como Ruckauf) o incluso Carlos Vladimiro (como Corach), no faltando las “Rosas”, por la dama de Luxemburgo, ni los “Ernestos”, por el de la foto más famosa. Mi futuro sobrino, ya tiene un apelativo exigente: “León”. Fidel es un nombre de esos que suenan por sí solos, no precisan apellidos. Algo lógico si se recuerda que pertenece a la figura política más importante de la segunda mitad del siglo XX y la única leyenda viva de la última oleada revolucionaria que conoció el mundo. Una imagen que se agranda más, todavía, si se la recorta contra el fondo de un territorio inmenso y poderoso, el imperio americano, frente al cual se mantuvo incólume durante más de cuarenta años. Sobreviviente de todo, Fidel Castro parece darse el lujo hasta de derrocarse a sí mismo.

Cambia, nada cambia…

Fidel se “retira” a la edad de 81 años. Le sucede su hermano Raúl, cuatro años menor. Entre los “hombres fuertes” quedan, entre otros, José Ramón Machado Ventura, con 77 y Ricardo Alarcón, con 70. A Carlos Lage se lo considera demasiado joven, con 57 años… Supongo que lo mismo vale para Pérez Roque. Eventos que recuerdan a la sucesión Brezhnev-Andropov-Chernenko, una tríada de muchachos septuagenarios. Muchos se hicieron ilusiones con la posibilidad de renovación, en particular, en los Estados Unidos, entendiéndose por tal, reformas de tipo capitalista. Otros celebran la continuidad porque suponen que con Raúl nada va a cambiar. Bien: ambos se equivocan.

Cuba tuvo su Polonia pero no le faltó su revolución alemana. Efectivamente, la revolución se detuvo en la isla y no logró expandirse más allá, al menos en territorio americano. Sin embargo, la función benéfica que la revolución alemana debía cumplir con su par rusa y que abortó con la muerte de Rosa Luxemburgo y Karl Liebneck, la cumplió la Unión Soviética. Cuba no debió pasar por las atrocidades propias de los primeros años de la revolución de Octubre. Es más, disfrutó rápidamente de las virtudes del desarrollo desigual y combinado invertido, con una fórmula que podría traducirse como petróleo barato por azúcar caro. Esa relación especial se cayó junto con el Muro de Berlín y, entre 1989 y 1993, la sociedad cubana vivió su noche más negra: en esos cuatro años, el PBI cayó cerca de un 35%. Ni la Argentina vivió una debacle tal.

Si no terminó en una masacre generalizada, en una explosión sin precedentes y una hambruna descomunal, se debió simplemente a que se trata de un Estado obrero. Deformado, pero obrero al fin. La política económica fue dirigida a minimizar la crisis social, a pesar de lo cual las consecuencias fueron tremendas. En la Argentina hubiéramos presenciado un genocidio. En ese contexto se lanzan las reformas económicas del llamado “período especial”, en el cual Cuba debe reconstruir las relaciones económicas internacionales destruidas, situación agravada por la avanzada imperialista que refuerza el embargo con la esperanza de ahogarla definitivamente. Es el momento de la sanción, en EE.UU. de la ley Torricelli (1992), y la Helms-Burton (1996), que refuerzan el embargo.

Las reformas comenzaron en 1991 y tuvieron como eje el impulso a la inversión extranjera, directa y en asociación con el Estado, autonomía en el manejo de las empresas estatales y blanqueamiento del sector “por cuenta propia”. Dicho de otra manera, la reintroducción de relaciones capitalistas. En 1993 este curso se profundizó, con la autorización para recibir remesas de divisas del exterior y la extensión de los permisos para que personas en el extranjero pudieran visitar a parientes en Cuba. Al mismo tiempo, se despenaliza la posesión de divisas y se crean locales para la venta de bienes en dólares. Se crean, también, las unidades básicas de producción cooperativa (UBPC), es decir, la reintroducción de la propiedad privada en el agro. Con el fin de atraer al capital extranjero, se crean zonas francas y parques industriales con regímenes especiales. Igual tipo de ventajas se establecen para estimular el turismo.1

Es un consenso que tales medidas permitieron a Cuba recuperarse de la crisis. Según los cubanos, alcanzando y aún superando el nivel previo a 1989. Según los opositores, todavía muy por debajo, pero con una recuperación real: cuadruplicación de la producción petrolera, multiplicación por 8 del número de turistas, por doce de la producción de gas, aumento de un 63% en la de níquel, etc. Por su parte, la remesa de divisas del exterior trepó a 1.000 millones de dólares, lo que es mucho, teniendo en cuenta el tamaño de la economía de la que hablamos.2

Precisamente, los opositores que saludaron las reformas pero las juzgan insuficientes, son los que ven en la partida de Castro, el mayor, la posibilidad de retornar a esta política “exitosa”. Porque también es un consenso, el que la economía política del período especial fue abandonada en los últimos años gracias a la aparición en escena del Tío Hugo. Venezuela representa para Cuba el retorno de los buenos tiempos soviéticos: petróleo barato, intercambio comercial (sobre todo en servicios profesionales) inversiones. De todos modos, el país de Chávez no es el único presente en la isla: China, a cambio de níquel, no sólo aporta 2.000 millones de dólares en inversiones mineras, sino importaciones baratas en electrodomésticos, trenes y otros artículos por el estilo. La sospecha de una reserva importante de petróleo en el subsuelo cubano atrajo también empresas de Europa y Asia y hasta Exxon y Chevron han pasado a oponerse al bloqueo, ante la evidente libertad de sus competidores para aprovechar una situación tal.

Mientras tanto, la estructura interna de Cuba se modificó como consecuencia de la crisis de los ’90 y de las medidas tomadas. Un nuevo proceso de diferenciación social tomó cuerpo. Por un lado, con la aparición de una pequeña y no tan pequeña burguesía ligada al mercado negro, al cuentapropismo, a la generalización de la circulación monetaria y, en particular, a la dolarización de la economía. Por otro, por la pauperización de una parte importante de la clase obrera y el ascenso de la capa de los gerentes de las empresas autónomas y de las ligadas a los joint ventures con el capital extranjero.3 La propia nomenclatura se encuentra dividida entre un sector partidario de la profundización de la política del período especial y otro interesado en una planificación al estilo soviético. Según parece, el ejército (y Lage) estarían inclinados a la primera solución; los burócratas más viejos del Partido, por la segunda.

Según más de un comentarista, Fidel habría centreado todo este tiempo, apelando a sectores de la juventud y un reducido grupo de consulta. Su salida, contrariamente a lo que creen los que lo asocian con los “valores de la revolución”, no abre un camino libre a las reformas, porque fue él mismo el que las impulsó. Tampoco cierra, su partida, ningún proceso de liberalización, simplemente porque si el proceso se estancó se debió, también, a su voluntad. Esta ambigüedad de la máxima conducción cubana, no es la expresión del capricho de su líder, sino de la naturaleza de la sociedad revolucionaria y la extremadamente difícil situación en la que se encuentra desde 1989. Allí está la clave del futuro del socialismo en la isla, futuro al que la presencia o la ausencia de Fidel no suman ni restan.

Una película con varios finales

Los dos elementos decisivos de la situación cubana actual son, por un lado, su naturaleza de estado obrero y, por otro, el retroceso de la revolución mundial. Cuba es un estado obrero. En criollo, una sociedad que se quedó a mitad de camino en el tránsito al socialismo. Se transformó la sociedad, se eliminaron las relaciones capitalistas y el proletariado estableció su dictadura. Sin embargo, el manejo del aparato del Estado resultó expropiado por una capa que se escinde del proletariado y del resto de las clases que protagonizan el proceso revolucionario y constituye un cuerpo con intereses parcialmente autónomos. Su función consiste en mediar entre el capital y el trabajo, por un lado, congelando el proceso revolucionario y, por el otro, manteniendo y aún expandiendo las conquistas obreras de la revolución. Expresión del grado de desarrollo de la revolución mundial y de las relaciones de fuerza entre burguesía y proletariado a ese nivel, la política de toda burocracia es esencialmente bonapartista. Si el balance del poder se inclina hacia el proletariado, veremos a la burocracia adoptar poses audaces, como la expropiación masiva de Europa del Este por el stalinismo; si se inclina a la burguesía, ninguna genuflexión, adecuadamente encubierta de fraseología seudo-revolucionaria, será poca, como el Pacto Hitler-Stalin. La revolución cubana pasó por esos dos momentos. En cualquier caso, esta ambigüedad sólo puede ser resuelta por una restauración capitalista o por la renovación del proceso revolucionario mundial.

Contrariamente a lo que algunos trotskistas sostienen, la revolución política contra la burocracia no puede resolver este problema. No porque no resulte una necesidad imperiosa para salvar lo conquistado, sino porque no podría hacer otra cosa distinta de la propia burocracia si la revolución mundial no reiniciara su marcha. Es su estancamiento lo que colocó a Cuba en esta situación y sólo su reinicio puede sacudir en forma sustantiva el dominio de la burocracia. De esto no debe deducirse que hay que sentarse a esperar, por supuesto, ni que las burocracias de los estados obreros no sean responsables del estancamiento de la revolución mundial.

El socialismo a la China

País pequeño, débil, no se le puede pedir a Cuba lo que era dable esperar de la URSS o de China. Las políticas del período especial tampoco son para avergonzarse: las reformas económicas cubanas no son muy distintas de la NEP leninista. La revolución política no puede inventar una situación económica local y mundial ya dadas. En este sentido, la burocracia cubana hace lo que se puede hacer, mejor o peor, pero es lo que hay. El proceso, como vimos, genera tensiones disolventes de la estructura social de Cuba y del socialismo cubano. Y si bien, hasta cierto punto, ello es inevitable, hay formas distintas de prepararse para tal situación y desensillar hasta que aclare. Si realmente la burocracia y Fidel quieren defender la revolución, más que una sucesión controlada pero inútil entre gerontes, lo que deben hacer es devolver al proletariado cubano su independencia política: eliminar el sistema de partido único y permitir, no sólo la democracia interna en el partido gobernante, sino también la formación de todos los partidos y tendencias afines a la revolución. También deberían aceptar la reconstrucción desde abajo de las organizaciones sindicales de los trabajadores. Esa recuperación de la iniciativa del proletariado le permitiría prepararse mejor frente a esos mecanismos disolventes y ponerle los frenos necesarios.

Es difícil que al menos una parte de la burocracia cubana lleve adelante una revolución contra sí misma. Difícil, pero no imposible: recordemos que su relación con las masas sigue siendo importante y que la oposición virtualmente no existe. No es este, sin embargo, el camino elegido. Más que una restauración en regla, rápida y violenta, desde fuera o desde dentro, como se ilusionan las ratas de Miami, lo más probable es un “socialismo a la China” impulsado por la propia burocracia: Perestroika (reintroducción de relaciones capitalistas a gran escala) paulatina sin Glasnost (destrucción del aparato político de la burocracia). A nadie pueden pasársele por alto las consecuencias de la experiencia rusa, razón por la cual los reformistas cubanos ven con mucha simpatía a China y Vietnam. Si esa es la trayectoria elegida, y nada indica lo contrario, la revolución política contra la burocracia será imprescindible para defender a la revolución de sus enterradores.

La historia lo absolverá

Inspira cierta ternura ver hoy tan anciano y frágil al héroe de mil batallas. Con sus contradicciones, propias de todo gran revolucionario, su figura histórica no se desmerecerá un ápice, pase lo que le pase a Cuba. Su nombre ya pasó a la historia, ya es uno de esos que no precisa apellido. Pero el problema no es Castro, a quien podemos despedir con los honores que merece. El problema es la actitud que tomará el pueblo cubano, si repetirá 1989 o si iniciará el proceso revolucionario del siglo XXI.

Notas

1Dias Carcanholo, Marcelo y Nakatani, Paulo: “Cuba:

¿socialismo de mercado o planificación socialista?”, en Herramienta, n° 25, abril de 2004

2Dilla Alfonso, Haroldo: “Hugo Chávez y Cuba: subsidiando posposiciones fatales”, en Nueva Sociedad, n° 205, set-oct., 2006

3Este proceso de diferenciación social no es negado ni siquiera por el oficialismo. Véase en Cuba Socialista, n° 21 (2001), el debate sobre los cambios de la estructura socioclasista en la Isla.

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